4. Caer cuando ya estás en el subsuelo
Caer cuando ya estás en el subsuelo
Daniela
He esperado tres días en los que solo he encendido el móvil para hablar con mi padre, con Valentina y con Mateo. Este último me ha ido informando de todo de forma muy prudente.
El vídeo sigue circulando por las redes sociales, ha salido en algún canal local de televisión y en la sección amarillista de algunas revistas digitales, que aprovechan noticias como esta para subirse al carro de la viralidad e intentar conseguir más lectores.
Me siento como un animal herido y encerrado, sin poder hacer nada. Tomo la determinación de que ya basta, de que tengo que dar la cara. No sé si es la mejor idea, pero es lo que me pide el cuerpo.
He pasado suficiente tiempo en casa y me estoy ahogando: o le pongo remedio ya o me voy a volver loca. Me comen los nervios pensando que ese gilipollas ha salido airoso y beneficiado por la situación.
Respiro y tecleo el pin de mi teléfono, lo poso sobre la mesita del salón y espero a que terminen de llegar todas las notificaciones pendientes.
No sé cuánto tiempo pasa, si es mucho o poco, pero a mí los minutos se me hacen eternos.
Ha llegado el momento de afrontar mi nueva realidad, que sé que no va a ser buena.
Al abrir los e-mails, mis sospechas se tornan certezas.
Empiezo a tachar de mi lista todos los futuros trabajos en los que ya han decidido que no van a contar conmigo, que básicamente son casi todos.
Nadie quiere trabajar con el meme viral del momento y, joder, viendo aquel vídeo, que aún se reproduce en mi cabeza una y otra vez, lo entiendo.
Hay excusas de todo tipo, algunas más elaboradas que otras, pero todas vienen a decir lo mismo: que estoy JODIDÍSIMA y que es el fin de mi carrera.
Cuando por fin consigo hablar con Samuel, está que echa humo. Si midiésemos el nivel de cabreo del uno al diez, él debe de estar en el mil.
—Me cago en todo, Daniela..., he estado dos putos días con la centralita colapsada... ¿En qué cojones estabas pensando?
—Según parece, no estaba pensando...
—Nos han llamado de todas las televisiones y medios digitales en cuanto se han enterado de que nosotros estábamos detrás del proyecto, intentando rascar más mierda de ti para echarte encima.
La puta carroña periodística quería saberlo todo de la nueva estrella viral, la enajenada mental que ha agredido al pobre director de cine. ..
—Pe-pero, Samuel, si me dejas que...
—No, no te dejo nada, Daniela —me corta—.
Te he hecho el favor de decirles a todos que no te conocemos de nada, que la maquilladora principal del proyecto no estaba ese día y que tú estabas sustituyéndola.
Somos una productora joven e independiente, ¿sabes qué podría pasarnos si se descubre la verdad?
... Mira, es que prefiero no pensarlo. Confiábamos en ti, joder, lo último que esperábamos era que montaras este espectáculo.
—Las imágenes están sacadas de contexto, puedes preguntar a cualquiera del equipo, ellos te lo contarán todo.
—No, Daniela, las imágenes hablan por sí solas y nadie del equipo ha levantado la voz por ti. Nadie quiere acabar como tú y perder su trabajo. Tienes suerte de que Miguel no quiera demandar a ninguno de nosotros, deberías estar agradecida.
—¿Agradecida? ¡Y una mierda! —le contesto frustrada.
—No empeores las cosas. Y te pediría de manera encarecida que, hagas lo que hagas en adelante, nos mantengas al margen, ¿de acuerdo? Cuando recibamos tu factura, te abonaremos los días que has trabajado y nuestra relación laboral se habrá acabado. Buenas tardes, Daniela.
Y me cuelga. No hace falta que me diga más.
Es evidente que me he convertido en persona non grata para él.
Lo que más me ha jodido de la conversación es saber que nadie del equipo, ni siquiera Emily, ha dado la cara por mí.
No me refiero en las redes sociales o frente a los medios, sino ante él.
Pero cuando las cosas se ponen feas, los que creías que eran tus colegas muestran su verdadera cara.
Los días siguientes los tengo bastante borrosos en mi cabeza. Me autocompadezco y, a la vez, me torturo tratando de entender cómo narices ha pasado todo esto, cómo mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados en cuestión de horas.
La mañana de mi sexto día de infierno personal me digo que ya basta de lamentarse.
Me arreglo y llamo a Andrew —mi «casi algo»— para ver si le apetece pasarse por mi casa.
No es necesario que le dé más detalles, llevamos meses con este juego.
Ninguno quiere una relación ni ponerle nombre a lo que tenemos, nos llamamos de vez en cuando, nos quitamos las ganas de sexo y ya está. Sin mayor complicación.
—Hola, And. ¿Qué tal? —lo saludo intentando mantener a raya los nervios que nunca había sentido cuando hablo con él. Mi voz suena algo ronca, y es que he pasado de estar todo el día hablando con personas a casi hablar conmigo misma en mi cabeza.
—Esto... ¿Quién eres?
¿Me está vacilando?
—¿Eres idiota? Soy Daniela.
—Ostras, Dani... ¿Qué... qué querías? —me responde con extrañeza.
—Nada, me aburría en casa y he pensado que quizá te apetecería pasarte, ya sabes...
—Me pillas un poco mal ahora mismo.
Su tono de voz me suena muy raro.
—Bueno, si quieres podemos dejarlo para otro día.
—No creo que sea buena idea... —dice.
—¿No? —le pregunto sin entender nada.
—Es que he visto el vídeo, Daniela, y creo que lo mejor es que no volvamos a quedar. No quiero que me vean por tu barrio y..., bueno, piensen que estamos juntos o algo.
—¿Eh?, ya, el vídeo... —murmuro incapaz de decir nada más.
Pensaba que precisamente a él le daría igual, ya que siempre asegura que pasa del qué dirán y se llena la boca con discursos sobre las redes sociales, dejando claro que son lo peor que le ha sucedido al ser humano.
—Sí... Bueno, adiós. Que te vaya bien, Daniela —y me cuelga.
Estoy unos minutos mirando estupefacta la pantalla de mi móvil, analizando lo que acaba de pasar. Me siento ridícula, imbécil, sin valor.
Y exploto.
Si hasta Andrew prefiere cortar toda relación conmigo por esto, está claro que mi vida ha acabado, por lo menos la que conocía hasta ahora. Supongo que ha borrado mi teléfono y por eso, cuando lo he llamado, no ha sabido quién era, y ese detalle hace que me sienta aún peor.
Una angustia se instala en mi pecho. Me desnudo por completo porque de repente siento que todo me oprime y no me deja respirar, y acto seguido me meto en la cama para sacar todo lo que llevo dentro, lo que llevo acumulando desde hace días.
Lloro todo lo que puedo y más, todo lo que mi cuerpo da de sí.
No tengo ni la más remota idea de qué voy a hacer con mi vida, cómo voy a superar esto. El rechazo de Andrew solo me ha hecho caer más abajo..., ¿se puede caer más cuando ya estás en el puto subsuelo? Pues, al parecer, sí que se puede, yo soy la prueba viviente de ello.
No sé cuántas horas paso llorando, lo que no voy a olvidar es el grito que pego al mirarme en el maldito espejo a la mañana siguiente cuando me despierto.
Mi pelo rubio parece un nido de pájaros, pero de los de ciudad, que se ven obligados a hacerlos con plásticos y basura.
Tengo los ojos hinchados de tal manera que casi no puedo ni abrirlos, han perdido toda expresión y brillo, y por mi cara hay chorretones de máscara de pestañas; ni waterproof ni leches, mis lágrimas lo arrastraron todo a su paso.
Soy una escoria social para la gente y, ahora, con este nuevo aspecto, lo parezco también.
Lejos de intentar reponerme, me compadezco un poco más de mí misma.
Me hago un moño con el nido de pájaros, me limpio de mala manera los churretes de la cara y voy directa al congelador a sacar la tarrina de litro de helado.
Pongo la lista de reproducción más triste que tengo y empiezo a cantar a voz en grito, helado en boca y al más puro estilo Bridget Jones «All by Myself» de Céline Dion.
Sí, en efecto, no se puede caer más bajo. Mi vida profesional se ha acabado, y la personal da auténtico asco.