3. Memes y demás historias
Memes y demás historias
Daniela
Me despierto desorientada, sin saber dónde narices estoy y de dónde vienen esos insufribles pitidos.
La luz entra tenue por una pequeña rendija entre las cortinas, que dejé cerradas anoche antes de meterme en la cama.
Enciendo la luz de la mesilla golpeando todo a mi paso y me doy cuenta de que el ruido infernal proviene del timbre de mi casa.
—¿Se puede saber por qué no contestas al teléfono? Salta el buzón de voz todo el rato —me suelta una persona que conozco muy bien en cuanto abro la puerta.
—Buenos días a ti también, Mateo. Apagué ayer el teléfono cuando llegué a casa. Tuve un día... horrible. Pasa y hazme un café, por favor.
Mateo es el hijo de Valentina, y uno de mis mejores amigos. Es fotógrafo y camarógrafo. Hace algún tiempo trabajamos en una campaña de moda juntos y congeniamos tan bien que una cosa llevó a la otra y nos hicimos inseparables.
—¿Tu móvil lleva apagado desde ayer? —pregunta mientras entra en mi casa. El tono serio de su voz me alarma un poco, porque no es algo habitual en él.
—Sí. ¿Por qué?
—Oh, Dios mío, no tienes ni idea de lo que está pasando —exclama llevándose la mano a la boca.
—Pues, teniendo en cuenta que, desde que llegué ayer a casa, he estado durmiendo..., no, no tengo ni idea. ¿Qué es lo que pasa? Y ¿por qué pones esa cara?
—Será mejor que te sientes...
«Mierda, esto debe de ser grave».
—¿Que me siente por qué? —pregunto—. ¿Qué ha pasado? Mateo, si me sigues mirando con esa cara, voy a empezar a pensar que lo que tienes que decirme es algo jodido —añado extrañada y un tanto cagada, la verdad.
—No sé muy bien cómo empezar, Daniela... Ayer, tú..., esto... Seguro que tiene una explicación, pero ¿hay alguna posibilidad de que ayer se te fuera un pelín la pinza y se la liaras a Miguel?
—Sí, bueno, se me fue un poco, sí. Hasta tal punto que lo mandé a la mierda. Pero ¿y tú cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha contado?
«¿Tan rápido corren las noticias para que Mateo se haya enterado?», pienso.
—No me lo ha contado nadie, Dani —responde.
—¿Y entonces cómo lo sabes?
Esto cada vez se está poniendo más raro, y el ver a mi amigo dar tantos rodeos, cuando él siempre es superdirecto, no solo está consiguiendo ponerme nerviosa, sino también que empiece a sentir verdadero pánico.
—Lo he visto con mis propios ojos —dice.
—Eso es imposible..., no estabas allí. Venga, deja de vacilarme y dime quién te ha ido con el chisme. ¿Ha sido Emily?
—No, compruébalo tú misma —me dice negando con la cabeza mientras me pasa su teléfono.
Pulsa play en un vídeo de WhatsApp en el que se puede leer «Reenviado muchas veces», y es entonces cuando mi mundo empieza a desmoronarse.
No me lo puedo creer... En el vídeo se me ve a mí gritando e insultando a Miguel.
Soy yo, pero a la vez no... Doy auténtica vergüenza ajena, doy miedo, joder, esos gritos, esos aspavientos.
.. La mirada de todos mis excompañeros, sus caras de horror.
.. Y, claro, todo sacado de contexto, sin explicación previa.
Parece que estoy atacando a alguien indefenso.
Yo soy la depredadora, he quedado como una persona violenta y agresiva. Peligrosa para los que me rodean.
De manera automática, suelto el móvil de Mateo y me llevo las manos a la cabeza. El vídeo se reproduce sin parar una y otra vez por los altavoces de su teléfono.
—¿Có-cómo?... —tartamudeo intentando saber más, pero estoy en shock.
—Alguien estaba haciendo un directo justo en el momento en el que tú decidiste cagarte en todos los muertos de Miguel y atacarlo. Rápidamente empezaron a entrar personas al directo. Se ha hecho viral, Daniela.
—¿Cómo de viral?
—No se habla de otra cosa en redes. Millones de reproducciones, memes, gifs ...
—Joder —digo mientras pienso que, si cierro muy fuerte los ojos, quizá me despierte de esta pesadilla.
—Lo mejor será que enciendas el teléfono y des de baja todas las redes sociales durante unas semanas, Daniela, porque deben de estar echando humo.
No te voy a mentir, la magnitud de esto ha sido grande, pero ya sabes cómo van las cosas en el social media : en dos días todo el mundo se habrá olvidado. Solo tenemos que capear el temporal.
Hago caso a Mateo y, con manos temblorosas, enciendo mi teléfono.
No me da tiempo a borrar ni desinstalar nada, porque cientos de notificaciones comienzan a colapsarlo.
Dios, la cosa pinta mal. Llamadas, mensajes de texto, notificaciones de redes sociales, miles de menciones.
No sé cómo manejar ni gestionar esta situación. Me siento sobrepasada.
¿Cómo ha podido desmadrarse tanto? ¿Cómo puedo tener tan mala suerte?
Lo borro todo sin entrar a mirar lo que se dice de mí, porque no podría lidiar con ello. Intento llamar a Samuel para hablar con él, explicarle toda la historia y dar la cara, pero tanto el teléfono de la oficina como el suyo propio comunican. Esto es mala señal, muy mala.
«Mierda».
—¿Y qué coño voy a hacer ahora, Mateo? —Estoy empezando a hiperventilar.
Mi amigo vuelve de la cocina, adonde ha ido minutos antes, mientras yo intentaba ponerme en contacto con la productora de Samuel.
—Primero tómate esta tila, te vendrá bien, y después ya veremos —me dice dejando una taza encima de la mesa del salón y sentándose a mi lado.
—¿Tu madre lo sabe también? —le pregunto acto seguido.
En todos los años que llevo en la industria, él y su madre han sido lo más parecido a una familia que tengo aquí, ahora que mi madre ya no está y mi padre vive a kilómetros de distancia.
Decepcionarla es algo que me preocupa, y no quiero pensar qué opinión tendrá de mí después de ver semejante atrocidad.
—Dani, no creo que haya ninguna persona en este planeta con conexión a internet que no haya visto el vídeo —dice Mateo—.
Claro que lo ha visto..., pero te conoce, sabe que hay algo más detrás, que tú no actúas así, no es tu forma habitual de comportamiento —añade intentando tranquilizarme—.
Encontraremos la manera de solucionar esto, ya lo verás.
Quiero creerlo, pero intuyo que no va a ser así. La huella digital es casi imposible de borrar. Si ese vídeo se ha hecho viral en la magnitud que Mateo dice, estoy jodida. ¿Quién en su sano juicio va a querer contratarme después de esto?
Mi mejor amigo se queda junto a mí gran parte del día, dándome su apoyo moral y sopesando las opciones que tengo en estos momentos. El plan es que yo no mueva ficha hasta dentro de una temporadita, cuando las cosas estén algo más calmadas.
Como me es imposible contactar con nadie del equipo y de la productora de Samuel, opto por enviarle un mensaje diciéndole que me llame cuando le sea posible, pero parece que se lo ha tragado la tierra.
Y, por si todo esto fuera poco, Miguel ha dado una entrevista haciéndose la víctima, con la cabeza vendada para imprimirle más drama al asunto. Esto no ayuda en absoluto a calmar las aguas ni mi malestar, pero a él le viene de perlas para promocionar su mierda de película.
Solo puedo limitarme a hacer una cosa: seguir el consejo que me ha dado mi mejor amigo y mantenerme alejada de todo esto unos días.
Esperar encerrada en casa y rezar porque todo se olvide pronto y, con un poco de suerte, entonces poder limpiar mi nombre.
Sin embargo..., la suerte nunca ha estado de mi lado.