2. Cuando el río suena.
Cuando el río suena...
Daniela
Me he despertado un tanto agobiada y muy cansada, física y psicológicamente, creo que hasta tengo fiebre.
Están siendo unos meses complicados; levantarte sin ganas de ir a trabajar día tras día mina la moral a cualquiera.
Estoy empezando a odiar mi trabajo, y odio odiarlo, pero no veo la luz al final del túnel.
Mi vida social se ha reducido a cero. De no ser por mi «casi algo», que se pasa de vez en cuando por mi casa cuando nos tenemos ganas, estaría sola.
El problema es que yo estoy en un punto que ya ni eso me apetece, porque los fines de semana que no rodamos solo tengo ganas de encerrarme en casa.
No deseo ver a nadie, y lo peor es que aún no hemos llegado ni al ecuador de las grabaciones, por lo que tendremos que seguir aguantando a Beyoncé aka Miguel Giró una buena temporada.
Siempre me he considerado una persona fuerte, dura y luchadora. Pero cuando durante dos meses largos solo oyes quejas y menosprecios hacia ti y tu trabajo, en momentos de flaqueza, te lo empiezas a creer un poco.
Y hoy es uno de esos días en los que siento que no valgo para nada.
La situación está comenzando a pasarme factura a nivel físico, y no me gusta sentirme así.
Lo único que quiero es que las horas transcurran lo más rápido posible.
Es viernes, y estoy segura de que la jornada se terminará alargando hasta bien entrada la noche.
Acabo de recibir la escaleta del día y el corazón me empieza a latir nervioso.
Todo en exteriores, cambiando de una punta a otra, debemos cumplir el horario a rajatabla porque necesitamos tener controlado el cambio de iluminación para que, a posteriori , no haya fallo de rácord, cosa que ya sé que va a ser imposible de cumplir tal y como marca en el timing .
Hay mil cambios de vestuario, de maquillaje.
.. El día pinta negro, pero si algo puede salir mal es por todos sabido que saldrá PEOR.
A las ocho y media de la mañana pasará por mi casa el vehículo de producción que me llevará hasta la primera localización, donde se rueda la primera escena que tenemos para esta jornada.
Cojo todo el material que voy a necesitar después de tomarme un analgésico para intentar controlar el mal cuerpo que tengo. Bajo en cuanto el coche llega y me monto en él, intentando fluir con el día de la mejor manera posible. ( Spoiler : estoy segura de que voy a fallar de manera estrepitosa).
Llego al set y resulta que el conductor que tenía que traer a los actores se ha equivocado de camino y han terminado en la localización que tocaba por la tarde. Aunque ya están llegando, eso va a retrasar la planificación unos cuarenta y cinco minutos, así que empezamos bien.
El ambiente está tenso desde primera hora.
Opto por quedarme al margen, tratando de volverme invisible.
De mi boca no sale ningún sonido, soy un ninja en modo zen.
En absoluto silencio, voy hasta la mesa que me han montado como set de maquillaje y empiezo a colocarlo todo para tener el material preparado cuando los actores lleguen.
Se empiezan a oír gritos de fondo. Reconozco de inmediato la voz: llevo dos jodidos meses aguantando su horrible tonito casi a diario. Es como el clásico pitido que se te mete en el cerebro cuando tienes dolor de cabeza y no puedes dejar de oírlo. Es insufrible.
En ese momento entra Miguel en el set. Es bajito, no medirá más de un metro sesenta y cinco, tiene el pelo moreno y con algunas canas en las sienes.
Suele vestir un poco bohemio, para dar un aspecto de hippie buenrollero —nada más lejos de la realidad—, siempre con colores neutros, porque para oscura ya está su alma.
Y, por supuesto, lleva gafas de pasta, para dar ese toque intelectual tan necesario para visionarios como él.
Tiene los ojos marrones, color caca si me preguntas a mí.
Si tuviera que definirlo como un ser mágico, sería un duende: pequeño, feo y endiablado.
Un ser del mal, vociferando a su primera víctima del día y haciendo que en mi cabeza retumbe su horrible timbre de voz cuando aún no son ni las nueve y media de la mañana.
—¡Estoy rodeado de inútiles, joder! ¡No sabéis hacer nada bien! —sigue gritando.
—Pe-pero no... no es culpa mía... —Esa voz... sé a quién pertenece, y al momento se me encoge el estómago.
—Ah, ¿no? Perdona, entonces, pensaba que eras la estilista. ¿No lo eres? —le dice de forma sarcástica a Emily, poniendo una voz aniñada que hace que me den ganas de arrancarle la lengua.
Tiene un don, eso no puedo negarlo: consigue despertar toda la violencia que se esconde dentro de mi ser.
—Sssí, sí soy la estilista, pe...
—Ni pero ni hostias, esto lo vas a tener que pagar tú. Y ahora quítate de mi vista o no respondo.
Menudo pedazo de gilipollas. No tengo ni idea de qué ha pasado con Emily, pero me apuesto cualquier cosa a que no ha sido culpa suya.
Voy tras ella, que ha salido corriendo y se ha refugiado detrás de una de las furgonetas del equipo de sonido.
—¿No estarás llorando por ese payaso? —le pregunto cuando llego donde está—. No se merece que derramemos ni una sola lágrima, no sabe gestionar su propio fracaso interior y lo paga con el resto de la forma más sibilina que puede. Es un imbécil, no dejes que te afecten sus comentarios, Em.
—Es que... es que... esta vez creo que tiene razón, ha sido fallo mío, Daniela —contesta hipando por la congoja.
—Lo dudo, pero ¿acaso somos máquinas diseñadas para no poder cometer ni un solo desliz?
¿Qué ha pasado que es tan grave para que te merezcas que te trate así?
Ya te contesto yo: nada. Nada justifica el modo en que nos trata.
¿Quieres contármelo? —le pregunto usando el tono más dulce que puedo y agarrándola de la cara para que levante la vista.
—Pues que, mientras colocaba el vestuario de hoy en los burros, me he dado cuenta de que han arrancado la etiqueta de uno de los vestidos que va a usar Cindy.
Lo estaba comentando con Andrés sin darme cuenta de que Psico estaba justo detrás y lo ha oído todo.
Lo demás creo que ya lo has oído tú y todos los presentes. ..
En este mundillo es un secreto a voces que la ropa se devuelve después de utilizarla en los rodajes.
Es una práctica que llevan a cabo la mayoría de los estilistas, salvo que las marcas sean patrocinadoras y cedan las prendas a cambio de salir en los créditos, aunque eso solo suele ocurrir en las grandes producciones.
Lo normal es que no se quiten las etiquetas de la ropa que se usa y después se valore qué piezas pueden devolverse, pues, salvo que en la toma haya que ensuciarse o mojarse, las prendas no se usan durante mucho rato, e incluso algunas ni siquiera llegan a utilizarse.
—Bueno, ¿y qué? No pasa nada, que le den.
—Ese vestido cuesta ochocientos dólares, Daniela. No puedo hacerme cargo de ese gasto —me confiesa Emily, llevándose las manos a la cara.
—Bueno, no te preocupes, ya veremos cómo lo solucionamos, hablaremos con Samuel. Venga, dame un abrazo, tonti —le pido rodeándola con mis brazos.
Samuel es uno de los CEO de la productora independiente que nos ha contratado. Y lo siento mucho por él, pero si alguien va a hacerse cargo del coste de ese vestido, será él o su productora.
—Ya están llegando los actores —oímos decir a María, la ayudante de cámara.
¡Por fin!
Mientras estemos ocupados y cada uno con lo suyo, todo irá mejor.
Paramos para comer y, para mi sorpresa, me percato de que la mañana ha ido como la seda, si no contamos con la escena protagonizada por Psico y Emily. Aunque vamos algo tarde, con un poco de suerte no terminaremos a las mil.
Tengo unas ganas tremendas de acabar. El analgésico que me he tomado por la mañana está dejando ya de hacer efecto y me siento mal otra vez. No sé con exactitud qué me pasa, pero casi seguro que tengo alguna décima de fiebre de nuevo. Siento la espalda entumecida y tengo frío.
Miguel ha tenido alguna salida de tono habitual en él, pero ha sido llevable.
Hacer llorar a Emily a primera hora de la mañana le ha servido para calmar el veneno que le corre por las venas.
Nos quedan todavía cuatro escenas más por grabar, una en el centro de la ciudad, donde Julia y John se van a profesar su amor eterno imitando la mítica escena del balcón, solo que aquí no hay balcón, sino unas escaleras.
Julia arriba del todo y John Romerto abajo.
No termino de entender el concepto, pero a mí me pagan por maquillar.
Va a ser una escena un poco complicada en cuanto a logística, porque además de Cindy y Josh —los actores principales—, hay un montón de figurantes que tienen que pasar por mis manos y por las de Emily en tiempo récord.
Pero solventamos el trabajo y empiezan a grabar.
—Y... ¡CORTEN!
A continuación se oye el maravilloso sonido de la claqueta que vaticina el fin de la escena. En principio parece que ha quedado bien, pero tenemos que esperar que la script revise la toma y la dé por buena.
—LO TENEMOS... ¿Hace falta grabar recursos? —pregunta María.
—No, lo hemos hecho antes —contesta Andrés.
—Perfecto. QUINCE MINUTOS DE DESCANSO Y RETOMAMOS —comunica María a todo el equipo.
Por fin, ya estamos más cerca de terminar, solo quedan unas tres escenas y seremos libres.
Y, aunque para estas tenemos que volver a trasladarnos a otra ubicación, saber que el final de la jornada está tan cerca me ayuda a sobrellevar lo mal que me encuentro.
Voy hacia la mesa de catering con la idea de coger un bocadillo y alguna bebida carbonatada que me dé alas. Con todo esto en las manos, busco un lugar donde refugiarme, lejos de la gente, porque siento que la cabeza está a punto de estallarme.
Voy por la mitad del bocadillo cuando, sin yo quererlo, soy testigo de una asquerosa conversación telefónica que ojalá no hubiera oído:
—No, tío, no hay ni una que se salve, ni borracho.
Solo puedo oír una parte de la conversación, lo que le contestan al otro lado del teléfono es imposible saberlo, aunque tampoco es que haga falta para que se me empiece a revolver el estómago.
—Además de feas, son unas inútiles, seguro que ni follar se les da bien...
Su risa asquerosa inunda mis oídos, y me entran ganas de vomitar.
—Y una mierda, esas putas no merecen más.
Lo dices porque no las has visto. La única que tiene un pase es la de maquillaje; a esa me dan ganas de cogerla del pelo y meterle la polla hasta ahogarla, hasta que vomite la muy zorra.
Seguro que le encantaría. Y la de estilismo.
.., a esa también se la metía. A saber por cuántos despachos habrán pasado para llegar donde están. ..
No puede ser verdad. Pensaba que Miguel Giró no podía darme más asco, pero está claro que la realidad puede superar la ficción.
Además de un vale para nada, resulta que el infeliz es un misógino de mucho cuidado, uno de esos depredadores que andan sueltos por el mundo y que se creen superiores solo por tener algo colgando entre las piernas.
Sin pensarlo dos veces, voy decidida a plantarle cara.
—¡Ni en tus mejores sueños, escoria!
Miguel se queda paralizado por un momento. Pero después sonríe con una de esas sonrisas siniestras, se despide de la persona con la que estaba hablando y se guarda el teléfono en el bolsillo con una lentitud y una frialdad que me provocan un escalofrío.
—¿No te han dicho que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación? —me suelta.
Es un sinvergüenza, y está claro que, además, orgulloso de ello. Menudo parásito.
—Me das un asco tremendo —le escupo mientras la rabia hace que la bilis me suba a la garganta.
Se acerca a mí invadiendo mi espacio personal, tan cerca que puedo oler su aliento asqueroso. Huele a mala higiene bucal.
—Seguro que a tu madre le habría encantado tragarse mi polla y no se habría quejado tanto —susurra en mi oído antes de dirigirse hacia el set como si nada.
Golpe bajo, muy bajo. Mi madre falleció hace un año y, aunque no lo había compartido con este gilipollas, está claro que él lo sabe.
En ese momento, no sé qué me pasa: se me nubla la vista, lo empiezo a ver todo rojo y no soy capaz de pensar.
Quizá sea la fiebre, que me ha subido. Quizá sea la tensión de tantos meses soportando oírlo hablar así de mí y de mis compañeras.
Quizá la bajeza de hablar de mi madre de esa forma o todo ello junto, pero salto, y lo hago directa a la yugular.
—¡Escúchame, pedazo de mierda...! —le grito a la vez que le lanzo a la cabeza la lata de bebida que en estos momentos tengo en la mano.
Para mi sorpresa, doy en la diana, y digo esto porque la puntería no es una de mis virtudes.
Él se gira, alucinando y llevándose la mano a la cabeza, al lugar donde ha impactado la lata.
Nadie hasta ahora lo había confrontado de esta manera, pero yo siento ya tanta rabia que me da todo igual.
No pienso, solo actúo consumida por una rabia visceral.
Me estoy quemando por dentro, siento cómo el fuego me corre por las venas, cómo me tiemblan las manos, la furia ya se ha apoderado de mí y es demasiado tarde para frenarla.
—¿Te estás dirigiendo a mí? —me espeta con altanería.
—¿Ves algún pedazo de mierda más por aquí? Porque yo solo te veo a ti.
Y en ese momento comienza mi fin. No voy a reproducir todo lo que sale de mi boca. Ni cómo llega ese escupitajo a su cabeza.
No estoy orgullosa de cómo me he comportado ni de las cosas que he dicho (bueno, igual algo sí), pero no debería haber perdido las formas de ese modo. ¿He sentido satisfacción al ver cómo su cara se iba desencajando? Puede ser, pero sé que lo que he hecho no está bien.
Cuando ya me quedo a gusto, y sin nada más por decir, me doy cuenta del silencio absoluto que nos rodea. Es entonces cuando soy consciente de que quizá me he excedido un poco, pero ya es tarde para recular. Lo hecho hecho está, no hay vuelta atrás.
—Ahí te quedas tú y tu mierda de película. Yo me piro —es lo último que digo.
Y me retiro, recojo mis cosas y me largo.
Escribo un mensaje a Samuel pidiéndole perdón por dejarlos tirados en mitad del proyecto y diciéndole que necesito explicarle todo lo que ha ocurrido. Que lo siento mucho pero que no puedo trabajar ni un minuto más con Miguel Giró.
Cuando llego a mi casa, apago el móvil, me ducho y me meto en la cama.