1. Montescos y Capuletos regu.
Montescos y Capuletos regu...
Daniela
(Voz en off ): Aún recuerdo el sabor de sus labios la primera vez que nos besamos... A la sombra de un pino, mientras las balas serpenteaban a nuestro alrededor...
—Dime que nunca te olvidarás de mí, Julia.
—No podría ni aunque quisiera, John Albert. Bésame.
—¡CORTEN! —resuena la voz del director, gritando, una vez más—. Cindy, cariño, es John Romerto.
—Perdón, es que me he desconcentrado, y el nombre es un poco complicado de recordar.
Se oye un resoplido general por parte de casi todo el equipo.
Cindy se ha «desconcentrado» ya la friolera de veinte veces.
Cuando no es con el nombre, es que esa perspectiva quizá no saca a relucir su lado bueno o que de repente le entra la risa o cualquier otra chorrada.
La escena es sencilla: dos frases selladas con un beso, mientras las dos bandas enemigas, los Capilotus y los Montejos, se van disparando y, fin, a otra cosa, pero llevamos atascados unas dos horas en el mismo punto y todos empezamos a estar cansados, por no decir algo inapropiado.
DOS HORAS para rodar una escena que en circunstancias normales estaría lista en treinta minutos, como mucho.
Llevo ya cinco años trabajando en la industria y, de todas las producciones de las que he formado parte, que han sido bastantes, esta sin duda se lleva la palma.
Por desastre, por tediosa, por estar consiguiendo llevarnos al límite cada día y porque su director, Miguel Giró —un director español, del que me atrevo a afirmar que es una de las peores personas que he conocido—, es incapaz de reconocer que quizá se ha equivocado de profesión y en realidad su sueño y su trabajo frustrado es ser un PSICÓPATA de manual.
—Descanso de quince minutos, chicos —vocifera la auxiliar de cámara.
—Genial, hoy no salimos de aquí ni queriendo..., se ha retrasado toda la escaleta del día. Dentro de una hora tendríamos que estar todos en la playa, grabando la escena del atardecer —comento con Emily, la estilista.
—Pues se pospondrá para mañana, como llevamos haciendo durante todo el rodaje... Sin duda esta película será la que más se tarde en rodar de toda la historia del cine —contesta ella.
Emily y yo hemos coincidido ya en alguna que otra grabación y tenemos cierto grado de confianza; no somos amigas, pero sí colegas, y ambas estamos sufriendo en este rodaje lo que no está escrito.
— Boyhood tardó en grabarse más de una década, aún tenemos algo de margen para que eso pase —añade Andrés, uno de los chicos de sonido, que se ha acercado a nosotras.
—Tú no le des ideas a Psico, que, como su película va a ser un gran truño, está intentando rascar algún récord.
A veces pienso que la peli es una tapadera y en realidad está haciendo una especie de experimento social con nosotros —dice Emily mientras se encamina hacia la mesa de catering seguida de Andrés.
Esos dos están teniendo un rollito que no se me ha escapado durante todo el rodaje. Cuando hay descanso, él aparece automáticamente a nuestro lado. No soy tonta, y se ve a la legua que yo le intereso una mierda, pero Emily siempre está conmigo. Estilismo y maquillaje van siempre de la mano.
En cuanto toque viajar para grabar en las localizaciones fuera de la ciudad, la tensión entre ellos va a poder cortarse con un cuchillo. El roce y las cervezas post día de grabación harán el resto.
—A ver, la de las brochas —me grita Miguel acercándose a mí.
Nunca, bajo ningún concepto, se debe nombrar al hijo de Satanás, porque sin duda el susodicho hará acto de presencia.
Llevamos cerca de dos meses de grabación y el muy imbécil aún no se ha dignado aprenderse nuestros nombres y siempre se dirige de muy malas formas a nosotros.
No sucede lo mismo con los actores —Dios lo libre de cometer semejante atrocidad—, pero paga su frustración con el resto del equipo.
Estoy convencida de que piensa que le debemos algún tipo de lealtad y quiere que se lo paguemos con sangre, sudor y lágrimas.
—Dime, Miguel —respondo, pero soy incapaz de dejarlo solo en eso—. Por cierto, me llamo Daniela. Por favor, llámame por mi nombre y sin gritos, que no estoy sorda, de momento... Aunque cuando acabe de trabajar contigo es posible que haya perdido algo de audición. —«Y años de vida», pienso.
—Lo que sea, da igual... —replica él—. Vamos a ver, ¿cómo piensas solucionar el problema?
—¿Qué problema? No te sigo, vas a tener que ser un poco más específico —le digo intentando mantener la calma.
—Está claro que la mierda de trabajo que haces está consiguiendo que nuestra actriz no dé la talla —me suelta el muy gilipollas como si tal cosa.
—¿Perdona? —añado sin terminar de creerme lo que acaba de decir—. ¿Serías tan amable de explicarme con exactitud en qué influye mi trabajo para que Cindy no sea capaz de decir sus frases de forma correcta? Yo qué sé..., prueba a llamar a Martha y que repase con ella los textos.
Martha es la coach de reparto, que debe de estar a puntito de mandarlo todo a la mierda, porque también está al límite, como el resto de nosotros.
—El problema es que tu trabajo es muy mediocre. Eres una auténtica incompetente, y por eso las cosas no están saliendo como deberían. ¡PONLE SOLUCIÓN YA! —dice alzándome la voz, haciendo que todo el equipo se gire para mirarme.
Este es el ambiente habitual de trabajo con Miguel: si algo sale mal, siempre paga su frustración con nosotros, aunque el noventa por ciento de las veces no tengamos nada que ver en absoluto.
Respiro hondo, cuento hasta cien, porque hasta diez es demasiado corto, y me muerdo los labios para no seguir sus pasos y decirle cuatro cosas a ese personaje.
El problema no es nuestro, ni de los chicos de sonido, ni de los camarógrafos, ni de la script , ni de los de arte, ni de los actores.
.. Bueno, de estos últimos igual un poco sí, pero nadie del equipo es culpable de su nula capacidad de dirección ni de sus malas formas.
Sin embargo, después de dos meses, y viendo que la cosa cae en picado cuanto más tiempo pasa porque la situación va cada vez peor, me está costando más callarme y no mandarlo todo a la mierda.
¿De verdad me compensa aguantar a este tipo? Sé la respuesta: no.
Acepté el proyecto por hacerles un favor a los de la productora —llevaban poco recorrido en el sector, es independiente y aún no tienen muchos contactos—, porque la película en sí me parece un auténtico despropósito.
Una adaptación de Romeo y Julieta , mezclando mafia de principios de 1920 pero ambientada en un mundo futurista y distópico; una aberración, si me preguntan.
No quería dejarlos tirados y por eso estoy aguantando a este ser del inframundo, pero en cualquier momento terminaré saltando, y entonces arderá Troya.
—Retomamos, chicos, todos en posición.
El descanso ha terminado y mi paciencia va por el mismo camino. Retoco a los actores, que ya están en el set, y después vuelvo a mi sitio.
—Prevenidos, ¡SILENCIO! ¿Sonido?
—Graba.
—¿Cámara?
—Graba.
—Cinco y acción. Cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡ACCIÓN!
Se oye el sonido de la claqueta al cerrarse, seguido de la voz en off y las balas de fogueo.
Nos cuesta cinco tomas más terminar la secuencia y dos extras para grabar recursos.
La jornada no ha sido nada productiva, y para el día siguiente tendremos que grabar los exteriores que han quedado pendientes.
Odio rodar fuera porque todo se descontrola. Cuando dependes del tiempo y de las horas de luz, se necesita una gran organización, y en esta producción está claro que hay de todo menos eso.
Por la noche, cuando por fin llego a mi casa, pienso en cómo ha sido el día, pero lo que no me imagino es hasta qué punto me están acechando los ojos del lobo.