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Por Zuri Elidan

© inepub.com

Prólogo

Daniela

Tengo que admitir que no estoy pasando por mi mejor momento.

Me acerco a los treinta y por primera vez siento que mi vida se escapa sin que yo pueda hacer nada.

Visto desde fuera, es fácil pensar que, cuando no estás a gusto con la vida que llevas, lo que debes hacer es cambiarla.

Hacer algo por mejorar, por sentirte bien y no perdida, como me encuentro en estos momentos.

En la teoría todo es muy bonito, sobre todo cuando no es de ti de quien se trata, pero en la práctica es distinto.

Si hubiera tenido una bola de cristal y hubiera sabido todo lo que vendría después, la solución habría sido fácil: no habría aceptado ese proyecto que terminaría siendo como una fuerza de la naturaleza que te lleva por delante sin que puedas hacer nada por evitarlo.

Pero vamos a empezar por el principio, porque, como en cualquier historia, todo tiene un evento canónico que lo cambia todo.

En un inicio, disfrutaba mucho con mi trabajo.

Cuando tienes veinte años recién cumplidos lo ves todo con otros ojos, unos cargados de ilusión.

Te metes en la boca del lobo sin saber que está llena de dientes y babas.

Pero a golpes aprendes y terminas espabilando o dedicándote a otra cosa.

El problema era que yo me había mudado, había dejado atrás Jerome, el pueblo donde vivía en Arizona, dando así el salto a la gran ciudad para cumplir mi sueño, y estaba dispuesta a luchar lo que hiciera falta por conseguirlo.

Empecé desde abajo, ilusionada, pero con una cuenta bancaria en la que se oía hasta eco, comiendo pasta precocinada más veces de las recomendadas en un mes, consiguiendo una reducida cartera de clientas que me contrataban para sus eventos.

.. Poco a poco, sin embargo, se fue corriendo la voz y mi agenda se fue llenando.

Siempre con la maleta a cuestas llena de brochas, pigmentos y labiales, me movía por la ciudad, de casa en casa o de hotel en hotel, dependiendo del evento, para hacer magia con mis manitas.

Al principio disfrutaba con mi empleo, aunque alguna vez me encontré con personas bastante maleducadas, como en cualquier trabajo con el que tengas que tratar con la gente.

Por lo general intentaba que mis sesiones de maquillaje fueran una experiencia agradable y amena para mis clientas, pero no siempre era una tarea fácil.

Por mis manos han pasado novias, invitadas, madrinas e incluso alguna que otra influencer de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Pero, como casi todo en la vida, lo poco gusta y lo mucho cansa, y después de estar cerca de cuatro años en la misma dinámica, comenzaba a estar un poco harta.

Debo añadir que el trabajo era cada vez más complicado, porque, gracias a las que se hacen llamar «gurús de belleza», el sector está repleto de «profesionales y entendidas» a las que les encanta cuestionártelo todo.

(«Que sí, Karen, que sí..., que yo me puedo inspirar en esta foto retocadísima de JLo para hacerte el maquillaje, pero ni tú eres ella ni tienes veinte años, cielo.

.. Es imposible que te deje igual y, ya que estamos, tampoco puedo subirte las tetas hasta la garganta, milagros no puedo hacer, preciosa»).

Todo esto en conjunto hizo que empezara a estar un poco hastiada, como ya he dicho, y fue entonces cuando conocí a Valentina, mi hada madrina en este mundo moderno.

Me contrató porque tenía un evento y fui a su hotel.

Para mí era uno más de los muchos trabajos que hacía, por lo que no era raro que tuviera que ir a un lugar así para maquillar a alguien para cualquier reunión social.

—Hola, mi nombre es Daniela Miller, estoy buscando a Valentina Ferrani. Soy la maquilladora, me ha citado aquí —le dije al recepcionista con la mejor de mis sonrisas.

—Buenos días, señorita Miller, un segundo —me contestó en un tono muy amable mientras marcaba un número de teléfono y se disponía a hablar con alguien.

—Gracias —repuse dispuesta a aguardar.

—Disculpe la demora. La señora Ferrani la espera ya en la habitación 611. Tiene que coger el ascensor del final del pasillo, la llevará directa, este es el código. —Me dio una tarjeta con el membrete del hotel y un código QR, que supuse que sería para llegar a mi destino.

—De acuerdo, muy amable, que tenga un buen día.

Monté en el ascensor, pasé la tarjeta por el lector y una musiquita empezó a sonar, mientras un suave pitido avisaba de los pisos por los que íbamos pasando. Al alcanzar el sexto, una voz robótica me indicó por los altavoces que había llegado.

Cuando las puertas se abrieron, aluciné. Era una de las habitaciones más espaciosas y lujosas que había visto en mi vida. Debía de ser la suite ejecutiva o la presidencial por lo menos; trabajar allí iba a ser toda una experiencia difícil de superar.

La luz natural que entraba por los grandes ventanales era ideal, había también una gran mesa para poder preparar todo el material de maquillaje y, por si eso fuera poco, UN ESPEJO gigante. El sueño de toda maquilladora hecho realidad.

—¡Hola! Tú debes de ser Daniela. Yo soy Valentina, encantada. ¿Qué tal? ¿Has llegado bien? ¡Qué guapa eres! —me dijo mientras me daba dos besos de forma efusiva.

Valentina era una mujer elegante, se notaba, se sentía su porte y su saber estar.

Pelo castaño, un poco más largo en los hombros, que llevaba peinado en unas ondas suaves colocadas de manera estratégica; estatura media, complexión delgada; caminaba con pasos firmes, pero a la vez era como si flotara.

Su aura me dejó encandilada los segundos que tardé en responderle.

—Sí, encantada. Si te parece bien, voy a ir preparándolo todo para empezar cuanto antes. Si quieres puedes ir enseñándome la ropa que vas a llevar, o indicarme si tienes alguna preferencia en colores o algún must en cuanto a maquillaje.

—Me voy a dejar aconsejar por ti. Tienes vía libre para hacer lo que quieras.

¿Qué? ¿Estaba soñando despierta?

Dispuse todo el material sobre la mesa y empezamos la sesión.

Guiándome por su morfología, el tono de su piel, su pelo y, por supuesto, el vestido que llevaría esa noche, creé un look sencillo pero sofisticado, con los labios en un tono cereza que resaltaba aún más esa belleza madura que irradiaba.

Estaba espectacular, y quizá está mal que yo lo diga, pero es que hacer mi trabajo era algo que se me daba fenomenal.

—Me fascina el maquillaje que me has hecho, Daniela. Esas manos obran magia —exclamó agradecida al mirarse en el espejo.

—Muchas gracias —contesté satisfecha porque apreciara mi labor.

Luego la ayudé a ponerse el vestido y las joyas que adornarían su cuerpo esa noche porque su estilista había pillado un atasco e iba justa de tiempo.

No era algo nuevo en mi trabajo tener que ayudar a vestirse a mis clientas: novias muy nerviosas con madres histéricas, incapaces de abrochar los diminutos botones de un vestido. En esa tarea, yo era la experta.

Una vez estuvo todo listo, empecé a recoger todo el material del improvisado set mientras Valentina esperaba a que su coche pasara a recogerla.

—¿Sabes, Daniela? —me dijo de pronto—. Llevo todo este rato dándole vueltas a algo... Me preguntaba si tendrías una tarjeta de visita con tus datos para volver a llamarte cuando te necesite.

Aquello era de lo más normal, y siempre llevaba unas cuantas en la cartera por lo que pudiera pasar.

—Sí, aquí tienes —le contesté mientras le pasaba una tarjeta.

En ese momento tocaron a la puerta, su coche estaba listo, y las dos salimos de la habitación. Al final del pasillo nuestros caminos se separaron porque dejé que pasaran ellos primero en el ascensor: yo no tenía prisa y me daba igual esperar al siguiente.

—Recibirás noticias mías, Daniela Miller. Gracias por dejarme tan estupenda.

—Disfruta de la noche, Valentina.

Una semana y media después, sonó mi teléfono.

Era el secretario de Valentina, quería que me pasara por las oficinas de FerVal Producciones para una entrevista personal.

En esa llamada me enteré de que ella era la directora general de una productora audiovisual bastante conocida en la ciudad y, al parecer, deseaba trabajar conmigo.

El día que la maquillé fue para una premier y la fiesta posterior de una nueva serie que habían producido.

La entrevista fue genial, salí de allí con la propuesta de dos proyectos que me apetecían muchísimo.

Aquello suponía para mí un cambio de aires, nuevos retos a los que enfrentarme, y estaba encantada.

Me abrió muchas puertas, no voy a mentir, pues ese mundillo funciona así, por contactos.

Si no los tienes es muy difícil que llegues a algo; no imposible, pero sí difícil.

Y, gracias a la oportunidad que me dio Valentina, me fui abriendo hueco en el mundo del maquillaje profesional.

Producciones, shootings , backstages ...

, todo lo que escondían esos lugares nunca más sería un secreto para mí.

Fue entonces cuando empezó mi camino a la felicidad, una un tanto efímera, todo sea dicho, aunque duró años. Después descubriría que ese mundo estaba lleno de sombras creadas por los focos y las luces, que brillaban y cegaban; sombras en las que, una vez entrabas, luego era ya muy difícil salir...