Pistas Bordadas (Misterios de Threadneedle Street 1) 19. Capítulo Diecinueve
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19. Capítulo Diecinueve

Capítulo Diecinueve

C uando Daniel despertó a la mañana siguiente, sintió la misma desazón de la noche anterior. Soledad. La inesperada ausencia de Grace le había dejado un vacío en el pecho. Nunca se había sentido tan solo. Ni siquiera cuando murió su esposa.

Agotado y, al mismo tiempo, eufórico por el desenlace del caso, había vuelto deprisa a casa para ver a Grace, solo para descubrir que se había ido y que había dejado una nota sobre la mesa de la cocina. Me fui a casa, Daniel. Necesitaba un poco de espacio y dormir bien. Llámame mañana, por favor.

Soltó un profundo suspiro, pero intentó animarse mientras se duchaba, se afeitaba y se vestía con su mejor ropa.

Al conducir hasta la comisaría para cerrar el caso, adoptó su actitud profesional.

Había programado la entrevista con Tyler para las nueve de la mañana y esperaba poder atar todos los cabos sueltos para los abogados.

Ahora estaba sentado frente a Tyler Jessup en la Sala de Entrevistas 2, viendo cómo un joven se derrumbaba.

Tyler llevaba veinte minutos llorando. No eran lágrimas manipuladoras, sino los sollozos crudos y desgarradores de alguien cuyos muros psicológicos, construidos con tanto cuidado, por fin se habían venido abajo.

Le temblaban tanto las manos que apenas podía sostener el vaso de agua que Amy le había dado.

—Lo siento —repetía Tyler entre sollozos—. Lo siento mucho. Dios, cuánto lo siento.

Amy y Daniel esperaron, dejando que Tyler llorara hasta quedarse sin lágrimas. La fiscal estaba sentada en un rincón, preparada para tomar notas. La defensora pública de Tyler, una mujer de aspecto cansado llamada Jennifer Moore, estaba sentada junto a su cliente, con una mano sobre su hombro.

Por fin, los sollozos de Tyler se redujeron a hipos. Se secó la cara con la manga y pareció más joven que sus veinticuatro años. Se veía completamente destrozado.

—Tyler —dijo Daniel con suavidad—, necesito que me cuente todo ahora para que quede asentado. Tómese su tiempo, pero empiece desde el principio. ¿Cómo logró Patricia Caldwell que saboteara la operación de Marc?

Tyler cerró las manos en puños. —Ella lo sabía. Lo de mi accidente. Lo que hice y cómo huí.

—Cuéntenos sobre el accidente. Con sus propias palabras, por favor.

Los ojos de Tyler volvieron a llenarse de lágrimas.

—Hace tres años. Tenía veintiuno. Acababa de empezar mi primer trabajo de verdad en un vivero de Duncan.

Un viernes por la noche salí con unos compañeros de trabajo y bebí demasiado.

Muchísimo. Pero creí que estaba en condiciones de conducir.

Pensé que... —Se le quebró la voz—. Fui un estúpido.

Daniel mantuvo un tono neutral. —¿Qué ocurrió?

—Conducía de regreso a casa, en la oscuridad.

Estaba lloviendo y había una carretera rural cerca de Cobble Hill, sin alumbrado público.

No iba demasiado rápido, pero cantaba al ritmo de la radio.

Supongo que no estaba prestando atención.

Y entonces ella apareció. En medio de la carretera.

Tal vez estaba cruzando, tal vez caminaba por la orilla; ni siquiera lo sé. Sé que la atropellé.

La sala quedó en silencio, salvo por la respiración entrecortada de Tyler.

—Sentí el impacto. Lo oí. Detuve el carro, miré hacia atrás y la vi tendida allí, en la carretera.

—Tyler se cubrió el rostro con las manos—.

Debí haber llamado al 911. Debí haberla ayudado.

Debí haber hecho algo. Pero entré en pánico.

Había estado bebiendo y acababa de atropellar a alguien.

Iba a perderlo todo. Así que me fui. Yo... yo la dejé allí y me fui.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Daniel.

—Annabelle Roberts —respondió Tyler apenas en un susurro—.

Volví a casa, escondí el carro en mi cochera y no pude dormir en toda la noche.

Al día siguiente apareció en las noticias.

Una mujer fue encontrada muerta en la Carretera Harris, en Duncan; se sospecha de un atropello y fuga y la policía solicita información.

Annabelle tenía veintiséis años y estudiaba enfermería.

¡Era la hija de alguien, por el amor de Dios! —Volvió a derrumbarse.

Daniel sintió el peso familiar de la tragedia. Una decisión estúpida que destruía varias vidas. —¿Nunca se presentó ante la policía?

—No. Me dije que ella ya estaba muerta y que entregarme no la devolvería a la vida.

Que yo era joven y merecía una segunda oportunidad.

—Tyler levantó la mirada, con los ojos rojos e hinchados—.

Me convencí de que podía vivir con aquello.

Seguir adelante. Ser una mejor persona. Dejé de beber tanto, nunca volvía a conducir si había tomado aunque fuera una sola cerveza e intenté...

no sé, enmendarlo de alguna manera. Pero, conforme pasaba el tiempo, cada vez me resultaba más difícil afrontar lo que había hecho.

—¿Y cómo se enteró Patricia Caldwell de todo esto?

Tyler respiró con dificultad. —Su cuñado, Victor Drummond, debió de contárselo.

Yo no lo conocía bien, pero había trabajado brevemente para él cuando era adolescente, antes del accidente.

Era una de esas operaciones de cultivo del mercado gris, fuera de los registros y con pagos en efectivo sin declarar.

Victor manejaba varios invernaderos y enseñaba métodos orgánicos.

Trabajé allí quizá tres meses, cuando era joven, justo después de terminar la escuela secundaria.

Daniel se inclinó hacia delante. —¿Victor lo reconoció cuando Marc lo contrató en North Saanich?

—Debió de reconocerme. Ni siquiera sabía que conocía a Marc.

Pero Patricia fue al invernadero hace unos seis meses.

Fue la primera vez que nos vimos. Me miró y dijo: «Vaya, vaya, Tyler Jessup.

¿El antiguo empleado de Victor? Qué pequeño es el mundo».

—Las manos de Tyler temblaron—. Al principio no le di importancia.

Una coincidencia. Pero unas semanas después regresó.

Me pidió hablar en privado. Y fue entonces cuando me dijo que sabía lo de mi atropello.

—¿Qué sabía exactamente?

—Lo del atropello y fuga. Lo de la mujer que maté.

—La voz de Tyler bajó hasta convertirse apenas en un susurro—.

Patricia me dijo que Victor había estado en un bar de Duncan esa noche.

Me había visto allí con mis amigos: borracho, apenas capaz de mantenerme en pie.

Se ofreció a llevarme a casa, pero me negué y dije que podía conducir.

Victor me vio marcharme y sabía que yo no debía estar al volante.

Tyler se secó la cara con la manga. —A la mañana siguiente, las noticias informaron que habían encontrado muerta a una mujer en la Carretera Harris.

El atropello y fuga, presuntamente cometido por un conductor ebrio, ocurrió más o menos a la misma hora en que yo habría estado conduciendo de regreso a casa desde aquel bar.

Y Victor... había visto mi carro unos días después.

Notó los daños recientes en el parachoques delantero y los raspones que yo había intentado cubrir con pintura en aerosol. Ató cabos.

—¿Por qué Victor no lo denunció? —preguntó Daniel.

—Porque Victor tampoco era precisamente un ciudadano respetuoso de la ley.

Según Patricia, Victor siempre decía que los secretos de la gente valían más que la justicia.

Uno nunca sabía cuándo podría necesitar algo con qué presionar a alguien.

—La voz de Tyler se llenó de amargura—. Así que se lo guardó.

Se lo contó a Patricia antes de ir a prisión, por si algún día podía resultar útil.

Y tres años después, cuando me contrataron en la operación de Marc, así fue.

Amy intervino: —¿Y Patricia vio su oportunidad cuando Marc lo contrató?

—Sí. Dijo que Marc había destruido a su familia al testificar contra Victor.

Quería vengarse. Quería sabotear su operación, hacerla fracasar, arruinarlo económica y profesionalmente.

—La voz de Tyler sonó vacía—. Dijo que lo único que tenía que hacer era ayudarla.

Contaminar mi ropa de trabajo con larvas de plagas, pedir suministros con nombres falsos, hacer que pareciera una infestación natural.

Si la ayudaba, guardaría mi secreto. Si me negaba, acudiría a la policía con sus acusaciones, y yo sabía que no resistiría sus interrogatorios.

—Así que la ayudó —dijo Daniel.

—¿Qué otra opción tenía? —La voz de Tyler se elevó, desesperada—. Homicidio vehicular, huir del lugar, tres años de obstrucción a la justicia... Me darían un mínimo de veinte años. Mi vida se habría acabado. Mi familia sabría lo que hice. Todo el mundo lo sabría. No podía... no podía afrontarlo.

—Podría haber venido aquí —dijo Daniel—. Explicar la situación. Podríamos haberlo ayudado...

—¿A qué? ¿A ir a prisión por matar a alguien? —Tyler soltó una risa amarga—. Patricia me tenía atrapado. Ella lo sabía. Yo lo sabía. Así que hice lo que me pidió.

—Explíqueme paso a paso —dijo Daniel—. El sabotaje. ¿Cómo funcionaba?

Tyler respiró con dificultad y empezó a hablar. Describió la meticulosa planificación de Patricia. Cómo le había enseñado qué plagas utilizar, cómo contaminar su ropa sin que fuera evidente y dónde pedir los suministros.

La vergüenza de Tyler era palpable. —Dijo que, si los pedidos estaban a mi nombre, parecería que yo actuaba solo si alguien lo descubría. Me culparían a mí, no a ella. Era una garantía para ella.

—Así que participó deliberadamente en su propia incriminación.

—Estaba aterrorizado. Dijo que, si hacía lo que me pedía y no llamaba la atención, todo terminaría en unos meses. La operación de Marc fracasaría, él renunciaría a North Saanich y Patricia habría conseguido su venganza. Después dijo que me dejaría en paz.

—Pero Marc no se rindió —dijo Amy.