Pistas Bordadas (Misterios de Threadneedle Street 1) 14. Capítulo Catorce
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14. Capítulo Catorce

Capítulo Catorce

D aniel estaba sentado frente a Bradley Newhall en la misma sala de interrogatorios donde había interrogado a Derek Portman apenas el día anterior.

Pero, a diferencia de Derek, que al final se había derrumbado y había confesado lo que había visto, Bradley había pedido un abogado en cuanto Daniel y Amy se acercaron a él en su casa de North Saanich.

Le habían pedido que fuera a la comisaría y él había aceptado, así que allí estaban.

La abogada de Bradley, Margaret Moss, vestía un costoso traje a la medida y una blusa de seda.

Cargaba un portafolio que probablemente valía más que el alquiler mensual de Daniel.

Era una de las mejores abogadas defensoras de Victoria, conocida por representar a clientes adinerados y complicarles la vida a muchos investigadores.

Bradley, por su parte, tenía toda la apariencia de un empresario exitoso.

Rondaba los sesenta y cinco años, llevaba el cabello cuidadosamente recortado, pantalones caqui bien planchados y un suéter de cachemira de diseñador.

Fortuna heredada, una familia de larga tradición en la isla de Vancouver; la clase de hombre que esperaba que los demás le mostraran deferencia y se sentía incómodo cuando no la recibía.

En ese momento, se veía claramente incómodo.

—Señor Newhall —dijo Daniel, manteniendo un tono neutral y profesional—, gracias por venir a hablar con nosotros.

—Mi cliente está aquí por voluntad propia —intervino Margaret Moss con suavidad—. Y responderá con gusto a sus preguntas, siempre y cuando sean pertinentes para la investigación.

Daniel la ignoró y centró su atención en Bradley. —El jueves 19 de febrero, aproximadamente a las 4:30 p. m., lo vieron en la zona de Victoria conocida como Cook Street Village. ¿Puede decirme qué hacía allí?

Bradley apretó la mandíbula. Miró a su abogada, quien asintió levemente.

—Iba a reunirme con alguien —respondió Bradley con cautela.

—¿Con quién?

Volvió a mirar a su abogada mientras vacilaba. Finalmente, respondió: —Derek Portman.

Daniel mantuvo una expresión neutral, aunque por dentro se le encendieron las alarmas. Derek y Bradley juntos, tal como Grace los había visto afuera de la tienda de vinos. —¿Cuál era el motivo de la reunión?

—Hablar de negocios.

—¿Qué clase de negocios?

Bradley cerró las manos sobre la mesa. —Preferiría no decirlo. Es un asunto privado que no tiene relación con su investigación...

—Señor Newhall —intervino Amy desde su lugar junto a la puerta—, se reunió con Derek Portman, sospechoso en la investigación del asesinato de Marc Mason, en el mismo vecindario donde se alojaba una testigo clave del caso. Puede entender por qué eso resulta sospechoso.

—No sabía que alguna testigo se alojaba allí —protestó Bradley—. Ni siquiera sabía que Derek era sospechoso hasta que vi las noticias...

—Bradley —dijo Margaret Moss en voz baja—, quizá lo mejor sea explicar la reunión y aclarar cualquier malentendido antes de que vaya a más.

Bradley se frotó el rostro; parecía mayor y más cansado que cuando se había sentado. —Estábamos hablando de la propiedad de North Saanich. El terreno que le vendí a Marc Mason hace dieciocho meses.

Daniel se inclinó ligeramente hacia delante. —¿Qué sucede con ese terreno?

—George Mason, el esposo de Marc, quiere venderlo. Se comunicó conmigo hace unos días y me preguntó si me interesaría volver a comprarlo. —Ahora Bradley hablaba a la defensiva—. Comprar una propiedad no es un delito, inspector.

—¿Hace unos días? —repitió Daniel—. Marc Mason lleva muerto poco más de una semana.

—Conozco la cronología. —El rostro de Bradley se enrojeció—.

Mire, sé cómo suena. Pero George fue quien se comunicó conmigo.

Dijo que no soportaba continuar con el trabajo de Marc, que no podía enfrentarse al invernadero ni a los planes de expansión.

Me dijo: «Soy barbero, no cultivador de cannabis». Quería desligarse de todo aquello.

—Y usted estaba encantado de aprovecharse de su dolor —dijo Amy con frialdad.

—¡Le estaba ofreciendo un precio justo de mercado por el mismo terreno que lamento haberle vendido a Marc! —Bradley perdió por fin el control—. Sí, es oportunista. Sí, el momento es desafortunado. Pero no es ilegal y, desde luego, no es asesinato.

Daniel estudió el rostro de Bradley, su indignación genuina y su postura defensiva. Era un hombre que se sentía culpable por algo, pero ¿se trataba de asesinato?

—¿Qué tiene que ver Derek Portman con esto? —preguntó Daniel.

Bradley pareció desinflarse un poco. —Derek se acercó a mí y me preguntó si estaba pensando en volver a comprar la propiedad. Quería saber si me interesaría asociarme con él. Él dirigiría la operación, yo sería el dueño del terreno y repartiríamos las ganancias.

—¿Lo está considerando?

—Escuché su propuesta, pero la verdad es que no quiero tener nada que ver con una operación de cultivo.

De eso se trató la reunión en Cook Street Village.

—Bradley sostuvo la mirada de Daniel—. No sabía que una testigo se alojaba en ese vecindario.

No sabía que Derek estaba bajo investigación.

Solo me reuní con un posible socio comercial para hablar de una transacción inmobiliaria legítima.

Margaret Moss sacó una carpeta y la deslizó sobre la mesa.

—Mi cliente proporcionará documentación de sus comunicaciones con George Mason, incluidos correos electrónicos, mensajes de texto y una oferta preliminar de compra con fecha del 18 de febrero.

Todo esto ocurrió después de la muerte de Marc Mason y es perfectamente legal.

Daniel revisó los documentos. La cronología coincidía. En efecto, George había sido el primero en comunicarse con Bradley para preguntarle si le interesaría volver a comprar la propiedad de North Saanich. La oferta de Bradley era justa, incluso podría decirse que generosa, dadas las circunstancias.

Oportunista, sí. Moralmente cuestionable, sin duda.

Pero no era asesinato.

—Señor Newhall —dijo Daniel—, ¿dónde estaba la noche del miércoles 11 de febrero, entre las 7:00 y las 10:00 p. m.?

—¿La noche en que murió Marc? —Bradley no vaciló—. Estaba en una reunión del concejo municipal de Saanich. Duró de las 6:30 a las 9:45. Probablemente había unas cuarenta personas, además del personal. Puedo darle nombres.

Amy ya estaba consultando en su tableta los registros del concejo municipal.

—Bien. El acta de la reunión indica que Bradley Newhall registró su entrada a las 6:25 p.

m. y habló durante el periodo de participación ciudadana, a las 7:15 p.

m., acerca de las regulaciones propuestas para las operaciones de cannabis.

Hay varios testigos y una grabación en video de la sesión.

Una coartada sólida. Derek había asistido a la misma reunión, lo que significaba que se podía comprobar dónde estaban ambos durante el asesinato de Marc.

—¿Y el martes 17 de febrero? —preguntó Daniel—. ¿Entre las 5:00 y las 7:00 p. m.?

Bradley frunció el ceño mientras pensaba. —¿El martes 17? Creo que estaba en casa. Solo, por desgracia. Mi esposa estaba visitando a nuestra hija en Calgary. ¿Por qué?

—Fue entonces cuando atacaron a María Middleton en la biblioteca de Sidney.

—Ni siquiera sé quién es María Middleton —dijo Bradley, con auténtica confusión en la voz—. Y desde luego no ataqué a nadie en una biblioteca. Hace años que no voy a la biblioteca de Sidney.

Daniel le creyó. La confusión de Bradley parecía real, sus coartadas podían comprobarse y su motivación era puramente económica, no violenta.

—Una pregunta más —dijo Daniel—. Cuando le vendió la propiedad a Marc, le dijo algo: «Espero que esto le resulte mejor que a los demás». ¿Qué quiso decir?

La expresión de Bradley cambió. No era exactamente culpa, quizá arrepentimiento.

—La propiedad tiene historia. Antes de Marc, hubo otros dos compradores que intentaron poner en marcha operaciones agrícolas.

Ambos fracasaron. Uno quedó en bancarrota y el otro se rindió después de luchar un año con el terreno.

En aquel momento me sentí culpable por vendérselo a Marc y me pregunté si la propiedad estaría maldita de algún modo. Eso fue todo lo que quise decir.

—¿Le contó a Marc lo que había ocurrido con los compradores anteriores?

—Sí. Se lo conté todo. Dijo que no era supersticioso, que había investigado y sabía en qué se estaba metiendo.

Además, pensaba construir allí un invernadero adecuado, no cultivar directamente en la tierra.

—Bradley bajó la voz—. Marc era un buen hombre, inspector.

Honesto, directo. Cuando compró la propiedad, me estrechó la mano y dijo que haría que me sintiera orgulloso de lo que construiría allí.

No me gustaba nada lo que cultivaba en ese lugar y tenía dudas sobre la operación que planeaba, pero yo no quería que fracasara. Y desde luego no quería que muriera.

Después de que Bradley y su abogada se marcharon, Daniel y Amy volvieron al pasillo, ambos frustrados.

—Otro callejón sin salida —dijo Amy—. Bradley es un oportunista, pero no es nuestro asesino.

—No. Estaba en la reunión del concejo municipal cuando murió Marc y, aparte de que tenía cierta influencia sobre las regulaciones del concejo respecto a la marihuana, no tiene un motivo real más allá de adquirir la propiedad. Además, parece genuinamente confundido por el ataque contra María.

Amy guardó silencio un momento. —¿Sabes qué me molesta? Que George le venda la propiedad a Bradley. Si el objetivo del asesino era cerrar la operación de Marc, acaba de conseguirlo sin mover un dedo más. Misión cumplida.

Daniel reflexionó sobre aquello. —¿Crees que ahora podría retroceder? ¿Dejar de intensificar la violencia?

—Quizá. Si la operación se acabó, Grace y María ya no representan una amenaza. No queda nada que proteger. —Amy se encogió de hombros—. Podría significar que el peligro ya pasó.

—O significa que el asesino está esperando, observando cómo todo encaja tal como lo planeó. —Daniel apretó la mandíbula—. Eso no me hace sentir mejor. Me hace pensar que se nos acaba el tiempo antes de que desaparezca por completo.

Daniel sacó el teléfono y revisó sus mensajes. Había uno de Grace.

Grace: ¡María recuperó la memoria! Recordó el ataque. La persona que la empujó tenía una voz más aguda, de alguien mayor, una dicción precisa y olía a jabón de lavanda. Llámame.

Daniel llamó de inmediato a Grace.

Ella respondió al primer timbrazo. —¿Recibiste mi mensaje?

—Acabo de verlo. ¿María recordó?

—Sí. Esta mañana, todos los recuerdos volvieron de golpe. La persona que la empujó probablemente era una mujer, o quizá un hombre con una voz más aguda, que sonaba mayor, y una manera muy precisa de hablar. Olía a lavanda. María pensó que era jabón orgánico, no perfume.

Daniel sintió que el caso cambiaba y que las piezas volvían a encajar. —Derek, Bradley y Alan tienen voces claramente más graves, así que eso los descarta como responsables del ataque contra María.

—Exactamente. Lo que significa que deberíamos centrarnos en Patricia Caldwell, Vivian Chen o Sarah Chen.

—Y las tres coinciden con la descripción física general que Derek nos dio del asesino de Marc.

Estatura media, complexión media. —Daniel empezó a caminar hacia su oficina—.

Esto es bueno. A menos que haya alguien a quien todavía no hemos identificado, parece que esto reduce considerablemente la lista.

—Hay más. María recordó que la persona que la atacó preguntó específicamente por el libro de control de plagas. Quería verlo antes de que María lo catalogara. Cuando María se negó, la atacó.

—Entonces esa persona fue a la biblioteca específicamente para recuperar ese libro. Eso significa que sabía que lo habían donado y que contenía pruebas. —La mente de Daniel repasó las implicaciones a toda velocidad—. Para empezar, ¿quién habría donado el libro?

—¿Alguien que quería deshacerse de las pruebas, pero no podía simplemente destruirlas? Tal vez lo donó de forma anónima a una biblioteca, pensando que desaparecería entre la colección.

—Hasta que María lo marcó para revisión debido a las notas manuscritas.

—Daniel encendió la computadora y accedió a las grabaciones de seguridad de la biblioteca que Claire le había enviado—.

Tenemos la grabación del ataque, pero el rostro estaba oculto.

Voy a ver si podemos conseguir videos de vigilancia de donaciones anteriores en el exterior de la biblioteca.

El buzón de devoluciones estaba afuera del edificio, junto al estacionamiento, y era accesible las veinticuatro horas para que la gente depositara materiales.

Habían instalado allí una cámara de video después de que unos jóvenes vándalos manipularan el buzón.

Tras acceder a los archivos de la biblioteca pública, Daniel buscó las grabaciones del buzón de devoluciones de las dos semanas anteriores al ataque contra María.

Ahí estaba. 13 de febrero, 11:47 p. m. Una figura vestida de oscuro se acercaba al buzón de devoluciones, depositaba algo y después se alejaba rápidamente.

Sudadera oscura con capucha, rostro apartado de la cámara, manos enguantadas. Imposible identificarla.

Pero la complexión coincidía. Estatura media, complexión media.

Y cuando la figura se giró ligeramente para abrir el buzón de devoluciones, Daniel alcanzó a ver algo.

—Amy, ven a ver esto.

Amy se inclinó por encima de su hombro. —¿Qué estoy viendo?

—La chaqueta de la persona. Mira la manga cuando extiende la mano hacia el buzón. —Daniel congeló la imagen y la mejoró.

Un logotipo. Pequeño, parcialmente oculto, pero visible. Un diseño circular con hojas o ramas.

—Es un sello de certificación orgánica —dijo Amy—. Del tipo que usan las granjas y los negocios.

—Patricia Caldwell es conocida por su granja orgánica.

Amy sacó el teléfono. —Pero Vivian Chen también podría usar algo así si asesora a ese tipo de operaciones. Y quizá Sarah Chen, si por su trabajo contable está relacionada con negocios orgánicos.

—No es definitivo, pero es algo. —Daniel guardó la imagen mejorada—. Junto con lo que recordó María, esto nos permite ir elaborando un perfil.