Pistas Bordadas (Misterios de Threadneedle Street 1) 7. Capítulo Siete
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7. Capítulo Siete

Capítulo Siete

D aniel infringió todas las leyes de tránsito entre Victoria y Sidney.

Mantuvo a Grace al teléfono durante todo el trayecto, con las manos tensas sobre el volante y la mente recorriendo los peores escenarios posibles mientras hablaba con ella. Sonaba aterrada; respiraba demasiado rápido y sus palabras salían atropelladas.

—Ella siempre me manda un mensaje —dijo Grace por tercera vez—. Si cambia su horario, si va a llegar tarde, me avisa. Algo está mal, Daniel. Algo está muy mal.

—Lo sé. Ya casi llego. Cinco minutos.

—¿Y si...? —La voz se le quebró—. ¿Y si alguien la lastimó por mi culpa? ¿Porque estaba haciendo preguntas?

—No pienses así. Todavía no. —Daniel tomó una curva demasiado rápido y los neumáticos chillaron—. No sabemos qué ocurrió. Podría haber sido un accidente.

—Tú no crees eso.

No. No lo creía. El momento era demasiado conveniente.

Grace asistía al homenaje de Marc, conocía a media docena de sospechosos y hacía preguntas que ponían nerviosa a la gente.

Y horas después, su hermana, la única familia que tenía en Sidney, su vulnerabilidad conocida, terminaba inconsciente con una lesión en la cabeza.

Aquello no era una coincidencia.

Daniel entró en la entrada vehicular de la casa de Grace. Los faros del Nissan Leaf estaban encendidos y Grace estaba visible en el asiento del conductor, mirando al frente como si estuviera en estado de shock.

Él ya había bajado de su carro y estaba abriendo la puerta de ella antes de que pudiera moverse.

—Grace. Mírame.

Ella se giró, y el miedo en sus ojos grises estuvo a punto de desarmarlo. —Daniel...

—Estás bien. Vamos al hospital. Maria va a estar bien. Pero necesito que subas a mi carro, ¿de acuerdo? Yo voy a conducir.

—Puedo conducir...

—Grace. —Hizo que su voz sonara firme—. Permíteme encargarme de esto. Por favor.

Ella asintió y salió con las piernas temblorosas.

Daniel quería estrecharla entre sus brazos y sostenerla hasta que aquella expresión aterrada desapareciera de su rostro, pero no había tiempo.

La guio hasta su carro, la acomodó en el asiento del pasajero y condujo hacia el Hospital Saanich Peninsula a una velocidad controlada.

Grace permaneció en silencio durante los primeros minutos, con las manos apretadas sobre el regazo. Entonces dijo: —Dime la verdad. ¿Crees que alguien lastimó a Maria para hacerme daño a mí?

Daniel quería mentir. Quería ofrecerle una tranquilidad que no podía respaldar con hechos. Pero Grace merecía la verdad.

—Creo que es posible —dijo en voz baja—. El momento en que está sucediendo es sospechoso. Pero, Grace, todavía no sabemos nada. Pudo haberse caído y golpeado la cabeza con algo. Las bibliotecas tienen muchas superficies duras: estanterías de metal, pisos de concreto...

—Pero no crees que haya sido un accidente.

—Creo que necesitamos más información antes de sacar conclusiones precipitadas. —Mientras conducía, habló con calma y lentitud, escogiendo cada palabra.

Grace se giró para mirarlo, buscando algo en su rostro. —Tú también tienes miedo. Puedo verlo.

Las manos de Daniel se tensaron sobre el volante, pero no alzó la voz. —Estoy preocupado, sí. Por la seguridad de Maria y por la tuya.

—Si alguien eligió a Maria como blanco por mi culpa, Daniel, necesito saberlo.

—No. —La voz de Daniel salió más brusca de lo que pretendía—. No te culpes por la violencia de otra persona. Si atacaron a Maria, y eso todavía es un «si», la culpa es de quien lo hizo. No de ti.

—Pero yo estaba haciendo preguntas. Metiéndome donde no me llamaban. Jugando a ser detective cuando debería habértelo dejado a ti.

—Estabas haciendo uso de tu curiosidad natural y de tus habilidades analíticas, pero tienes razón. —Daniel la miró de reojo—. Lo terrible es que alguien haya decidido enviarte un mensaje lastimando a tu hermana. Eso está mal.

Grace se cubrió la boca con su mano y parpadeó para contener las lágrimas. Daniel extendió la suya y cubrió la otra mano de ella.

—Vamos a averiguar qué ocurrió —dijo en voz baja—. Y si alguien lastimó a Maria deliberadamente, nos aseguraremos de que pague por ello.

Los dedos de Grace se movieron bajo los de él y se aferraron con fuerza. —Gracias. Por venir por mí. Por estar aquí.

—Solo me alegra que confíes en mí.

Entraron en el estacionamiento del hospital. Daniel encontró un lugar cerca de la entrada de emergencias y apagó el motor, pero antes de que pudiera abrir la puerta, Grace habló.

—¿Daniel? Tengo miedo.

Él la miró. La miró de verdad. Había estado tan serena antes, incluso después de llorar entre sus brazos por Christopher. Pero ahora el miedo se mostraba sin disimulo en su rostro, crudo y sincero.

—Lo sé —dijo—. Pero no estás sola. Estoy aquí.

Su actitud desafiante disminuyo. —¿Por qué? ¿Por qué estás haciendo esto? No tienes que...

—Me importa. —Las palabras salieron antes de que Daniel pudiera contenerlas—. Tú eres Grace. Y me importas. Más de lo que esperaba.

El aire entre ellos se quedó inmóvil. Sus miradas permanecieron unidas durante un largo instante.

Daniel sabía que debía retroceder, mantener la distancia profesional y recordar todas las reglas que estaba rompiendo al involucrarse de aquella manera.

Pero sentado en el estacionamiento del hospital, con la mano de Grace todavía aferrada a la suya y la hermana de ella posiblemente herida a causa de la investigación de ambos, aquellas reglas parecían imposiblemente lejanas.

—Vamos —dijo con suavidad, soltándole la mano de mala gana—. Busquemos a tu hermana.

Encontraron a Maria en un cubículo separado por cortinas en el departamento de emergencias, sentada erguida sobre una camilla, con una manta alrededor de los hombros y una bolsa de hielo presionada contra la parte posterior de la cabeza.

Tenía los ojos abiertos, pero desenfocados, y cuando Grace apareció a su lado, su expresión no cambió.

—Maria. —Grace corrió a su lado—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

Maria parpadeó despacio. —Grace. Estás aquí.

—Claro que estoy aquí. La policía me llamó. Dijeron que estabas inconsciente...

—¿Lo estaba? —El tono de Maria era inexpresivo y confuso—. No lo recuerdo.

Daniel dio un paso al frente y mostró su placa al joven agente que estaba cerca. El agente Webb se sintió claramente aliviado al ver a un oficial de mayor rango. —¿Qué sabemos? —preguntó Daniel.

Webb consultó sus notas. —La señora Middleton fue encontrada en el almacén trasero de la biblioteca aproximadamente a las 6:15 p.

m. por la bibliotecaria principal, Claire Russo.

Estaba inconsciente, tendida en el piso cerca de una de las estanterías altas.

Se llamó a los paramédicos y recuperó el conocimiento camino al hospital.

Posible conmoción cerebral y contusión en la parte posterior de la cabeza.

—¿Testigos?

—Ninguno. La biblioteca cierra a las seis los martes. La señora Russo estaba realizando las tareas de cierre cuando fue al almacén.

Daniel miró a Maria. —¿Recuerdas qué ocurrió?

Maria frunció la frente por el esfuerzo. —Estaba catalogando nuevas adquisiciones. Fui al almacén a buscar... algo. No recuerdo qué. —Se toco la parte posterior de la cabeza con su mano e hizo una mueca de dolor—. Después, nada. Desperté en una ambulancia.

—¿Te caíste? ¿Te golpeaste la cabeza con algo?

—No lo sé. —La frustración de Maria era evidente—. No lo recuerdo. Es como si hubiera un espacio en blanco donde debería estar el recuerdo.

Grace apretó la mano de su hermana. —Está bien. El médico dijo que cierta pérdida de memoria es normal con una conmoción cerebral. Debería mejorar.

—No me gusta no recordar. Las cosas no tienen sentido. —Los ojos de Maria finalmente se enfocaron en Daniel—. Tu eres el inspector. El detective de Grace.

—Inspector Mercer, sí, así es. —Le dedicó una sonrisa de aprobación.

—Pones nerviosa a Grace. Sus pupilas se dilatan cuando te mira, y eso indica atracción —Maria lo dijo con su franqueza directa de siempre, sin el menor filtro de las convenciones sociales.

El rostro de Grace se puso escarlata. —Maria...

—Es una observación objetiva. —Maria se giró de nuevo hacia Daniel—. ¿Crees que alguien me empujó?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Daniel eligió sus palabras. —¿Tu crees que alguien te empujó?

—No lo sé. Pero el momento en que sucedió es sospechoso.

Grace fue hoy al homenaje de Marc Mason.

Hizo preguntas aunque la gente le advirtió que no lo hiciera.

Y ahora estoy en el hospital con una lesión en la cabeza y no puedo recordar cómo ocurrió.

—La mirada de Maria era aguda a pesar de su evidente malestar—.

Eso no es una coincidencia. Las coincidencias son estadísticamente poco frecuentes en las investigaciones de asesinato.

Daniel intercambió una mirada con Grace. Maria podía tener una conmoción cerebral, pero su mente analítica funcionaba perfectamente.

—Estamos investigando todas las posibilidades —dijo Daniel—. Incluida la posibilidad de que alguien te haya lastimado deliberadamente.

—¿Como advertencia para Grace?

—Sí.

Maria asintió despacio y luego hizo una mueca de dolor. —Es lógico. Grace hace preguntas. Alguien no quiere que siga haciéndolas. Lastimarme envía un mensaje sin amenazar directamente a Grace, lo cual atraería demasiada atención.

—Maria, basta —dijo Grace con voz tensa—. Estás herida. Necesitas descansar, no analizar...

—Analizar me ayuda. Hace que las cosas tengan sentido. —Maria miró a su hermana—. No puedes dejar de investigar por esto. Eso es lo que quieren. Si te detienes, ganan.

—No me importa ganar, tontita. Pero sí me importa que estés a salvo.

—Y a mí me importa que vivas tu vida en lugar de tener miedo. —La voz de Maria era firme a pesar de su evidente falta de energía—. Alguien mató a Marc Mason. Alguien pudo haberme empujado. Esa persona es peligrosa y tienen que atraparla. Tú estás ayudando a hacer eso. Así que no te detengas.

Una doctora entró e interrumpió la conversación. Tenía unos cuarenta y tantos años, era eficiente y amable, y le sonrió a Maria.