1. Capítulo Uno #2
—Soy el inspector Daniel Mercer, de la RCMP de Victoria. —Le mostró su identificación, aunque ella apenas la miró, demasiado concentrada en no quedarse viendolo como una idiota—. ¿Usted es la persona que encontró a la víctima?
—Sí. —Grace se aclaró la garganta—. Me llamo Grace Middleton-Hunt. Estaba caminando por la playa y lo encontré hace unos cuarenta y cinco minutos.
—Eso debió de haber sido difícil —hablaba en tonos bajos y mesurados—. Veo que está temblando un poco. ¿Se encuentra bien?
La pregunta la sorprendió. La mayoría de las personas la hacían de forma automática, pero él la formuló como si de verdad quisiera saberlo. Grace asintió. —Estoy bien. Afectada, pero bien.
—¿Le gustaría una manta? —Ya estaba haciéndole una seña a uno de los agentes, el joven, quien trajo una manta de su auto.
Grace se envolvió en ella con gratitud. —Muchas gracias. Siento que estoy t-temblando.
—No tiene nada que agradecer —y luego añadió—: ¿Le dijo a la operadora que tiene formación médica?
—Sí, fui profesora de psicología en UVic (Universidad de Victoria) durante veinte años antes de jubilarme. Hice una rotación en urgencias durante mi formación clínica. —Sabía que estaba hablando demasiado, llenando el silencio con detalles innecesarios—. Y sé qué aspecto tiene la muerte.
Un destello de reconocimiento cruzó aquellos ojos oscuros: respeto, quizá, o aceptación. —Cuénteme paso a paso lo que vio. Tómese su tiempo.
Grace lo condujo más cerca del cuerpo y observó cómo él se agachaba con una facilidad atlética para estudiar al hombre sin tocarlo. Describió en detalle cómo había caminado por la playa y visto un tronco. Después, su propia reacción al darse cuenta de que era un cuerpo.
Daniel escuchó con absoluta concentración; su mirada iba del cuerpo a la playa circundante, luego a Grace y de vuelta al cuerpo. Cuando ella mencionó la marea alta, las algas y la ropa mojada, él asintió despacio.
—Dijo por teléfono que le parecía sospechoso.
—La marea ha estado bajando desde temprano, pero él se encuentra por encima de la línea de la marea más alta y, aun así, está empapado.
Y mire su posición... —Grace hizo un gesto—.
Está demasiado ordenado. Demasiado bien acomodado.
Si se hubiera ahogado y hubiera llegado a la orilla de forma natural, estaría debajo de la línea de la marea alta y se vería...
—¿Desordenado? —Daniel se puso de pie, se sacudió la arena de las manos y la miró con interés manifiesto—. Usted se fija en las cosas.
No era una pregunta, pero Grace respondió de todos modos. —Me entrenaron para observar el comportamiento humano, el contexto del entorno y los patrones dentro de otros patrones.
—Son habilidades útiles. —Sacó una libreta—. Tendré que tomarle una declaración formal. Esto podría tardar un poco. ¿Se siente cómoda quedándose aquí o preferiría ir a la estación de policía?
Grace miró el cuerpo una vez más y luego apartó la vista. —N-no. Aquí está bien. —No sabía si podría respirar dentro de una estación.
Se movieron un poco más arriba en la playa, fuera del camino del equipo de la escena del crimen, pero todavía a la vista de la actividad.
Daniel señaló un tronco grande y Grace se sentó, envolviéndose en la manta, agradecida de quitarles el peso a sus piernas, que de pronto temblaban.
Él se sentó a su lado, no demasiado cerca, manteniendo una distancia profesional, pero lo bastante próximo para que ella percibiera el tenue aroma a jabón y algo más oscuro, como café o lana.
Basta, se dijo con ferocidad. Deja de fijarte.
—Empecemos por el principio —dijo Daniel—. ¿A qué hora salió de su casa esta mañana?
Grace volvió a explicárselo todo. Su rutina habitual, el trayecto en el carro hasta Island View, la caminata hacia el norte por la playa.
Daniel hacía preguntas con precisión quirúrgica, cada una basada en la anterior, creando una cronología que era minuciosa y, de algún modo, seguía pareciendo una conversación.
Era bueno en aquello, comprendió. Lograba que sintiera que estaba ayudando en lugar de estar siendo interrogada.
—¿Viene a esta playa con frecuencia? —preguntó.
—Unas cuantas veces por semana, por lo general. Camino para hacer ejercicio y despejarme la mente. Soy diseñadora de bordado. Diseño patrones: dechados, punto de cruz, ese tipo de cosas. Caminar por una playa, por cualquier playa, me ayuda a relajarme y a pensar.
—¿Cuándo fue la última vez que recorrió este tramo específico de la playa?
Grace sacó el teléfono para mirar su calendario. —El miércoles, hace tres días, al amanecer. Parece que habría sido el 11 de febrero, alrededor de las 7:30 de la mañana.
Daniel hizo una anotación. —Entonces, el cuerpo podría haber estado aquí desde hace unas horas hasta tres días. Si llevara más tiempo, ¿usted lo habría visto?
—La marea... —empezó Grace, y luego se detuvo.
—¿Qué pasa con ella?
—Hay dos mareas altas al día, algunas más altas que otras.
Si hubiera estado aquí cuatro días, ¿no lo habrían desplazado las mareas más altas, no lo habrían dañado las olas?
No está tan golpeado como uno esperaría.
Casi parece como si alguien lo hubiera colocado aquí después de la última marea muy alta.
La mirada de Daniel se agudizó. —Dijo colocado .
¿Lo había dicho? Grace repasó sus palabras, sorprendida por su propia certeza. —Supongo que sí. Hay algo en la forma en que está posicionado. Incluso teniendo en cuenta cómo las algas están enredadas a su alrededor, parece deliberado.
—Confíe en ese instinto —dijo Daniel en voz baja—. Según mi experiencia, las primeras impresiones suelen saber algo que la mente consciente aún no ha alcanzado a comprender.
Sus miradas se encontraron y permanecieron unidas. Grace sintió de nuevo aquel aleteo, más fuerte esta vez, y el calor se extendió por su pecho a pesar del viento frío. Ella apartó la mirada primero, confundida y un poco enojada consigo misma.
—¿Reconoce a la víctima? —preguntó Daniel, con el tono inalterado, como si no hubiera notado su reacción. O quizá sí la había notado y era demasiado profesional para reconocerlo.
Grace se obligó a volver a mirar hacia el cuerpo. El fotógrafo de la escena del crimen ya estaba documentándolo todo con cuidado y método. Desde aquella distancia no podía ver con claridad el rostro del muerto, pero había algo en él...
—¿Puedo verlo más de cerca? —preguntó—. ¿Solo su rostro?
Daniel la estudió un momento y luego se puso de pie. —Espere aquí.
Caminó hasta la escena, habló brevemente con el forense y regresó. —Van a voltearlo. Puede mirar desde donde está, pero no se acerque a la cinta.
Grace se puso de pie, con el corazón latiéndole más rápido. Observó mientras, con cuidado y respeto, colocaban el cuerpo boca arriba. El rostro del hombre quedó completamente a la vista. Parecía tranquilo, flácido, con la piel de una palidez antinatural, pero los rasgos eran claros.
Y a Grace se le detuvo la respiración.
—Oh, no —susurró.
Daniel estuvo a su lado en un instante. —¿Lo conoce?
—Marc Mason. —El nombre salió de sus labios con aspereza, cargado de conmoción—.
Se llama Marc Mason. Vive en Salt Spring Island.
Él... —La voz amenazó con quebrársele. La controló—.
Es cliente de The Stitchery, una tienda en la Avenida Beacon que vende materiales de bordado y costura.
La dueña, Cathy, es amiga mía desde hace mucho tiempo y me lo presentó en la tienda cuando llegué al pueblo.
Viene... venía a la tienda cada ciertas semanas para comprar algunos hilos o un patrón nuevo.
Creo que viaja en el ferry de Salt Spring Island a Sidney regularmente.
La expresión de Daniel no cambió, pero percibió su repentina intensidad. —¿Lo conocía bien?
—No muy bien. Pero lo he visto docenas de veces durante el último año. Era amable. Callado. Coleccionaba patrones en miniatura de la naturaleza para bordarlos. —Grace se llevó una mano a la boca al recordarlo—. Acababa de estar en The Stitchery. El miércoles pasado por la tarde.
—¿Cómo parecía estar?