Pistas Bordadas (Misterios de Threadneedle Street 1) 1. Capítulo Uno
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1. Capítulo Uno

Capítulo Uno

L a playa se extendía ante Grace como una promesa.

La Playa Island View era más agreste que las playas junto al pueblo, menos cuidada, más reveladora de lo que podían hacer las tormentas invernales.

Por la parte alta de la playa había troncos del tamaño de autos pequeños, decolorados hasta adquirir un tono gris por la sal y el sol, testimonio de los vientos que podían azotar la zona en enero y febrero.

Las algas formaban oscuros enredos semejantes a cuerdas; algunas aún relucían, mojadas por la marea que se retiraba, mientras que otras se habían secado hasta parecer encaje quebradizo.

Grace caminaba hacia el norte por la arena firme, justo por encima de la línea de marea, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta y el aliento visible en el aire fresco de la mañana.

El cielo tenía un tono gris que podía anunciar lluvia en una hora o sol para el mediodía; el noroeste del Pacífico se especializaba en la ambigüedad, incluso en el clima.

Le encantaba que la playa estuviera vacía de personas y perros a esa hora tan temprana de aquella fría mañana de invierno, y disfrutaba de toda aquella paz.

Necesitaba aquello. Tres días de lluvia constante la habían mantenido dentro de casa y, aunque disfrutaba trabajar en su estudio y se deleitaba con la concentración que exigían sus diseños de punto de cruz contado, caminar le despejaba la mente como ninguna otra cosa.

El ritmo. El aire salino. El horizonte interminable donde el agua se encontraba con el cielo en una línea borrosa que parecía contener todas las posibilidades.

Aquella mañana sus pensamientos estaban dispersos, inquietos.

Había despertado de un sueño sobre Christopher.

Eso en sí no era inusual, pero aquel había sido diferente.

En él, él estaba de pie al borde del agua, de espaldas a ella, y por más fuerte que ella gritaba su nombre, él no podía oírla.

O no quería voltear. Había despertado con el corazón acelerado y aquel dolor conocido de la pérdida pesándole en el pecho.

Hoy era el Día de San Valentín y lo extrañaba muchísimo.

Contuvo una lágrima. Tres años atrás. A veces parecía que había sido ayer. A veces parecía que había transcurrido toda una vida.

Grace avanzó con cuidado alrededor de un tronco enorme, cuyas raíces se abrían como dedos artríticos.

Una gaviota se posó encima y la observó con mirada escéptica antes de alzar el vuelo de nuevo con un graznido áspero.

El banco de arena aún estaba bastante lejos, una larga franja de arena que se adentraba en el agua.

Había caminado hasta allí docenas de veces.

Le gustaba la sensación de estar de pie en la punta, con agua a los tres costados.

Quizá había recorrido la mitad del camino cuando lo vio.

Al principio pensó que solo era otro tronco arrastrado por la marea, otro resto de la tormenta atrapado en la línea de algas. Pero la forma del tronco no era correcta. Era demasiado compacta y demasiado irregular. Sus pasos se hicieron más lentos. Algo se le tensó en el pecho con alarma.

No era un tronco.

La formación médica y psicológica de Grace entró en acción antes de que sus emociones pudieran alcanzarla: el instinto de profesora de observar, catalogar y comprender antes de reaccionar. Se acercó, mientras el corazón comenzaba a golpearle con fuerza y se le secaba la boca.

Un hombre. Tendido de lado entre las algas y el amasijo de madera arrastrada por la marea, justo por encima de la línea reciente de restos dejados por el agua, un poco más arriba de donde las algas aún estaban mojadas.

Tenía un brazo extendido y el otro recogido debajo del cuerpo.

Llevaba buena ropa para actividades al aire libre; eso fue lo primero que registró.

Botas de senderismo costosas. Pantalones oscuros.

Una chaqueta de forro polar. No era un indigente, entonces.

No era alguien que hubiera estado durmiendo a la intemperie.

Se detuvo a unos seis pies de distancia, lo bastante cerca para ver con claridad y lo bastante lejos para mantener cierta distancia psicológica. Años atrás, su formación había incluido una rotación en urgencias. Ya había visto la muerte.

El rostro del hombre estaba parcialmente vuelto hacia la arena gruesa y los guijarros; tenía el cabello oscuro y mojado, con hebras de pasto marino extendidas sobre los hombros.

Su piel poseía aquella cualidad cerosa y sin vida que no requería un título de medicina para interpretarla.

No estaba dormido. No estaba inconsciente. Estaba muerto.

La mano de Grace tembló cuando sacó el teléfono del bolsillo. Sentía los dedos torpes, desconectados, pero desbloqueó el aparato y marcó el 911.

—911, ¿cuál es su emergencia?

—Estoy en La Playa Island View, al norte del acceso del estacionamiento principal. —Grace sintió un orgullo distante por lo tranquila que sonaba su voz—. Encontré un cuerpo. Un hombre. Está... está muerto.

La voz de la operadora cambió y se volvió más concentrada. —¿Está segura de que ha fallecido, señora? ¿Está respirando?

—No. Tengo cierta formación médica. No respira. Su piel está... —Grace tragó con dificultad—. Lleva muerto algún tiempo. Varias horas, como mínimo.

—¿Puede revisarle el pulso?

Grace miró el cuerpo, la mano extendida sobre la playa, y sintió que se le contraía el estómago. —Preferiría no alterar la escena. Parece que podría tratarse de algo sospechoso...

Hubo una pausa. —¿Qué la hace pensar eso?

—Está mojado. Completamente empapado. Pero se encuentra por encima de la marca de la última marea alta.

—Grace miró alrededor, tratando de organizar sus observaciones—.

Tiene pasto marino enredado en la ropa y el cabello.

O se ahogó antes o estuvo en el agua después de morir.

Está completamente vestido, y esta no es una playa para nadar. Y mucho menos en febrero.

—Permanezca en la línea, por favor. La policía y los servicios de emergencia van en camino. ¿Puede quedarse junto al cuerpo?

Grace volvió a mirar al hombre, pero realmente lo miro esta vez.

Su rostro parecía tranquilo, casi sereno, si se ignoraban la inmovilidad antinatural, la arena mojada adherida a la mejilla y el trozo de alga que lo cubría como si fuera una especie de ofrenda del océano arrastrada hasta la orilla por la marea.

—Sí —dijo en voz baja—. Me quedaré.

Los primeros equipos de emergencia llegaron antes de que transcurrieran doce minutos.

Grace cronometró el tiempo sin proponérselo, con aquella misma observación desapegada que la mantenía funcional.

Dos paramédicos, un hombre joven y una mujer mayor, se acercaron con eficiencia experta.

Confirmaron lo que Grace ya sabía; su breve examen fue respetuoso y minucioso.

—¿Usted fue quien lo encontró? —preguntó la mujer con amabilidad.

—Sí.

—Es algo duro de ver. ¿Se encuentra bien?

Grace asintió, aunque no estaba del todo segura de que fuera cierto. Sentía el pecho hueco, comprimido, como si le hubieran exprimido todo el aire.

La policía llegó después. Eran dos agentes uniformados de la RCMP (Real Policía Montada de Canadá) de Sidney que de inmediato comenzaron a asegurar la escena con cinta amarilla, con movimientos eficientes y cuidadosos.

Uno de ellos tomó la declaración inicial de Grace: su nombre, su dirección, a qué hora había encontrado el cuerpo y si había tocado algo.

—No —respondió Grace—. Mantuve mi distancia y llamé al 911 de inmediato.

—Bien. Muy bien. —El agente era joven, probablemente ni siquiera llegaba a los treinta—. Viene un detective desde Victoria. Querrá hablar con usted.

Grace cruzo sus brazos, como si se abrazara.

El viento había aumentado, o quizá ella simplemente sentía el frío ahora.

La adrenalina estaba desapareciendo y la dejaba temblorosa y exhausta.

Llevaba casi treinta minutos parada allí.

Llegaron más personas: un técnico de la escena del crimen con una cámara, alguien que parecía ser el médico forense.

Sus voces eran bajas y profesionales mientras trabajaban alrededor del cuerpo.

Debería apartar la mirada. Sabía que debía hacerlo. Pero su atención seguía volviendo al hombre tendido entre las algas, a sus botas costosas, a su rostro sereno. ¿Quién era? ¿Alguien lo amaba? ¿Había alguien, en ese preciso momento, preguntándose por qué no había regresado a casa?

El pensamiento la golpeó físicamente. Christopher. Quizá eso era lo que le había sucedido. Alguien llamando repetidamente a su teléfono aquella noche, sin obtener respuesta. Su auto había aparecido días después, vacío, abandonado. Ningún cuerpo. Ningún cierre. Solo ausencia.

Al menos a este hombre lo habían encontrado. Al menos alguien se enteraría.

—¿Señora Middleton-Hunt?

La voz se escuchó detrás de ella, tranquila, pero cargada de autoridad absoluta. Grace se volteó.

El hombre que se acercaba no era lo que había esperado.

Probablemente tenía cincuenta años de edad, quizá un poco menos.

Era alto, de cabello oscuro con canas en las sienes y un rostro poco llamativo: agradable y común, de esos que uno podría cruzarse por la calle sin dedicarles una segunda mirada.

Traía puesto pantalones oscuros, un suéter gris bajo un impermeable azul intenso y zapatos prácticos; se movía con economía de movimientos, sin desperdiciar ninguno.

Como otros policías que había conocido, tenía cierto cinismo, incluso cansancio, alrededor de los ojos, pero su mirada era firme, perceptiva y no carecía de humor.

Dudaba que muchas personas pudieran mentirle con éxito.

Sin embargo, sus ojos eran inusuales, de un gris negruzco con motas ámbar.

Eran profundos y penetrantes y, cuando se encontraron con los de ella, el aliento de Grace vaciló.

Un aleteo. Una chispa. El calor le subió al rostro por una razón que no podía nombrar.

Ridículo. Inapropiado. Estaba de pie junto a un hombre muerto, por Dios.