Epílogo
Doce años más tarde…
Liv
Sonrío observando la plaza en la que me encuentro.
Estoy sentada a una mesa, en la terraza de un restaurante. Mi marido ha entrado al local.
Mi gesto sonriente se debe a que me he visto doce años atrás, en un sitio muy parecido a este, en otra zona de París.
Aquí estamos, hemos venido de viaje para hacerles una visita relámpago a mi padre y a Manon.
Llevan tiempo sin poder venir a España, mi padre tiene un ritmo de trabajo agotador, pero a él parece no importarle.
Debido a su relación con Manon se quedó a vivir aquí, en la casa de ella. Sobre eso debo llevarme todo el mérito porque en un principio mi padre estuvo dispuesto a renunciar a vivir diariamente con la mujer que le devolvió la ilusión y le hizo creer que el amor de verdad sí existía.
No era justo que vivieran separados, por lo que entré yo en acción. El resultado fue el perfecto, ya que mi padre se vino a vivir a París. A la primera oportunidad que nos salía viajábamos para vernos, pero como he dicho, últimamente mi padre lo tiene muy difícil.
Amplio mi sonrisa cuando mi marido me da un beso en la mejilla, al pararse a mi espalda.
—Deben estar al llegar —le digo a Nathan.
—Que tarden lo que necesiten.
Me hace un guiño y yo me derrito, completamente enamorada de este hombre.
Estamos esperando a mi padre y a Manon, quienes vienen directos de sus trabajos.
—¿Te acuerdas de cuando conocí a tu padre?
—Claro —sonrío.
Mi mente se va a ese recuerdo, el que recreo como si fuera mi presente actual, cuando ya han pasado doce años.
En aquel momento…
Llegué a París desanimada, para ver a mi padre. Arrastraba un poco de tristeza porque hacía casi dos semanas que Nathan regresó a Londres y la distancia estaba terminando con mi paz mental y emocional.
El problema era que después de tanto tiempo lejos de su oficina, de su vida, Nathan estuvo muy liado y apenas tenía tiempo para respirar. Por mucho que se esforzaba no llegaba a todo, por lo que yo quedaba en un segundo, tercer o cuarto plano en su vida.
Totalmente insuficiente para mí.
De ahí que llegara a París triste, con el ánimo por los suelos, aunque el encontrarme con mi padre me alegró bastante.
Recibí sus besos y abrazos encantada.
Nos fuimos del aeropuerto hacia el restaurante donde Manon nos esperaba. Ella no quiso acompañar a mi padre para darnos nuestro espacio, por lo que se ganó puntos extras.
Me cayó genial, desde el momento en el que la vi en una videollamada que me hizo mi padre para presentármela.
Era una mujer muy simpática, habladora, cariñosa y muy atenta, aparte de preciosa. Tenía una belleza muy bonita.
Solo con ver a mi padre, sus gestos y sus reacciones hacia Manon, supe más que nunca que a partir de ese momento tendría que compartir a mi querido padre con la mujer que le había robado una parte de su corazón.
—Me gusta mucho tenerte aquí —me dijo Manon, después de la presentación más cercana, con la que nos abrazamos.
Hablaba el español muy bien, pero no le sucedía como a Nathan. A él no se le notaba que era nativo de Londres, en cambio la pronunciación de Manon era muy evidente que era francesa. Me encantaba, le daba una dulzura increíble. Una discusión con ella no podía ser seria.
—Gracias. Yo me alegro de estar. Tenía muchísimas ganas de verte en persona —le dije.
Nos sonreímos.
—Manon lleva días muy nerviosa —comentó mi padre y amplié mi sonrisa—. ¿Estás bien, cariño?
—Claro. Me encantáis juntos.
Reí, feliz.
Manon me observó emocionada y mi padre irradió felicidad.
—No sabes la alegría que siento por eso, pero mi pregunta no iba por ahí.
Fruncí el ceño y continuó.
—Desde que te he visto en el aeropuerto me ha parecido que estabas más triste que la última vez que te vi por videollamada.
—Es por mi culpa, Ignacio.
Al escuchar la voz de Nathan me levanté de un salto de la silla, impresionada. Me giré para quedarme frente a él y solté un grito, al mismo tiempo que me lancé a su cuerpo.
Me subí encima, abrazándolo. Le rodeé la cintura con las piernas y el cuello con los brazos. Escondí la cara en su cuello y aspiré su aroma.
Y ahí, justo de esa manera, todo mi mundo se estabilizó y comenzó a girar con normalidad.
—Hola —me dijo Nathan, con la voz ronca.
—Hola —susurré sobre la piel de su cuello.
Me separé para mirarlo a la cara.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado?
—Gael. Él sabía en qué restaurante habías quedado con tu padre, se lo dijiste varias veces antes de venir.
Sonreí de oreja a oreja y continuó hablando.
—Me llamó para decirme que moviera el culo de una buena vez y que dejara de trabajar tanto, sino quería perderte.
Suspiré, amando a mi mejor amigo.
—No voy a perderte, Liv. —Apretó la mandíbula—. Eres mi mujer.
—¿Lo soy? —le pregunté emocionada.
Los ojos se me nublaron por las lágrimas.
—Lo eres y haré cualquier cosa para hacerte feliz.
—Te quiero.
—Te quiero.
Metí una mano entre su pelo. Me encantaba tocárselo y a él recibir la caricia.
Nos besamos con la necesidad que habíamos acumulado durante tanto tiempo sin vernos.
Al cabo de un rato un carraspeo nos hizo separarnos lo suficiente para mirar hacia un lado.
Noté un calor intenso al ver a mi padre, que era el que había carraspeado, y a Manon, observándonos con mucho interés.
Todavía no había llegado al punto de tener la confianza suficiente con Manon para hablarle de mis intimidades, de mis cosas privadas, pero suponía que mi padre le había contado de la existencia de Nathan.
Con él sí que había hablado de Nathan, mucho, durante días. De ahí que se preocupara por mi estado de ánimo. Sabía que llevábamos un tiempo separados y que eso me afectaba cada vez más.
—Papá… —dije con vergüenza.
La sonrisa que apareció en los labios de mi padre me tranquilizó al instante.
Cuando Nathan me bajó al suelo me agarró de una mano y nos acercamos a la mesa del restaurante. Mi padre y Manon se levantaron.
—Ignacio, Manon, encantado de conoceros. Soy Nathan, la pareja de Liv y en un futuro no muy lejano, seremos marido y mujer.
Sus palabras me dejaron sorprendida y más emocionada.
Nathan les ofreció la mano y ambos le correspondieron con grandes sonrisas.
Esa fue la primera vez que Nathan, mi padre y Manon se vieron las caras y se conocieron.
Salgo de mis recuerdos y regreso al presente.
Miro a Nathan. Me ha dado un apretón en la mano que tiene agarrada, para que mire en la dirección que está señalándome. Y sonrío, porque es lo que sucede siempre que veo a mi padre y a Manon. Caminan hacia nosotros.
Va a ser un día estupendo, al igual que los dos siguientes. Después Nathan y yo regresamos a nuestra actividad normal, a nuestro hogar.
Mi padre vive en Paris y yo en Londres. Sí, me fui con Nathan y no lo dudé ni un instante. Aunque fue duro porque dejé a mis grandes amigos atrás, pero solo temporalmente.
Mi trabajo puedo realizarlo desde cualquier parte, aunque cada dos semanas hago un viaje corto a España. Sigo formando equipo con mis amigos Félix, Eva y Ollie, bajo las órdenes de Mario.
En el trabajo, tanto para Nathan como para mí, sigue siendo de la misma manera. Cada vez que mi marido tiene que viajar a otro país lo acompaño con mi portátil a cuestas. Es así desde que comenzamos la relación, no necesitamos nada más.
Tener a nuestros hijos no nos ha frenado, tenemos la gran suerte de tener a nuestro lado a muchas personas de confianza para dejarlos con ellos. Solo debemos decidir. En esta ocasión se han quedado con Julia y Gavin porque tienen que ir al colegio.
Como he dicho vivimos en Londres, en la casa que un día fue de Nathan. Desde hace doce años pasó a ser el hogar familiar. Ahí hemos formado una familia con nuestros hijos, Izan y Mabel, de nueve y seis años, respectivamente. Más el personal que lleva muchos años trabajando para Nathan.
No son muchos y los consideramos a todos parte de nuestra familia.
No me he deshecho de mi piso de España, en él me quedo cuando viajo por trabajo o cuando vamos a disfrutar en familia de unos días de vacaciones.
Nuestra primera boda fue en España, la oficial, después, al cabo de medio año de estar viviendo en Londres, hicimos una ceremonia muy bonita en un hotel precioso ubicado en una zona muy tranquila en la que predominaba el verde de la vegetación.
Mi querido amigo Gael al final aceptó la propuesta de su gran amigo Saúl.
Pasó a ser uno de los dueños del taller mecánico, junto a Saúl.
El negocio les va genial y continúan manchándose de grasa, como les apasiona.
Gael ya no trabaja en el bar de Jana, hace años que lo dejó, aunque es muy habitual verlo detrás de la barra para ayudar en el negocio.
Debido a ello y a la tensión constante, Alexis, el camarero que fue detrás de Jana durante un tiempo, decidió dejar el trabajo.
Fue decisión suya, nadie le influyó ni lo empujó a hacerlo.
Y, por supuesto, Jana y Gael siguen juntos.
Se casaron al año de dejarse de tonterías.
Se fueron a vivir a la casa de Gael, ya que era más grande que la de Jana.
La de ella la vendieron. Tienen dos hijas, María y Luna, de siete y cinco años, respectivamente.
Como pareja son sinónimos de felicidad y amor.
Michael continúa unido a mi marido laboralmente y a nuestra familia como uno más de ella.
Es un constante en nuestra vida diaria, nuestros hijos lo adoran.
Sigue siendo el chófer, pero ahora de toda la familia.
Se adapta a lo que necesitemos, aunque Nathan siempre nos prioriza a los niños y a mí.
También sigue siendo el hombre que cuida de la seguridad de mi marido.
Hace seis años que conoció a Emily, una mujer estupenda que conquistó el corazón de nuestro amigo.
Por el momento no están casados, pero llevan meses planteándoselo porque a Emily le falta menos de un mes para dar a luz a la primogénita de la pareja. Estábamos a punto de conocer a Emma.