Pisando fuerte Capítulo 41
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Capítulo 41

Un tiempo antes…

Nathan

—¿No quieres reconsiderar tu decisión, Nathan? —me preguntó Alejandro, uno de los cargos superiores del Ministerio de Asuntos Exteriores de este país.

—No —contesté con determinación.

Sonreí de medio lado.

—Y no insistas, no vas a conseguir que cambie de opinión.

Cogí el vaso y lo levanté hacia él. Soltó un bufido e hizo lo mismo, mientras negaba sonriendo.

Ambos bebimos y yo dejé el vaso vacío en la mesa.

—Todavía tengo tiempo para hacerte cambiar de opinión —me dijo con diversión.

—Estás decantando la balanza para que me vaya y pase de la cena. Tú mismo.

—Joder, eres duro, ¿eh?

—Hago lo que puedo.

Sonreí de medio lado. Él soltó una carcajada.

—Me rindo —dijo levantando las manos.

—Eso está mejor.

Asentí.

La puerta se abrió de golpe y ambos miramos hacia ella. En la sala solo estábamos Alejandro y yo, hacía como unos veinte minutos que terminó la reunión.

Nosotros decidimos quedarnos tomándonos una copa, el resto que nos habían acompañado a la reunión habían subido a habitaciones para descansar un rato, antes de la cena.

Íbamos a cenar aquí mismo, en el restaurante del hotel, lo que agradecía porque no quería perder tiempo.

Estaba deseando ir al piso de Liv, llevaba demasiadas horas sin verla.

Cuando vi quien entró en la sala, o más bien, cuando vi la cara con la que Michael entró, me separé del respaldo del sillón y me levanté.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Caminó directo hacia mí.

—Tenemos que irnos —me dijo, serio.

Fruncí el ceño.

—Es una broma, ¿no? —preguntó Alejandro.

—Michael nunca bromea con mi seguridad ni en su trabajo —le dejé claro—. Así que no, no es ninguna broma.

—Correcto —habló Michael—. Señor —se dirigió a Alejandro, con una leve inclinación de cabeza—. Tengo que llevarme al señor Davies por un asunto personal.

—¿Es grave? —le pregunté, con la mandíbula apretada.

—Lo bastante porque si lo supiera ya, estaría corriendo en la dirección correcta.

—¿Liv?

Mi voz salió en un susurro y mi amigo asintió, muy serio.

—Mierda.

Me pasé una mano por el pelo.

Me giré hacia Alejandro, el que al escuchar nuestra conversación y ver nuestros gestos supo que el asunto era serio.

—Vete ya —me pidió—. Otro día quedamos para comer o cenar.

—Señor —volvió a hablarle Michael—. En breve lo llamarán.

Alejandro frunció el ceño.

—Serán un placer comer contigo, Alejandro. —Capté de nuevo su atención.

Nos dimos la mano y un breve abrazo y seguí a Michael hacia la salida. Dejamos atrás a Alejandro desconcertado.

Nuestro coche estaba justo en la entrada del hotel, por lo que nos montamos rápido.

—¿Qué mierda ha pasado? —Quise saber.

Me giré hacia Michael, después de abrocharme el cinturón.

Mi amigo arrancó y salió de la zona del hotel, para incorporarse a la carretera.

—Me acaba de llamar Iván.

—Iván. ¿Quién narices es ese?

No caí en ese momento.

—El vigilante de seguridad nocturno de la sede.

—Ah, sí. ¿Ha pasado algo?

—Es Liv —dijo, mientras me miraba de reojo.

Fruncí el ceño.

—Liv debe llevar un rato en su piso.

—No. está en la sede.

Fruncí el ceño.

—¿Qué mierda hace allí todavía?

—El Iván que me ha llamado no es Iván.

—¿Qué cojones…? ¿Eso es un trabalenguas? Habla de una vez, quiero saber qué pasa con Liv.

—Voy por partes. No me interrumpas.

Asentí.

—Iván es el vigilante de seguridad que hace el turno de noche en la sede, pues resulta que la llamada que he recibido no me la ha hecho él, sino su hermano gemelo.

Lo miré con sorpresa, sin comprender nada.

—No me lo esperaba. —Negó con la cabeza—. El hermano gemelo de Iván se llama César, este es el que me ha contado que los culpables del ataque tenían a Liv y a Félix.

—¿Qué cojones…?

—Tranquilízate. Ella ya está fuera, la ha sacado el verdadero Iván, el que por cierto estaba como infiltrado con los culpables y se intercambiaba a veces con su hermano gemelo, César. Este es policía.

—¿Han sacado a Liv del edificio? ¿Está a salvo?

—Sí.

—Mierda.

Me pasé las manos por el pelo.

—Continúa —le pedí, cuando me tranquilicé un poco.

—Lo último que sé es que iban a sacar a Félix. Iván ha tenido que volver al interior de la sede porque lo han dejado inconsciente.

—Pero ¿qué narices ha pasado?

Apreté la mandíbula.

Me contó la locura en la que, para mi sorpresa, salió el nombre de Amanda y de uno de los informáticos que el ministerio tenía en nómina.

Michal me contó que Amanda y Pablo eran los culpables del ataque a la red interna del ministerio. Pablo era el ejecutor, Amanda su pareja, la que lo animaba.

Mi amigo me explicó todo lo que le había sucedido a Liv, en base a lo que le había contado César, el policía hermano gemelo de Iván.

Con cada palabra mi cabreo fue creciendo, hasta sentir mucha rabia. También miedo, por lo que Liv había tenido que pasar.

Por suerte Iván había estado de lado de los buenos, porque si no… no quería ni imaginarme otro desenlace.

—Así que se acabó el investigar —comentó, al terminar.

Asentí en silencio, con la vista fija en la carretera.

—Ella está bien —me dijo en un tono más bajo.

—Hasta que no la vea… Písale.

Me referí a que acelerara y Michael lo hice, sin protestar.

El trayecto se me hizo demasiado largo y cuando llegamos, tuvimos que dejar el coche apartado de la sede porque no nos dejaron acercarnos ni un poco.

Me bajé del coche mientras Michael todavía estaba estacionando, sin importarme sus protestas. Sabía que vendría corriendo detrás de mí y así fue.

Un agente de policía nos cortó el paso, a pocos metros.

—No pueden pasar.

—Necesito hablar con César, es un compañero tuyo —le dijo Michael.

El policía elevó las cejas.

—Es mi superior.

—Pues mejor aún. Él me ha llamado, nos conocemos.

Frunció el ceño.

—Miguel, yo me ocupo.

—Claro, jefe. Perdón.

César le sonrió y se paró frente a nosotros. Era idéntico a Iván. Había visto algunos hermanos gemelos y siempre les había encontrado alguna diferencia, por pequeña que fuera, pero en esta ocasión no podía.

—Buenas noches —nos saludó y le correspondimos—. Hace unos minutos que hemos terminado. No os han dejado pasar por protocolo, están revisando el terreno y terminando dentro del edificio.

—¿Dónde están Liv y Félix?

Ella estaría con su amigo, no me cabía duda.

—En esa ambulancia, con mi hermano.

Señaló hacia la izquierda y Michael y yo dirigimos la atención hacia esa dirección.

—Id tranquilos —nos animó César—. Ya hablaremos.

—Gracias.

El agradecimiento salió de Michael, yo ya iba caminando hacia la ambulancia.

Me pasó de todo por la cabeza, conforme iba acelerando los pasos. Lo peor fue pensar que Michael me había mentido al decirme que Liv se encontraba bien, para que no me pusiera más nervioso.

Al llegar a la parte trasera de la ambulancia pude respirar tranquilo. Cogí una bocanada de aire.

Liv estaba riéndose con Iván, ambos estaban sentados a los lados de la camilla en la que se encontraba tumbado Félix. Este tenía los ojos abiertos y sonreí observándolos y escuchándolos.

—Nathan —dijo Liv, al darse cuenta de mi presencia.

Al mismo tiempo que se levantó yo subí a la ambulancia. Nos encontramos a medio camino.

La atrapé cuando se lanzó a mis brazos. Escondió la cabeza en mi pecho y la noté temblar, por lo que la apreté a mi cuerpo.

—Ya está —le susurre al oído—. No sé si castigarte por cometer ciertas imprudencias o sentirme orgulloso de ti —suspiré.

—Ambas cosas, me encanta que me castigues.

Solté un pequeño gruñido.

Le agarré la cara con ambas manos y la besé como necesitaba. El beso no fue suave ni breve, me apoderé de su boca con ansias. Me importó una mierda que no estuviéramos solos, mientras la devoraba.

El carraspeo de Michael consiguió separarnos, con las respiraciones alteradas.

—Hola, preciosa —la saludó mi amigo.

Ella cambió mis brazos por los de Michael, lo que no me gustó nada.

Mi amigo soltó una carcajada al ver mi cara. Le importó menos que nada picarme, mientras abrazaba a mi mujer.

Ante ese pensamiento me quedé paralizado unos segundos, con la vista clavaba en Liv.

Mi mujer… repetí en mi cabeza.

Y fue justo ahí cuando lo tuve más claro que nunca.

Cuando me recompuse me uní a Michael para saludar a Iván y a Félix. A ambos les di las gracias por ayudar a Liv y les dije que habían sido muy valientes.

Liv nos dijo que a Félix lo llevarían al hospital, pero solo para hacerle una revisión. Estaba bien.

También nos comentaron que Tomás hacía unos minutos que se fue. Me apunté mentalmente buscarlo para darle también las gracias.

—Se han llevado detenidos a Pablo y a Amanda —nos informó Iván—. Os habéis perdido un buen espectáculo.

—Espero que paguen por todo —dije, con la mandíbula apretada.

—Lo harán, tienen muchos cargos que enfrentar.

Asentí.

Abracé a Liv de la cintura y la pegué a mi costado. Le di un beso en la cabeza, la que apoyé en mi cuerpo.

Ya tenía todo lo que necesitaba conmigo.