Capítulo 40
Solté un grito cuando alguien me cogió de improviso, por la espalda. Me incorporó y tiró con fuerza de mí, con una mano tapándome la boca. Choqué la espalda con un cuerpo duro, mientras miraba a Pablo con los ojos abiertos al máximo.
Este se había cruzado de brazos y sonreía.
—Salid de ahí, joder —dijo una voz femenina.
La voz vino de la derecha.
—¡Cómo os gusta llamar la atención! —continuó hablando.
Fruncí el ceño.
—Tranquila, amor, en breve me encargaré de todas las grabaciones —le dijo Pablo, calmado.
—Traed a esa zorra.
Solté un jadeo cuando el hombre que me sujetaba con fuerza me arrastró hacia el pasillo que llevaba a los baños y a la sala en la que estaba la fotocopiadora y el archivo.
Me resistí, pero bloqueó todos mis movimientos y no pude hacer nada contra él.
Cuando llegamos a la sala del archivo agrandé los ojos al ver quienes había en el interior. La puerta estaba abierta y el que me llevaba sujeta me empujó, lanzándome hacia delante.
Tropecé con mis propios pies, pero por suerte no me caí. En cuanto me recompuse me giré hacia la puerta, para saber quién era…
—Iván —dije con sorpresa.
El vigilante de seguridad nocturno.
—En otras circunstancias podríamos habernos llevado bien —habló como si nada, encogiéndose de hombros.
—Desgraciado —siseé.
—Deja de hacer tanto drama, zorra.
Solté un grito cuando Amanda me agarró del pelo con fuerza y me pegó un tirón.
Sí, era la misma Amanda que me insultó el primer día, cuando Félix y yo llegamos. La misma que se echaba encima de Nathan.
—¿Sabes que a tu amor se le caen las bragas cuando ve a Nathan? —le pregunté con malicia a Pablo.
Una novedad que fueran pareja o vete a saber lo que eran.
El siguiente tirón que quiso darme Amanda lo esquivé y pude empujarla. Lo hice con tanta fuerza que cayó al suelo de mala manera.
Solté una carcajada fría. No reconocí mi propia risa.
—Tanto con los zapatos de tacón… —chaqueé la lengua.
—Hija de…
—Ya está bien —interrumpió Iván—. Hay que arreglar esto de una jodida vez. Os dije que era mejor esperar, pero os ha podido la impaciencia.
Bufó.
—A ver a hora qué hacemos con estos dos.
Se crucé de brazos y fruncí el ceño.
No le di muchas vueltas a nada, me lancé al suelo, sobre Félix. Mi amigo estaba tumbado, inconsciente. Un hilo de sangre le caía de la frente hacia la sien.
—¿Qué le habéis hecho? —pregunté con la voz temblorosa.
—Deja de ser tan dramática —me pidió Iván y lo fulminé con la mirada—. Todavía respira, aunque no sé por cuanto tiempo.
Me centré en mi amigo. Le retiré el pelo pegado por la sangre, mientras mis lágrimas mojaban su camiseta.
—Félix —lo llamé susurrando—. Por favor.
—Deshazte de ellos —le pidió Amanda a Iván, con asco.
El asco iba dirigido hacia mí, estaba claro.
—¿Quién eres tú? ¿Qué cargo ocupas? —le pregunté igualando el asco que me nacía por dentro.
—Trabajo aquí como experta en relaciones internacionales —contestó altiva.
—¿Por qué mierda ha dicho lo de Nathan?
La pregunta la hizo Pablo, caminando despacio hacia Amanda.
—No es momento de sacar tus celos.
Puso los ojos en blanco ella.
—Ven aquí, sé lo que necesitas —le dijo con voz melosa.
Cuando Pablo se paró delante de ella, Amanda le agarró de la cintura del pantalón y lo acercó a ella.
Sin cortarse lo besó, mientras le acariciaba el miembro con la palma de la mano, por encima del pantalón.
Pablo gruñó profundizando el beso y ambos comenzaron a desvestirse.
Yo no podía estar más sorprendida, sin separarme de Félix.
Él le subió la falda de tubo y le rompió el tanga. Ella le abrió el pantalón y le sacó la erección.
Los jadeos y los gemidos comenzaron a inundar la sala, mientras que yo alucinaba cada vez más.
Era totalmente surrealista lo que estaba pasando, estaban follando a unos pasos de nosotros, sin importarles que Iván y yo mirásemos.
Me dio la sensación de que eso los excitó más. Cuando Amanda se corrió gritando, se liberó de Pablo y se puso de rodillas delante de él. Pabló la agarró del pelo y le embistió la boca.
Cerré los ojos con fuerza y abracé a Félix, susurrándole que abriera los ojos.
Solté un grito, cuando volvieron a tirarme del pelo.
Esta vez fue Iván y me apartó de mi amigo. Me obligó a ponerme de pie y me empujó hacia la puerta.
—No, no… ¡Déjame! —forcejeé, de nuevo sin éxito.
—Iván, querido, eres un aguafiestas —le dijo Amanda—. Podías esperar un poco más para deshacerte de esos dos.
Se liberó un momento del miembro de Pablo, quien se lo restregaba por la cara.
Volví a cerrar los ojos.
—Ya habéis tenido vuestra sesión, ahora hacedme un favor y terminad para cuando yo acabe de arreglar la que habéis liado —les dijo Iván.
Amanda rio, pero Pablo no le dio más tiempo. La calló llenándole la boca.
Miré con miedo el cuerpo de Félix.
Iván tiró de mí de nuevo y me sacó al pasillo.
—Tomás está por aquí, dará la voz de…
—A Tomás lo he dormido plácidamente.
—¿Qué le has hecho? —Jadeé.
—Dormirlo.
—Hijo de…
Le lancé codazos y patadas como pude, con miedo porque no sabía dónde me llevaba.
Iván gruñó y me llevó hacia una pared en la que me dejó aprisionada, con la mejilla apoyada en la superficie dura y su cuerpo pegado al mío.
—No voy a hacerte daño —me susurró al oído.
Agrandé los ojos.
—¿Qué…? —susurré.
—Solo quiero sacarte de aquí, al igual que a Félix.
El plan es salvaros y después que entre la policía.
Están esperando mi señal, pero para darla necesito tener controlada la situación.
Tengo que sacaros Félix y a ti sin levantar sospechas de esos dos locos.
No van a interponerse en mi camino porque es lo que esperan de mí, que limpie lo que ellos estropean.
Hizo una pausa.
Me separó de la pared y me empujó de nuevo, de malas maneras para seguir fingiendo.
—Nos pueden ver, Pablo tiene acceso a las imágenes desde su móvil y no voy a arriesgarme —habló sin mover los labios.
—Vale —susurré, imitándolo—. ¿Tomás?
—A salvo, pero no está dormido.
Cerré los ojos, aliviada, por el giro de los acontecimientos.
—No hables más —me pidió.
Llegamos a la zona del ascensor y bajamos por la escalera hacia la planta principal. Una vez en ella Iván continuó tirando de mí.
Salimos del edificio sin que aflojara el agarre, de esa manera me llevó hasta el aparcamiento, en el que abrió la parte de atrás de una furgoneta grande y negra.
Me empujó dentro y solo cuando estuvimos ambos en el interior, su expresión cambió totalmente.
—Lo siento, Liv. Lamento si te he hecho daño de varias maneras. Tenía que tratarte mal para seguir con la tapadera.
—No te preocupes. Te doy las gracias por no matarme.
Soltó una carcajada y después negó con la cabeza.
—¿Quién eres? —le pregunté con curiosidad—. ¿Eres policía?
—No —sonrió de medio lado—. Soy vigilante de seguridad, el policía es mi hermano gemelo.
Señaló hacia el asiento del copiloto y me sobresalté al ver a un hombre sentado en el asiento del conductor.
—Hola Liv. Encantado de conocerte. Mi nombre es César.
—Sois idénticos —dije, sobrepasada por todo.
Ambos rieron.
—Gemelos —repitió Iván, con humor.
—Ya, ya…
Sacudí la cabeza.
—Gracias a que lo somos mi hermano se ha hecho pasar por mí en muchas ocasiones, para pillar a Pablo y a Amanda.
—Teníamos que hacerlo bien porque hay algún implicado más, pero esa información la sacaremos una vez los detengamos —me informó César, con un guiño.
—Vaya… ¿Y yo con cuál de los dos he hablado?
Los miré a ambos.
—Con los dos —respondieron al unísono.
Soltamos una carcajada.
—Voy a por Félix —me dijo Iván.
—Date prisa, no te quiero más tiempo del necesario cerca de esos desgraciados —le pidió su hermano.
—Vendré volando.
Iván abrió la puerta trasera y desapareció en cuanto la cerró desde fuera.
—Tranquila, está muy bien entrenado. Lo estoy convenciendo para que entre en el cuerpo de policía —me dijo César, sin perder la sonrisa.
Asentí, devolviéndole el gesto sonriente.
—No les harán nada, ¿verdad? —pregunté con miedo.
—No. Tengo monetizado a mi hermano y lo escucho todo.
Se tocó una oreja.
—Cualquier cosa que le suceda lo sabré en el momento que pase. Hay dos equipos escondidos, no los has visto. Estamos esperando a que mi hermano saque a Félix y entonces entraremos a por esos dos. Serán los únicos que queden en todo el edificio.
—¿Y Tomás?
—En otra furgoneta que está a una calle de aquí —me informó—. Está con mi gente, no ha querido irse a descansar un rato. Quiere veros a Félix y a ti, se ha quedado muy preocupado cuando Iván ha podido contarle lo que estaba pasando.
—Vale —suspiré.
—Ya puedes relajarte, todo acaba esta noche —me pidió.
Nos sonreímos, pero César se puso serio al dirigir la vista hacia la entrada del edificio.
Cerré los ojos unos segundos y me agarré las manos con fuerza, para controlar el temblor.
Tenía tantas ganas de llamar a Nathan. Necesitaba escuchar su voz. Y la de Gael, y la de mi padre y la del resto de mis amigos.
—Nathan viene hacia aquí.
Las palabras de César me sorprendieron.
—¿Cómo…?
—He llamado a Michael hace un rato, para contarle lo que está pasando. Deben estar al llegar, pero mis compañeros los retendrán para que no entorpezcan la operación.
—¿Conoces a Michael?
—Sí —me confirmó y sonrió de medio lado—. He hablado muchas veces con él dentro de la sede, pero Michael creía que yo era mi hermano Iván.
Me hizo un guiño y sonreí, sintiéndome mucho más tranquila.
O no, porque si Nathan ya sabía lo que había pasado debía estar cabreado y muy nervioso. Mi inquietud aumentó por él.