Pisando fuerte Capítulo 39
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Capítulo 39

Salí con Tomás en la primera planta y en cuanto dimos unos pasos vimos hacia la derecha a Pablo, el compañero de Tomás.

—Eh, tío —llamó su atención, Tomás.

Pablo levantó la cabeza y también una mano, hacia nosotros.

Nos acercamos a él, caminando entre las mesas. En esta planta no quedaba ningún trabajador, al menos en la zona abierta de trabajo.

Pablo y Tomás se quedaban a hacer horas de más cuando algún ordenador comenzaba a funcionar mal, de esa manera podían trabajar tranquilamente para solucionar el problema y que la persona que trabajaba con dicho ordenador se encontrara al día siguiente con que todo estaba solucionado.

—Hola —nos saludó Pablo—. ¿Estáis de ronda? —nos preguntó, divertido.

Estaba sentado a una mesa, frente a un equipo informático de la sede.

—¿Problemas? —le pregunté.

—Quiere ganarme para hacerse el interesante, pero no va a poder conmigo —me contestó, haciéndome un guiño.

Reí.

—¿Has visto a Félix? —le preguntó Tomás.

—No. ¿Lo estáis buscando?

—Sí. Tengo ganas de irme a casa —dije con diversión.

Até en corto a mis nervios, más que nada para no perderlos. Me sentía muy intranquila.

—¿Te quedas aquí? —me preguntó Tomás—. Así te ahorras subir dos plantas más. Ponte cómoda, volveré enseguida.

—Pero ¿por qué habría subido más? —le pregunté.

—Lo mismo se ha encontrado a alguien que le ha pedido ayuda —comentó Pablo.

—Me habría llamado o enviado un mensaje, hace bastante que me dejó en la sala.

No quise mostrarme extrañada, pero no puede evitarlo.

—No te preocupes, si hace falta lo buscaré hasta debajo de las mesas —me dijo Tomás.

—Gracias —le sonreí.

Me acercó una silla y se lo agradecí, antes de que se fuera hacia el ascensor.

No tenía sentido que Félix estuviera por cualquier parte del edificio. Sabiendo que era la hora de irnos, con las ganas que él tenía también, no encontraba una explicación lógica para lo que estaba pasando.

Si alguien le había pedido ayuda, como había sugerido Pablo, Félix me habría avisado, como mínimo me habría enviado un mensaje rápido.

Me senté y le sonreí a Pablo.

—Ya seguiré luego —me dijo.

De una pasada rápida visual a la pantalla vi lo que había en ella, antes de que tecleara una contraseña. La pantalla se quedó oscura.

—Por mí no lo hagas —carraspeé.

—Tranquila. No tengo prisa por moverme de aquí, me esperan dos equipos más para arreglar.

Puso los ojos en blanco y sonreí.

—¿Sueles quedarte muchas noches trabajando?

—Más de las que me gustaría —contestó con un suspiro—. Y solo, porque a Tomás lo esperan en casa, a mí no. Aunque a veces está muy bien, la noche trae paz y silencio, le saco muchísimo provecho —sonrió—. Voy un momento al baño, no tardo.

—Ten cuidado, la última vez que vi a Félix me dijo lo mismo —intenté sonar divertida.

Pablo soltó una carcajada. Se fue riendo y me quedé sola en la zona silenciosa.

Solté un suspiro, antes de bajar la mirada a la pantalla del teléfono. Pero levanté la cabeza para observar por donde Pablo había desaparecido.

Después fijé la vista en la pantalla oscura del ordenador, para volver a mirar hacia el espacio vacío por el que volvería Pablo.

Lo repetí varias veces, hasta que tomé una decisión que podía costarme una buena bronca. Me dio igual, estaba dispuesta a una buena pelea, incluso me vendría bien liberar tensión por lo de Félix.

No tenía mucho tiempo, por lo que cambié de silla y activé el ordenador. En la pantalla apareció una ventana para poner la contraseña y no tuve ningún problema en acceder.

Entré en lo último que Pablo había tenido abierto y fruncí el ceño, para después ir agrandando los ojos, poco a poco. Mi primera sensación había sido acertada, cuando lo vi de refilón.

Introduje unos datos y la pantalla comenzó a llenarse de datos, a gran velocidad.

—No puede ser… —susurré.

Miré sobre mi hombro para comprobar que Pablo todavía no venía.

Tragué saliva y volví a mover rápido los dedos sobre el teclado, hasta que lo que estaba ejecutándose cayó, matando la posibilidad de ir contra mi primer cortafuegos.

Salí de todas las pantallas, borré mi rastro, y revisé el equipo, para saber si tenía alguna avería. El mensaje que apareció en la pantalla era claro, el ordenador funcionaba perfectamente.

—Hijo de… —siseé.

Desbloqueé el móvil y pulsé sobre el número de Félix, impaciente, mientras dejaba el ordenador como lo había encontrado.

Bueno, igual no, había echado a perder otro intento de ataque. Por suerte estaba iniciándose y había sido fácil derribarlo, porque no disponía de tiempo.

Me levanté despacio de la silla y me alejé unos pasos de la mesa.

Obtuve el mismo resultado que la vez anterior, los tonos de llamada sonaron sin que mi amigo descolgara, pero, a pesar de esa coincidencia, en esta ocasión fue muy diferente. En esta ocasión me giré de golpe, al escuchar la melodía del teléfono de Félix.

Solté un pequeño jadeo y corrí hacia el sonido. Cuando creí que estaba cerca comencé a mirar por el suelo, por debajo de las mesas, hasta que lo encontré.

Me agaché para coger el teléfono, este estaba bocabajo. La pantalla no se había roto porque en esta parte había moqueta en el suelo.

Me incorporé guardando el móvil de mi amigo y el mío en el bolso y al terminar, me quedé paralizada, bloqueada por completo y sin saber cómo reaccionar.

A pesar de la claridad aplastante de la situación mi cabeza no asimiló tan rápido lo que significaba que el móvil de mi amigo estuviera tirado en el suelo y que él no apareciera por ningún lado. Porque si lo unía a lo que acababa de descubrir…

Recordé las palabras de mi jefe Mario, cuando me notificó lo que había pasado aquí…

— Las alarmas del ataque saltaron a las cinco de la mañana, pero sabes que hay que contar desde horas anteriores.

Después salté a mi descubrimiento de que el ataque se realizó desde la propia sede del ministerio.

Continué con lo que le había preguntado a Pablo hacía unos minutos y con su respuesta…

—¿Sueles quedarte muchas noches trabajando? — le había preguntado.

—Más de las que me gustaría —contestó con un suspiro—. Y solo, porque a Tomás lo esperan en casa, a mí no. Aunque a veces está muy bien, la noche trae paz y silencio, le saco muchísimo provecho —sonrió.

Lo último había sido lo que me había encontrado ejecutándose en el ordenador, uno diferente a la de la vez anterior.

—Joder… —susurré—. Lo he tenido todo el tiempo en la puñetera cara y no lo he visto venir.

—Es una verdadera lástima, preciosa.

Al escuchar la voz de Pablo solté un grito y me giré hacia él.

Chaqueó la lengua, negando con la cabeza.

—¿El qué?

Podía jugar la carta de la que no se entera de nada. Pablo no me había visto en el ordenador, no sabia lo que acababa de descubrir, como tampoco que había encontrado el móvil de Félix tirado en el suelo.

No había dejado sonar mucho la melodía. ¿Cabía la posibilidad de que la hubiera escuchado? No quise pensar en eso para mantenerme positiva en una situación de mierda.

En mi cabeza, le pedí a gritos a Tomás que volviera ya, aunque por otro lado no quería que lo hiciera, porque se vería involucrado en esto. ¿O sabía de sobra cómo era su compañero de trabajo? Esperaba que no porque a Tomás le tenía mucho cariño y me dolería su traición.

La sonrisa siniestra de Pablo, una espeluznante, me hizo saber que no había colado mi pregunta.

—Podrías haberme engañado, preciosa. —Dio un paso hacia mí—.

Si no te hubiera visto sentada frente al ordenador, en la silla que yo he dejado libre.

He presenciado el momento exacto en el que te has dado cuenta de quién era yo —rio—.

Tu cara ha sido… y después te he visto encontrar el teléfono de tu amiguito. Eso ha sido un fallo.

Volvió a chasquear la lengua.

—Pero ya daba igual —añadió.

—¿Por qué? —le pregunté con rabia.

Lo sabía de sobra, había un gran abanico de posibilidades para la información que se manejaba en el ministerio, información confidencial por la que pagarían millones y millones de euros.

—Eres lista, ya has llegado a esa respuesta tú solita —me dijo con un guiño.

—No vas a conseguir nada —sonreí de medio lado—. No me llegas ni a la altura de la suela de las botas.

Solté un jadeo cuando se abalanzó sobre mí. Con una mano le agarré la suya, con la que me rodeó el cuello, y la otra la coloqué en su antebrazo, clavándole las uñas.

Intenté coger aire, pero apenas pude.

—Eres demasiado creída, preciosa. Y en realidad, no eres para tanto —sonrió—. Aunque me divertiría mucho contigo. Si me queda tiempo lo haré.

—Desgraciado. Como te atrevas a tocarme de esa manera te juro que te saco los ojos.

Le escupí, literalmente. No me corté y Pablo apretó más la mano en mi cuello y me dio un fuerte tirón del pelo, con la otra mano.

Gruñí. No iba a darle el gusto de verme suplicar ni de quejarme.

—Qué piensas que estás haciendo —siseé, hablando con dificultad—. Te has vuelto loco. ¿Todo por dinero? ¿Cómo piensas salir de esta?

—Me conmueve tu preocupación por mí. Estoy muy cuerdo, preciosa, tanto que sé reconocer lo que me hará ganar millones. Sí, el dinero es lo principal, aunque también está la satisfacción de contentar a mi chica.

Su sonrisa se me atragantó.

—¿Quién es tu chica?

Le clavé las uñas en la mano y en el antebrazo, más profundo. Noté su sangre, pero no aflojó el agarre ni un poco.

Al cabo de unos segundos, cuando la visión comenzó a nublárseme, me soltó de repente y di varios pasos hacia atrás, inestable, mientras tosía inclinada hacia delante

Intenté recuperarme lo más rápido posible, con una mano en la garganta. Pensé que podía intentar escapar, pero ese pensamiento se esfumó tan rápido como llegó a mi cabeza saturada.