Capítulo 38
Apoyé las botas en la mesa de trabajo, después de deslizarme un poco hacia atrás con la silla.
—¿Entonces vamos a quedar esta noche o Jana te tiene tan consumido que no puedes moverte? —le pregunté a Gael.
—Muy graciosa.
Reímos.
Estábamos hablando por teléfono, hacía unos minutos que lo había llamado yo, justo cuando Félix se fue al baño.
Todavía me encontraba en la sede, más concretamente en la sala de informática en la que trabajaba desde que vine aquí.
—Da igual lo cansado que esté, de esta noche no pasa sin que nos veamos —dijo.
Sonreí.
Cierto, entre los grandes que se habían dado en nuestras vidas todos estábamos muy desaparecidos. A ver, continuábamos hablando por mensajes y nos llamábamos, pero no habíamos quedado en persona.
Julia y Elsa estaban muy entretenidas porque seguían conociendo a Gavin y a Alan. Los amigos de Nathan hacía unos días que regresaron a Londres, pero no por ello habían perdido el contacto. Cada final de día se hacían videollamadas y se escribían constantemente.
El tiempo que pasaron aquí los chicos también lo aprovecharon muy bien con mis amigas.
Julia era la que, desde el inicio, marcó un poco las distancias con Gavin.
Era la más precavida de las dos, le gustaba ir despacio para las cosas importantes y por lo que me había dicho en varias ocasiones, Gavin era una de esas cosas serias.
Él la trataba como a una princesa, literalmente, y yo no podía estar más feliz por mi amiga porque ya era una princesa.
Elsa se había atrevido más con Alan y entre ellos volaban los piques y los retos. Las recompensas siempre eran buenísimas, algo que ella remarcaba cuando nos actualizaba como estaban.
Las veía felices, contentas, y eso me daba esperanzas porque continuaban con lo que habían iniciado aquí.
Tal vez yo y Nathan tuviéramos una oportunidad, al fin y al cabo. No pensaba mucho en ello. Bueno, sí, claro que pensaba, pero me obligaba a bloquear todo lo que me pasaba por la cabeza, por mi salud mental y emocional.
Mi amigo Gael estaba viviendo un sueño con Jana.
En realidad, lo era para ambos. Desde que provoqué que se juntaran aquella noche del bar, solo se separaban por sus responsabilidades.
Desde entonces Gael iba cada tarde al bar, para hacerle compañía a Jana.
Allí ya sabían todos que la jefe y el empleado tenían una relación.
Lo que me reí cuando Gael me contó cómo se lo dijeron a Alexis…
me hubiera encantado estar presente, porque la cara de Alexis fue digna para fotografiar, según Gael.
Mi amigo disfrutó restregándole en la cara que estaba con Jana y no solo eso, le encantaba hacerle demostraciones en directo, a él y a los demás.
Menos Alexis, todos los felicitaron y les dijeron que ya era hora. Normal, la tensión siempre había sido una constante entre ellos. Se palpaba en el ambiente.
Y yo pasaba mis días liada con el trabajo y a partir de las seis o seis y media, liada con Nathan. Me había acostumbrado muy rápido a la rutina de estar con él.
—¿Te has aclarado con lo del taller? —le pregunté sobre la propuesta de Saúl, para que fueran dueños del taller a parte iguales.
—Estoy negociándolo con Saúl —contestó con diversión.
—Eres lo que no hay —reí.
—Por supuesto. Único e irrepetible.
—Jo, te echo de menos.
—No hagas un puchero.
—No lo he hecho.
—Y tanto que sí, a mí no me engañas.
—Eres muy tonto.
Reímos porque sí, había hecho un puchero.
—Elsa y Julia están deseando salir esta noche —comenté.
—Claro, como ahora el entretenimiento lo tienen a kilómetros de distancia…
Sonreí.
—¿Tú crees que les funcionará con Gavin y Alan?
Mordisqueé el tapón del bolígrafo.
—No lo sé, cariño. Nadie puede saberlo. Depende todo de ellos.
—Ya…
—¿Por qué no me preguntas lo que realmente quieres preguntarme?
Suspiré.
—Te respondo igualmente. Lo que tenéis Nathan y tú es más fuerte que lo de las chicas.
Más fuerte y profundo, habéis dado muchos más pasos juntos.
¿Os funcionará? Ojalá pudiera decirte que sí porque me encanta verte feliz y me encanta Nathan para ti, pero esa respuesta solo la dará el tiempo y lo que hagáis vosotros con él.
—Vale —suspiré.
—¿Ya has recogido?
—No, cuando te cuelgue. Solo tengo que desconectar mis memorias externas y dejar todo funcionando como está. Lo hago en un momento, además, Félix tiene que volver del baño.
—¿Se habrá caído por el inodoro?
Soltamos una carcajada.
—Siempre se para a hablar con Joh la última vez que va al baño, antes de irnos.
—¿Qué se siente?
Sonreí.
—Emoción y ganas de mandarlo todo al a mierda —contesté.
Reímos.
—Enhorabuena, cariño. Lo has vuelto a conseguir.
—Gracias. Ha sido un gran trabajo en equipo.
—Estoy de acuerdo, pero no te quites méritos —me pidió—. Vamos a colgar ya, no puedes salir tarde tu último día ahí.
—Oficialmente será mañana. Haré las últimas comprobaciones y se acabó.
—Pero eso te llevará muy poco tiempo y es muy sencillo para ti.
—Bueno, de tiempo será como una hora o así. Si todo va bien, claro. Y sencillo sí que es.
—Pues ya está, durante esa hora te atiborras de cafés y listo.
Sonreí.
—¿Nos vemos a las ocho y media en el bar de Jana? —le pregunté.
Me levanté de la silla y me incliné hacia la mesa.
—Claro. podéis venir antes, ya los sabes.
—Querio darme una buena siesta, y ducharme y prepararme con calma. Lo necesito.
—Pues ves a tu ritmo. Nos vemos luego, cariño. Te quiero.
—Hasta ahora. Te quiero.
Colgué sonriendo y me guardé el móvil en un bolsillo del pantalón.
Miré la hora en la pantalla del ordenador y decidí recoger sin Félix, para salir a buscarlo. Sabía dónde lo encontraría y mi amigo llevaba todo lo suyo encima.
Con ese pensamiento desconecté las memorias externas con seguridad y dejé el sistema funcionando con normalidad.
Durante unos segundos dejé fija la mirada en las pantallas, sintiéndome muy satisfecha porque lo había logrado, de nuevo.
Había dejado la red interna muy protegida, mucho más que lo estaban con anterioridad porque los cortafuegos nuevos eran mucho más resistentes. Al igual que el principal, en el que había dejado una buena parte de mí para hacerlo casi infranqueable.
Solté un suspiro profundo porque también estaba cansada, aparte de satisfecha. Este trabajo se había llevado una buena parte de mi energía.
Fui hasta el armario para coger el bolso y regresé a la mesa. Lo dejé encima para guardar las memorias en el interior y después me lo colgué cruzado.
Acaricié la madera de la mesa con la yema de los dedos, pensativa, despidiéndome de esa sala que me había acogido durante tantas horas y días.
Sonreí, antes de moverme.
—Adiós —hablé al aire. Ah, no, a los sistemas informáticos—. Portaros bien porque tendrán que traerme a rastras la próxima vez —reí.
Salí al pasillo, cerré la puerta de la sala de informática con llave y comencé a caminar.
Las ganas de largarme ya se hicieron más fuertes. Lo único que lamentaba era que hasta bien entrada la noche no podría ver a Nathan.
En este momento debía estar en una reunión importante, así me lo dijo, y después el encuentro continuaría con una cena en la que terminarían de concretar lo que necesitaran. Sería en el restaurante del mismo hotel en el que estaba llevándose a cabo la reunión, uno de lujo.
Cuando llegué al vestíbulo me paré porque al mirar en la dirección que tenía que estar John y suponía que Félix, no había ninguno de los dos.
—Eh, Liv.
Me giré para ver acercarse a Tomás.
—Hola.
Nos dimos un abrazo.
—Felicidades por terminar —me dijo.
—Gracias.
Sonreí.
Tanto él como Pablo, el otro informático principal de la sede, vinieron a hacernos una visita a Félix y a mí. De eso ya hacía como dos horas y entonces les contamos que nuestro trabajo estaba a punto de finalizar.
—Aprovecho que te he visto. —Le di la llave de la sala.
—Gracias, preciosa, pero si me dejas un día sin trabajar te lo agradeceré y todo.
Reímos.
—Piérdelas, muchas veces es lo mejor —le sugerí, con un guiño.
Sonriendo, se guardó la llave en un bolsillo del pantalón vaquero.
—¿Has visto a Félix? Pensaba que estaría hablando con John, pero él tampoco está.
Tomás dirigió la mirada hacia el sitio exacto en el que debía estar el vigilante de seguridad.
—Lo mismo se ha ido ya —comentó—. Habrá hecho el cambio con Iván y este estará haciendo alguna ronda, cerca de aquí.
Asintió, conforme con sus palabras.
—Pero todavía queda como media hora para que John termine su turno —dije.
—Cecil está teniendo un embarazo complicado y hay días que John adelanta la salida. Seguramente hoy es uno de esos días.
Cecil era la mujer de John, llevaban cuatro años casados. John nos había contado a Félix y a mí que estaban sufriendo con el embarazo. Le felicitamos porque iba a ser padre, pero también le deseamos que todo fuera muy bien. Les quedaban meses de incertidumbre.
Era normal que John quisiera pasar más tiempo con su mujer, para poder atenderla y por si surgía alguna dificultad.
—Lo sé, nos lo dijo —le hablé a Tomás—. Esperemos que todo les vaya bien.
—Sí. Son una pareja increíble.
—Bueno, pues voy a buscar a mi amigo el desaparecido —dije con humor—. Al final va a ser verdad que se ha caído por el inodoro —reí, recordando las palabras de mi amigo Gael.
—Te acompaño por si tenemos que unirnos para hacer de desatascador.
Soltamos una carcajada.
Tomás y yo nos dirigimos a los baños que estaban en esta misma planta.
Cuando llegamos, por la hora que era, como no había nadie, Tomás abrió la puerta y lo seguí al interior.
—¿Félix? —lo llamé.
—Aquí no está —dijo lo evidente Tomás, al cabo de unos segundos sin respuesta.
—¿Y dónde narices se ha metido?
Fruncí el ceño.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón, lo desbloqueé y llamé a Félix. Los tonos sonaron, pero él no descolgó.
—¿Nada?
Negué.
—¿Quieres que vaya a la planta de arriba? —me propuso—. A lo mejor ha subido para no esperar, si ha venido y había gente —dijo pensativo—. ¿Estás segura de que tenía que venir al baño?
—Sí, pero ya hace que me lo dijo. Salió de la sala para venir aquí —Me encogí de hombros—. Los dos únicos sitios en los que pensaba que estaba eran este baño y el vestíbulo, ahora ya no tengo ni idea.