Capítulo 37
Liv
La puerta de la cabina se abrió despacio, solo lo suficiente para que mi cuerpo pudiera entrar.
Lo primero que vi fue la mano y el brazo de Nathan, ya que los sacó para agarrarme y tirar de mi hacia dentro.
Nos quedamos cara a cara, a muy corta distancia, cada uno con la espalda apoyada en las paredes de la cabina.
El espacio estaba bien de tamaño, teniendo en cuenta dónde estábamos. No era de los más pequeños que había visto en mi vida, ni tampoco de los más grandes, pero se hizo minúsculo porque la presencia de Nathan lo llenó por completo.
Él cerró la puerta con una mano, sin dejar de mirarme, de la misma manera que echó el pestillo. Nos quedamos encerrados dentro.
Abrí los labios, dispuesta a ser yo la que diera el primer paso, pero no llegué a hablar porque la puerta principal del baño se abrió de golpe.
Me quedé con los labios entreabiertos, sin poder apartar los ojos de las profundidades que eran los de Nathan.
—Súbete —me pidió susurrando.
Se me erizó la piel al escuchar su voz ronca.
Me costó entender a lo que se refería, hasta que miré el inodoro. Busqué sus ojos de nuevo.
Me humedecí los labios con necesidad, porque se me había quedado la garganta seca.
Solo me sirvió para empeorar la situación, ya que la intensidad de Nathan aumentó.
—Súbete —repitió, con la voz más profunda.
Fuera se escuchaban varias voces y mientras me preguntaba qué se proponía, hice lo que me pidió, aunque no le encontrara sentido.
Coloqué la suela de una bota sobre la tapa del inodoro y me impulsé, para quedarme sobre ella.
Me quedé mirando hacia la pared, por lo que fui a girarme, pero Nathan me lo impidió.
—¿Qué…? —susurré.
Se me escapó un jadeo cuando cogió de los laterales mi braga y dio un tirón hacia abajo.
Divino día para elegir ponerme una falda corta con volantes. Me la regaló Julia, un año para mi cumpleaños. No le había dado mucho uso, pero a partir de hoy iba a ser una de mis favoritas.
Nathan me tenía temblando ya.
—¿Qué pretendes exactamente? —le pregunté, susurrando.
Las voces de las mujeres desaparecieron cuando la puerta hizo ruido, pero enseguida entraron otras mujeres.
Nathan siguió a lo suyo. Me sacó la braga por las botas, sin que tocaran ninguna superficie, y no sé lo que hizo con ellas, pero desaparecieron de mi vista.
Miré por encima del hombro, mordiéndome el labio inferior y no pude reprimir el jadeo que se escapó de mis labios cuando me levantó la falda y me dejó el trasero al aire, frente a su cara.
—Nathan… esto es una locura.
—A la locura vas a llevarme tú…
Se me cortó la respiración, por el mordisco que me dio en una nalga. Gemí por la sensación. Fue duro, pero al mismo tiempo delicado. Una mezcla rara e impactante de la que Nathan era un experto.
Coloqué las manos en la pared de delante, para mantenerme estable.
Nathan me separó un poco los pies y una de sus manos me acarició la cara interna de una pierna, subiendo con caricias.
Apreté los labios para contener un jadeo, cuando su mano cubrió extendida mi sexo.
—Pensaba que estabas enfadado —susurré.
—Y lo estoy.
Me mordí el labio inferior.
—Pero prefiero estar enfadado tocándote y follándote, que estar enfadado mirándote desde la distancia. ¿Quién mierda es ese tío?
—¿Cuál de los dos?
Gemí con fuerza cuando me dio una palmada en la carne sensible de entre mis piernas y me pellizcó el clítoris. Me tapé la boca con el brazo para no delatarnos, lo que esperaba que no hubiera sucedido ya.
—No juegues conmigo, Liv.
—Los dos trabajan en la sede, son simpáticos.
—Simpáticos.
—Diosss…
Me estremecí, apretando las manos en la pared. Moví el trasero hacia él, dejándoselo a centímetros de su cara, sin ni un mínimo de vergüenza.
Él había comenzado el desastre que era yo en este momento y ya no podía negarme lo que necesitaba.
—Respóndeme y te daré lo que necesitas, es así de simple —me dijo.
Bufé, apoyando la frente en un brazo.
—Se llaman Javier y Rafa.
—El que quiero saber —insistió.
—Rafa.
Contuve la respiración cuando me agarró de las caderas y tiró de ellas más hacia él.
No pude agarrarme a nada, pero Nathan me mantuvo bien sujeta. Colocó sus manos en mis nalgas y me las separó.
Gemí al notar su respiración cerca de mi trasero, demasiado cerca y tentadora. Tragué saliva, ahora sí, sintiendo vergüenza, pero por suerte ignoró mi orificio trasero.
—Oh, joder… —gemí al primer roce de su lengua.
—Sigue hablándome —me pidió entrecortadamente, sin dejar de utilizar la lengua, los dientes y los labios en mi sexo.
—No… no… sé qué más quieres… saber.
—¿No te has dado cuenta de cómo te mira ese tío?
—Me da igual.
—Pues a mí no, y menos que se tome la libertad de tocarte para acerté a él. ¿Por qué lo has permitido?
—No ha sido nada.
Me mordí el labio inferior para no gritar cuando su lengua entró en mi interior.
De repente Nathan se separó, dejé de sentirlo y lamenté la distancia.
Abrí los ojos de golpe, dispuesta a decirle varias cosas, para volví a quedarme con las palabras en la boca.
Me giró para dejarme de cara a él y apoyé bien las suelas en la tapa del inodoro.
La intensidad de sus ojos había crecido. Tenía los labios mojados de mis fluidos, lo que me excitó más.
—¿No ha sido nada? —repitió, convirtiéndolo en pregunta.
La calma de su voz podía hacer pensar que estaba tranquilo, pero nada que ver con la realidad.
Nathan era muchísimo mejor que gritara a que se quedara callado o a que mediera cada una de sus palabras y gestos, como era el caso de este momento. Ahora mismo era una bomba a punto de explotar.
—Para mí no lo ha sido porque no me importa nada Rafa —contesté susurrando—.
Además, después de lo que has visto ya no ha vuelto a tocarme ni a acercarse tanto a mí.
Félix lo ha impedido, aunque si no hubiera sido así yo hubiera terminado saltando en cualquier instante, con algunas palabras que habrían sorprendido a Rafa.
Se quedó mirándome fijamente, poniéndome nerviosa.
—Ahora acaba lo que has empezado —le exigí.
Sí, sonó a exigencia porque lo fue. Yo también me sentí a punto de estallar, pero de una manera muy diferente a él.
No me di cuenta de que estaba conteniendo el aire, hasta que los solté de golpe al ver su sonrisa brillante de medio lado.
Metió las manos por debajo de la falda y las dejó en mis ingles. De esa manera me empujó un poco hacia atrás.
Me hizo retroceder con cuidado y para mi sorpresa, y alegría también porque poco me faltó para gritar de felicidad e incluso llorar, Nathan se sentó a horcajadas en la tapa del inodoro.
—Pon las piernas en mis hombros —me pidió con la voz tomada por el deseo.
Lo hice sin dudar, ayudada por él y después de que me subiera la falda, dejando a la vista mi sexo.
Me quedé con las piernas sobres sus hombros y la espalda apoyada en la pared. Nathan no nos hizo esperar más, tenía mi sexo a escasos centímetros de su boca y utilizó esta para volverme loca.
Devoró mi zona íntima, como hacía cada mañana al despertarse. Cómo iba a echar de menos despertarme con una sonrisa y jadeando, cuando él se fuera de España…
Nathan se apoderó por completo de mí, lanzándome a un orgasmo intenso y demoledor. En este punto me importó una mierda que alguien me escuchara, no pude contenerme ni quise.
Gemí moviendo mi sexo contra su boca, mientras él alargaba mi placer succionando y lamiendo.
Si no hubiera sido porque él me tenía bien agarrada con la posición, me habría caído al suelo.
—Deliciosa, como siempre —susurró en la cara interna de mi pierna.
Me hizo estremecer cuando me la mordisqueó, antes de apartar la cabeza.
Lo miré con los ojos entrecerrados, me costaba mantenerlos abiertos. Solo pensar que el trabajo me esperaba…
Pero me espabilé rápido, cuando escuché cómo se desabrochaba el cinturón y el pantalón. Liberó su erección y me lamí los labios, provocándole un gruñido.
—Con cuidado —me pidió.
Me agarró de una pierna y después de la otra, echó un poco hacia atrás la espalda, y mantuvo mi peso por las nalgas, cuando mis piernas se quedaron sobre las suya, a horcajadas sobre él.
Ambos jadeamos mientras guiaba mi sexo, recorriéndolo con la punta de su miembro.
Estuvo torturándonos de esa manera durante unos minutos.
—¿Por qué has ignorado mi mensaje? —me preguntó con voz dura.
Pensé la respuesta. A mi favor diré que no estaba para pensar mucho.
—Liv…
—No quería que te enfadaras más —contesté—. Quería esperar a estar solos en mi piso, para hablar.
Esta tarde era donde nos tocaba, la anterior la pasamos en su casa. De ella habíamos salido esta mañana, para venir a la sede a trabajar.
Cuando menos lo esperaba dejó caer mi cadera, al mismo tiempo que la suya se separaba del inodoro.
Gemimos al unísono, cuando su miembro se introdujo hasta lo más hondo de mi interior.
—¿En qué planta trabaja ese?
—No voy a decírtelo.
Solté una carcajada.
Ya hacía rato que me daba igual estar dentro del baño.
—Liv, puedo averiguarlo muy fácilmente —carraspeó. —Joder, me estás matando. —Bufó—. Me aprietas tan jodidamente bien, es tan bueno… —siseó.
—Pues deja todo lo demás, aquí solo estamos tú y yo —le pedí, con necesidad—. Olvídate de Rafa, no es nadie.
Apretó la mandíbula y vi su batalla interna. Quería continuar hablando, pero al mismo tiempo cada vez estaba más desesperado por correrse y saciar su necesidad.
Su miembro daba pequeñas sacudidas en mi interior, era una delicia.
—No lo quiero cerca de ti. Igual que a mí me has apartado en el trabajo, quiero que a ese tío lo ignores completamente —me exigió, serio.
—Lo haré —le dije, a modo de promesa—. No es mi amigo, solo lo conozco de coincidir unas cuantas veces por la sede y porque siempre está con Javier. A este último, en cambio, lo considero algo más.
Entrecerró los ojos.
—Me refiero a la amistad —añadí rápido y solté otra carcajada—. Me encantan tus celos.
Me mordí el labio inferior.
—A mí no, porque nunca me he descontrolado de esta puñetera manera y no me gusta todo lo que he sentido desde que salí del puñetero ascensor.
—A mí me pone mucho —susurré sobre sus labios, meciéndome con su miembro dentro de mí.
Apretó la mandíbula, clavándome los dedos en las caderas.
—¿Por qué no me ha costado convencerte de que te alejes de ese imbécil?
Apreté los labios, divertida por el insulto.
—Porque me pasa lo mismo que a ti —hablé sobres sus labios, acariciándoselos cada vez que movía los míos al hablar—. No pasa nada si te veo cerca de alguna mujer, siempre y cuando no detecte que ella tiene intenciones de abrirse de piernas para ti.
Sonrió de medio lado y apreté su labio inferior entre los dientes.
Su gruñido vibró por todo mi cuerpo.
—No me considero celosa, sé que tú tampoco lo eres. Hemos estado con más gente, no has conocido a algunos de ellos y aun así no te ha importado mi trato cercando, porque no los has sentido como una amenaza. Sí que eres muy posesivo, pero de una manera sana y cabezota que me pone también mucho.
Hice una pausa.
—Así que ya sabes, como vea a otra Amanda o a ella misma rondándote, no me hago responsable de mis actos y de cómo terminen ellas.
Soltó una carcajada y sonreí admirando lo atractivo que era.
Ya había perdido la rigidez del enfado, desde hacía un tiempo su tensión se debía a la necesidad insatisfecha.
—Deja de hablar y fóllame —me pidió con la voz ronca.
Gemí agarrándome con fuerza a su cuello y lo hice. Me lo follé llevando yo el control, dada nuestra postura.
Nathan seguía sentado a horcajadas sobre el inodoro y yo sobre sus piernas, con las mías cayendo hacia el otro lado que las suyas. Estábamos encajados por completo y hubo varios momentos que necesité su ayuda, porque solo tocaba el suelo con las puntas de las botas.
Sobra decir que nos corrimos con desesperación, que cuando salimos ya no estaban nuestros amigos y acompañantes en el restaurante, que llegamos tarde al trabajo, y que el resto de la jornada se nos hizo demasiado pesada, hasta que Nathan llegó a mi piso con todo lo necesario para pasar la noche conmigo e irse directo a la mañana siguiente a trabajar.
Solo hubo dos problemillas de cálculo. El primero que en el baño del restaurante tuvimos sexo sin protección, Nathan se corrió en mi interior, libremente. Ninguno de los dos dijo nada y a él no lo vi pensativo por ello, ni siquiera me dio la sensación de que pensara en ello.
El segundo problemilla fue que ambos hablábamos y nos comportábamos como si lo nuestro fuera una relación estable, como si no tuviera fecha de caducidad.
A estas alturas yo ya no tenía salvación, estaba completamente perdida. Me había enamorado de Nathan, pero no quería pensar en el dolor, hasta que no tuviera que enfrentarme a él.
Igual de doloroso sería no estar con este hombre, después de todo lo que había despertado en mí.