Capítulo 36
Nathan
—Vale —suspiró Michael—. Lo de la calma lo dejamos para otro día, si eso —carraspeó.
No me molesté en mirarlo, tampoco en dirigir la vista a nuestros amigos que llegaron en este instante.
Gavin y Alan habían venido a comer con nosotros. Michael se encargó de decirles qué dirección debían darle al taxista para que los dejara en la puerta del restaurante, a la hora que nosotros salíamos a comer.
—¿Qué le pasa? —escuché la voz de Gavin.
Fruncí ligeramente el ceño.
Liv había dejado de mirarme, pero ese no era el motivo de mi reacción. En cambio, el gesto que me hizo su compañero y amigo Félix, sí.
Félix movió una mano a la espalda de Liv, pidiéndome paciencia o calma, ambas podían valer. Después disimuló apoyando el brazo en el respaldo de la silla de Liv. En ningún momento él miró hacia mí, no dejó de prestarles atención a los dos tíos que tenían enfrente Liv y él.
Uno de ellos me daba exactamente igual, pero el otro…
Todavía estaba esperando la respuesta al mensaje que le había enviado a Liv, pero ella solo se había molestado en leerlo. Eso se había sumado a todo lo demás, para que mi cabreo aumentara.
Y me daba exactamente igual cómo pudiera verse mi comportamiento, eran mis sentimientos y mis emociones, punto. De la misma manera en la que yo no me metía en la vida de nadie, que ni una sola persona se dignara a juzgarme.
Cogí la copa de vino y le di un buen sorbo. No noté ni un ligero alivio en la garganta.
Cómo me tocaba las narices que el tío ese, del que Liv no me había dicho su nombre, estuviera frente a ella. Joder, se notaba que Liv le interesaba, de lo que no tardé en darme cuenta. Estaba seguro de que ese tío estaba dispuesto a probar todo tipo de acercamientos con ella.
Se diferenciaba del que estaba sentado a su lado. Este desprendía todo lo opuesto al otro y, aunque tampoco lo conocía, no me sentía amenazado por él. Ni sus sonrisas hacia Liv, ni los roces que pudiera haber entre ambos, nada me ponía en alerta como con el otro.
Mandaba narices porque nunca había tenido un ataque de celos como el que comencé a sentir desde que salí del ascensor y me encontré a Liv con los dos desconocidos. El problema fue la cercanía del tío que necesitaba saber su nombre, la forma de pegarse a Liv, de tocarla, de mirarla…
Si Liv se pensaba que con no decirme el nombre no me enteraría o que lo dejaría pasar, estaba totalmente equivocada.
Si le pedía a Michael información sobre ese la tendría en mi mesa en cuestión de horas, con un informe muy detallado. Y, por supuesto, no iba a dejar pasar su actitud con Liv.
La necesidad de ir hasta ella y dejarle claro a ese imbécil lo que había, tiraba mucho de mí. Pero me contuve como llevaba haciendo con todo, desde que conocí a Liv y en lo referente a ella.
No tenía ni puñetera idea de quienes eran los dos que la acompañaban a ella y a Félix, hoy era el primer día que los veía. Lo que por otro lado era muy normal, ya que yo solo me movía entre la planta en la que tenía el despacho y la principal.
Con Félix sí que había tenido algo de trato, partiendo desde el día que me acerqué a Liv y a él en la cafetería, para presentarme días atrás. Él me caía bien, no me afectaban las ocasiones que los veía abrazarse o darse un beso.
Se notaba la complicidad que había entre ambos, aparte de que sabía la amistad que tenían. Liv me había hablado de él, como también de sus otros compañeros de equipo, Ollie y Eva, y de su jefe Mario.
Eran las personas más importes para Liv, aunque la lista la encabezaban su padre Ignacio y sus amigos más íntimos, Gael, Julia y Elsa.
—Vaya, parece que ya estás aquí con nosotros —me dijo Alan, cuando aparté la vista de la otra mesa y lo miré a él y a Gavin.
Cogí mi copa y me la llevé a los labios.
—¿Algún problema? —le pregunté.
Bebí un sorbo de vino y dejé la copa en la mesa, despacio.
—Ninguno —contestó Gavin por Alan—. Michael ya nos ha puesto al día de todo.
—Estupendo, entonces.
El camarero que nos atendió desde el principio y nos trajo la bebida se acercó a nuestra mesa y nos preguntó si sabíamos lo que queríamos.
Esperó pacientemente cuando le dijimos que íbamos a mirar la carta. Eso hicimos, para elegir después lo que a cada uno le apetecía comer.
—Cuando vuelva Liv del baño iré a saludarla —dijo Alan.
—¿Cómo sabes que ha ido al baño? —le preguntó Gavin, con curiosidad.
—Porque ha ido en esa dirección y ha entrado en el pasillo —contestó, con una media sonrisa.
—No —fui tajante—. No vas a hacer nada. Ninguno de los dos vais a acercaros a ella.
—¿Cómo qué no? —preguntó con sorpresa Alan. Miró a Michael y después otra vez a mí. —. ¿Os habéis peleado? ¿Has cortado todo contacto con ella durante el tiempo que lleváis trabajando? Porque esta mañana habéis amanecido los dos en la misma cama, en la casa.
Arqueé una ceja.
—Es una larga historia que no voy a contaros aquí.
—Hacedle caso —me ayudó Michael, dirigiéndose a los dos.
Continuó hablando, pero en un tono mucho más bajo.
—Si alguno de los dos os acercáis a ella daréis a entender que Nathan y yo también la conocemos, de alguna manera u otra. Y eso es precisamente lo que estamos evitando mostrar desde hace días. Tú comienza a aflojar —me pidió.
Apreté la mandíbula.
—Lo digo en serio —insistió—. No puedes estar tanto rato mirando hacia esa mesa, como alguno de los que tiene enfrente Liv dé cuenta les llamarás la atención.
—¿De qué va esto? Estoy muy perdido —comentó Gavin.
—No hagáis preguntas y esperad a que estemos los cuatro solos —les pedí.
Aparte de que la conocían les había hablado a mis amigos de Liv. Comencé a darles detalles al poco de que llegaran a este país, más concretamente el viernes que me encontré por la noche con ella en el bar. Después de ese fin de semana que pasé con Liv terminé de ampliarles la información.
Así que Gavin y Alan sabían mi historia al completo con ella, todo menos lo relacionado con el trabajo y lo que me pidió. Esto era un tema delicado que requería intimidad para poder hablar sin restricciones. Aparte de que Michael continuaba investigando lo que le pedí.
—Está bien —aceptó Gavin, serio—. Solo dime si estás bien con Liv.
—Estoy bien —le dejé claro.
—Cabreado y con un ataque de celos tremendo, pero sobrevivirán los dos —añadió Michael.
Lo fulminé con la mirada, pero ¿a mi amigo le importó? Por supuesto que no. Sonrió de medio lado y cogió su copa, para beber un buen trago.
—¿Estás celoso? —me preguntó Alan, con diversión.
—No me toquéis las narices.
—Por vuestro bien también le haría caso en eso —dijo Michael y después rio.
—Vaya, pues sí que está calentito el tema con Liv —comentó Gavin.
—El tema del que ya no quiero hablar más —corté la conversación.
—¿Vosotros qué tal con Elsa y Julia, las amigas de Liv? —les preguntó Michael.
—En mi caso solo puedo decir que está siendo muy interesante conocer a Elsa —dijo Alan, con una media sonrisa.
—Lo mismo digo sobre Julia. Es una mujer estupenda —fue el turno de Gavin.
—Menudos estáis hechos —rio Michael—. Salís de nuestro país y os convertís en un peligro.
Negó con la cabeza.
—No sé de qué te sorprendes, allí son iguales —intervine.
—Oye, a mí no me incluyáis —se quejó Gavin.
—Tampoco eres un santo —le recordó Michael, con diversión.
—Pues claro que no, no te fastidia… y vosotros tampoco.
Elevó las cejas.
—Julia y yo hemos hablado de mantener el contacto cuando me vaya —comentó Gavin, pensativo—. Me gusta mucho y siento que puede llegar a ser importante en mi vida.
Alan silbó.
Los comentarios que estábamos a punto de hacer quedaron interrumpidos por la aparición del camarero. Nos trajo la comida.
Justo en el momento en el que se fue, mis ojos se dirigieron directamente a Liv.
Caminaba por el salón, iba directa hacia su mesa hablando por teléfono. Y como si notara el peso de mi mirada, me buscó con la suya y en esta ocasión no fue disimulada.
Se la mantuve, queriendo transmitirle mi estado de ánimo. Aunque era fácil deducirlo. Hizo una pequeña mueca, fue lo último que me dejó ver porque llegó a su mesa y ocupó su silla.
El imbécil del tío de delante comenzó a hablarle.
Intenté relajarme para que no se me indigestara la comida. Comencé a comer despacio y me esforcé para entrar en la conversación que tenían nuestros amigos, al igual que intervine hablando.
El tiempo fue pasando demasiado lento, o al menos me lo pareció a mí. Durante el transcurso de la comida noté cómo la inquietud de Liv fue en aumento.
Ese hecho me hizo estar más atento a ella en los últimos momentos.
Mire la hora en el reloj de pulsera, quedaban quince minutos para volver al trabajo.
Me levanté de la silla y de pie, me abroché un botón de la chaqueta del traje.
—Ahora vengo —les dije a mis amigos.
No esperé a que me contestaran, los dejé hablando, retomaron rápido la conversación.
Caminé hacia el pasillo que llevaba a los baños y cuando accedí a él, una vez que dejé de ser visible, saqué el móvil de un bolsillo.
Lo desbloqueé y entré en la aplicación de mensajes.
Nathan: Ven al baño de mujeres y búscame. Sin excusas y ni se te ocurra dejarme en visto. O peor aún, no finjas que no has visto este mensaje, conformándote con desplegar la notificación. Tienes pocos minutos para venir, tú misma.
Me paré a la altura del baño de mujeres, con la vista fija en la pantalla. Esperé hasta asegurarme de que Liv abría el mensaje y cuando lo hizo, devolví el móvil al bolsillo, con la seguridad de que ella haría lo que le había pedido.
Miré a ambos lados del pasillo y sin nadie cerca de mí, no dudé en entrar al baño de mujeres.
Por suerte no me encontré a ninguna mujer, pero de todos modos me di prisa para entrar en la cabina que se encontraba más alejada de la puerta.
Me desabroché el botón de la chaqueta y apoyé la espalda en la pared.
No tuve que esperar mucho para escuchar unas pisadas de unos pies que no llevaban zapatos de tacón. Por la forma de caminar supe que era Liv.
Al cabo de unos segundos los pasos se pararon frente a la puerta de la cabina en la que estaba yo. Imaginé lo que estaba haciendo, agacharse para comprobar que dentro había un hombre.
La puerta tenía un palmo de apertura por abajo, así que mis zapatos y los bajos del pantalón del traje eran visible.
Liv golpeó la puerta con los nudillos.