Capítulo 34
Cerré las pantallas de los portátiles, sonriendo.
Por fin había terminado de trabajar, un día más.
Era domingo, el último día que pasaba con Nathan, pero no nos despediríamos hasta la mañana siguiente.
El plan era irnos de su casa sobre las ocho de la tarde, para ir a mi piso a cenar y a pasar la noche.
Nathan se había tomado en serio lo de aprovechar juntos todas las horas posibles. Por mí perfecto, aunque sabía que estaba arriesgando mucho con mis emociones y sentimientos.
Nathan me conquistaba por segundos y habíamos pasado muchos sin separarnos, desde que nos encontramos el viernes por la noche en el bar. Era imposible que no me conquistara, aunque yo quisiera mantenerme fuerte para no caer.
La realidad era que estaba cayendo y el golpe iba a ser tremendo cuando Nathan desapareciera de España.
Aparté ese pensamiento y me levanté de los cojines que estaban en el suelo. Llevaba sentada en ellos horas, pero se terminó. No pensaba ponerme delante de una pantalla hasta que tuviera que hacerlo, pero ya en la sede del ministerio.
Guardé los portátiles en sus maletines, con todo lo demás. Una vez tuve la mesa baja de la zona de los sofás recogida, llevé los maletines cerca de la puerta de la entrada, para cuando nos fuésemos.
Sonriendo, me desvestí en el salón, sintiendo los nervios por la anticipación.
Cuando me quedé desnuda cogí varios sobres de condones, de los tantos que Nathan dejó por toda la casa. Al principio, cuando lo vi hacerlo, me reí con ganas, pero más tarde comprendí perfectamente porque lo hizo.
A estas alturas habíamos tenido sexo en varias estancias de la casa y era un punto a favor que en todas ellas encontráramos los sobres, para no cortar el momento.
Y ahora, dentro de muy poco, íbamos a estrenar la piscina.
Sí, había una puñetera piscina climatizada dentro de la casa. Me quedé loca cuando Nathan me la enseñó.
Hasta ahora no la habíamos utilizado, pero había llegado el momento. Bueno, Nathan llevaba un rato dándose un baño, mientras yo terminaba de trabajar.
Mis pasos con los pies descalzos fueron silenciosos, mientras recorría el salón, el pasillo y llegaba a la parte trasera de la vivienda. En ella estaba la piscina. Abrí la última puerta y entré.
Después de dar varios pasos me paré, al ver a Nathan.
La piscina era una pasada, tenía forma rectangular, pero no era de tamaño muy grande. La medida era la ideal y el agua debía estar a la temperatura ideal. Iba a ser la primera vez que me bañara en una climatizada.
Todo eso estaba muy bien, pero lo que era aún más maravilloso, lo que destacaba muchísimo sobre todo lo demás, era el cuerpo desnudo de Nathan.
Estaba tumbado bocarriba en una cama de piedra que formaba parte de la piscina. Se encontraba dentro de ella, hacia un lateral, por lo que el agua rodeaba a Nathan y le tocaba unos centímetros del cuerpo, de los pies a la cabeza.
Había varias de esas camas, tumbonas o como se llamasen.
Me mordí el labio inferior al volver a caminar tan silenciosas como antes. Cuando llegué al primer escalón de la entrada fácil de la piscina, di el primer paso que me llevó a tocar el agua.
Me encantó sentir la temperatura ideal del agua. Entré en ella con cuidado, disfrutando de la sensación y sin apartar la vista de Nathan.
Los suyos se abrieron de golpe y nuestras miradas se encontraron. Recorrió mi cuerpo desnudo con la vista, lo que tuvo una reacción directa en su miembro. Se le endureció, cobrando vida al verme.
Sonreí de medio lado, sin dejar de acercarme a él.
Por donde iba y donde esta él, el agua solo cubría hasta un poco más arriba de las rodillas, aunque a él le daba igual porque la cama de piedra estaba elevada.
Debido a ello, pudo recrearse la vista con mi cuerpo desnudo, como lo hacía yo con el suyo. Me humedecí los labios al ver su miembro cada vez más tenso y recto, por mí.
—Hola —susurré, cuando llegué a su lado.
Apoyé una mano cerca de su ingle y sonreí de medio lado, cuando su miembro dio una ligera sacudida.
—Mmm… ¿Alguien me necesita?
—Mucho.
Su voz sonó ronca.
Me incliné sobre él, para darle un beso en la boca. Nathan me agarró por detrás de la cabeza y profundizó el beso, quedándose con todo mi aire.
Fue un beso húmedo de lenguas y labios desesperados por apoderarse del otro. Michael jadeó en mi boca, cuando le agarré el miembro por la base. Hice presión y después coloqué la mano en sus testículos, apretándoselos.
Nos separamos con las respiraciones hechas un desastre. Le pasé la mano libre por el pelo, sonriéndole.
—Dime que has terminado de una vez de trabajar —me pidió.
—Se acabó este fin de semana.
Subí una rodilla a la cama de piedra y me impulsé, para llevar la otra hacia el otro lado. Me quedé sentada a horcajadas sobre los muslos de Nathan y coloqué sobre su pecho los sobres de los condones.
Su mirada se hizo más intensa cuando los vio.
—Todavía no —le quité la intención, al ver que iba a coger uno.
—Joder —susurró, cerrando los ojos.
Me tumbé sobre sus piernas, de tal manera que las mías se quedaron flotando en el agua, desde las rodillas.
Mi cabeza se quedó muy cerca de su erección, tal y como quería.
Se estremeció con la primera pasada de mi lengua, sobre el glande. No dejó de mirarme en ningún momento, cuando comencé a juguetear con la lengua y los labios, con la punta tierna. Tampoco cuando introduje todo el largo de su erección en mi boca.
Nathan gruñó y gimió. Me agarró del pelo y empujó más adentro. Acomodé la boca para acogerlo como necesitaba y a partir de ahí le di el placer que tantas veces me había regalado él.
Aparte de todas las ocasiones que habíamos tenido sexo, tal y como me adelantó él, esta mañana yo había sido su primer desayuno del día. El primero de muchos que teníamos por delante hasta que Nathan se fuera del país, así me lo había dejado claro.
Con ese pensamiento moví la cabeza con más energía, haciendo desaparecer su miembro por completo, mientras me agarraba a sus caderas. Él las elevaba uniéndose a mi ritmo.
Luchamos, él con sus embestidas, más rápidas, duras y profundas, y yo por querer llevar el control, mientras lo acogía a un ritmo cada vez más rápido.
Lo perdí, el control, Nathan dominó el encuentro, como siempre terminaba sucediendo. Y a mí me encantaba, me excitaba más ver y sentir el punto dominante que tenía.
Quería llevarlo hasta el final, hasta que no pudiera resistirse y se dejara llevar en mi boca, pero Nathan tenía otros planes y me apartó, cortándome la diversión.
Solté un quejido de protesta, pero acalló cualquier sonido cuando me agarró de los brazos y me deslizó por su cuerpo, para besarme con intensidad.
Su miembro duro y mojado se quedó prisionero entre nuestros cuerpos, al igual que los sobres de los condones, los que se me pegaron al pecho.
Había estado dispuesta a utilizar uno más tarde, en la segunda ronda, pero ahora que no había tenido mi primer premio, necesitaba con urgencia el segundo.
Cuando conseguimos separar nuestros labios me moví para incorporarme. Me quedé sentada a horcajadas, otra vez. Cogí uno de los sobres, lo rasgué y le puse la protección. Le cubrí el miembro despacio, provocando que su cuerpo se tensara en todo el recorrido.
Cuando lo tuve preparado me moví sobre él, hasta que la punta presionó para entrar en mi interior.
Nathan no se movió, sabía lo que quería que hiciera, por lo que me acaricié con la punta, mojándola con mis fluidos.
Durante unos segundos nos robé varios jadeos, mientras me balanceaba sobre su miembro.
Hasta que Nathan consideró que era suficiente. Me agarró de las caderas, me posicionó y entró en mi interior de una embestida fuerte y profunda. Ambos gemimos por el placer.
La manera que me hacía sentir cada vez que me llenaba me maravillaba y me volvía loca, a partes iguales.
Nathan bajó las manos a mis muslos y me clavó los dedos, de lo fuerte que apretó. Me moví despacio, como con pereza, disfrutando de su tensión.
Sabía que me duraría poco el control, por lo que lo desesperé, subiendo el cuerpo lentamente, para dejarme caer de golpe, encajándolo completamente dentro de mí.
Con una mano me agarró de un pecho y jadeé echando la cabeza hacia atrás, en el momento que comenzó a torturarme el pezón. Consiguió lo que se proponía, sobre todo cuando metió su otra mano entre mis piernas y me pellizcó el clítoris con los dedos, para después frotármelo con energía.
Comencé a subir y bajar, cada vez con más desesperación, al mismo tiempo que él se impulsaba hacia arriba, para embestirme con fuerza en cada encuentro de nuestros cuerpos.
El golpeteo constante y rápido llenó el espacio, junto a sus gruñidos y nuestros gemidos y gritos.
Me corrí sin poder aguantar ni un segundo más, moviéndome desesperada sobre él. Alargó mi orgasmo sin dejar de pellizcarme los pezones que iba alternado, de la misma manera que me acariciaba el clítoris en círculos, sustituyendo los movimientos por pellizcos que me hacían estremecer.
Perdí las fuerzas los primeros segundos, por la intensidad del orgasmo, así que Nathan nos giró. Invirtió nuestras posiciones, pero no me dejó tumbada como había estado él.
Salió de mi interior y me hizo ponerme apoyada en la cama de piedra, con las manos y las rodillas. Él se colocó entre mis piernas.
Gemí cuando deslizó los dedos por mi sexo, arrastrando mis fluidos. Comencé a sentirme de nuevo inquieta, moviendo el trasero para que hiciera…
—Nathan… —jadeé.
—¿Cómo está zona? —me preguntó con la voz ronca, por el deseo.
—Intacta —contesté temblando.
Cerré los ojos con fuerza, alterada por las caricias de sus dedos alrededor de la entrada de atrás.
Tragué saliva cuando cogió más fluidos y colocó un dedo justo encima del orificio. Temblé cuando hizo presión.
—Diosss…. —gemí.
Busqué algo para agarrarme, pero no encontré nada.
—No será hoy —gruñó.
Solté un grito al sentir la presión de la punta del dedo que introdujo.
—Pero será muy pronto —añadió.
Creí que me fallarían las piernas y los brazos y que me caería sobre la piedra.
No supe qué decir, esa conversación no podía tenerla tan excitada como estaba porque sí, necesitaba liberarme de nuevo.
Nathan sacó el dedo, provocándome un suspiro entrecortado. Me agarró con fuerza de las nalgas, separándomelas, y me embistió con energía.
Gemimos al unísono.
Comenzó a moverse a un ritmo de locura, arrastrándome a mí a esa locura de gritos, de gemidos y de no saciarme nunca de todo lo que me daba.
—Tócate mientras te follo —me ordenó.
Esa fue mi perdición, sus palabras y obedecerlo. No duré más de unos segundos en cuanto me froté el clítoris con la desesperación que sentía.
Me corrí gritando su nombre y Nathan me siguió al cabo de unos segundos más, alargando el placer.
Ambos caímos sobre la cama de piedra, con los cuerpos enredados. Por suerte no era muy estrecha.
Nathan no salió de mi interior, de esa manera, encajado en mí, me abrazó por la cintura y pegó mi espalda a su pecho.
—Vas a terminar conmigo —susurró sobre mi cuello.
—No creo que pusieras impedimentos —hablé adormilada.
—En absoluto.
Nos quedamos en silencio, mientras nuestras respiraciones se relajaban y se sincronizaban.
Abrazados, tumbados de lado en la cama de piedra, con el agua rozándonos unos centímetros, nos quedamos dormidos.
Por suerte estábamos solos en la casa. Michael salió a media mañana a hacer unas cosas que él no comentó y yo no le pregunté, y hasta las seis de la tarde no regresaría. Aproximadamente, según lo que nos dijo antes de irse.