Pisando fuerte Capítulo 33
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Capítulo 33

Liv

Mordisqueando la punta del bolígrafo desvié la vista de la pantalla del ordenador, para mirar de reojo hacia la izquierda.

En esa dirección estaba Nathan, aún más guapo, atractivo e impresionante con ropa cómoda, el pelo revuelto, descalzo y concentrado en su trabajo.

Hacía una hora y media que volvimos de mi piso y al poco de estar de nuevo en la casa nos pusimos a trabajar.

Al final descartamos separarnos, ambos preferimos vernos si nos apetecía apartar la atención de nuestros trabajos y, sobre todo, notar nuestras presencias.

Así no estábamos solos en una habitación, nos hacíamos compañía, aunque ninguno habláramos. Yo también había estado muy concentrada con mi trabajo y en este momento que el ordenador estaba realizando una búsqueda con la que sabía que tardaría unos minutos, me tomé un respiro para observar a Nathan.

Estaba sentado a la mesa alta del salón. Sobre ella tenía abiertas varias carpetas y enfrente de él se encontraba su portátil, al que tenía conectado la memoria externa.

Yo elegí ponerme en la mesa baja de la zona de los sofás. En ella tenía funcionando los tres portátiles, los dos del trabajo que dejé en mi habitación, en mi piso, y el mío personal.

Cuando Nathan me vio cargar con todos se sorprendió y más lo hizo al verme desplegar mi espacio de trabajo en esta parte del salón.

—¿Ya has terminado? —me preguntó.

—No.

—Te desconcentras mirándome.

—¡No es verdad! —reí—. Acabo de apartar la vista de las pantallas.

—Llevas un rato observándome.

—¿Cómo lo sabes? No has mirado hacia mí.

Vi un poco de su sonrisa porque no se giró, continuó atento a la pantalla de su portátil.

—Te noto —contestó, sin más.

Hice una mueca.

Me levanté para moverme, sin importarme tener los ordenadores abiertos y funcionando.

Nathan me dijo al inicio que no me preocupara, que no se acercaría en ningún momento, aunque en realidad daba lo mismo, ya que, para quien no entendía lo que estaba viendo, ya podía tirarse horas, días y semanas, que no llegaría a comprender ni uno de los datos que mostraban los portátiles.

Yo también le dije que no miraría ni de reojo sus cosas de trabajo.

Caminé hacia él y entonces sí, apartó la mirada de la pantalla para dirigirla a mí.

—Hola —le dije.

Le acaricié el pelo, pasándole una mano varias veces. Cerró los ojos unos segundos y soltó un débil suspiro.

—Hola —me correspondió, al levantar los párpados.

Sonreí.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunté.

—Te acompaño a la cocina, así también me muevo.

Se levantó y fuimos hacia la nevera. Nathan la abrió y después de mirar las opciones, ambos nos decantamos por refrescos.

Eran cerca de la una de la tarde, el tiempo había volado entre ir a mi piso, volver y trabajar.

—Deberíamos ir pensando en la comida —comenté.

Abrí mi lata y bebí el primer trago, refrescándome la garganta.

—¿Quieres un vaso? —me preguntó levantando uno.

—Así está bien.

—De acuerdo.

Se giró para guardarlo y después se acercó a la isla, donde apoyó los brazos y su lata, después de beber también.

—¿Cómo te va? ¿Te ha cundido? —se interesó.

—Bien y sí. Me queda poco y por hoy lo dejaré estar ya. Bueno, iré conectando para asegurarme de que todo funciona bien.

—¿Qué pasará cuando hayas terminado por completo? No puedes estar toda la vida pendiente de estar conectada. ¿Es algo normal?

Frunció el ceño.

—Cuando mi trabajo esté acabado me desentenderé. De ahí en adelante están los informativos para controlar el buen funcionamiento. Para eso trabajan para la sede.

Me acerqué a la isla y me puse a su lado, pero en otro lateral de la encimera.

—Ahora estoy tan pendiente porque no he terminado de dejar segura la red interna, y porque todavía estoy trabajando en la protección, pero una vez que haya conseguido levantar todos los muros invisibles para posibles ataques, y cuando los cortafuegos estén a pleno rendimiento, entonces diré adiós a ese trabajo.

Me encogí de hombros y continué.

—Hasta que pase algo nuevo y mi jefe me lo diga, entonces tendré que volver.

—¿No hay nadie más que pueda hacerlo o es que trabajas con clientes fijos? Me refiero a que tengas siempre los mismos.

—Voy variando, con las excepciones de que, si las defensas las he creado yo, soy yo la que tiene que encargarse de ellas.

—¿A qué te refieres?

—A los cortafuegos del ministerio, por ejemplo. En total hay cuatro, tres que protegen el acceso al principal y este último que es una gran muralla que debe ser infranqueable. Los cuatro los creé yo y los instalé. Es lo que estoy haciendo desde hace días, aparte de más cosas.

—¿Creaste los cortafuegos? —me preguntó con sorpresa.

—Sí, y algunas cosillas más —le contesté divertida—. Mi amigo Gael siempre me dice que tendría que haber elegido el lado malo de mis habilidades.

Reí.

—Joder, no entiendo mucho de tu profesión, pero siento que es muy importante lo que me cuentas.

—Se hace lo que se puede.

Le hice un guiño.

Me llevé la lata a los labios, para beber otro sorbo de refresco.

—Me has puesto muy cachondo.

Por poco no escupí la bebida que no me había dado tiempo a tragar, pude evitar esparcirla por la encimera.

—Joder, te he dicho antes que no hicieras esos comentarios cuando estoy bebiendo o comiendo —me quejé, mientras que él se reía.

El timbre de la casa sonó y miramos hacia la puerta de la cocina.

—¿Esperas a alguien? —le pregunté.

—No.

Caminó hacia el salón y lo seguí, para saber quién estaba al otro lado de la puerta.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Nathan a…

Me asomé disimuladamente y sonreí al ver a Michael. Él me hizo un guiño, al verme por detrás de Nathan.

—Menudo recibimiento. ¿Y tú eres mi amigo? —le preguntó Michael.

Lo empujó suavemente con un hombro, cuando se abrió paso para entrar en la casa.

—He pensado en alimentaros —dijo Michael.

Levantó las dos bolsas que llevaba en las manos.

—Nos viene genial —comenté animada, mirando a Nathan.

Este se había cruzado de brazos, mirando fijamente a su amigo.

—Es un celoso y posesivo —me dijo Michael, como si fuera una confidencia.

Se inclinó hacia mí, pero no habló más bajo para que Nathan lo escuchara perfectamente.

—Y yo que pensaba que solo sacaba las garras por mí —añadió.

Chasqueó la lengua y apreté los labios, conteniéndome.

—Qué decepción, ¿ahora soy yo el que sobra? —continuó.

—Deja de hacerte la víctima. Gracias por la comida, no lo olvidaré en mucho tiempo, pero ya puedes irte —le dijo Nathan, agarrando el pomo de la puerta.

—No lo estás echando en serio. —Agrandé los ojos.

—Ya te digo yo que sí —me confirmó Michael, riendo—. Ha hecho el primer y último intento para conseguir lo que quiere, pero sabe de sobra que esta partida la ha perdido.

Habló muy tranquilo y sonriente.

Nathan soltó un bufido y se alejó de la puerta, para ir hacia la cocina. Lo seguimos.

—¿Por qué no comes con Gavin y Alan? —le preguntó Nathan, cuando se paró al lado de la isla.

Cogió su refresco y bebió.

En esta ocasión no hizo la pregunta con el propósito de echarlo, sino que se notó que tenía verdadera curiosidad por sus otros dos amigos.

—Porque me han dejado solo y me he cansado de estar en un sitio en el que no tengo nada —contestó Michael.

Se encogió de hombros, mientras dejaba las bolsas en la encimera. Después caminó hacia la nevera, de la que sacó otro refresco para él.

—Aquí tengo todas mis cosas y hay comida de sobra —continuó contándonos.

Se puso a nuestro lado en la isla.

—Os prometo que después de comer me encerraré en mi habitación. Allí tengo tele y todo lo que necesito. Me subiré agua y algo para picar más tarde, y no saldré hasta la hora de la cena.

—Joder, Michael, que no pasa nada —dijo Nathan, negando con la cabeza—. No te quiero encerrado en esa habitación durante tantas horas. Si es porque estás descansando después de comer, vale, pero cuando te espabiles te unes a nosotros.

—¿En Londres dormís la siesta? —pregunté con diversión.

—Nosotros siempre que podemos, sí —contestó Michael, riendo.

—Lo que se resume a que solo podemos descansar los fines de semana —aclaró Nathan.

—Porque lo tuyo con el trabajo es demasiado. —Bufó Michael.

En el transcurso de unos segundos Nathan y él se quedaron mirándose en silencio. Me pareció que estaban comunicándose, pero no dije nada.

—Me alegro de que hayas venido y te quedes —le dije a Michael.

Corté el momento de ambos y me miraron.

—Entonces Gavin y Alan han dormido en el apartamento —comentó Nathan.

—Sí —confirmó Michael.

—¿Y por qué te han dejado solo? —continuó interesándose Nathan.

—Porque no iba a estar en medio de ninguna de las parejas.

Bufó, con diversión.

—Alan se ha ido al piso de Elsa y Gavin al de Julia —nos aclaró.

—¿En serio? —me sorprendí.

Mi sorpresa era más por Julia.

—Sí —sonrió—. Tus amigas también han dormido en el apartamento, con ellos, y cuando se han levantado todos han hecho planes. Yo he pasado de unirme, les he dicho que no cuando me han pedido que fuera con ellos, aunque se separaran por parejas.

—Con razón no han aparecido por el grupo que compartimos —dije pensativa.

Reí.

—Espero que os guste la comida que he elegido —comentó Michael.

Sacamos entre los tres los envases.

—Pero si hay de todo —dije sorprendida, por la cantidad de comida.

—Así estamos cubiertos para varios días, que hasta el lunes no se incorporan Ingrid y el resto —me dijo con un guiño.

—¿Quiénes son Ingrid y el resto? —pregunté.

Fue Nathan quien me informó.

—No he caído en hablarte de ellos. Ingrid es el ama de llaves y con el resto Michael se ha referido a la cocinera, al jardinero, a la chica que se encarga de la limpieza y a unos pocos más de apoyo. Les di ayer fiesta a todos, desde por la tarde del viernes hasta la mañana del lunes.

Continuó hablando, al ver mi cara de sorpresa.

—Quería tener intimidad. Y no, no fue porque pensara que vendrías. En ese momento ni siquiera sabía que te encontraría en el bar y te propondría pasar el fin de semana aquí.

—Tienes la culpa —le dije.

Nathan frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Que tienes la culpa de que se me olvide que eres un diplomático en mi país, y el de más alto rango —suspiré—. Me despistas.

Bufé.

—¿Y qué problema hay con que sea diplomático? —me preguntó, con una ceja arqueada.

—Que vives rodeado de muchos lujos. Tienes una vida muy diferente a la mía —contesté, encogiéndome de hombros.

—También tengo muchísimas responsabilidades y trabajo para cansar.

Nos quedamos mirándonos fijamente.

—Vamos a servirnos la comida —intervino Michael, cambiando de tema de conversación—. Elegid la que más os apetezca. Nat, saca los platos. Voy a lavarme las manos.

Nathan hizo lo que le pidió su amigo y yo me centré en los envases. Nos quedamos solos y en silencio, un silencio que ninguno de los dos rompió.

Lo miré de reojo varias veces y en todas ellas lo vi serio, demasiado.

—Ahora vengo —dijo, cuando dejó los platos apilados en la encimera—. Voy a recoger las cosas de trabajo, para despejar la mesa.

—Vale.

Cuando pasó por mi lado me dejé llevar por un impulso y le agarré del brazo.

Nathan se paró y buscó mi mirada.

—Lo siento —susurré—. No pretendía hacerte sentir mal con mi comentario.

—Soy quien soy, Liv. No puedo cambiarlo.

—No quiero que cambies nada.

Me acerqué a él y lo abracé, soltando su mano. Él me rodeó la cintura con los brazos y soltó un suspiro, con la barbilla apoyada en mi cabeza.

—A pesar de que puedo, no soy de tener grandes lujos. No fui yo quien contrató a las personas de esta casa, ya estaban aquí cuando llegamos Michael y yo. Forma parte de mi cargo, de lo que represento. Ya está.

—Vale —volví a susurrar—. He exagerado.

Nos quedamos abrazados hasta que escuchamos a Michael acercarse.