Capítulo 32
Nathan
Llevábamos un rato en silencio, desayunando.
Desde donde estaba, justo enfrente de Liv, podía ver como la cabeza de Liv no dejaba de pensar. Llevaba un rato queriendo preguntarme algo, pero no terminaba de decidirse.
Se limpió la boca con una servilleta y retiró un poco el plato, para colocar su segundo café con leche delante.
Yo hacía un rato que había terminado de desayunar, estaba terminándome el segundo café.
—¿Qué? —me preguntó.
—Nada.
—Llevas un rato mirándome fijamente.
—Porque eres preciosa y muy tentadora. Me encanta verte con mi camiseta del pijama, y no solo por lo bien que te queda sobre los pechos, sino porque es algo mío sobre tu cuerpo. Me gusta mirarte y memorizar cada uno de tus gestos y muecas.
Como esperaba, sus mejillas se cubrieron de un color rojizo precioso.
—¿Tienes algo que hacer hoy? —le pregunté, dándole un giro a la conversación.
De esa manera le daba tiempo de recuperación.
—Trabajar —me contestó, antes de beber un sorbo de café.
Fruncí el ceño.
—¿Y cuándo descansas? Es sábado.
—Lo sé muy bien.
Se encogió de hombros.
—Pero el trabajo del que tengo que estar pendiente es muy importante. Sabes la información confidencial que se mueve en el ministerio, no puedo dejar simplemente olvidarme del sistema interno de la red.
—Pero también tienes vida personal.
—Por eso estoy aquí y salí anoche —me dijo sonriendo.
—No voy a trabajar durante todo el día. Tenía pensado dedicarle únicamente unas horas, igual que mañana domingo. Aparte de ir revisando de vez en cuando la seguridad de la red.
—Eso me parece mucho.
Giré la taza, sin apartar la mirada de ella.
—No pasa nada. Disfruto con mi trabajo y es cuestión de días que retome mi rutina.
—¿Cuál es?
—Trabajar de lunes a viernes de ocho y media de la mañana a cinco de la tarde, haciendo una pausa de una hora para comer. Aunque hay muchos días que entro antes y hago jornada intensiva, esos acabo a las dos de la tarde.
—¿Qué horario estás haciendo ahora en la sede del ministerio?
—No vas a pillarme —me contestó riendo.
La miré con una ceja arqueada.
—Puedo conseguir la información.
—Si yo no te la digo, no.
—Oh, sí. Y tanto.
—Nathan…
—Pero no lo haré. —Apreté la mandíbula.
—Gracias —susurró.
—Pensaba que pasaríamos más tiempo juntos.
Tamborileé los dedos en la mesa.
—Teniendo en cuenta que entre semana me has prohibido que me acerque a ti, e incluso te mire si da la casualidad de me cruzo contigo…
Hizo una mueca.
—Yo también quería trabajar un rato —continué.
Me eché hacia delante, para apoyar los brazos en la encimera.
—Te propongo algo, a ver qué te parece.
—¿El qué?
—Te llevo a tu casa, recoges lo que necesites, tanto de trabajo, como ropa o cosas personales, y venimos de nuevo aquí. Esta casa es muy grande, por cierto, no te la he enseñado, pero eres libre de ver todo lo que quieras.
—No pasa nada, después de lo que he visto me hago una idea de cómo es el resto.
—Como decía, aquí hay mucho espacio, tanto que podemos tener un despacho para cada uno. ¿Qué me dices? ¿Pasas el resto del fin de semana conmigo? Me lo debes, por la semanita que vas a hacerme pasar.
Sonreí de medio lado.
—No seré buena compañía cuando esté concentrada, me aíslo y…
—Yo soy igual —la interrumpí—. Eso no es un problema, Liv. Lo que sería un problema es que no quisieras venir y no supieras cómo decírmelo.
—No es el caso —susurró—. Quiero estar contigo y tienes razón, si es lo que tú quieres, te lo debo.
Sonreí de medio lado.
—Estupendo. Pues dentro de un rato te llevo a tu casa.
—Vivo en un piso.
—Digo casa refiriéndome a hogar —le aclaré y asentí.
—Vale —sonrió.
—Bébete el café, se te va a quedar frío.
—¿Siempre eres tan mandón?
—No has visto nada —reí.
—Nathan…
Ahí estaba, iba a dejar de contenerse para darle voz a sus pensamientos.
—¿Qué?
Buscó mi mirada y se la mantuve.
—Esto, quiero decir… nosotros —carraspeó—. ¿Significa que quieres que sigamos viéndonos? No sé, anoche, antes de verte en el bar, pensaba que ni habías pensado en mí durante los días que no nos habíamos visto.
Me bajé del taburete y caminé hacia ella, rodeando la isla. Lis se giró en el taburete, para quedarse frente a mí.
—Yo no he tenido en ningún momento ese pensamiento, Liv.
Anoche te quedó claro que quiero seguir viéndote, porque te pedí que pasaras la noche conmigo y por lo mal que me sentó que huyeras y te escondieras de mí.
Verte cada puñetera mañana me alegraba los días y me privaste de eso al día siguiente de tener sexo en mi despacho.
Puede hacerte una idea de cómo he estado, si te pones en mi lugar.
—Lo siento —susurró.
La agarré de la barbilla, para levantarle la cabeza.
—Así que sí, para que lo tengas más claro todavía, quiero seguir viéndote y estar contigo.
Le acaricié los labios con el pulgar, atrapado por completo en el brillo tan especial de sus ojos.
—¿Por qué yo?
—¿Por qué no? ¿A qué viene esa pregunta?
Fruncí el ceño.
—No me gusta lo que estoy pensando —le dejé claro, serio.
—A ti te pega al lado una mujer como mi amiga Julia, o como la imbécil de Amanda, pero en una versión buena.
—No tienes ni idea de lo que dices. —Cogí una buena cantidad de aire—. Aunque en parte tienes razón.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? —Agrandó los ojos.
—No quiero que malinterpretes mis palabras. Yo también me sorprendí cuando te vi la primera vez y no pude dejar de mirarte, porque tienes razón, no eres mi tipo.
Tragó saliva.
—Pero ¿sabes qué?
Negó.
—Todas las que han sido mi tipo han pasado por mi vida sin pena ni gloria, solo recuerdo a las que les cogí un poco de cariño.
En cambio, tú, entraste en mi mundo pisando fuerte con tus botas militares.
Eres tú la que me vuelve loco. Eres tú la que me pone tan cachondo que pierdo la cabeza.
Eres tú, Liv, a la única que quiero mirar y a la única que quiero en mi cama. ¿Yo soy tu tipo?
—No —respondió, con una carcajada.
—O sea, yo aquí, abriéndote mis sentimientos y tú me clavas ese no escueto en el centro del pecho.
Elevé las cejas, haciéndome el ofendido, cuando en realidad, me encantó verla reír.
—Sabes de sobra cómo eres. —Negó con la cabeza—. Eres un hombre irresistible. Llamas la atención siempre, donde estés. Que no seas mi tipo, porque nunca me he fijado en un hombre que viste trajes de chaqueta, no quita que no pueda admitir que estás para chuparte todo el cuerpo como un helado.
—Como un helado, ¿eh? Estoy deseando que me lo demuestres.
Se mordió el labio inferior.
—Cuando terminemos de trabajar.
—Vas a tenerme descontando todos los puñeteros minutos —dije con un quejido.
Liv rio de nuevo.
Le acaricié la cara y le retiré el pelo, colocándoselo detrás de las orejas.
—Eres preciosa. Una bomba de mujer, en muchos sentidos. No puede haber una sola persona que no vea lo atractiva que eres y lo más importante, sin tener la necesidad de hacer nada. Tienes una belleza natural impresionante.
—Gracias —dijo con vergüenza.
—Es la verdad.
Me incliné para darle un beso en los labios.
—¿Cómo vamos a hacerlo a partir de ahora?
—¿A qué te refieres?
—A vernos para pasar tiempo juntos. Me niego a no verte de lunes a viernes. Voy a respetar lo que me has pedido, en la sede del ministerio no voy a buscarte y haré todo lo posible para no coincidir contigo, pero una vez acabe tu jornada laboral se terminó. Hasta ahí llego. Quiero verte.
—Termino a las seis o como muy tarde a las seis y media. Llevo días obligándome a cumplir con mi horario, porque… algunos se me han hecho de noche.
—Sigue obligándote a cumplirlo, aunque ahora estaré esperándote, por lo que no puedes retrasarte.
Sonrió y asintió.
—¿Cómo quieres hacerlo? ¿Una tarde en tu piso y otra aquí, y seguimos esa rueda? Podemos llevarnos lo necesario para el día siguiente, así pasamos el final de la tarde juntos y la noche.
Coloqué las manos en sus piernas al aire y las deslicé hacia arriba, subiendo la tela de la camiseta al arrastrarla con el movimiento. Continué hablando del plan perfecto.
—En tu piso o en esta casa, nos ducharíamos, cenaríamos y dormiríamos donde toque, y a la mañana siguiente, cuando nos despertemos y después de mi ración de desayuno especial, cada uno se irá por su cuenta hacia la sede del ministerio.
Dejé la punta de los dedos al límite de tocar su sexo, con la camiseta doblada a la altura de sus ingles.
Bajé la mirada para ver su sexo desnudo. Se lo había dejado a la vista y se me antojó demasiado apetecible. Moví los dedos de una mano y los llevé a su clítoris, el que dejé visible del todo al separarle los labios inferiores con los dedos de la otra mano.
Liv se estremeció y soltó un jadeo entrecortado. Después de varias pasadas por su pequeño botón de placer, deslicé los dedos hacia abajo, hasta que pude comprobar lo excitada que estaba.
Entré en su interior y después arrastré sus fluidos. Me llevé los dedos a la boca, para lamerlos y chuparlos. De esa manera le dejé claro cuál iba a ser cada mañana mi desayuno especial.
El aire se le escapó entre los labios, los que dejó un poco abiertos.
Había apoyado la espalda en la encimera y se había agarrado a ella con las manos.
—¿Quieres más ahora o estás pensando en ponerte a trabajar cuanto antes? —le pregunté.
Apreté la mandíbula y solté un pequeño gruñido, cuando tiró hacia debajo de la cinturilla de mi pantalón. Me lo bajó liberando mi erección, la que agarró con fuerza, ejerciendo una presión que me hizo jadear.
—Lo quiero ahora y tú también —me dijo, con la puñetera voz más sensual que había oído en mi vida.
Ya no hubo más palabras, los dos pasamos a la acción y la cocina volvió a llenarse de jadeos, gemidos y gritos, con cada una de mis embestidas fuertes y profundas.
El ritmo fue de locura, por toda la necesidad que había acumulado. Parecía no saciarme nunca de Liv.
Yo estaba a la espalda de Liv, agarrándola de las caderas mientras me impulsaba hacia delante con desesperación y rabia, ya que me urgía entrar mucho más hondo, aunque era imposible porque me clavaba en ella hasta que su trasero chocaba con mi cuerpo.
Liv me recibía con ansias, agarrada con las manos a la encimera y con el cuerpo inclinado hacia delante, manteniendo la posición perfecta para ambos.