Pisando fuerte Capítulo 31
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Capítulo 31

Liv

—Ven —me pidió Nathan, cuando me paré en el hueco de la puerta de la cocina.

¿Cómo podía una sola palabra, y tan corta, afectarme y provocarme tanto? El tono de voz de Nathan me erizó el vello.

Eso, sumado al repaso que le di a su cuerpo…

Estaba apoyado en la isla central de la cocina, con los pies descalzos y los brazos cruzados. Me observaba fijamente, estaba esperando a que fuera junto a él como me había pedido.

Lo único que vestía era el pantalón de pijama y, por Dios, tuve que contener un jadeo cuando vi el bulto que empujaba la tela.

¿No era una suerte que hubiese encontrado unos sobres de condones sobre su mesita de noche y que me hubiera dado por cogerlos? Mmm… por supuesto que sí. era una grandísima suerte que los llevara en un bolsillo de la camiseta del pijama.

Sonreí de medio lado y volví a caminar sobre el suelo de madera de la casa. La cocina no se diferenciaba del resto de la vivienda, las láminas de madera decoraban todos los espacios que había visto hasta el momento.

Mientras me acercaba los ojos de Nathan fueron de mis piernas a los pechos, ya que lo único que me había puesto al salir de la cama era la camiseta de su pijama. Y esta vez no me había preocupado en ocultar mucho mis pechos, para lanzarle una clara invitación.

Y Nathan la había captado al vuelo, como no.

Me paré frente a él, casi tocando la punta de los dedos de sus pies con los míos.

—Buenos días —le dije.

Sonreí de medio lado y me incliné hacia un lado de su cuerpo.

—Buenos días —me correspondió.

Bajó la mirada a mis pechos, de los que le di una buena visión desde su altura.

Cogí la taza de la que le había visto beber y la agarré con las manos, para llevármela a los labios. Bebí sin apartar la mirada de la suya.

—¿Has dormido bien? —me preguntó.

—Sí. ¿Y tú?

—De maravilla, aunque me hubiese encantado comerte el coño antes de alejarme de ti en la cama.

Sus palabras provocaron que me atragantara con el sorbo que acababa de darle al café. Comencé a toser, tapándome la boca con una mano.

Nathan me quitó la taza de la otra y yo, por suerte, conseguí retener todo el líquido dentro de mi boca. Logré tragar, con un poco de dificultad, pero evité bañar su cuerpo en café.

—Joder —me quejé—. No puedes decirme esas cosas de buenas a primeras, y menos cuando estoy bebiendo.

A pesar del calor que se había apoderado de repente de todo mi cuerpo, puse los ojos en blanco.

Nathan soltó una carcajada ante mi reacción y por mis palabras, por lo que se ganó una de mis miradas de reproche.

—¿No te hubiera gustado despertarte como te he dicho?

Continuó con el temita. Estaba claro que quería verme arder de buena mañana, desde bien temprano.

—Necesito saberlo para la próxima vez, aunque te advierto que, si la respuesta es negativa, lo sentiré mucho por ti, pero tu coño lo querré igual.

—¿Qué lleva el café? —le pregunté, alucinada.

Dirigí la mirada a la taza, haciendo reír otra vez a Nathan.

—Café, leche y muy poco azúcar. ¿No te ha gustado? —habló con diversión.

Arqueó una ceja.

—Muy gracioso —suspiré.

—Entonces, ¿qué? Te habría gustado despertarte con mi boca entre tus piernas y mi lengua embistiéndote. Necesito saber datos, tenemos que conocernos.

—¿Y no es más fácil empezar por nuestros colores favoritos? —pregunté riendo, nerviosa.

—Respóndeme lo que quiero escuchar y te digo cuál es el mío.

—Sí, me habría encantado despertarme contigo entre mis piernas —acepté porque no iba a hacerme la dura en algo que me parecía una grandísima idea.

Sonrió de medio lado, con picardía.

—El rojo. Ese es mi color favorito, pero claro está que no para mí. Yo soy muy clásico en colores a la hora de vestir. Lo máximo que tengo rojo, de distintas tonalidades dentro del rojo, son varias corbatas.

—El mío es el azul.

—Me gusta —me dijo con un guiño.

Subió una mano y metió un dedo por el escote abierto de la camiseta de mi pijama, que era el suyo. Rozó el primer botón, mirándome fijamente, hasta que dio un tirón con el que abrió el botón.

Me mordí el labio inferior, cuando continuó haciendo lo mismo con los demás. No tenía hacia abajo, pero con lo grande que me quedaba, la tela se abrió por completo desde mis hombros.

Al ser una tela suave, en cuanto Nathan tocó la tela en mis hombros e hizo un ligero deslizamiento hacia los lados, la tela cayó al suelo, resbalando por mi piel.

Me dejó completamente desnuda ante él.

—Mierda —siseó, mirándome entre las piernas—. Lo sabía.

Temblé por la anticipación.

Estaba dispuesta a hacer lo mismo con su pantalón, era lo que quería, pero no me dio tiempo cuando me agarró de la cintura.

Me cogió y se giró hacia la isla de la cocina, donde me dejó sentada sobre la fría superficie.

Nathan colocó las manos en mis pechos, por debajo, y su boca cayó sobre unos de mis pezones.

Jadeé agarrándolo del pelo y curvando la espalda, para acercarme más a su boca. Él succionó con fuerza como respuesta y después tiró con los dientes de la punta dura y sensible, provocándome un grito de placer.

Lamió, mordisqueó suavemente, también con más fuerza, y succionó todo lo que quiso, pasando de un pecho al otro, mientras tenía las manos llenas sin soltarme los pechos por abajo.

Me removí inquieta sobre la encimera, intentando encontrar un poco de alivio entre mis piernas, pero Nathan no le hizo caso a esa señal y continuó torturándome con su boca, lengua y dientes.

Sentí que podía correrme de esa manera, como continuara más tiempo atacando a mis pechos. Tenía la piel sensible y acalorada. Me sentía arder y solo quería que él apagara el fuego que me había provocado.

—¡Nathan! —grité, cuando me embistió con un dedo, sin esperármelo.

—Estás tan jodidamente preparada… —gruñó, abandonando mis pechos.

Después de un tirón de las puntas doloridas y excitadas de mis pezones, con los dedos, me abrió las piernas con la vista fija en mi sexo.

Cuando sus ojos hicieron contacto de nuevo con los míos vi la intensidad que escondían.

Colocó una mano extendida en mi clavícula, rodeándome un poco el cuello, y me empujó para que cayera hacia atrás.

Solté un pequeño jadeo al sentir el frío de la encimera, en contraste con el calor de mi piel.

No me dio tiempo a adaptarme, me olvidé de la sensación porque la sustituyó una muchísimo más intensa y placentera, cuando sentí la boca de Nathan sobre mi sexo.

Mis gemidos llenaron la cocina, mientras me removía sobre la superficie. Su lengua y sus labios torturaron mi clítoris, cada pliegue y zona que se encontraban a su paso, sin darme una mínima tregua.

El orgasmo llegó de repente, sin previo aviso. Me corrí en su boca, moviéndome sobre ella, tirando de su pelo con fuerza de la desesperación que sentía.

Cuando la oleada de placer fue desapareciendo, conseguí enfocar la vista en Nathan. Se incorporó con una sonrisa de medio lado y lamiéndose los labios. Verlo me hizo gemir de nuevo.

—Desde hoy eres mi desayuno preferido —me dijo con un guiño.

No me corrí de nuevo porque me agarró de la cintura y me cogió en brazos, para bajarme de la encimera.

Me mordí el labio inferior cuando se agachó para recoger la camiseta del pijama, porque Nathan se quedó quito durante unos segundos, con la prenda agarrada de una mano.

Los sobres de los condones debieron caerse del bolsillo cuando la tela tocó el suelo, porque estaban a un lado.

Los cogió también y levantó la cabeza hacia mí. Se levantó despacio, mirándome con tanta intensidad…

—Los he visto y… —carraspeé—. Me pareció buena idea llevarlos encima.

—Todo un acierto —estuvo de acuerdo.

Me agarró de la nuca y me acercó a él. Me estremecí cuando nuestros pechos chocaron, piel con piel. Él me clavó la erección, yo a él los pezones endurecidos.

—Me encanta y les daremos uso —susurró sobre mis labios.

—¿A todos? —Jadeé.

—A todos y más.

Contuve la respiración, antes de que me besara con intensidad.

Cuando nos separamos me dejó temblando y tuve que apoyarme en la isla de la cocina.

Al ver cómo estaba me acercó un taburete, pero antes de que pudiera moverme, dejó los sobres de los condones en la encimera, al lado de su móvil, y me colocó la camiseta del pijama.

Vestida de nuevo se me fue la vista al bulto de su pantalón.

—¿Tu…? —comencé a decir, pero me interrumpió.

—Ahora no. Hay tiempo. Siéntate.

—Quiero ayudarte.

Di un paso hacia él, pero negó. Me señaló el taburete con un gesto.

—Ponte cómoda, yo me encargo.

—Pero…

—Eres mi invitada.

—Eso no significada nada —sonreí, esforzándome para no reír.

—Mi casa, mis normas. ¿Te vale con eso? —Arqueó una ceja.

Caminó de espaldas, poniendo distancia entre nosotros.

Solté un bufido y me senté, para no empezar una batalla tan temprano.

—Tampoco me vale, pero antes de una discusión necesito mínimo un café.

Puse los ojos en blanco al escuchar su risa.

Se giró y me quedé observando su maravillosa espalda.

Nathan se puso a preparar dos cafés con leche y también sacó pan, el que metió en la tostadora después de cortarlo en rodajas.

Sacó de la nevera fruta, embutido, tomate y aguacate. Menos el embutido que los dejó en sus envases, lo demás lo colocó en una bandeja que puso en el centro de la encimera de la isla.

Lo siguiente que trajo fueron las tazas con el café con leche y, por último, las tostadas hechas, los cubiertos y las servilletas.

Se sentó frente a mí, lo que no me gustó porque, aunque lo tenía enfrente y lo veía de cara, la anchura de la encimera era mucha, por lo que se quedó demasiado lejos de mí.

Solté un suspiro y bajé la mirada a la tostada que me había dejado en un plato.

—¿Este es para ti un desayuno típico de los que tomas habitualmente donde vives?

—le pregunté—. Creía que en Londres teníais otras costumbres distintas a las de España.

Me refiero a las normales por las diferencias de cada país.

En este caso las alimenticias. Al menos pensaba eso, nunca he estado allí.

—Este es para mí un desayuno de los que me gustan —me dijo, con un guiño.

—Ahora que lo pienso, ¿no tendrías que beber más té que café?

Soltó una carcajada.

—No hay ninguna regla que diga la cantidad de uno u otro que se puede tomar. Pero sí, no soy un londinense al uso, en el sentido de la comida y la bebida. Claro que disfruto de lo de mi tierra, de sus costumbres, pero no me privo de lo que me llevo conmigo de cada país al que voy.

—Ah. Eso mola, debes tener una buena mezcla.

—Sí —me confirmó, con una media sonrisa—. Mola —repitió, imitándome.

Reímos.