Capítulo 30
Nathan
—Si que has madrugado —me dijo Michael, al otro lado de la línea.
—Como siempre —comenté.
—Ya, pero resulta que hoy tienes una buena excusa para quedarte en la cama hasta que te hartes —dijo con diversión.
—Liv está durmiendo. Solo he bajado a tomarme un café con leche, después volveré a la cama si continua sin despertarse. Había pensado en preparar el desayuno ya, pero no sé si tardará mucho.
—Eso tiene fácil solución. Seguro que se te ocurren varias maneras para que abra los ojos.
—Ni se te ocurra pensar en ella de esa manera, sino quieres terminar sin ojos, sin dientes o sin algo peor.
Michael soltó una carcajada y mientras mi supuesto amigo se reía, yo encendí la cafetera para que se calentara, saqué del armario una taza, de un cajón una cucharilla y de la nevera la leche.
Me preparé el café con leche, al que me acostumbré hacía ya tiempo. Fue la primera vez que tuve que viajar a España, Michael y yo no éramos nuevos en este país, aunque hacía mucho que no veníamos.
Desde que descubrí esta bebida, el café con leche, trasladé la costumbre a mi casa en Londres. Con anterioridad yo era de tés y de cafés solos. A Michael le pasó algo parecido.
—Así que ya estás en ese nivel de posesión, ¿eh?
—No me toques las narices, Michael.
—Tengo que aprovechar, Nat. Esto no sucede muy a menudo —rio.
—Vete a la mierda.
Con mis palabras alargó las risas.
Negando con la cabeza apoyé el final de la espalda en la encimera y crucé los pies descalzos a la altura de los tobillos.
Me llevé la taza a los labios y le di primer sorbo al café.
—¿Y tú qué haces tan pronto despierto? Anoche te acostaste mucho más tarde que yo.
—No te lo vas a creer.
—Sorpréndeme.
—Se me olvidó desactivar la puñetera alarma de entre semana.
—No jodas —reí—. Te sienta fatal alejarte de mí —le dije con diversión.
—Ya lo puedes decir. Dentro de un rato me presentaré ahí, en la casa, cuando Liv esté despierta. Iré para decirle que lo siento mucho, pero que si está contigo yo voy en el pack. No podéis dejarme fuera, estar con estos dos locos me desestabiliza.
Volví a reír. Los dos locos eran nuestros amigos, Gavin y Alan.
—¿A qué hora os acostasteis?
—Ellos ni idea, yo me separé del grupo y me vine al apartamento. Cuando entré eran pasadas las cuatro de la madrugada, estaba agotado. Hace mucho tiempo que dejé de estar acostumbrado a trasnochar.
Bufó.
—Así que no sé cuánto llevan descansando, si están solos en sus habitaciones o si Julia y Elsa les hacen compañía. También está la posibilidad de que me encuentre solo en el apartamento porque terminaran en las casas de las chicas. A saber, hasta dentro de un buen rato no lo sabré.
—Aprovecha el silencio —le dije, sonriendo—. ¿Cómo fue anoche?
—Genial. Las amigas de Liv son encantadoras, tanto que enseguida se formaron grupitos muy marcados de dos. Vamos que estuvieron como parejas y yo ahí, aguantando —rio—. Fuimos a un pub y allí estuvimos bebiendo unas copas y a veces bailando.
—¿Tú, bailando?
—Yo soy la excepción que confirma muchas de las reglas de este mundo —contestó con diversión.
Reí.
—¿Qué planes tienes para hoy? —me preguntó.
—El que pensé ayer por la mañana incluía trabajar a primera hora de hoy hasta media mañana, pero eso cambió desde que Liv aceptó pasar la noche conmigo.
No lo sé, la verdad. Lo único que tengo claro es que me adaptaré a ella cuando terminemos de desayunar, para hacer lo que quiera.
Entre esas cosas está la de llevarla a su casa si me lo pide.
—Si necesitas que vaya antes de tiempo avísame. Por ahora voy a tirarme en el sofá y a ver la vida pasar.
—Qué mal te sienta dormir pocas horas —comenté con diversión.
—Eso no es verdad —rio—. Sabes que debería tener un carácter de mierda por no haber dormido y mírame, estoy amable y bromista.
—Toda una novedad, sí señor —le dije.
Rio.
—Michael.
Lo llamé cambiando el tono de voz y el cambio en mi amigo fue automático.
Miré por el hueco de la puerta de la cocina. Se veían los primeros escalones de la escalera.
Después de asegurarme de que Liv continuaba arriba, seguí hablando.
—¿Qué pasa? —me preguntó serio.
—Voy a darte trabajo.
—¿Hay algún problema?
—No lo sé —fruncí el ceño—. Eso es lo que quiero saber, precisamente, y todo lo que se mueva alrededor de Liv.
—¿Esto va de Liv? —habló con sorpresa.
—Sí —le confirmé, bajando el tono de voz—. Necesito que investigues todo lo que está pasando en el ministerio, hasta que te enteres de los cotilleos, por ridículos que sean.
—¿De qué va esto? Estoy muy perdido.
—Ayer, cuando le pregunté a Liv por qué había huido de mí en el trabajo, durante días seguidos, me respondió con una mentira que dejé pasar en ese momento. Fue al llegar aquí cuando saqué el tema otra vez e insistí, diciéndole que no me mintiera a la cara.
—¿Y qué te dijo?
—En el bar me habló de que ella no había estado escondiéndose de mí, que simplemente había tenido mucho trabajo y que había estado muy centrada en él. Aquí, en la cama…
—No me cuentes los detalles —me pidió, con diversión.
—Como si fuera a hacerlo.
Bufé, mientras que él reía.
—Perdona. Continúa.
—Cuando saqué la conversación en la cama me pidió perdón y me confesó que había estado esquivándome.
—Pero ¿por qué? —Quiso saber, extrañado.
—Esa es la respuesta a la que quiero que me lleve lo que averigües. No me gustó lo que escuché y percibí de Liv, Michael.
—¿Qué te dijo exactamente? La segunda vez que es la buena, cuando ya estabais en la casa.
—Me pidió perdón varias veces y que confiara en ella. Me contó que había necesitado y necesitará estar apartada de mí en la sede, durante unos días. Me dijo que no podía decirme nada más y me dejó claro que no quería verme en el trabajo ni cruzarse conmigo entre semana.
—Joder, es muy raro.
—Le pregunté hasta cuándo —continué, metido en el recuerdo de la noche anterior—. Me contestó que no sabía por cuánto tiempo y me molestó porque ella y yo no tenemos ese puñetero tiempo. No sé cuándo nos iremos nosotros.
—¿No será por algo de la tía aquella que la insultó?
—Yo también lo pensé. Liv reaccionó rápido diciéndome que no, lo que no llegué a pillar si fue buena señal o no.
Según Liv no ha vuelto a ver a Amanda en el trabajo, pero quiero que investigues bien a Amanda.
Necesito que te enteres si es verdad que no se ha acercado a Liv de ninguna manera, a pesar de la seguridad con la que Liv lo negó.
—De acuerdo. Iremos descartando.
—Correcto.
—No quiso decirme dónde va a desayunar cada mañana, antes de ir a la sede.
Sacudí la cabeza.
—Puedo averiguarlo rápido.
—Hazlo, pero solo para disponer de la información —le pedí—. Por ahora respetaré lo que me ha pedido Liv, a no ser que tú me des motivos para cambiarlo eso.
Me llevé la taza a los labios. El café había perdido temperatura, pero todavía estaba templado.
Lo prefería caliente, pero no me molestaba como estaba.
—Me pondré a trabajar con todo en un rato —me dijo Michael.
—Date un tiempo más, descansa. Empieza el lunes, sin estar en la sede lo tienes más complicado.
—Tú tranquilo, yo me encargo. Sé lo que tengo que hacer y qué puedo adelantar, el resto lo dejaré para el inicio de semana.
—Está bien.
—¿Te fías de Liv?
—Sí —respondí sin dudar.
—Entonces no te preocupes por nada. Yo también me fio de ella.
—Lo sé.
Fijé la vista en el café con leche.
—Disfruta de su compañía todo lo que puedas y desconecta de lo demás. Sabremos lo que está pasando, el motivo por el que Liv necesita mantenerte alejado de ella en la sede. No desesperes ni le des más vueltas de las necesarias, lo importante es que está ahí contigo.
—Hablamos más tarde —le dije, mirando hacia la escalera—. Se ha despertado.
—Vale. Yo voy a echarme un rato, no sé si en el sofá o en la cama. Este apartamento es espectacular.
—Donde descanses mejor.
—Sí —rio—. Aunque ahora mismo soy capaz de quedarme dormido de pie.
Bufó y sonreí.
—Adiós.
—Adiós.
Colgué y dejé el móvil a un lado de la encimera en la que continuaba apoyado.
Era una isla de cocina, ancha y rectangular.
Liv apareció en mi campo de visión en cuanto bajó los últimos escalones.
Me llevé la taza a los labios, devorándola con la mirada. Bebí un buen sorbo de café, sabiendo que hasta dentro de un rato no volvería a acordarme de él.
Me lamí los labios, mientras dejaba la taza cerca del teléfono y crucé los brazos.
Ella caminaba descalza hacia mí. Lo único que llevaba puesto era la parte de arriba de mi pijama, pero en esta ocasión no había subido tanto la tela del escote, como la noche anterior. Ahora se le veía la redondez de sus pechos.
Estaba demasiado tentadora y me pregunté si era la única prenda que llevaba encima, si se había olvidado a propósito de ponerse la braga.
Iba a averiguarlo rápido.
—Ven —le pedí, cuando se paró en el hueco de la puerta.
Liv recorrió mi cuerpo con la mirada, sin prisa, y cuando volvió a mirarme a la cara en la suya lucía un rubor precioso.
Había dormido desnudo, al igual que Liv, después del sexo con el que caímos rendidos. Por ese motivo me había costado mucho salir de la cama, y porque me había despertado con su cuerpo casi subido al mío, con cada parte exquisita tocándome y rozándome.
Me obligué a alejarme de Liv y fui al baño recuperando mi pantalón del pijama. Eso era lo único que llevaba encima.
El pecho lo tenía descubierto y mi miembro no tenía restricción para endurecerse poco a poco, como estaba sucediendo por debajo de la tela fina del pantalón del pijama.