Pisando fuerte Capítulo 29
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Capítulo 29

Salí de la conversación del grupo y entré en la Gael. Mi amigo había sido escueto.

Gael: ¿Habéis llegado donde vive? ¿Todo bien? A Jana y a mí nos queda media hora más en el bar. Estoy por gritar «fuego», para que salgan todos corriendo y nos dejen irnos. Ja, ja, ja… joder, no veo el momento para estar otra vez para mí solo. Esto es un fastidio.

Gael: Ten cuidado, ¿vale? Cualquier cosa me llamas, a la hora que sea. Te quiero.

Sonreí, mientras comenzaba a teclear.

Liv: Sí, hace unos minutos que hemos llegado a la casa en la que vive. Todo bien. Es una locura, Gael. Es enorme, y eso que no la he visto bien por fuera al ser de noche y al entrar hemos subido directos a la habitación.

Liv: Ya me he puesto el pijama, estoy escribiéndote sentada en la cama. Estoy nerviosa, joder. Ja, ja, ja…

Liv: Tener sexo sobre la mesa de un escritorio no puede compararse a la intimidad de dormir juntos, en la misma cama.

Liv: Yo apuesto para que saques a todos del bar, dale. Ja, ja, ja… ¿Qué sabrán los clientes la urgencia que tenéis Jana y tú para llegar a tu casa?

Liv: Disfruta de la noche tú también, y del despertar, y del resto del día siguiente. Tenéis que recuperar el tiempo que habéis perdido, cariño.

Liv: Siempre tengo cuidado. Si ves que desaparezco todo el fin de semana y no te escribo ni un «hola», pídele a Félix, a Ollie o a Eva que rastreen mi móvil y me encontrarás. Ja, ja, ja…

Liv: No te preocupes de nada, céntrate únicamente en Jana. Yo también te quiero.

Cuando terminé, al ver que no había entrado a ver los mensajes, di por hecho que lo haría demasiado tarde.

Puse el móvil en modo silencio, lo dejé en la mesita de noche y me sobresalté tontamente, al notar la presencia de Nathan a mi espalda.

Miré por encima del hombro, para encontrarme con un pecho muy apetecible.

—He ido a la cocina.

Al decirlo me colocó delante una botella pequeña de agua.

—No te he escuchado salir del baño.

Cogí la botella y aproveché para refrescarme la garganta. Se me había quedado de repente seca. Cuando terminé la dejé junto al móvil, en la mesita.

Tuve la intención de girarme, me moví un poco, pero Nathan pegó su cuerpo a mi espalda e impidió que me moviera.

Cerré los ojos y me mordí el labio inferior, al notar como su miembro estaba despertando. Nathan siguió de rodillas a mi espalda.

Me retiró el pelo, para echármelo todo sobre un hombro, y así dejarme parte de la espalda descubierta.

—Me encanta verte con mi pijama —me susurró, rodeándome por debajo del pecho con un brazo—. Eres una tentación demasiado apetecible, Liv.

—Pues cómeme —dije con necesidad.

Me giró la cara con una mano, hacia él, y me besó con ansias y dureza, devorando mi boca.

De mi garganta salieron varios jadeos que quedaron amortiguados en la suya, mientras mis labios y mi lengua le seguían el ritmo a todo lo que me hacía, incluso en la intensidad.

Quise moverme, girarme hacia él, pero me mantuvo sentada en el borde de la cama, consumiéndome con sus besos.

—Nathan… —pronuncié su nombre entrecortadamente.

—No puedo parar, me cuesta mucho dejar de tocar —dijo cogiendo bocanadas de aire, con la frente poyada en la mía.

Me miró con tanta intensidad, a tan corta distancia, que me faltó la respiración.

Nathan tiró hacia abajo de la parte superior del pijama, dejando el escote grande y abierto sobre mis pechos desnudos.

Me mordí el labio inferior, al ver el fuego en sus ojos.

Jadeé, apoyando la cabeza en hombro, cuando me agarró ambos pechos con las manos. Los apretó y los mantuvo firmes, mientras me lamía el cuello, para lo que lo ladeé, dándole mejor acceso.

Un gemido ronco salió de mi garganta cuando sus dedos apretaron, frotaron con fuerza y tiraron de las puntas duras de mis pezones. Noté el punto de dolor mezclado con el de la excitación, mis fluidos aumentaron, los noté en la braga.

Grité pegándome con fuerza contra el pecho de Nathan, mientras continuaba torturándome los pezones.

—Me vuelves loco —me susurró al oído, antes de lamerme la oreja.

Jadeé.

Moví los brazos hacia atrás, hasta que encontré con las manos sus piernas fuertes. Me agarré a ellas clavándole los dedos y después tiré de la tela del pantalón, como pude.

Este resbaló y me derretí aún más al darme cuenta de que Nathan no llevaba bóxer. Me encontré directamente con su miembro, duro, suave, palpitante, caliente y resbaladizo en la punta, por las primeras gotas de su placer.

Lo agarré con fuerza del miembro, de la misma manera que le acaricié el glande, provocándole un gruñido.

Solté un gritó cuando me correspondió con un tirón fuerte de pezones que me dejó temblando.

Pillándolo desprevenido, conseguí girarme y no tardé en estar de rodillas, como él.

Lo agarré de la nuca con las manos y bajé su cabeza hacia la mía. Lo besé desesperada, con toda la necesidad que me había provocado, mientras su erección se clavaba entre nosotros.

Sin que nuestras bocas se separaran, con nuestras lenguas enganchadas, deslicé las manos por sus hombros y descendí por sus brazos, disfrutando de la forma de su cuerpo.

Su vello se había erizado, por lo que seguí con las caricias cuando regresé a sus hombros y dirigí las manos hacia su espalda, para terminar al final en su pecho.

Hice todo el recorrido sin prisa, mientras nuestras bocas no se separaban. La manera de besar que tenía Nathan te hacía arder y te consumía, parecía que quisiera apoderarse de todo de ti.

Gemí cuando una de sus manos se coló por el pantalón de mi pijama y me tocó el sexo por encima de la braga.

—¿Me has echado de menos? —susurró sobre mi cuello, donde comenzó a darme besos cortos.

—Sí —susurré.

—¿Vas a decirme el motivo real por el que has estado evitándome?

Levantó la cabeza y me agarró de la mía, tomando el control de mis movimientos.

—Dime, Liv. ¿Vas a ser sincera conmigo?

Tragué saliva.

—No sé de lo que hablas. —Negué con la cabeza—. Ya te he dicho porque no me he encontrado contigo en el trabajo, no…

De un pequeño tirón me echó la cabeza hacia arriba, para apoderarse de mi boca. Jadeé agarrándome a sus brazos, para mantener el equilibrio. Nathan era un experto en conseguir que mi mundo temblara bajo mis pies, o mis rodillas en la cama, en este momento.

—No quiero más excusas —susurró sobre mis labios.

Ambos teníamos los ojos abiertos y nos mirábamos fijamente, con una mínima separación entre nosotros.

—Dime que no puedes decírmelo. —Me acarició los labios cuando movió los suyos al hablar—. Pero no me mientas, dándome un motivo de mierda.

—Yo… lo siento. —Mis labios también rozaron los suyos—. No puedo decirte nada más, solo necesitaba y necesitaré estar apartada de ti por unos días.

—Con eso me basta, por ahora.

Apoyó la frente en la mía.

—No vuelvas a mentirme —me pidió con la voz ronca.

Apretó la mandíbula y se la recorrí con un dedo.

—Seré completamente sincera a partir de ahora, aunque solo he fallado en lo del trabajo. Tampoco nos ha dado tiempo a mucho más —suspiré—. Esta noche hemos tenido nuestro segundo encuentro.

—¿Dónde has ido a desayunar estos días atrás?

—No voy a decírtelo —contesté riendo.

Separó la cabeza de la mía y arqueó una ceja.

—Se trata de que no quiero verte en el trabajo ni cruzarme contigo, entre semana —insistí.

Coloqué las manos en su pecho.

—Por favor —le supliqué, al ver la contradicción en su mirada.

—¿Hasta cuándo?

—Todavía no lo sé —susurré.

—Joder, Liv. ¿Te das cuenta de que yo vivo en Londres, de que cuando termine mi trabajo aquí me iré con Michael, y que, para nosotros, para ti y para mí, ese no sé cuánto tiempo estaré evitándote , nos va a hacer perder demasiado tiempo?

—Claro que me doy cuenta.

Desvié la mirada hacia la colcha.

—Mírame —me pidió.

Lo hice por el tono ronco y profundo de su voz.

—¿Es por Amanda? ¿Has vuelto a encontrarte con ella? ¿Acaso te ha dicho algo en estos días?

—¿Qué? ¡No! No me acordaba de esa mujer.

—De acuerdo.

Se dejó caer hacia atrás. Se sentó sobre sus talones, sin apartar la mirada de la mía.

Yo le había dejado el pantalón un poco más arriba de la mitad de los muslos, por lo que su miembro tenso estaba en pie de guerra, apuntando hacia arriba.

Le pasé una mano por el pelo y cerró los ojos.

—Confía en mí, por favor.

Levantó los párpados despacio y después de unos segundos, asintió.

—Ya hablaremos mañana de todo lo que quieras —me dijo, con la voz ronca.

Bajó la mirada a mis pechos desnudos. Sobresalían por el gran escote de la camiseta del pijama.

—Ahora me he cansado de hablar.

De un movimiento rápido que me provocó un grito, me agarró de la cintura y me lanzó a la cama.

Caí bocarriba, como era su intención.

Nathan me quitó el pantalón del pijama, igual que hizo con el suyo, y, por último, me sacó la camiseta por la cabeza.

Nos quedamos desnudos frente al otro, mientras mirábamos con detenimiento nuestros cuerpos.

Nathan se inclinó hacia un lado y cogió un sobre que no sabía cuándo lo había puesto sobre la cama. Debió ser cuando llegó de la cocina.

El sobre contenía un condón que en cuestión de segundos pasó de estar doblado a estirado sobre el miembro duro de Nathan.

Me perdí en lo que me transmitía su mirada cuando me agarró de una pierna y se dejó caer un poco hacia delante, sobre mí.

Tanteó lo excitada que me tenía y después de unos segundos interminables acariciando mi sexo, arriba y abajo con la punta, entró en mi interior con una embestida enérgica y profunda que nos hizo jadear a ambos.