Capítulo 28
Noté cómo algo me hacía cosquillas en el cuello y moví la mano, para espantar lo que fuera.
Me encontré con ese algo que era mucho más grande que cualquier bichito.
Abrí los ojos de golpe, para ver mi mano en la cara de Nathan.
—Si me tratas así sin estar enfadados, no quiero ni pensar cómo será cuando te cabrees —dijo.
Soltó una carcajada. Yo todavía no pude reír porque estaba demasiado adormilada.
—¿Ya hemos llegado? —le pregunté sorprendida.
—Sí. Has dormido veinte minutos.
—Joder, pues tengo la sensación de que no han llegado ni a cinco —suspiré.
—Vamos, los dos necesitamos descansar.
Se bajó del coche y yo hice lo mismo.
A pesar de ser de noche me quedé con la boca abierta, por lo grande que se veía la casa. Si es que se podía considerar como tal. También me sorprendió todo el terreno oscuro que la rodeaba.
Gracias a los focos que había encendidos en varios puntos de la fachada se intuía una pequeña parte.
—¿Te has acostumbrado a vivir aquí? —le pregunté, con curiosidad.
Nathan caminó hacia mí y me agarró de una mano, para llevarme hacia la puerta.
—No es difícil acostumbrarse.
—¿En serio? Yo me perdería. Es enorme.
—Sí —sonrió—. Por la mañana disfrutarás más de las vistas, con la luz del día.
Nos paramos frente a la puerta. Sacó la llave de un bolsillo y abrió, todo sin soltarme de la mano.
Tiró de mí hacia el interior de la vivienda y después de cerrar con llave, fuimos a oscuras hacia una escalera. Esta tenía pequeños puntos de luz en un lateral de los escalones.
Nathan me dijo que siempre estaban encendidos, aunque por la mañana no se distinguían al ser de día. De esa manera, a lo largo de la noche, podían bajar y subir la escalera sin la necesidad de encender las luces.
—Espera.
Nos paramos en el primer escalón.
—¿Qué? —le pregunté.
—He dado por hecho que querías ir a la habitación ya, pero lo mismo te has espabilado y te apetece tomar algo.
—Prefiero descansar, no estoy tan despierta como parece.
Sonreí.
—Vale.
Me devolvió el gesto.
Subimos la escalera y en la planta superior, me llevó hacia una puerta que se encontraba hacia la derecha.
Detrás de esta se escondía la habitación de Nathan.
Encendió las luces al entrar y me pidió que me relajara, como si estuviera en mi casa.
Difícil conseguirlo porque el problema era él, no el lugar.
Nathan desapareció en lo que supuse que era un vestidor. Pude afirmarlo cuando salió con dos pijamas suyos.
—Toma —me ofreció uno—. Te quedará grande, pero estarás cómoda. De todos los que me traje de viaje es el que me queda más estrecho.
—Gracias.
Lo cogí y me lo llevé al pecho.
—¿Quieres unas zapatillas?
—Si tienes unos calcetines un poco más gordos me conformo.
—Claro.
Volvió al vestidor y salió con lo que le había pedido.
—Cualquier cosa que necesites dímelo.
—Vale.
Bostecé, sin poder controlarlo.
—Entra tú primero al baño.
Asentí y me dirigí a la única puerta que había, aparte de la de la habitación.
El baño era una locura, grande y con una decoración preciosa, con una bañera tipo yacusi que gritaba: utilízame. Si no hubiera estado tan cansada lo habría hecho.
Lo recorrí todo con la vista, hasta las molduras del techo.
Había tanto lujo concentrado en este espacio tan pequeño… me maravilló observarlo, pero para mí me sobraba más de la mitad.
Dejé el pijama en la encimera del mueble y me miré en el espejo.
—¿Cómo he terminado aquí? —susurré.
Bajé la vista al pijama de Nathan y acaricié la tela.
Me parecía increíble que me hubiera invitado a pasar la noche con él, en su casa provisional, y más todavía que yo hubiera aceptado esta locura.
¿Dónde estaba el querer separarme de Nathan? Había tirado por tierra los días que me había esforzado para no verlo en la sede del ministerio y en los alrededores.
Con lo mal que me había sentido al privarme de verlo, aunque fuera desde la distancia, y esta noche lo había hecho saltar todo por los aires. No había servido de nada cambiar de cafetería ni nada.
Solté un suspiro, antes de comenzar a desvestirme.
Lo primero fue el bolso, después me quité el cárdigan y la camiseta palabra de honor. Lo que dejé todo al otro lado de la encimera, la ropa doblada, como el pantalón y los calcetines que le siguieron. Las botas militares las aparté a un lado, en el suelo.
Dudé en si quitarme el sujetador, pero solo unos segundos porque con él puesto me sentía muy incómoda en la cama y me costaba mucho dormirme.
Me lo desabroché y lo coloqué encima del resto de la ropa. A continuación, me puse el pijama de Nathan y los calcetines.
Su olor me asaltó de repente y me vi en el espejo oliendo la tela, la que me acerqué a la nariz.
El pijama me quedaba muy grande. Le di varias vueltas a la goma de la cinturilla, con la parte de arriba cayendo más de medio muslo.
El escote me quedaba muy abajo, tenía varios botones que me llegaban por debajo del pecho.
Tuve que tirar de la tela hacia los hombros, para dejar la espalda un poco descubierta, para no enseñar los pechos.
Iba a ser una tortura estar envuelta en su aroma, al mismo tiempo que una maravilla. Quería llevarme su pijama a mi piso, definitivamente, y dormir cada noche con él porque sería como si lo tuviera al lado.
Negué con la cabeza, al ver mi cara de ilusión, esperanza y… daba igual porque Nathan había llegado a mi vida con fecha de caducidad.
Tragué saliva, cerré los ojos durante unos segundos y cuando los abrí, vi la determinación en mi mirada.
—Esta noche no significa nada. Es solo un encuentro más con Nathan, para el recuerdo. Solo vamos a hacernos compañía y a disfrutar —susurré.
Repitiéndome esas palabras en la cabeza, me lavé la cara para quitarme el poco maquillaje que llevaba. Cuando terminé me la sequé y no me paré a mirarme más en el espejo.
Decidí salir del baño ya, porque un hombre impresionante me esperaba en su habitación.
En su cama, más concretamente. En cuanto abrí la puerta me lo encontré sentado encima de la colcha, con la espalda apoyada en el cabecero.
Levantó la mirada del móvil y después lo colocó en la mesita de noche que tenía al lado.
—Estás preciosa.
—Gracias.
Sonreí.
Caminé hacia un sillón, donde dejé toda mi ropa y las botas a los pies.
Llegué al lado de la cama muy nerviosa, por cómo me observaba Nathan.
—Adelante. Ponte cómoda.
—¿Ese es tu lado? —le pregunte sobre el que ocupaba.
—Sí.
Ante su confirmación retiré la ropa de cama, pero me acordé de que no había puesto el móvil en modo silencio y fui al sillón, para sacarlo del bolso.
Sonreí al ver unos mensajes de mis amigas en el grupo. También tenía otro de Gael, pero mi amigo me había escrito en nuestra conversación privada.
Nathan fue al baño y aproveché para entrar en las conversaciones, a leerlos. Comencé por el grupo, por las chicas.
Elsa: Buenas noches, pecadores. Sí, Gael y Liv, sois vosotros. Julia y yo no tenemos ninguna duda.
Julia: Ninguna. Ja, ja, ja…
Elsa: Ja, ja, ja… Normal, estos dos solo piensan en el folleteo, no veas cómo han comenzado la noche.
Julia: Nena, tú no te quejes que desde que te has agarrado al brazo de Alan no lo has soltado. Ja, ja, ja…
Elsa: Él me ha ofrecido el brazo como un buen caballero y yo no podía hacerle el feo de rechazarlo. Le estoy haciendo perfeccionar el idioma, Liv. Debes estar orgullosa de mí.
Julia: ¿Qué idioma? ¿El de la lengua?
Elsa: Pues claro, qué lengua quieres que practique. Mira qué entretenidos están nuestros queridos amigos, no tienen ni unos segundos para honrarnos con sus presencias en forma de mensajes.
Caminé hasta la cama y me senté en el borde, sonriendo.
Julia: No seas envidiosa. Ja, ja, ja… Y no me hagas hablar sobre qué lengua hablamos porque casi te he visto metérsela en la oreja, de lo cerca que le hablabas a Alan.
Elsa: ¡Eso ha sido en el bar y ha empezado él a hacer lo mismo! ¿Y tú con Gavin, qué? Mucho hablar de mí y no veas lo que te pegas a él. ¡Liv! Que esta va a recuperar el tiempo perdido con Gavin y encima es amigo de Nathan.
Elsa: ¿Cuántos españoles hay en España? Pues ahí va ella, a liarse con un londinense. Joder, estoy viendo la desgracia.
Julia: No le hagáis caso, es una exagerada. Cuidado no caigas tú a los pies de Alan.
Elsa: Cariño, yo puedo caer, pero no me haré daño. En cambio, tú…
Julia: No me arruines la noche, anda.
Elsa: ¡Ya vienen los chicos! Alan, Michael y Gavin estaban pidiendo en la barra, mientras nosotras guardábamos la mesa. ¡Qué siga la noche! Esta noche me tiro a Alan y acabo borracha entre sus piernas. Ja, ja, ja…
Julia: Adiós, chicos. Hablamos mañana. A ver cómo termina la noche.
Al llegar al final de la conversación escribí.
Liv: Buenas noches, preciosas. Me alegro mucho de que lo estéis pasando tan bien. Tened cuidado y disfrutad. Joder, a que acabáis las dos enredadas con Alan y Gavin… Pobre Michael, debe estar harto ya de aguantar.