Capítulo 25
Nathan
Me estaba costando demasiado no tocar a Liv.
Lo único que me había permitido era acercarme tanto a ella que tenía apoyado el pecho en su espalda y un brazo extendido hacia la barra, donde rodeaba el vaso con mi bebida.
La otra mano la tenía metida en el bolsillo del pantalón, para reprimir cualquier impulso de los que le incitaban a tocarla.
—Hola —me saludó susurrando.
—Hola —le correspondí, casi rozándole la oreja.
Después separé la cabeza, pero el cuerpo no.
—Yo no he huido de ti, tampoco me he escondido —me dijo—. Estoy aquí y tú también.
—¿Por un error de cálculo?
La tensión repentina de su cuerpo y que me mirara de reojo, por encima del hombro, me dio la respuesta afirmativa.
Podía apostar y no me equivocaba, a que Liv ni siquiera había pensado en la posibilidad de que yo podía presentarme aquí en cualquier momento de la noche. Teniendo en cuenta que fue donde nos vimos la primera vez…
Simplemente ella no había caído, porque para Liv venir aquí era una rutina en la que se encontraba con amigos.
En cambio, el único motivo que me había movido a mí para volver a este bar había sido ella y la probabilidad de encontrarla aquí, ya que como le había dicho, llevaba días escondiéndose de mí.
Cuando comencé a notar su ausencia en la cafetería en la que coincidíamos cada mañana cerca del trabajo, no lo entendí.
Debido a ello hice varios intentos por verla durante el transcurso de los días, pero o se me escapaba sin llegar a tiempo, o, como hoy, Félix estaba con ella y se aseguraba de avisarla para que no saliera de la sala de informática.
En definitiva, que fallé en cada intento, lo que me llevó a darle muchísimas vueltas a lo que podía estar pasándole a Liv. Porque desde el principio no lo vi normal.
Quería una explicación, y no porque fuera a exigirle nada, sino porque era lo suficientemente mayor para decirme a la cara que no quería volver a tener nada conmigo. Por ejemplo, porque podían ser más cosas que se escapaban de mi control.
Sea como fuere me merecía una explicación y había venido a conseguirla.
Aspiré su aroma, el que lo inundó todo.
Otro de los motivos por lo que estaba aquí era porque necesitaba saber si me rechazaría y se apartaría de mí.
Sobre eso ya tenía la respuesta, porque Liv no me había pedido que me separara y notaba el cambio en su respiración, ahora era más acelerada. El movimiento también la delataba.
—No iba a frenarme que pudieras venir aquí —dijo en tono más bajo—. No tengo por qué, ya te he dicho que no te esquivo. Lo que pasa es que no se ha dado otro encuentro entre nosotros.
Se encogió de hombros y el movimiento hizo que su espalda se deslizara por mi pecho. Mi miembro reaccionó al instante, detalle que a ella le pasó desapercibido porque la parte baja de mi cuerpo no tocaba el suyo.
—¿Vas a continuar mintiendo? Porque te advierto que solo te mientes a ti misma.
Hice una pausa y como no respondió, continué hablando.
—¿Por qué? No lo entiendo, por más vueltas que le he dado. Sí, no me avergüenza admitir que he pensado mucho en el motivo por el que has dejado de ir a la cafetería cada mañana, cuando era el único momento seguro del día que nos veíamos. ¿No me merezco otro trato?
—Sí —susurró.
—Entonces ¿por qué? Y por favor, no vuelvas a insultar mi inteligencia negando lo evidente. Hoy he visto cómo Félix salía antes de la sala de informática y se quedaba un rato a un lado del vestíbulo, observando. Cuando se ha asegurado de que podías salir te ha llamado.
—Lo siento. —Tragó saliva.
—¿No eres capaz de decirme a la cara que no quieres que me acerque más a ti? ¿Se trata de eso, que ni siquiera quieres tenerme cerca ni verme de lejos?
—¡No!
Negó con la cabeza, nerviosa.
—¿Qué pasa, Liv? Necesito entenderte.
—¿Por qué? ¿Tanto te importa no haberme visto? Pensaba que…
—¿Qué pensabas? —le pregunté, ante su silencio repentino.
—Que lo de tu despacho fue por el calentón que teníamos desde que nos vimos aquí por primera vez. No esperaba que quisieras verme más, aunque fuera para saludarme.
La agarré de un brazo y la giré de un movimiento rápido, para dejarla de cara a mí.
Me acerqué más a ella y apoyé las manos en la barra, a los lados de su cuerpo.
—¿Te parece que quiero eso? ¿En qué momento te he dado a entender que no quería verte más?
Arqueé una ceja.
—Yo… en ningún momento, es algo que pensé yo.
—Liv…
—¿Qué?
—Hay algo que no estás contándome.
Fruncí el ceño.
—Te he estado evitando porque me desconcentras del trabajo —dijo de carrerilla.
Sonreí de medio lado.
—¿Tanto como para no querer verme?
—Sí —confesó, con un suspiro—. Llevo unos días muy delicados en el trabajo y he necesitado estar muy concentrada. Lo siento, no quería hacerte sentir mal.
—¿Me has echado de menos?
Mi pregunta la sorprendió, pero no tardó en responderme.
—Sí.
—Sí. ¿eh?
Asintió, mordiéndose el labio inferior.
Entreabrió los labios y dejó salir el aire, cuando pequé mi pecho al suyo. No dejé nada de espacio entre nosotros, mientras bajaba la cabeza.
—¿A ti te parece que esto no quería verte? —le pregunté, al mismo tiempo que me apretaba a su cuerpo.
La hice muy consciente de la erección que presionaba entre nosotros.
—No —susurró, colocando las manos en mis caderas.
—No vuelvas a esconderte de mí —le pedí, con la mandíbula apretada—. De ahora en adelante dime a la cara lo que sea, ¿de acuerdo?
Asintió.
—No te dejé claro en tu despacho que todo empezaba y terminaba ahí.
Se humedeció los labios.
—Es una pérdida de tiempo que me lo digas, ya no tiene sentido. ¿No crees?
—No, no tiene sentido —admitió.
—Te lo dije.
—¿El qué?
Frunció ligeramente el ceño.
—Te dije que me volvías loco y que era un problema porque, después de probarte te habías convertido definitivamente en una adicción para mí. Te dije que llevaría nuestro encuentro del despacho hasta el final, pero también que no tendría suficiente, una vez termináramos. No me equivoqué en nada.
Puse fin a las palabras, por el momento. Busqué los labios de Liv y le atrapé entre los dientes el inferior, para tirar de él.
Soltó un jadeo y me atrajo más hacia ella, por la cinturilla del pantalón.
La mantuve arrinconada contra la barra, manteniéndola atrapada con mi cuerpo. La agarré de la mandíbula, cuando la besé y profundicé el contacto de nuestras lenguas, hasta lo más hondo que podía llegar.
Volver a sentirla temblorosa y receptiva, mientras la mantenía pegada a mí en esta especie de abrazo, me provocó una urgencia con la que me costó lidiar.
Cuando conseguimos separarnos, con los pechos subiendo y bajando, nos quedamos mirándonos fijamente.
—Pasa la noche conmigo —le pedí.
Agrandó los ojos, por la sorpresa.
—Estoy…. Estoy con mis amigos.
—Lo imagino. No te he pedido que los dejes ahora.
Sonreí de medio lado.
—Yo he venido con los míos —le dije.
—¿Los tuyos? ¿En plural?
—Sí. Ayer por la tarde dos de mis mejores amigos se presentaron aquí, dándome una gran sorpresa. Mi otro mejor amigo es Michael.
—Vaya… Me alegro.
—Gracias. Me hace ilusión tenerlos conmigo por unos días, han llegado dispuestos a hacer turismo.
Esta noche no hay ningún problema por nuestros amigos, estamos con ellos hasta que nos cansemos y después te vienes a la casa donde vivo.
Michael vive allí, pero si tú eliges venir, él se queda fuera. La decisión es tuya.
—¿Dejarías a tu amigo en la calle? —Agrandó los ojos.
—Claro que no, antes le pagaría un hotel.
Sonreí de medio lado, al ver el rubor de sus mejillas.
—Pero no hará falta, porque mis amigos Alan y Gavin han alquilado un apartamento de lujo en el centro.
—Michael se quedaría con ellos.
—Exacto. ¿Qué me dices? Me lo debes por los disgustos que me has dado.
—¿Yo te he dado disgustos? Si no nos hemos visto.
—Precisamente por eso. ¿Te parece poco disgusto y decepción los que me he llevado cada día, esperando verte?
Elevé las cejas.
La vi dudar en su respuesta y podía llegar a entender a qué era debido. Sabía perfectamente lo que Liv estaba pensando en este instante, era demasiado transparente.
—Déjate llevar —le pedí, acariciándole la cara—. Te prometo que no te decepcionaré en nada y que te sentirás a gusto en todo momento. Mañana, cuando quieras irte, a la hora que sea, yo mismo te llevaré donde vives. Y si prefieres mantener tu privacidad, te pediré un taxi.
—No nos conocemos.
—Por eso mismo, para conocernos debemos estar juntos.
Sonreí de medio lado.
—¿Qué me dices?
—Que le digas a Michael que esta noche duerme con Alan y Gavin.
Solté una carcajada y después volví a besarla con pasión, para celebrar el anticipo de lo que sería la noche.
Cuando nos separamos la agarré de una mano y con la otra libre cogí el vaso con mi bebida.
Tiré de ella y enseguida estuvimos sorteando las mesas.
—¿Dónde os habéis puesto? —me preguntó.
—Los he dejado yendo hacia tus amigas.
—¿En serio?
—Sí. Michael y yo las hemos reconocido y como te he visto a ti en la barra, los he dejado ir por libre para que se presentaran. No sé si se habrán sentado juntos o…
—Están juntos, sí —me interrumpió Liv, confirmándolo en cuanto los vimos.
Habló con diversión y la mire de reojo. Me contagió la sonrisa tan bonita que tenía en los labios.
Nuestros amigos estaban sentados alrededor de una mesa y por lo visto pasándoselo muy bien porque en este momento reían.