Capítulo 23
—¿Qué quieres que te diga? Sabes perfectamente lo que estoy pensando —me dijo Gael.
Apartó la mirada de la mía y cogió su copa. Bebió hasta vaciarla y después se la llenó.
—¿Por qué te enfadas conmigo? Yo no tengo la culpa.
Julia y Elsa se quedaron calladas, como espectadoras. Sabían cuando debían mantenerse en silencio y este momento era uno de ellos.
—Claro que tienes la culpa.
Bufó.
—No te has negado a volver a esa mierda de sitio.
Tienes la culpa de que, después de lo que descubriste, no te has plantado delante de tu jefe para decirle que, si quiere que continúes trabajando en eso, lo harás desde la empresa, con tus compañeros y a kilómetros de distancia de la puñetera sede.
Tienes mucha culpa, Liv, así que no me jodas diciéndome que no la tienes.
Iba a hablar para defenderme, pero Gael fue más rápido, después de coger el aire que le había faltado al hablar de carrerilla.
—Pero no, tú elegiste ponerte en peligro, seguir mostrándote para quién mierda sea el culpable del ataque. ¡Estás muchas horas allí!
Se pasó una mano por el pelo, varias veces, agobiado.
—No estoy preocupada por eso.
—¿En serio? ¿Y por eso estás tomando tantas precauciones? No me fastidies. ¿Y entonces por qué te escondes de Nathan? ¿O es que piensas que él tiene algo que ver?
Entrecerró los ojos.
—¡No! —Negué con la cabeza—. En realidad, no puedo asegurarlo, pero mi instinto me dice que él está fuera de esto. Además, no tiene sentido que sea Nathan.
—¿Por qué? Es el que mejor lo tiene. Consigue la información por la que pagarían una locura de dinero y encima vuelve a su país, como si nada. Por si se te ha olvidado Nathan está aquí de paso, el tiempo que dure su trabajo.
—Ya lo sé, joder. —Bufé—. Pero apostaría a que Nathan no tiene nada que ver.
Me di cuenta de que me había llevado una mano al pecho y de que estaba haciendo un poco de presión, como si me doliera por la conversación.
—Me escondo de Nathan porque para mí es muy fácil caer ante él, ¿entiendes? Cuando está cerca lo acapara todo y pierdo la concentración. Y tampoco quiero verlo mucho porque…
—¿Por qué?
—Porque también me sería muy fácil enamorarme de él y, como bien has dicho, su estancia en España es temporal.
Muy breve. Aparte de que no tengo ni idea de lo que quiere él o de lo que significó nuestro encuentro íntimo.
Seguramente dejó de importarle y de interesarle cuando nos separamos esa noche.
Bajé la mirada a la copa y comencé a acariciar el filo.
—Confía en tu instinto si te sientes tan segura, cariño —me pidió Julia—. Pero igualmente, ten cuidado. Y no te enamores de Nathan, porque lo único que conseguirás con eso es sufrir cuando se largue. O quizás antes.
Hizo una mueca, mirándome compresiva.
—Lo sé —susurré—. Acabé en el despacho de Nathan porque en cuanto averigüé que el culpable estaba en la sede, fui planta por planta para ver si notaba algo extraño. Era tarde, pasadas las nueve y media de la noche, así que quedaban muy pocas personas.
—Estupendo, joder. Cada vez lo pones mejor —dijo cabreado Gael, hablando con ironía.
—No lo pensé.
—Claro, que la mayoría de las cosas —se quejó.
—Ya vale.
—¿Ya vale qué? —Se giró hacia mí.
—Chicos, tranquilizaros —nos pidió Elsa.
—¿Qué hubiera pasado si esa noche te hubieras encontrado al culpable, sin que tú lo reconocieras, pero sí sabiendo él quién eras tú, mientras no había nadie más alrededor?
¿Me lo puedes explicar? Ah, no, que tampoco pensaste en las peores consecuencias cuando te dio por ir planta por planta, con poca gente en el edificio.
Sacudió la cabeza.
—¿Qué hacía Nathan? —me preguntó Julia.
—Estaba a punto de irse, Michael lo acompañaba.
—¿Ese es el guardaespaldas?
Asentí.
—También son muy buenos amigos —aclaré—. Me colé en su despacho, sin avisar y de golpe.
Me encogí de hombros.
—Ahora vuelvo —dijo de repente Gael.
Las tres lo miramos, para ver cómo se levantaba.
Fue hacia el restaurante, del que salió al cabo de unos minutos, pero no vino a la mesa, sino que comenzó a caminar hacia un lateral de la terraza y se alejó.
—¿Dónde va? —preguntó Julia.
—Necesita unos minutos —le respondí.
—Se ha quedado muy preocupado —comentó Elsa—. Por eso se ha puesto así.
—Lo sé.
—Cuando lleguemos al bar se olvidará de todo, en cuanto vea a Jana —habló animada Julia, o más bien queriendo parecer animada para subirnos el ánimo a Elsa y a mí.
—¿Vais a querer postres? —nos preguntó Elsa—. Yo estoy a tope, ahora mismo no me cabe nada más.
—Yo no quiero —contesté.
—Podemos pedir algo en el bar —propuso Julia.
Jana tenía postres helados.
—Eso sí —estuvo de acuerdo Elsa—. Cuando lleguemos ya se nos habrá bajado la comida.
—Tampoco tanto, estamos cerca —comenté.
Julia llamó la atención del camarero que nos había atendido durante la cena y le pidió la cuenta.
—Ya está pagada por el señor —nos informó, señalando la silla vacía de Gael.
—Gracias —le sonrió Julia, antes de que nos despidiéramos de él las tres.
—Eso es que ha decidido aceptar la propuesta de Saúl y como va a ser medio dueño del taller, ya empieza a soltar los billetes —dijo Elsa, con diversión.
Reímos. Yo tuve que forzarme para hacerlo.
—Vamos para el bar.
Nos levantamos de las sillas y cuando se pusieron las chaquetas y nos colgamos los bolsos, caminamos por la zona peatonal hacia donde se había parado Gael.
Hacía una temperatura perfecta, se estaba genial. El cárdigan no me sobraba, aunque sin él también estaría bien. Mis amigas se pusieron las chaquetas para no llevarlas en las manos.
—Eh, vamos al bar —le dijo Julia a Gael, cuando nos paramos a unos pasos de él.
Estaba apoyado en una pared, cerca de la entrada cerrada de un supermercado.
Gael solo asintió, antes de moverse.
Me entristeció notar la separación que había entre mi amigo y yo. No era física, solo teníamos entre nosotros a Julia, pero igualmente se había creado un pequeño abismo.
Era provisional, pero no por ello dejaba de doler menos.
No tuvimos que caminar mucho para llegar al bar y en cuanto entramos nos recibió un ambiente que nos encantaba: luz tenue, velas encendidas, música a un volumen perfecto, el murmullo de las voces y las risas compartidas.
—¡Hola! —nos saludó alegre Nina, la camarera compañera de Gael.
—Hola, guapa —le correspondí.
Lo hizo en último lugar, después de que mis amigos se adelantaran y de que Gael intercambiara algunos comentarios con Nina.
—Estás preciosa, Liv —me dijo ella.
—No más que tú.
Le hice un guiño y sonreí, al verla reír.
—¿Qué os pongo, chicos? —nos preguntó.
En esta ocasión le tocaba a Julia elegir la bebida con la que comenzaríamos la noche. El vino de la cena no contaba.
— Gin-tonics para todos —le pidió a Nina.
—Marchando. Os los llevo a la mesa, id tranquilos.
La dejamos trabajando y buscamos una.
Esta noche nos apeteció estar al aire libre, pero tranquilos, sin el ir y venir de la gente en la zona peatonal. Elegimos una mesa en la terraza del patio interior abierto.
Gael no llegó a sentarse, nos dijo que volvía enseguida. No nos extrañó porque siempre que veníamos, si no había trabajado su turno, le gustaba ir a saludar a sus compañeros, nada más llegar.
—Pensaba que se le pasaría más rápido el cabreo—comentó Elsa.
—No, cuando es más preocupación que cabreo —aclaré.
—Tiene miedo por ti, Liv —añadió Julia.
Las tres asentimos. Era más que evidente y yo no sabía qué hacer para que Gael entendiera que no iba a pasarme nada.
El gran problema era que no podía asegurárselo, porque ni yo lo sabía realmente, pero estaba cuidándome mucho y eso debía contar.
—Oye, ¿y si le damos a Gael el empujón definitivo? —propuso Elsa—. Lo mismo si hace una buena descarga se le va por ahí la mala leche.
—Hija, ¡qué bruta eres! —se quejó Julia, pero riendo.
—Pero tiene razón —intervine—. No en lo de descargar —aclaré y reímos—. Aunque eso siempre sienta estupendamente y le vendría genial.
Les hice un guiño.
—¿Ves? Tendrías que ponerlo en práctica —le dijo Elsa a Julia.
—¿Tú qué sabrás lo que hago o no?
Se cruzó de brazos Julia.
—¿Guardas algún secreto caliente e inconfesable?
—A ti te lo voy a decir —rio Julia.
—Mierda. Eso es un sí, ¿no? —me preguntó Elsa.
—Tal vez —le contesté sonriendo—. Ahora vengo.
Me levanté de la silla.
Justo en ese momento apareció Nina, cargando con la bandeja con nuestras copas. Las dejó sobre la mesa.
—¿Dónde vas? —me preguntó Elsa, cuando nos quedamos solas.
—A dar ese empujón definitivo. Quiero recuperar esta noche a mi mejor amigo, y que sea rápido.
Hice un puchero, exagerándolo.
—¿Y qué vas a hacer para conseguirlo? —Quiso saber Julia, nerviosa y emocionada.
—Pues buscar a Jana para que vaya junto a Gael y lo anime —contesté con un guiño.
—¡Sí, señor! —exclamó Elsa, dando un golpe en la mesa con las manos—. Ves a por todas.
—Solo voy a dejar caer el anzuelo y confío en que uno de los dos pesque dentro de un rato, y que el otro se lo coma —les dije.
Soltamos una carcajada.
—¡Eres una diosa! —gritó Julia.
¿Sabéis ese momento en el que todo se confabula para quedarse en completo silencio, a pesar de la cantidad de personas que hay alrededor?
Pues eso exactamente fue lo que pasó, por lo que todos los clientes nos miraron, la mayoría sonriendo y los que no, con curiosidad.
—Hija, muchos modelitos, muchos taconazos y bolsos de marca, pero necesitas unas buenas clases de cómo pasar desapercibida y no morir en el intento —le dijo Elsa a Julia.
Volvimos a reír, soltando otra fuerte carcajada.