Capítulo 21
—¿Y en el taller qué tal? —le pregunté a Gael.
Íbamos caminando por la acera, por la calle que nos llevaba directos a la zona peatonal donde se encontraba el restaurante.
El taxi nos había dejado lo más cerca posible de la zona.
—Bien —contestó sonriendo y me contagió el gesto—. Yo también tengo una novedad para contar.
—¡Qué calladito lo has tenido!
—Lo sé desde esta mañana.
—¿Qué es?
—Ah, tienes que esperar, así solo lo cuento una vez —me dijo con un guiño y le di un empujón.
Por lo menos lo intenté, porque no conseguí moverlo. Tampoco es que lo hiciera para conseguirlo, le di muy flojo.
Terminamos riendo.
—Eres muy rencoroso. Dale una vuelta, tendrías que hacértelo mirar.
Me escapé corriendo delante de él y miré por encima del hombro. Solté un grito cuando vi a Gael corriendo detrás de mí y corrí con más ganas, o lo intenté porque me entró la risa floja.
Mi amigo me alcanzó enseguida, cómo no. No solo se puso a mi lado, sino que me rodeó la cintura con un brazo y me cogió. Dejé de tocar el suelo con las botas.
Me agarré de su cuello, rodeándoselo con los brazos y al final acabé rodeándole la cintura con las piernas.
De esa manera llegamos a la zona peatonal, y riendo, mientras Gael hacía bromas.
—Bájame —le pedí entre risas.
—Encima que tienes transporte gratis… —dijo con humor.
—Nos está mirando todo el mundo.
—¿Eso tiene que importarme? Y no es verdad, la gente va a lo suyo.
No tardamos en escuchar los silbidos y los gritos de Elsa y Julia, los que nos provocaron una carcajada.
Gael me soltó al final y caminamos los últimos metros hasta la terraza del restaurante.
—Habéis empezado bien la noche —nos dijo Elsa, con un guiño.
Ella y Julia se levantaron y nos dimos abrazos y besos. Después nos sentamos, Gael a mi lado y Julia y Elsa en sus sillas, frente a nosotros.
—Hemos elegido la terraza porque hace muy buena temperatura, pero si queréis podemos ir dentro del restaurante —comentó Julia.
—He venido preparada —dije cogiendo los laterales del cárdigan.
—Chica previsora. —Me hizo un guiño Elsa.
Elsa iba vestida muy parecida a mí, con un pantalón y una camiseta, pero la suya era de manga corta. Julia había elegido otro vestido entallado, que le realzaba todas sus curvas. Sus zapatos de tacones kilométricos no faltaban. Ambas tenían chaquetas colgadas de las sillas.
Las chicas ya habían pedido una botella de vino y tenían sus copas llenas, pero para Gael y para mí también había. Gael las llenó y me ofreció la mía.
—¿Cómo os ha ido la semana? —les pregunté—. He estado muy desconectada.
—Ya te digo —comentó Elsa.
—He estado muy liada.
Negué, cogiendo la copa para darle el primer sorbo al vino.
—Pues eso no puede ser —me dijo Julia—. Tienes un horario, cariño.
—Es algo puntual —me justifiqué, sonriéndole.
—A mí tampoco me parece bien, pero no la agobies —les pidió Gael—. Lo hecho, hecho está. Hoy ha salido pronto del trabajo.
—Y me he quedado dormida en cuanto he llegado al piso. No me he dado ni cuenta, hasta que me ha despertado la llamada de Gael —reí.
—Ya nos lo ha contado cuando nos ha dicho que llegaríais un poco más tarde. —Me hizo un guiño Elsa.
—No he mirado el grupo.
Me referí al que teníamos para comunicarnos por mensajes.
—Mi semana ha ido genial. —Julia fue la primera en contestar—. He pisoteado a varios con mis taconazos, me siento muy realizada.
Soltamos una carcajada, por cómo lo dijo.
—Tus compañeros de trabajo deben suplicar para que algún día vayas en deportivas —comentó con diversión Elsa.
—¿Eso qué es? —preguntó Julia, con sorpresa.
Agrandó los ojos, haciéndose la ofendida, por el simple hecho de sugerir que ella podía ir al trabajo con ese calzado tan cómodo para la gran mayoría de los mortales.
Volvimos a reír.
—Mi semana ha ido regular, pero hoy me he obligado a enderezarlo un poco —nos contó Elsa.
—¿Por qué? —le preguntó Gael.
—Porque mi madre me dijo el martes que Leo está de vuelta en la ciudad. —Hizo una mueca, antes de continuar—. Lo vio de lejos. Supongo que es algo temporal.
—Seguro que tú no te encuentras con él —la animó Julia, agarrándola de la mano por encima de la mesa.
—Que se atreva a acercarse a ti —habló Gael.
Leo era la pesadilla de nuestra amiga Elsa. Estuvieron juntos durante un año y fue el peor de la vida de ella. En aquella época todos le rogábamos a Elsa para que lo dejara, y en el trascurso de lo que duró esa relación.
Fue difícil porque Elsa se enamoró de él, muchísimo, y se quedó fatal cuando fue consciente realmente de que Leo lo único que le hacía era daño.
—No os preocupéis. Solo he estado un poco de bajón, pero no me ha afectado tanto. No os lo he contado antes porque no he querido darle importancia.
—Has hecho muy bien al no darle importancia, cariño —le dije.
—Gracias.
—Ahora estás fuerte y eres capaz hasta de escupirle si lo ves —comentó Julia, con una sonrisa malvada.
Soltamos una carcajada.
—Brindo por eso y me uno. —Levanté mi copa.
—Yo también —me siguió Gael.
Los cuatro levantamos las copas y las chocamos en el centro de la mesa, para después beber un buen sorbo.
—Venga, que faltáis vosotros para hablar de vuestra semana. —Julia se dirigió a Gael y a mí.
Nos miramos y mi amigo pilló al vuelo que comenzara él. Lo vio en mi mirada.
Necesitaba ser la última en hablar, porque me sentía nerviosa. Cada vez más.
—Mi semana ha sido como siempre —comentó Gael—. Hasta hoy, que Saúl me ha sorprendido. Me ha dicho algo que no me esperaba.
—¿El qué? —preguntamos Elsa y yo.
Julia se echó hacia delante, apoyando el pecho en la mesa.
Tuvimos que esperar a saber la respuesta porque un camarero vino a tomarnos nota de la comida.
No habíamos mirado la carta, pero no lo necesitábamos para saber todo lo que ofrecía el restaurante. Veníamos muchas veces.
Cada uno elegimos un plato a nuestro gusto, menos Gael que añadió uno más. Íbamos a compartir toda la comida, como siempre, así se lo comentamos al camarero.
—Va, cuéntanos ya qué te ha dicho Saúl —le pidió Julia a Gael—. Me puede la curiosidad.
—La paciencia no es lo vuestro —comentó él, con diversión.
—¡No te hagas de rogar! —se quejó Elsa, riendo.
Le lanzó su servilleta, la que Gael cogió al vuelo y se la devolvió.
—Parad, que al final ni una cosa ni la otra —intervine, sin poder parar de sonreír.
Gael me pasó el brazo por los hombros y me acercó a él.
—Saúl me ha ofrecido ser socio del taller, con él. Me ha dicho que quiere que vayamos a medias.
—Joder, ¡qué fuerte! —exclamó Julia.
Se llevó las manos a las mejillas.
—Ya te digo —hablé, sorprendida.
—Niño, eso es maravilloso —comentó Elsa, emocionada.
—No me lo esperaba, vamos ni me imaginaba lo que lleva pensado un tiempo. Es lo que me ha dicho. El negocio va muy bien, tenemos muchísimo trabajo.
—Es lo merecéis, por las horas que trabajáis y por lo bien que lo hacéis. Enhorabuena —le dije, emocionada también.
Le cogí la cara con las manos y le di varios besos seguidos en la mejilla. Él sonrió encantado.
—Todavía no he aceptado.
—¿Cómo qué no? —alzó la voz Julia—. Por Dios, Gael, si es una ocasión única. ¿Tienes idea de lo que te cambiaría la vida? Tendrías muchos más ingresos.
—Y también algún que otro calentamiento de cabeza —añadí—. Aunque eso no oscurece a lo importante, solo he dicho una realidad.
Me encogí de hombros.
—Opino como Julia —le dije a mi amigo, levantando la cabeza para mirarlo a la cara—. No puedes decir que no. Saúl y tú sois familia, te está ofreciendo una oportunidad especial.
Sonreí.
—Es que me gustaría aportar algo de dinero, por eso de ser socio —comentó pensativo.
—¿Te piensas que Saúl lo aceptaría? —le preguntó Elsa.
—Tendría que hacerlo si quiere que acepte yo. —Arqueó una ceja Gael.
—¿Y no es mejor que aceptes lo que te ha llegado? —le pregunté—. Saúl sabe muy bien lo que hace, Gael.
—No sé. Quiero meditarlo el fin de semana.
—No tengo ni idea de qué cantidad de dinero has pensado, pero yo puedo…
—Ni se te ocurra terminar —me cortó—. No quiero vuestro dinero para esto.
Se dirigió a Elsa y a Julia también, cuando vio la intención que tenían de unirse a mis palabras.
—Lo digo en serio. Si lo necesitara para vivir por algún problema grave, vale, pero por este motivo no insistáis.
—Está bien —suspiré.
Julia y Elsa hicieron muecas, pero no les quedó más remedio que asentir.
—Decida lo que decida, estoy muy contento —comentó, sonriendo.
—Porque el taller es tu vida. Te encanta estar manchado todo el día —dije con diversión.
Reímos.
—Bueno, y después de contaros lo mío, que es muy bueno, ahora te toca a ti —me animó Gael.
Me movió ligeramente, con el brazo que todavía tenía sobre mi hombro.
—Yo tengo varias cosas que contaros —comencé.
Me quedé callada porque dio la casualidad de que el camarero vino con los primeros platos de comida. No le cabían más en las manos.
Le hicimos espacio en la mesa y los colocó en el centro, para todos. Con otro viaje que hizo terminó de traer toda la comida. Se lo agradecimos y Gael le pidió otra botella de vino.
El hombre nos la trajo rápido y nos deseó buen provecho.
Gael rellenó las copas y cuando dejó la botella en la mesa, pasé la mirada por las caras de mis amigos, porque estaban esperando a que volviera a hablar.