Capítulo 20
Entré en mi piso y fui directa a mi habitación.
Estaba cansada, realmente agotada, pero me había obligado a hacer vida social, por lo que había quedado con mis amigos, Gael, Julia y Elsa.
Íbamos a cenar y al bar de Jana. Hoy Gael libraba como camarero, estaría allí en calidad de cliente.
Eran las seis y media, todavía tenía tiempo. Desde que me lo propuse estaba cumpliendo con mi horario de trabajo, a las seis de la tarde salía de la sede del ministerio, o como muy tarde a las seis y media.
Así que por ese motivo podía tomármelo con calma, incluso echarme una pequeña siesta para aguantar mejor por la noche.
La semana había finalizado. Los días de descanso del fin de semana iban a sentarme genial, aunque me había traído trabajo a casa.
No podía dejar desprotegida la red del ministerio, necesitaba avanzar, por poco que fuera. Y, sobre todo, controlar, porque si sucedía otro ataque desde casa podía acceder para neutralizarlo o presentarle batalla.
El trabajo me daba igual, con no tener que salir de casa me bastaba. Para empezar bien el fin de semana iba a desconectar de todo, disfrutando a tope con mis amigos.
Todavía no les había contado qué descubrí dos días atrás, ni lo que hablé el día anterior con mi jefe y mis compañeros. Tampoco sabían las novedades sobre Nathan, el giro que dimos con el que iban a quedarse locos.
Esa conversación necesitaba tenerla en persona con Gael, Julia y Elsa.
Al entrar en la habitación dejé a un lado de la entrada, en el suelo, los maletines con los portátiles que me había traído del trabajo.
Libre de la carga fui hacia la cama y me senté en ella. Me dejé caer sobre la colcha, con los brazos estirados y me quedé mirando al techo, hasta que cerré los ojos.
Y como me sucedía muy a menudo, me vino a la cabeza Nathan. Desde que tuvimos sexo en su despacho no había vuelto a verlo.
Me había hecho una experta en esquivarlo, porque ese hombre me desconcentraba y me hacía olvidarme de todo lo demás.
Y eso era algo que no podía permitirme, ya que después de los últimos acontecimientos en la sede del ministerio necesitaba poner toda mi atención no solo en el trabajo, sino también en todo lo que me rodeaba allí.
Cada cara que veía, con cada persona que me cruzaba, me hacía preguntarme si sería el jáquer y si estaba riéndose de mí, al ser anónimo.
Félix se había reincorporado hoy y ya estaba al día de mis últimos avances. Gracias a mi amigo y compañero había llevado mejor lo de Nathan.
Para alejarme de él habíamos cambiado de cafetería, para tomarnos el café de primera hora y el desayuno. Hoy había ido con Félix, pero el día anterior fui yo sola, cuando la descubrí. Quedaba un poco más lejos, pero por ahora era lo que había.
El día que salí de la reunión con mi jefe y mis compañeros, y regresé a la sala de informática del ministerio, ese día conseguí averiguar la IP del ordenador desde el que se llevó a cabo el ataque a la red interna.
Esa información no me sirvió de nada, aunque fui a buscar directamente el ordenador.
Me dirigí a la zona de trabajo exacta en la que se encontraba y estuve junto a la mesa en la que estaba colocado el ordenador, para darme cuenta y que me dijera uno de los que trabajaban cerca, que ese puesto de trabajo estaba vacío, con lo que mesa no la utilizaba nadie y el ordenador nunca se encendía. Ni siquiera había silla.
Ahí había varias mentiras juntas, pero no pude culpar al hombre que me informó sobre ello. Podía ser cualquiera, él solo me ofreció su ayuda cuando me vio un poco perdida al llegar a la planta.
De repente me sentí desorientada, cuando entreabrí los ojos al escuchar el sonido de una llamada. Conseguí abrirlos del todo y me encontré con el techo.
Me incorporé despacio y miré alrededor, sorprendida porque me había quedado dormida sin darme cuenta.
Continuaba en mi cama, vestida y con las botas, tal y como llegué del trabajo, y con el bolso todavía cruzado al pecho.
No recordaba haberme dormido, ni siquiera adormilarme, pero había caído rendida por el cansancio.
Busqué dentro del bolso el móvil y cuando lo cogí, vi que el que me llamaba era mi amigo Gael.
—Hola —lo saludé.
—Hola, preciosa. ¿Cómo lo llevas?
—Eh…
Me separé el teléfono de la oreja y bajé de un salto de la cama, al ver en la pantalla que eran las ocho y cuarto de la noche.
—No me lo puedo creer. —Jadeé por la impresión.
—¿Qué pasa?
—Joder, Gael, que me he quedado dormida a las seis y media. Acabas de despertarme —le conté, agobiada.
Me quité el bolso de un tirón y lo lancé a la cama.
Corrí hacia la cómoda para coger la ropa interior y después al armario, donde elegí un pantalón, una camiseta palabra de honor de tenía unos toques de brillos y un cárdigan que combinaba perfectamente, para cubrirme los hombros. Más entrada la noche lo agradecería.
—Estoy abajo. Voy a subir.
—Madre mía. Sí.
Mi amigo llevaba las llaves de mi piso y las del portal del edificio en el llavero en el que tenía las de su casa, por lo que no tenía problema en entrar si yo no podía abrirle.
Lo único que me llevé al baño fue la ropa interior, lo demás lo dejé en la cama.
—He llegado del trabajo y me he tumbado en la cama. Solo iba a ser un momento, estaba cansada, pero es que me he dormido sin darme cuenta. No recuerdo nada.
Bufé.
—Voy a darme una ducha rápida.
—Tranquilízate. No pasa nada si llegamos media hora tarde o el tiempo que sea. Es pronto. Ahora aviso a Elsa y Julia.
—Hasta ahora.
Colgué y me desvestí, sin perder tiempo.
La ducha iba a venirme bien porque ni el sobresalto que me había llevado me había espabilado del todo, después de casi dos horas durmiendo. Aún no me lo creía.
Me recogí el pelo porque, por suerte, me lo lavé en la ducha de por la mañana, antes de irme a trabajar. Me metí debajo del agua y me enjaboné rápido, de la misma manera que me sequé.
Me puse la ropa interior y corrí a la habitación, donde terminé de vestirme con el pantalón, la camiseta palabra de honor y el cárdigan. Cuando me coloqué los calcetines, fui a calzarme al baño, donde dejé las botas militares al desvestirme.
Dudé unos segundos en si ponerme otro calzado, pero lo descarté rápido porque no tenía calor en los pies. Y mucho menos de noche.
Me quité la pinza del pelo para cepillármelo. Fue lo único que hice, dejándomelo suelto. Me eché crema en la cara y me maquillé con rubor, máscara de pestañas y pintalabios. Como casi siempre, porque pocas veces utilizaba base de maquillaje y demás productos, aunque los tenía.
Antes de salir del baño me perfumé y en la habitación cogí un bolso pequeño, donde metí la cartera y el móvil.
Me lo colgué cruzado y por fin fui al salón.
Sonreí al encontrarme a Gael sentado en el sofá, a punto de darle un sorbo a la cerveza que estaba tomándose.
—Ha valido la pena la espera —me dijo en cuanto me vio, levantándose.
Me reí mientras me acercaba a él.
—Hola, preciosa.
—Hola.
Nos abrazamos y nos dimos dos besos.
—Lo siento.
Le quité el botellín de la mano y le di un trago a la cerveza.
—Termínala —me pidió.
Lo hice encantada, dejé el botellín vacío porque tenía la garganta seca.
—Y deja de disculparte —me dijo, dándome una colleja.
Reímos.
—Tampoco he tardado tanto.
—No —confirmó.
Me hizo un guiño.
—Cuando te he escuchado moverte por la habitación he pedido el taxi. Si quieres bajamos ya, tardará poco en llegar.
—Sí. Vamos.
Llevé el botellín a la cocina, mientras Gael iba hacia la puerta. Salimos de mi piso y bajamos en el ascensor hasta la planta baja, de la que salimos a la calle.
—¿Te puedes creer que todavía siento la cabeza adormilada? Pensaba que la ducha era la solución.
Bufé.
—Has cogido un sueño muy profundo, tu cuerpo creía que no se despertaría hasta el día siguiente.
Sonrió.
—No sabía que estaba tan cansada.
Negué.
—Lo importante es que has descansado y que tienes todo el fin de semana por delante para continuar haciéndolo.
—Tengo que trabajar desde casa, aunque lo haré a ratos.
—¿Por qué no te das un respiro? —me preguntó frunciendo el ceño.
—Porque lo que tengo entre manos es importante.
Me encogí de hombros.
—Tengo cositas que contarte, que contaros porque Elsa y Julia tampoco las saben.
—¿Buenas o malas?
—Mmm… Buenas y malas.
Lo miré de reojo.
Gael se giró hacia mí, dispuesto a hacerme una buena ronda de preguntas, pero el taxi me salvó.
—El taxi —le dije, cogiéndole una mano—. Ten paciencia hasta que estemos con las chicas, así lo cuento todo solo una vez.
—Que lo evites así ya me da mala espina. —Arqueó una ceja.
Reí, porque no quería preocuparlo antes de tiempo.
Al menos conseguí mi propósito, porque mi amigo sonrió y cumplió lo que le pedí. No sacó el tema, durante el trayecto hasta el restaurante.