Pisando fuerte Capítulo 19
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Capítulo 19

Liv

—Buenos días, mi enfermo favorito —le dije a Félix.

—Joder. Esto es una mierda, quiero estar contigo. —Bufó—. Buenos días, preciosa.

—Ten paciencia y tómate el tiempo que necesites para recuperarte —le pedí.

—No sabes lo mal que me siento por haberte dejado sola —suspiró.

—No digas tonterías. Como si tú tuvieras la culpa… ¿Cómo has pasado la noche?

Me llevé a los labios el vaso, para beber varios sorbos seguidos de café.

Saludé a Víctor, un compañero que se cruzó conmigo. Él salía y yo entraba en el edificio. Acababa de llegar a la empresa, la que era para mí como mi segunda casa.

Necesitaba hablar con mi jefe Mario, con urgencia. Todavía no le había contado nada a nadie y tenía los nervios por dentro.

Cuando saliera de aquí me iría hacia la sede del ministerio. Sin prisa, era lo que había y tenía por delante muchas horas de trabajo, aunque no saldría tan tarde como el día anterior. Quería irme a las seis, a mi hora.

Aunque si Nathan me atrapaba en su despacho todo era negociable. ¿Qué digo, negociable? Si sucedía eso yo misma echaría la llave y nos dejaría encerrados dentro.

Esa idea me hizo sonreír de medio lado, antes de regresar a la conversación por teléfono con Félix.

—Tengo varias cosas que contarte —le dije.

Lo de Nathan tampoco lo sabía nadie. El día anterior llegué tan tarde al piso, de noche, que lo único que hice fue desearles a mis amigos que tuvieran buena noche, por mensaje.

—Ya puedes empezar. Estoy hasta las narices, aburrido a más no poder. —Bufó.

—Solo son las ocho y media de la mañana.

—¿Y? También estoy cansado de descansar, llevo despierto desde las seis y media. Hacía años que no dormía tanto, el día de ayer me lo pasé más tiempo con los ojos cerrados que abiertos.

Sonreí, porque puso una voz más infantil.

—Ya verás como hoy notas mucha mejoría y en pocos días vuelves a tus rutinas.

—Lo estoy deseando. Me gusta estar en casa, pero sintiéndome bien.

—Como todo el mundo —reí.

—Ya…

Volvió a bufar y apreté los labios.

—¿Qué tienes que contarme?

—Mmm… son dos bombazos —carraspeé.

—No me digas que ya has terminado con los cortafuegos porque me da algo. Es imposible.

—No. Ya me gustaría —suspiré—. Pero bueno, ayer terminé el segundo.

—Joder, ¡qué bien! —se animó—. Ya solo te queda el tercero y ponerte con el principal, con esos te ayudaré.

Sonreí.

—Claro que sí.

—¿Cuál es el otro bombazo?

Me apoyé en una de las paredes del vestíbulo, a unos metros del ascensor. Llevaba un rato parada, para hablar un poco más con Félix. Él lo necesitaba.

—No te he dicho ninguno todavía —reí.

—¿Cómo qué no? Pensaba que lo del cortafuegos era uno de los bombazos.

—Pues no. Ayer me lie con Nathan.

La línea se quedó en silencio y tuve que contenerme para no reír.

—Un momento. ¿He oído bien? —me preguntó calmado.

—Ayer me lie con Nathan —repetí.

—¡No me lo puedo creer! ¡Qué fuerte! —alzó la voz.

—¿Tan raro es? —pregunté, bajando la mirada a mis botas militares.

—Claro que no, es lo más normal del mundo teniendo en cuenta lo que os atraéis y la tensión que se respira cuando estáis cerca del otro. ¡Lo que no me puedo creer es que haya pasado eso sin yo estar allí contigo!

Solté una carcajada.

—Te aseguro que no habrías estado en su despacho, con nosotros —dije con diversión.

—Joder, ya lo sé —rio—, pero esperándote en algún sitio, sí. Mierda, desaparezco y pasan las cosas interesantes.

Bufó y reí.

—¿Y bien? —me preguntó.

—Genial. Fue increíble.

Incluso después de las horas que habían pasado todavía me subían los calores al pensar en ello.

Félix silbó, haciéndome sonreír.

—No sabes cómo me alegro, preciosa.

—Gracias. Fue algo puntual, no va a…

—No te molestes en decirlo, porque estarás equivocándote —me interrumpió, hablando con un punto de diversión—. Cuando dices que os liasteis… ¿hasta qué punto?

—Hasta terminar tumbada en la mesa de su despacho, gritando.

—Joder —dijo serio y después soltó una carcajada—. Así se hace, a lo grande.

—Ya que me pongo…

Reímos juntos.

—¿Y el segundo bombazo?

Miré hacia los lados por instinto, comprobando que no había nadie cerca.

—Félix, no vas a creerte lo que descubrí ayer —susurré.

—¿Qué pasa? —se preocupó al instante.

—Todavía no he llegado a la sede, he venido directa a la empresa.

—¿Y eso? No me está gustando nada…

—Necesito hablar con Mario y los chicos, en ese orden. Eres el primero que vas a saberlo.

—Tranquila, sabes que guardaré silencio hasta el final.

—Lo sé. Igual que Eva y Ollie. Pero antes de nada quiero reunirme con el jefe. Ayer, durante horas, rastreé las huellas digitales que dejó el ataque. Creía que no me serviría de nada, que me daría contra muros insalvables y acabaría en callejones sin salida.

—Suele suceder cuando quien lanza el ataque no es un aficionado, como en este caso.

—Exacto. Pues imagínate la sorpresa que me llevé cuando conseguí sortear todos los obstáculos y llegar al final. Tengo la información, Félix.

—¡No jodas! Mierda, Liv. Eres la mejor del universo mundial.

Reí.

—Cuando hable con Mario les diré a Eva y a Ollie que vengan a su despacho y a ti te llamaré. Te tendré con el altavoz, para que formes parte de la reunión.

—Gracias.

—No digas tonterías.

Sonreí y sabía que él también estaba sonriendo.

—¿De dónde salió el ataque?

—Eso es lo peor, Félix.

—¿Por qué? —me preguntó extrañado.

—Porque fue desde la misma sede del ministerio.

—¿Qué dices? —se sorprendió.

—Sí —susurré—. Por eso he venido aquí, Mario tiene que saberlo.

—Joder, joder… Liv, ¿sabes lo que eso significa?

—Claro que lo sé.

—No me fastidies, no puedes estar allí sola —habló muy serio—. El culpable está en el mismo puto edificio que tú, y tú —remarcó—, vas en contra de él, para pillarlo.

—Por eso ha frenado cualquier otro intento. Sabe que tú y yo estamos en la sede y va con mucho cuidado.

—¿Averiguaste de qué equipo salió? ¿La IP?

—No me dio tiempo ayer. Salí más tarde de las nueve y media de la sala de informática, a esa hora lo descubrí. Tengo anotada toda la información, en cuanto llegue me pondré con ello y saldré del edificio, para llamar a Mario.

—¿Qué parte no has entendido de que no puedes estar allí sola, Liv? No me jodas, ¿cómo quieres que esté en mi casa tranquilo? Mierda, no me hagas esto. Tienes que ir con Ollie, prométemelo. Llévatelo hasta que yo me incorpore y no os separéis durante el día.

—Félix, tranquilízate. Voy a estar bien. Con todas las cámaras de vigilancia que hay en el edificio y los vigilantes dando vueltas, más todas las personas que trabajan allí, es imposible que me pase nada. Nadie va a acercarse a mí en ese sentido, te lo aseguro.

—Hay cámaras por todo el puto edificio menos en la sala de informática. Y ¡oh, sorpresa! Es donde trabajamos nosotros. Eso sin contar todos los puntos muertos que hay.

Bufó.

—Te prometo que no me iré más tarde de las seis y media, cuando todavía es de día.

—¿Me lo juras?

—Sí.

Sonreí con cariño.

—Vale, vale… —dijo para tranquilizarse a él mismo—. Igualmente yo creo que mañana estaré bien. Desde que me he despertado no he tenido ganas de ir al baño.

—Eso es muy buena señal.

—Sí —suspiré.

—Te dejo, pero no tardaré en llamarte.

—Tengo el móvil al lado.

—De acuerdo. Voy a subir.

Nos despedimos y caminé hacia el ascensor.

Cuando las puertas se abrieron dejé salir a las pocas personas que lo ocupaban y me monté, pulsando el número de la planta donde trabajaba con mis amigos y compañeros, la misma en el que estaba el despacho de Mario.

Subí dándole vueltas en la cabeza al tema. Más todavía, porque desde que me monté en el coche en el aparcamiento de la sede, la noche anterior, y me recuperé del efecto de Nathan, no había dejado de pensar en la situación y en el giro que había dado.

Aún me costaba creer lo que había descubierto.

Salí en mi planta y sonreí al encontrarme con los compañeros. Los fui saludando y devolviéndoles los saludos, mientras me dirigía a la sala en la que trabajaba con mi equipo.

Al entrar me encontré a Ollie y a Eva hablando, mientras se tomaban un café. Cada uno estaba en su silla, de cara al otro.

—Eh, Liv —dijo Ollie.

Fue el primero en verme.

—Hola, guapos.

Me acerqué a ellos y nos dimos un abrazo.

—Qué sorpresa —comentó Eva, animada— Dime que vuelves ya. —Hizo un puchero que me hizo sonreír—. Esto es muy aburrido sin Félix y sin ti.

—Vaya, gracias —se hizo el ofendido Ollie.

—No seas tonto —rio Eva—. Piensas igual que yo.

Puso los ojos en blanco.

—Pues sí. Os echamos mucho de menos —me dijo él, con un guiño—. No es lo mismo estar en videollamada que teneros aquí.

—Ya queda menos —dije convencida—. Ayer terminé el segundo cortafuegos. Estoy yendo más rápido de lo que pensé en un principio.

—Guay. —Dio una palmada Eva—. Eres increíble.

—Somos —la rectifiqué—. He venido porque tengo que hablar con Mario. Después, en cualquier momento, o él o yo os avisaremos para que vayáis a su despacho.

—¿Qué pasa? —se interesó Ollie.

—No falta mucho para que lo sepáis. ¿Vale?

Ambos asintieron.

—Ya he hablado con Félix. A él lo llamaré para que participe y esté con nosotros.

Sonrieron.

—Ahora nos vemos.

Les hice un guiño, antes de darles la espalda y caminar hacia la puerta.

Al salir de la sala giré hacia la izquierda y fui directa al pasillo en el que se encontraba el despacho de Mario.

Parada frente a la puerta, la golpeé con los nudillos.

—Adelante —me dio paso y sonreí.

—Hola, jefe —lo saludé.

Mi presencia lo sorprendió.

—Liv… Buenos días.

—Buenos días —le correspondí, cerrando la puerta.

Caminé hacia su mesa.

—¿Te ha sucedido algo? —Quiso saber, serio.

—Uf, muchas cosas. Pero solo una es la importante aquí.

Negué con la cabeza, mientras que él me observaba con el ceño fruncido.

—¿Tienes tiempo para mí? —le pregunté, apoyando las manos en el respaldo de una silla.

—Todo el que quieras. Lo demás puede esperar.

Sonreí.

—Tengo que contarte algo muy importante que descubrí ayer por la noche. Después quiero que vengan Eva y Ollie, para ponerlos al día y hablar entre todos. Félix también participará, ya lo he avisado de que lo llamaré en un rato. Hoy está mejor.

—Ya veo que lo tienes todo organizado y controlado.

—No tanto como me gustaría. Esta situación se sale de mi control.

—¿De qué se trata? —Frunció de nuevo el ceño.

—Vale, ahí voy…

Y le conté a mi jefe todo lo que me sucedió desde el día anterior. Comencé desde por la mañana, hasta que terminé cuando me fui de la sede. No me dejé nada por contarle, por mínimo que fuera.

Lógicamente estaba hablando de trabajo, de lo que sucedió con Nathan mi jefe no hacía falta que supiera nada. Eso era algo personal, íntimo, lo que no se interponía en mi trabajo.

Dejé sobre su mesa el papel que me dio Iván, el vigilante de seguridad, porque yo ya no lo necesitaba. Lo había memorizado, así que en mi cabeza estaba a salvo, como muchas otras cosas.

Se quedó sin palabras y preocupado, sobre todo, por mí. Le quité importancia, como hice hacia Félix.

Cuando terminé Mario llamó a la sala en la que estaban mis compañeros y habló con Eva, para que vinieran, mientras que yo llamaba a Félix y dejaba el móvil sobre la mesa del jefe, con el altavoz activado.

Lo primero fueron las preguntas de cómo se encontraba Félix, después ya nos centramos en el trabajo. Las reacciones de Eva y Ollie fueron exactamente las mismas que las de Félix y Mario.

Y a mí me dio por pensar que lo peor vendría por parte de mis mejores amigas, Julia y Elsa, las que se preocuparían muchísimo más y encima sin entender del todo la gravedad.

Y Gael, él sería un caso aparte porque encabezaría la lista, porque no podía evitar ser muy protector conmigo.