Capítulo 18
Nathan
Liv obedeció. Se tumbó bocarriba, sin apartar la mirada de la mía.
Le acaricié los muslos, sin prisa, por la parte de arriba y por las partes internas, llegando a la costura de su braga.
Su respiración volvió a entrecortarse ante el roce que tan despacio como la torturaba, también desaparecía al volver a bajar por sus piernas.
Su visión era una fantasía.
Tenía las pupilas dilatadas, los ojos le brillaban y dejaban ver la necesidad que sentía. Un rubor precioso le cubría las mejillas, ahí era donde más destacaba, pero en su cuello también se notaba.
Los labios carnosos y perfectamente perfilados, naturales, los tenía enrojecidos por nuestros besos y entreabiertos, mientras el aire se escapaba y entraba por ellos, de manera descoordinada.
La agarré de la cintura, acariciándole la piel por debajo de la camiseta, la que fui deslizando hacia arriba con mis movimientos.
Cuando llegué a la altura de los pechos los pasé por encima, para dejar enrollada la tela donde no me molestara la visión.
Le rodeé los pechos sobre el sujetador y arqueó la espalda, empujando hacia arriba.
Hice la presión justa para que sintiera una pizca de dolor, pero mezclado con placer. Así fue por el jadeo que me regaló.
Le bajé de golpe las copas del sujetador y me quedé observando la maravilla que acababa de descubrir.
Sus pezones eran rosados y las puntas duras apuntaban hacia arriba. No pude alargar más la espera, le agarré los botones duros entre los dedos y los froté, para tirar después de ellos, con fuerza.
Liv jadeó curvando la espalda de nuevo y se removió intranquila sobre la mesa.
Me incliné despacio hacia ella. Apoyé una mano en la mesa, a su lado, y con la otra le agarré un pecho, para llevármelo a la boca.
—Nathan… —gritó.
Succioné con más fuerza, de la misma manera que mis dientes tiraban y mi lengua lamía.
—Me encanta…
Hice una pausa al hablar, para pasar la lengua despacio por encima de su pezón endurecido. Varias veces.
—…lo receptiva que eres.
Se lo succioné de nuevo, provocándole un gemido ronco.
—Me tienes a punto de reventar —gruñí, notando palpitar mi miembro aprisionado por la ropa.
Hasta que no me sentí satisfecho de sus pechos, pasando de uno a otro, no me aparté para continuar disfrutando de ella.
No tenía ninguna prisa y Michael no me llamaría.
Él sabía perfectamente cuál estaba siendo el motivo de mi retraso, seguramente ya había vuelto de su paso, con alguna bebida, y se había sentado en una de las tantas sillas que había en la zona abierta de trabajo.
Desde ahí controlaba el acceso a la planta y los ascensores.
Aparté a mi amigo de mi cabeza, y me incorporé despacio.
Liv tenía la braga mojada por su excitación.
Se le pegaba al sexo que era una delicia.
Agarré la tela por los laterales y comencé a bajarlas.
Contuvo la respiración, pero me ayudó levantando el trasero de la mesa.
Me deshice de la braga, dejándola desnuda de cintura para abajo, sacándosela por las botas.
Estas, la botas, se las dejé puestas. Eran su marca de identidad, una de tantas.
Me deleité la vista. Estaba tan exquisita, respirando con dificultad, con los pechos al aire y el sujetador subiéndoselos, y su sexo expuesto ante mis ojos. Tan cerca…
Le abrí más las piernas y se las subí un poco, haciendo más visible su zona íntima. Estaba tan excitada que era una maravilla.
Coloqué varios dedos sobre su clítoris y se le cortó la respiración, por el contacto directo sobre él. Deslicé los dedos, acariciándoselo, para después arrastrarlos hacia abajo. Recorrí cada pliegue, cada pequeña zona, llenándome los dedos de sus fluidos.
Arriba y abajo, una y otra vez, provocando que la respiración de Liv fuera un caos. Tanteé varias veces su apertura, pero pasé de largo, desesperándola. Me encantaba tenerla así, a mi merced, tan necesitada por mis caricias que era capaz de suplicarme.
Cuando menos se lo esperaba la embestí de golpe con un dedo, robándole un gemido. Arqueó la espalda y movió la cadera, para notar más presión. Añadí un dedo más, por lo excitada que estaba.
Durante unos minutos la torturé grabándome en la memoria todo lo que la hacía volverse loca y perder la cabeza. Memoricé hasta dónde podía llegar y lo hice más profundo, provocándole gemidos y gritos con los que me pedía más.
Protestó en el momento en el que abandoné su interior, pero no esperé más porque sencillamente, yo no podía. No era una exageración lo que le había dicho de que me tenía a punto de explotar, por lo que lo aceleré todo cuando mi boca se posó sobre su sexo, abarcando todo lo que podía.
Liv gimió con desesperación y me agarró del pelo. Tiró con fuerza de los mechones, mientras ella misma se frotaba con mis labios y lengua. El orgasmo la asaltó de repente, el que recibí en mi boca, como le dije que quería.
Después de la última pasada de la lengua, con la que la hice estremecer, me incorporé.
Fui hacia el sofá, notando la mirada de Liv. Cogí la chaqueta del traje y de ella saqué la cartera, donde siempre me gustaba llevar un sobrecito que contenía un preservativo.
No es que fuera por la vida utilizándolo a la primera oportunidad. Liv no sabía cuánta verdad escondían mis palabras, las que le había dicho referente a lo que estaba sucediendo entre nosotros.
Era una realidad que nunca me dejaba llevar de esta manera, como lo estaba haciendo con ella. Yo no era de actuar en el trabajo, mi vida personal la tenía muy organizada y privatizada. Siempre tenía muy claro dónde y cuándo, y de ahí no me sacaba nadie.
Regresé junto a ella, entre las piernas que seguía teniendo abiertas. Mi miembro se tensó más, lo que era una locura. Necesitaba liberarlo con urgencia.
—¿Quieres continuar? —le pregunté.
Necesitaba saber que no había cambiado de opinión, lo que respetaría, aunque mi cuerpo se revelara.
—Estás tardando —me retó.
Sonreí de medio lado.
Sin dejar de mirarla, me desabroché el cinturón con una mano, de la misma manera que hice con el botón del pantalón. No me molesté en bajarlo, lo dejé abierto y tiré del bóxer.
Mi miembro saltó libre, duro y brillante en la punta, por las gotas de placer que se acumulaban en esa zona.
Liv se lamió los labios, sin apartar los ojos de mi miembro. Ese gesto de ella me incendió más, al imaginarla de rodillas frente a mí. Mi erección palpitó, sacudiéndose.
Rompí el sobre del preservativo con los dientes y me lo coloqué en cuestión de segundos.
La agarré de las piernas y tiré de su cuerpo, acercándola a mí para dejarla más al filo. Cuando la tuve en una buena posición, me agarré el miembro por la base y, ejerciendo presión con mi mano, lo moví sobre su sexo. Deslicé la punta, humedeciéndola y torturándola en el proceso.
Liv jadeó, al mismo tiempo que me rodeaba la cintura con las piernas. Me preparé para aprovechar lo que sabía que iba a hacer y no me equivoqué.
En cuanto cruzó los pies al final de mi espalda y me apretó hacia ella, aproveché el impulso para entrar en su interior de una embestida rápida, fuerte y profunda.
Ambos gemimos al unísono.
Ese fue el inicio de lo que ya no pude frenar ni tampoco tomarme con calma. Estaba sobrepasado por todo y si no me controlaba, también me correría antes de tiempo.
La agarré de la cadera y comencé a embestirla con energía, deslizándome en el calor de su interior, enloqueciendo con cada embestida profunda y certera, haciendo gritar y gemir a Liv.
Tomé un ritmo de vértigo, clavándole los dedos en la cadera para que no se deslizara sobre la mesa. La quería bien pegada a mí.
Me volví loco, perdí la cordura momentáneamente, envuelto en el placer más absoluto.
No pude apartar los ojos de los de Liv. Los tenía entrecerrados y los labios separados, intentando coger aire. Su expresión era de puro gusto, entremezclado con la desesperación de necesitar llegar de nuevo al orgasmo.
Sus pechos se balanceaban, tentándome, con cada embestida.
Gemí apretándole más la cadera, aumentando la velocidad. Mis impulsos se hicieron más profundos, sorprendentemente, con la necesidad de clavarme lo más hondo posible en su interior.
—Nathan… —gritó, intentando agarrarse a la mesa.
Pocos segundos después se corrió, liberándose por fin.
—Mierda, es demasiado bueno —gruñí, dejándome llevar también.
El orgasmo nos asaltó y nos dejó sin fuerzas. Yo caí encima de ella, pero apoyando mi peso en un brazo, a su lado.
Apoyé la frente entre sus pechos, el que subía y bajaba al compás de su respiración. Como el mío.
Lamenté tener que abandonar el calor de su cuerpo, pero no me quedó más remedio. Después de unos minutos en los que ninguno de los dos nos movimos, me incorporé, apoyé las manos a los lados de su cuerpo, y me quedé mirándola fijamente.
—¿Bien? —le pregunté con la voz ronca.
—Mejor que bien —me contestó susurrando.
Sonreí de medio lado.
Terminé de incorporarme y salí de su interior, dando un paso atrás. Me quité el preservativo y me deshice de él, haciéndole un nudo.
Ayudé a bajar a Liv de la mesa, antes de rodearla para coger de uno de los cajones un sobre vacío. Era lo único que tenía a mano. Metí el preservativo usado dentro y lo doblé varias veces, antes de guardármelo en un bolsillo.
No quería tirarlo en la papelera, era algo privado y no iba a permitir que nadie lo viera. Ni siquiera las personas de la limpieza que no me conocían ni de vista.
Me subí el bóxer, me cerré el pantalón y me abroché el cinturón, mientras Liv recuperaba su braga, se la ponía y se colocaba el resto de la ropa bien.
Caminé hacia ella, sonriendo. Estaba preciosa, sonrojada y con el pelo alborotado de recién follada. Así me lo pareció y tuve claro que sería la versión que más iba a gustarme de ella, mi preferida.
Me paré frente a Liv y levantó la cabeza, para mirarme a la cara.
Le retiré el pelo, colocándoselo detrás de las orejas. El gesto pareció sorprenderla, como cuando le deshice la coleta, pero no dijo nada. Lo aceptó y por su expresión de después supe que le gustó que lo hiciera.
—Te acompaño hasta el coche —le dije.
—Tengo que pasar por la sala de informática, para coger la cazadora, el móvil y el bolso.
—Pues vamos, te acompaño a lo que tengas que hacer.
Me separé de ella para rodear la mesa de nuevo. Me puse frente al ordenador, moví el ratón y tecleé la contraseña. Liv miró hacia otro lado mientras lo hacía.
—¿Quieres verlo? —le pregunté.
—¿Eh?
—El ordenador. Es lo que me has pedido al principio.
—No hace falta —susurró.
—¿Ya no lo necesitas? —insistí.
No quería perjudicarla en su trabajo.
—No te preocupes, así está bien. Si mañana lo necesito te lo haré saber. Gracias.
—No hay de qué.
Miré la pantalla y apagué el ordenador.
Dejé la silla bien colocada, la mesa despejada por completo, guardando las carpetas de trabajo en un cajón, y cogí la memoria externa.
Le hice un guiño con ella en la mano, por el comentario que me hizo precisamente sobre la información que iba y venía conmigo cada día.
Liv sonrió de medio lado.
Caminé hasta el sofá, para ponerme la chaqueta del traje. Metí la memoria en un bolsillo interno y me aseguré de que llevaba el móvil en el otro.
Con todo lo que necesitaba encima, fui hacia Liv y salimos de mi despacho. Lo dejé cerrado y caminamos en silencio por el pasillo.
Sonreí de medio lado al ver a Michael sentado en una silla, con los pies subidos y apoyados en una mesa. Estaba tal y como lo imaginé, jugando a un juego del móvil.
En cuanto nos vio se levantó.
—¿Nos vamos? —me preguntó y asentí.
Liv se sonrojó y Michael tuvo el tacto suficiente para no hacer ningún comentario. No dudé en ningún momento de que sería de esa manera.
Gracias a eso ella se relajó y se comportó con normalidad.
Bajamos en el ascensor y en la planta principal, acompañamos a Liv hacia la sala de informática. Esperamos fuera, mientras ella recogía sus cosas.
No tardó en aparecer con la cazadora puesta y el bolso colgado.
Nos dirigimos hacia la salida y nos encontramos en el vestíbulo con Iván, el vigilante de seguridad. Michael y yo nos despedimos de él a poca distancia, pero Liv se acercó hasta que se puso a su lado.
Iván le dio una hoja doblada y ella se la guardó en el bolso, antes de despedirse también.
Una vez fuera del edifico caminamos hacia el aparcamiento, en el que Michael se fue hacia nuestro coche, mientras que yo acompañé a Liv al suyo.
—No hace falta —me dijo.
—No estoy de acuerdo.
Fue lo poco que nos dijimos.
Cuando se paró al lado de la puerta del conductor de un coche lo observé con detenimiento.
—Gracias —me dijo, llamando mi atención.
Busqué su mirada.
—No me las des. Que llegues bien a casa y termines mejor el día. Descansa.
—Igualmente —sonrió.
Gracias a la luz de una farola que teníamos cerca pude ver el rubor en sus mejillas.
Le di el espacio que necesitaba en este momento, decidí irme ya, pero antes la agarré de la nuca y la acerqué a mí.
El movimiento la pilló por sorpresa y jadeó. Escuchar de nuevo ese sonido de sus labios tuvo un efecto directo en mí.
La besé lento, calmado, saboreándola como si fuera la comida más exquisita. Para mí lo era, así de simple y de importante y difícil, a la vez.
Liv me correspondió al beso y cuando nos separamos, nos miramos a centímetros de distancia.
—Entra —le pedí, con la voz ronca.
—Buenas noches —me deseó, susurrando.
—Buenas noches —le correspondí.
Abrió el coche con el mando a distancia y se montó frente al volante.
Hasta que su vehículo no desapareció del aparcamiento no comencé a caminar hacia donde Michael me esperaba.
—Ni una palabra —le advertí, en cuanto me senté en el asiento del copiloto.
Mi amigo soltó una carcajada y después sonrió con satisfacción.