Pisando fuerte Capítulo 16
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Capítulo 16

Nathan

La puerta se abrió de golpe, con la misma rapidez que yo giré la cabeza hacia ella.

Me llevé una sorpresa enorme cuando vi a Liv, pegada a la puerta y sin soltar el pomo.

—Eh… Hola —dijo, ruborizada.

—Hola —le correspondí, cuando me recompuse.

La observé con curiosidad. Parecía sofocada, incluso algo alterada, lo que me llevó a preguntarme por qué.

Con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, coloqué el codo en el reposabrazos y me llevé la mano a la barbilla, esperando a que volviera a hablar.

Era ella la que había venido hasta aquí, así que era ella la que quería algo. Si fuera lo mismo que quería yo…

No perdí la oportunidad de mirarla con detenimiento, disfrutando de las vistas. No me oculté, quise que se diera cuenta, porque me encantaba cuando se ponía nerviosa y se alteraba. Un brillo de desafío aparecía en sus ojos.

Llevaba una camiseta de manga corta que se adaptaba a todas sus curvas. Era una maravilla verla.

La camiseta le llegaba hasta la cintura, donde comenzaba la falda corta vaquera. Esta dejaba ver sus piernas desde la mitad de los muslos. Tenía unas piernas perfectas, demasiado apetecibles, y como no, en los pies calzaba sus inseparables botas militares.

Liv tenía una belleza natural y salvaje, única y diferente. Era preciosa y no necesitaba arreglarse para llamar la atención, la captaba por su autenticidad, personalidad y sencillez.

El pelo lo llevaba recogido en una coleta alta.

—Yo… lo siento. No sabía que había alguien en el despacho —se disculpó, justificándose.

Arqueé una ceja.

Ella soltó el pomo de la puerta y se frotó las manos en los laterales de la falda, mostrando lo nerviosa que estaba. Fue algo de lo que no se dio cuenta.

Ni siquiera se fijó en que en el despacho había alguien más: Michael.

—Hola, Liv —la saludó mi amigo.

Ella se sobresaltó al no esperarlo. Se giró hacia el sofá donde estaba sentado Michael. Él le sonrió, mientras se levantaba despacio.

—Hola. No te había visto.

—Me he dado cuenta —le dijo con un guiño, mientras iba hacia la puerta—. No te preocupes, preciosa. Os dejo para que habléis tranquilamente. Nat, cuando…

—Oh, no tengo nada que hablar con él —lo interrumpió Liv, pero Michael no le hizo caso y continuó hablando por donde lo dejó.

—…termines llámame antes de salir del edificio. Voy a dar una vuelta por los alrededores. Tomaros vuestro tiempo, chicos. Sin prisas. Me apetece dar un paso largo, antes de ir a casa.

Cuando me vio asentir se despidió de Liv, sin darle la oportunidad a que ella le dijera algo más. Michael cerró la puerta y Liv se giró hacia ella, al escuchar el ruido que hizo al encajar.

De espaldas hacia mí, me recreé en observar lo bien que le quedaba la falta por detrás.

Tenía un serio problema con esta mujer, uno muy grande, el mismo que estaba formándose entre mis piernas, por debajo de la mesa.

La reacción de mi cuerpo no solo se debió a lo que me atraía Liv, sino también porque fui muy consciente de que estábamos solos, completamente solos y ocultos en mi despacho.

Iba de sorpresa en sorpresa, no podía creerme cómo estaba reaccionando. Tuve que colocarme bien la erección, por encima del pantalón.

Cada mañana me levantaba con el ánimo subido y Michael se reía de mí, porque el motivo era que cada mañana nos encontrábamos con Liv en la cafetería.

Verla desde tan temprano me daba energías para el resto del día, aunque fuera la única vez que coincidíamos.

Podría haber forzado encuentros con ella, sin que se diera cuenta, pero necesitaba que Liv tomara la decisión de acercarse.

Y en este momento lo había hecho, aunque, según ella, no había sido su intención entrar en mi despacho sin llamar, abriendo la puerta de golpe para quedarse mirándome fijamente, aislándose de todo lo demás.

Le había dicho a Michael que no tenía nada que hablar conmigo y la creía. Algo me decía que su visita sorpresa escondía algo más, pero no iba a perder la oportunidad que me había regalado.

Liv se giró hacia mí y apoyó las manos en sus caderas, en una postura evidente de dominancia de la situación. Quiso darle un giro a este instante, pero ya era demasiado tarde para ella.

—No tengo nada que decirte —repitió, para mí.

Sonreí de medio lado y después de darme varios golpecitos en la barbilla con un dedo, me levanté despacio de la silla.

—Yo… te dejo trabajar tranquilo —volvió a hablar—. Debes estar a punto de irte y no quiero retrasarte.

A pesar de sus palabras no se movió.

—Yo quiero todo lo contrario —le dije.

—¿Cómo?

Rodeé la mesa, sin apartar la mirada de la suya.

—Que no me importa retrasarme —le aclaré.

—Perdona. No tendría que haber entrado sin avisar.

—No hay problema, aunque la próxima vez te aconsejo que lo hagas. No vaya a ser que te encuentres con algo que no debes ver.

Mantuve la expresión seria, pero disfruté de cómo frunció el ceño por mis palabras y de cómo su cuerpo se puso ligeramente en tensión.

Me senté en el filo de la mesa, por el otro lado al que estaba mi silla y frente a Liv. Me quedé mucho más cerca, sin ningún obstáculo entre nosotros.

—Hablo de trabajo —añadí.

—Ya… —dijo, como si no lo creyera.

—De verdad.

—No me importa, así que no tienes que darme ninguna explicación. Tampoco la quiero. Es cosa tuya si aquí dentro haces cosas que nadie más debe ver.

—Ya… —la imité, dejándole claro que tampoco la creía.

Soltó un bufido que me hizo sonreír de medio lado.

—¿A qué has venido si no es a hablar? —le pregunté.

Me crucé de brazos.

Los ojos de Liv la traicionaron, cuando se quedaron fijos en mis brazos.

Hacía tiempo que me harté del traje de chaqueta, por lo que me quité esta última. La dejé en el sofá, al lado de Michael, y ahí continuaría hasta que me fuera, a diferencia de mi amigo.

También me deshice de la corbata. Tenía los primeros botones de la camisa desabrochados y las mangas remangadas, dejando ver mis antebrazos.

Era muy consciente de cómo la tela de la camisa se pegaba a mi cuerpo, dejando ver una pequeña parte de lo que escondía debajo.

No era la primera vez que Liv se quedaba observándome en silencio, durante los días que habían pasado había habido muchas oportunidades nuevas.

Tal y como acababa de suceder, también, cuando me había levantado de la silla y rodeado la mesa. Siguió todos mis movimientos, de los pies a la cabeza.

—¿Necesitas algo? —continué hablando— Te dije hace días dónde estaba mi despacho, cuando me acerqué por primera vez a ti en la cafetería. Te di la información y te comenté que podías venir si necesitabas algo.

—Lo recuerdo.

—¿Entonces? ¿A qué debo tu visita? —insistí.

—¿Tienes el ordenador encendido?

Su pregunta me pilló por sorpresa, aunque no lo mostré.

Iba a arquear una ceja, pero entonces recordé cuál era su trabajo y la relación que tenía ella con los ordenadores.

—Sí, pero está bloqueado. Hace tiempo que no lo utilizo.

—¿Cuánto?

—Como una hora o así. ¿Por qué?

—¿Puedo comprobar una cosa?

Elevé las cejas. Esta vez sí.

—¿Sabes que trabajo con información confidencial? —le pregunté.

—Sí. Aquí la mayoría de las cosas lo son. Pero también sé que lo importante perteneciente a tu país lo guardas en una memoria externa que va y viene contigo. Es el protocolo. ¿Me equivoco?

Se encogió de hombros y sonreí de medio lado.

—Estás en lo cierto. —Asentí—. Igualmente, ¿puedo fiarme de ti? —le pregunté solo para picarla.

Lo conseguí al instante, entrecerró los ojos.

—Trabajo aquí.

—Estás aquí por una empresa externa, dominas la informática y…

—Hago más que dominarla —se quejó.

Bufó.

—Mis disculpas, señorita —sonreí de medio lado—. Yo entiendo lo justo y necesario para mi día a día.

—Antes de que me dejes mirar el ordenador puedes asegurarte de que tienes todas las carpetas y las ventanas cerradas. ¿O es que no quieres que averigüe algo?

Ladeé un poco la cabeza, observándola con mucha más atención.

—¿Eso es lo que estás buscando? ¿Alguien está ocultando algo aquí?

—¿Qué? ¡No! —exclamó alzando la voz.

Continué analizándola durante unos segundos más. Liv era tan transparente, para bien y para mal…

Me separé de la mesa despacio y sin apartar la mirada de la suya, le señalé con una mano mi silla.

—No tengo nada que esconder —le dije serio.

—Lo siento, no quería…

—Ya me lo cobraré —la interrumpí.

—¿Cómo?

—¿Quieres saber cómo me lo cobraré?

Di varios pasos hacia ella, acortando la distancia que nos separaba.

—No hace falta —habló más bajo, sin apartar la vista de mí.

—Ya veo, prefieres descubrirlo sin que te desvele las sorpresas.

Sonreí de medio lado, por lo sofocada y acelerada que se puso.

—No… no hace falta tampoco —susurró.

Negó con la cabeza, varias veces.

—¿Te pongo nerviosa, Liv?

—No —contestó rápido.

—Respuesta equivocada.

Di varios pasos más hacia ella.

—¿Por qué te acercas tanto? —me preguntó nerviosa.

—Porque me gusta ver cómo te alteras por mí, cómo tu respiración cambia. Me encantaría notar tu pulso, el que ahora mismo debes tener disparado. Puedes negarlo cuanto quieras, pero eres demasiado transparente para negar lo evidente.

—No sabes lo que dices. —Elevó la barbilla—. ¿Y qué según tú es lo que dejo en evidencia?

Caminó de espaldas, para alejarse de mí, pero lo único que consiguió fue que yo me moviera con ella, a su ritmo lento, y que su espalda se encontrara con la puerta.

Soltó un jadeo cuando se dio cuenta, al chocar con ella de repente.

—¿Qué haces? —me preguntó con voz aguda.

—Estoy deseando besarte, probar tus labios y tocar y lamer tu lengua, llegando lo más profundo posible. Desde que te he visto esta mañana en la cafetería con esa falda, en lo único que pienso es en subírtela.

Jadeó.

—¿Quieres que siga diciéndote los que serían mis cobros ideales?

—No —susurró.

Le tembló la voz.

—¿Estás segura?

—No —repitió contradiciéndose, con un poco más de energía.

Sonreí de medio lado, por el esfuerzo que hacía para recomponerse lo más rápido posible.

Eliminé toda la distancia que había entre nosotros, pero no la toqué. Me quede a centímetros de su cuerpo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del traje.

—Te prometo que haré todo lo que quieras ahora mismo. Si estoy diciéndote todo esto es porque tu cuerpo me habla, lo ha hecho desde la primera vez que te vi. Te aseguro que no actúo de esta manera, nunca, hasta ahora. ¿Qué quieres, Liv?

—Nathan…

—Sí, estoy aquí, delante de ti, casi rozándote.

Solo tienes que decirme que me aparte y entonces, ten por seguro que no volveré a acercarme más a ti.

Te pediría perdón por mi comportamiento y por haber malinterpretado las señales, aunque no lo creería de verdad.

No tengo duda de lo que percibo y siento cuando estás cerca de mí.

Hice una pausa intencionada, antes de continuar.

Liv no se movió, ni mucho menos hizo el intento de hablar, únicamente tragó saliva varias veces.

Para mí era toda la señal que necesitaba por parte de ella. Ya me había hablado sin palabras, pero necesitaba que lo dijera en voz alta.

—O también puedes decirme que te toque, que levante las manos para tirar de tu falda hacia arriba, mientras te beso apoderándome de tu boca.

Volvió a jadear.

—¿Qué eliges, Liv? Las dos opciones que tienes son muy claras. ¿Quieres correrte o huir de mí?

—Diosss…