Capítulo 15
—Vamos —susurré, mordiendo la punta del bolígrafo.
Era una costumbre que tenía cuando estaba concentrada.
—¡Sí, joder!
Tecleé más rápido en el teclado, sin apartar la vista de la gran pantalla de ordenador.
Hacía mucho que tendría que haberme ido de la sede, más concretamente tres horas y media atrás. Eran las nueve y media de la noche. De mis compañeros Ollie y Eva me despedí a las seis de la tarde, hora en la que debería haber terminado ni jornada laboral.
Decidí quedarme porque estaba avanzando a muy buen ritmo y no pude ni quise parar cuando llegó la hora de irme. Me sentía muy orgullosa de lo que había conseguido, había terminado e instalado el segundo cortafuegos.
Después de hacer pruebas y de comprobar su resistencia, me puse a trabajar en el rastreo de las marcas que dejó la intrusión del ataque que consiguió sortear a tres de los cuatro cortafuegos.
Llevaba una hora y media siguiendo el rastro, el que me llevaba de un lado al otro por diferentes países. Quien estaba al otro lado del ataque no era un aficionado cualquiera, era un experto que sabía muy bien lo que hacía.
No fue algo nuevo, lo sabía desde el inicio porque traspasar varias de las barreras que levanté, siendo mis creaciones, no era nada fácil. De hecho, quien fuera no consiguió lo que se proponía: el objetivo final.
Me estaba costando llegar hasta donde necesitaba, para localizar el punto exacto desde el que se inició el ataque.
En realidad, era consciente de que era una pérdida de tiempo. No iba a conseguir la información, pero debía intentarlo porque nunca se sabía lo que podía suceder.
—Joder… estoy tan cerca —susurré, sin dejar de mover los dedos sobre el teclado.
Unos minutos después, a las diez menos veinte de la noche, solté un jadeo con la vista fija en el punto exacto marcado que parpadeaba frente a mis ojos.
—Qué fuerte, lo he conseguido.
Me levanté con tanta energía de la silla, tan rápido, que esta se fue hacia atrás. Se separó unos metros de mí.
Apoyé las manos en la mesa, acercando la cara a la pantalla. Con una mano hice que la zona que estaba marcada se ampliara, para ver…
—No puede ser. —Agrandé los ojos—. Mierda.
Me puse recta de golpe, de pie.
No podía creerme la información que estaba mostrándome la pantalla, a la que había llegado después de horas concentrada.
El punto que parpadeaba estaba sobre un edificio, la señal no era del todo precisa en este caso. Al menos por ahora. Necesitaba más tiempo para saber la dirección IP, la cual era única y exclusiva para cada dispositivo.
El gran problema era cuál era el edificio desde el que se había lanzado el ataque. Continué mirando con incredulidad la pantalla, sin creerme la información a la que había llegado.
—Está aquí —susurré—. El ataque vino desde dentro.
Así era, el punto seguía parpadeando sobre el edificio de la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.
Cogí una libreta pequeña y arranqué una hoja, para escribir todos los datos que necesitaría al día siguiente para llegar a la IP. En este momento lo descarté porque ponerme a ello suponía salir de aquí de madrugada y necesitaba hacerlo con mucha calma, porque el asunto era muy grave.
Me guardé el papel en un bolsillo de la falda vaquera, mirando fijamente cómo la señal estaba activa. El ordenador que fuera estaba encendido, lo que quería decir que el culpable estaba en el edificio.
Cerré todas las pantallas que tenía abiertas, salí de todo, eliminando todas mis horas de trabajo que no fueran sobre el cortafuego, y fui hacia la puerta.
Salí dejando cerrado y me dirigí al vestíbulo, para ir hacia el ascensor.
—Buenas noche, Liv.
Me paré al escuchar al vigilante de seguridad nocturno. Iba tan metida en mis pensamientos que ni lo vi en el vestíbulo.
—Buenas noches, Iván.
A él lo conocimos el segundo día de estar trabajando aquí, cuando Félix y yo retrasamos la hora de salir. John se iba cada día a las siete de la tarde.
Iván entró a trabajar como compañero de John, cuando mis compañeros y yo ya habíamos finalizado nuestro trabajo aquí. Me refiero a la primera vez que estuvimos en la sede, tiempo atrás.
—Pensaba que te habías ido —me dijo, caminando hacia mí.
—Me he liado con el trabajo —sonreí.
—Ya veo —me devolvió la sonrisa—. ¿Te vas?
Se fijó en que no llevaba el bolso.
—Dentro de poco, antes necesito hacer unas comprobaciones.
—De acuerdo, pero no te retrases mucho más.
Me hizo un guiño.
—Lo intentaré, pero no prometo nada —reí, nerviosa.
Mis nervios no eran por Iván, sino por el tiempo que estaba haciéndome perder. Él no tenía la culpa de que yo necesitara ir a cada una de las plantas del edificio, para comprobar quién había. Por ahora no quería que nadie supiera lo que iba a hacer, ni mucho menos el motivo.
Primero necesitaba asegurarme y una vez hecho, también con la información de la IP que conseguiría al día siguiente, solo entonces hablaría con mi jefe Mario, para que él decidiera en quién confiar para contar una información tan delicada.
Tenían al traidor dentro y podía ser cualquiera, tanto alguno de los informáticos que estaban repartidos por el edificio, como cualquier trabajador que guardara en secreto que era un jáquer en potencia.
—Iván, ¿sabes si hay muchos trabajando a esta hora? Sé que la jornada de todos los puestos hace tiempo que terminó, pero también sé que muchas veces algunos trabajadores se quedan haciendo horas. Dependiendo de la urgencia de su trabajo.
—Hay unos cuantos y si no me equivoco en cada planta. ¿Quieres que te diga el número exacto? Puedo comprobar en el sistema qué acreditaciones no han dejado el edificio.
—Eso me resultaría muy útil porque no conozco a nadie y no voy a presentarme —sonreí—. Si me haces el favor de darme esa información cuando vuelva aquí, te lo agradecería mucho. Mientras tú me consigues eso yo voy a dar una vuelta por las plantas, para comentar unas cosas a quienes estén.
Lo último fue una mentirijilla sin importancia.
—De acuerdo. Cuenta con ello y después te vas.
—Sí —reí, caminando los primeros pasos de espaldas hacia el ascensor.
Sin perder más tiempo me giré y fui rápido hacia el ascensor. Este se abrió al instante, por lo que entré y pulsé el botón de la primera planta.
Subí impaciente y cuando las puertas se abrieron frente a mí, cogí una bocanada de aire y salí con decisión.
Me paré después de unos pasos, observando el espacio abierto que se presentó frente a mí. Conté a cuatro personas en sus mesas de trabajo y me quedé con las posiciones y sus caras.
Comencé a caminar por la sala y di un saludo general, cuando noté que me miraban con curiosidad. Me correspondieron, pero no me paré en ningún momento.
En cuanto accedí al pasillo y nadie me veía, comencé a intentar abrir las puertas. Eran despachos y fui uno por uno, pero ningún pomo giró.
Solté un suspiro cuando llegué al final del pasillo, en el que no se oía nada.
Caminé de vuelta hacia el ascensor y al pasar por la zona abierta me di cuenta de que solo quedaban tres personas. Un hombre se había ido.
Dije adiós, sin pararme, y subí en el ascensor a la segunda planta. En esa hice exactamente lo mismo, pero al llegar no encontré a nadie. Igualmente, a pesar de que estaba vacía, recorrí todas las zonas de trabajo.
Sin resultados, me dirigí hacia la tercera planta, con la intención de irme en cuanto terminara. Era la última, ya no podía continuar subiendo, a no ser que fuera a la azotea.
Al llegar me moví entre las mesas y saludé a un hombre y una mujer que estaban recogiendo sus mesas. Me fijé bien en ellos, pero no noté nada que pudiera delatarlos.
Al llegar al pasillo, porque todas las plantas tenían la misma distribución, empecé de nuevo a agarrar los pomos de las puertas de los despachos, para intentar girarlos.
No tenía ni idea de qué diría si una de las puertas se abría, no había pensado en eso. Solo quería saber quién narices estaba en el edificio a estas horas y por el momento me estaba yendo bien.
Las caras que había visto no se me iban a olvidar y en cuanto Iván me diera la lista de las acreditaciones que no habían salido del edificio, podría acelerar mi trabajo.
Estaba pensando en ello, concentrada en todo lo que tenía que hacer a partir de ahora y en lo delicado que iba a ser, que me di cuenta demasiado tarde que uno de los pomos giró con mucha facilidad, lo que me hizo empujar la puerta con ímpetu.
Debido a ello abrí de golpe, de la misma manera que yo entré en el despacho, siguiendo el movimiento de la puerta.
Me sobresalté por varios motivos, pero el principal fue por el hombre que estaba sentado al otro lado de una gran mesa rectangular.
¿Por qué narices el único despacho abierto tenía que ser el de Nathan? ¿Dónde estaba mi racha de suerte? , pensé.
—Eh… Hola.
No supe que otra cosa decir rápido, mientras notaba cómo un calor intenso subía por todo mi cuerpo.