Capítulo 14
—Joder, pues a ver si te libras del virus, porque tantas horas juntos… —me dijo Julia, mi amiga.
—Seguro que sí.
Cogí mi taza y le soplé al café, para poder darle el primer sorbo.
Ardía, la camarera acababa de traérmelo.
Estaba en la cafetería que se encontraba cerca de la sede principal del Ministerio de Asuntos Exteriores, hacia donde iría en cuanto me terminara el café. Pensar en ello me hacía recordar a Nathan, quién era él.
—¿Ollie o Eva estarán contigo hoy? —me preguntó Julia, al otro lado de la línea.
Mi amiga me había llamado unos minutos antes, mientras venía caminando hacia la cafetería.
—Les he dicho que se queden en la empresa. Los necesito allí.
—Vas a cargar sola con todo el trabajo fuerte.
La conversación que estábamos teniendo se debía a que Félix estaba malo, por lo que hoy no venía a trabajar. Seguramente necesitaría unos días más para recuperarse bien.
El problema era que había cogido un virus. Había pasado muy mala noche, vomitando, y por la mañana, al levantarse de la cama para intentar arreglarse, no le había ido mejor. El pobre estaba sin fuerzas y sin poder alejarse del baño.
De ahí que Julia me dijera que a ver si tenía suerte y yo me libraba del virus, porque con las horas que habíamos estado juntos Félix y yo, encerrados en la misma sala…
A nadie le gusta ponerse enferma, pero si sucedía era lo que había. Me jodería porque llevaba varios días avanzado bien en el trabajo. Me sentía muy satisfecha con los resultados que estaba obteniendo.
Si todo marchaba como hasta ahora en unos días tendría levantado uno de los cortafuegos, reforzado y listo para proteger la red.
Hablo de uno de los tres que tumbaron, no del principal porque este se mantenía bien.
El principal sería el último con el que trabajaría, ya que requería muchísimo más de mí que los otros tres que tenía que crear desde cero.
Ya había pasado una semana y media desde que volví a la sede. Los días habían transcurrido sin ningún incidente, tampoco habían intentado atacar de nuevo la red. Esto último y no saber nada de Amanda, me provocaba un subidón constante.
No la había vuelto a ver, no sabía nada de ella y esperaba que continuara siendo de esa manera.
A los que sí veía cada día eran a Nathan y a Michael. Sabía el nombre del segundo, el que siempre acompañaba a Nathan, porque él mismo se presentó a Félix y a mí.
Nos cayó bien desde el principio y por Michael también supimos que era amigo de Nathan, aparte de ser el encargado de vigilar su seguridad. De ahí que siempre estuvieran tan juntos.
Como he comentado los veía, pero no en la sede, sino en la cafetería. Coincidíamos aquí antes de entrar a trabajar y hoy no iba a ser diferente, porque Nathan y Michael no tardaron en llegar.
El primero en entrar en la cafetería fue Nathan, quien miró en mi dirección. Siempre que podía elegía la misma zona para ocupar una mesa, me gustaba que me diera el sol a través de la cristalera. En la otra parte no había.
Ambos caminaron hacia donde yo me encontraba, había varias mesas vacías. Los saludé con la mano que tenía libre, mientras que con la otra continué sujetando el teléfono en mi oreja.
Los dos me correspondieron al saludo, de manera silenciosa.
Me preparé para otra ronda de miradas, ya que era lo que me sucedía cada mañana con Nathan.
—No pasa nada por lo del trabajo —le dije a Julia, volviendo a la conversación—. Lo tengo controlado, además, sabes que me encanta estar sola mientras trabajo, para evadirme de todo.
—No acabes muy tarde hoy —me pidió.
—Haré todo lo posible por salir temprano.
—Vale. ¿Ya has visto a Nathan esta mañana?
Negué con la cabeza, dirigiendo la vista hacia la cristalera.
Hacía un día estupendo, no había ni una nube en el cielo y por la temperatura desde primera hora de la mañana, hoy iba a ser un día caluroso.
Parecía que por unos días tendríamos un adelanto del verano, aunque todavía faltaba para esa época.
—Nathan acaba de llegar con Michael —la informé.
—¿Cómo va hoy vestido?
—Sería tu pareja ideal, pegáis un montón. Lleva otro traje o quizás es el mismo de días anteriores. Para mí son todos iguales, tú eres la entendida.
Julia soltó un jadeo, porque para ella era un drama que me parecieran todos los trajes iguales. Yo me reí con ganas, por su reacción.
—No empieces a explicarme las características de los trajes porque te cuelgo —le advertí.
—¡Me has amenazado! —se quejó, bufando.
—Efectivamente y la llevaré a cabo.
Reímos.
Tanto Julia como Elsa estaban al día de todo lo relacionado con Nathan, lo que me había pasado con él. Mis amigas se llevaron una gran sorpresa cuando les conté cómo se dio nuestro nuevo encuentro, se quedaron con la boca abierta cuando les dije que era el mismo hombre del bar de Jana.
Ellas también le habían hecho la cruz a Amanda, después de saber lo que me hizo. Ambas estaban deseando encontrársela, por lo que tenían prohibido por mí acercarse a la sede del Ministerio. Las quería bien lejos de los problemas porque Amanda podía ser uno bien grande.
Julia fue la que más se indignó cuando supo cómo me trató la idiota esa.
—Da igual el traje que lleve puesto Nathan, está impresionante de todas maneras —le aseguré, hablando más bajo.
—¿Sí? Envíame una foto.
—No voy a hacer eso —reí.
—Joder, qué aguafiestas —suspiró y después reímos.
—Como siempre, ha llamado la atención en cuanto ha entrado en la cafetería. Todavía lo están mirando algunas mujeres —susurré.
—Pero él solo te mira a ti.
Acaricié el borde de la taza.
—Porque nos conocemos. Al menos algo más que al principio, porque desde que se sentó conmigo en esta misma cafetería no nos hemos vuelto a acercar.
—Eso no te lo crees ni tú. Porque te conoce, dices —rio—. Yo conozco a mucha gente y no pierdo más de unos segundos de mi vida en mirarlos. Y menos cuando los veo cada día.
—Si tú lo dices…
Preferí darle la razón, para que dejara el tema.
—Exacto. Sé de lo que hablo.
Apreté los labios, conteniéndome para no reír.
—¿Tú qué ropa te has puesto hoy? —me preguntó.
Para ella ese tema era como hablar del tiempo, la ropa era su debilidad.
—No me ha apetecido quitarme el pijama. Me lo puse limpio ayer, después de ducharme. La parte de arriba es como una camisa, me queda genial.
—No cuela —rio, pero ante mi silencio…—. Dime que no es cierto, que es una broma —volvió a jadear, por la impresión.
—No es cierto, es una broma —repetí.
—Oh, joder, Liv. Ahora dime la verdad, no lo que quiero y necesito oír. Mira que voy a por ti con un buen cargamento de mi ropa y te encierro en el baño de la cafetería.
Solté una carcajada.
—Puedes estar tranquila, todavía no llego al punto de venir al trabajo tal y como me levanto de la cama.
—Por Dios, ¡menos mal!
Reímos.
—Hoy debes estar un poquito más orgullosa de mí. Me he puesto una falda corta vaquera con una camiseta.
—¡Me encanta! —dijo emocionada.
Sonreí porque, a pesar de que su estilo era muy diferente al mío, siempre me animaba.
—Y en los pies tus inseparables botas militares, ¿no?
—Claro —le confirmé—. Esas no pueden faltarme para un día duro de trabajo.
—Dirás que no pueden faltarte nunca —rio.
—Tú lo has dicho, hasta que llegue definitivamente el calor. Por ahora las llevo genial. A ver, ¿qué te has puesto tú?
A mí me daba igual su ropa, como si llevaba puesto un saco. Julia era preciosa y cualquier cosa le quedaba genial. Yo pasaba de todo el rollo de la moda, pero mi amiga no y como la hacía feliz, por eso mismo le pregunté.
Sabía que le hacía ilusión explicarme hasta el último detalle de su elección para el día y así fue, porque me envió una foto de ella mirándose en el espejo de cuerpo entero de su habitación.
—Guau. —dije al verla y después silbé.
Julia rio encantada con mi reacción.
—Estás impresionante, cariño.
—Gracias, Liv.
—¿Algún día te veré salir de tu piso sin tacones? Es una curiosidad importante que me despierta por las noches.
—Idiota.
Reímos.
—Algunos días me calzo unos zapatos planos.
—¿Cuánto hace de la última vez?
—No me acuerdo —contestó con una risilla—. Tengo que dejarte, preciosa. No quiero llegar tarde al trabajo.
—Querrás decir que no quieres llegar más tarde de lo que ya sueles llegar normalmente, ¿no? Tendrías que estar en tu despacho ya.
—Es lo que hay y mi jefe me adora, así que…
—Bien que haces. Anda, vete ya. No corras con el coche. Hablamos por la tarde.
—Vale a todo. Te quiero.
—Te quiero.
Colgué sonriendo porque hablar con Julia equivalía a recargar energías. Siempre estaba positiva y alegre, rara vez variaba.
Estoy hablando de sus comienzos de días, porque en el transcurso de estos podía pasar cualquier cosa. Claro que Julia se enfadaba o se quejaba de todo, sus días eran como los de cualquier otra persona.
Entré en la aplicación de mensajes, para escribirle a Félix.
Liv: Hola otra vez, compañero. ¿Cómo estás después de una hora?
Espero que lleves un buen rato tumbado en la cama, descansando.
Cuídate que te echo de menos, tienes que recuperarte pronto.
Voy a terminarme el café con leche y me voy de la cafetería.
Cualquier cosa que necesites avísame que me las apañaré para que la tengas. Un fuerte abrazo.
Esperé unos segundos mirando la pantalla, mientras me bebía el café. Félix no apareció en línea, por lo que no vio mi mensaje.
Lo di como una buena señal, porque lo imaginé durmiendo.
Me levanté de la silla y cogí la cazadora para ponérmela. Mientras lo hacía los ojos se me fueron hacia una mesa, más concretamente hacia otra mirada que atrapó la mía.
Sin poder cortar la conexión con Nathan, conseguí ponerme la cazadora y colgarme el bolso.
Por suerte logré desviar la mirada y la bajé hacia el móvil. Lo cogí de la mesa y cuando volví a dirigir la atención hacia Nathan y Michael, lo hice despidiéndome con la mano.
Michael me correspondió de la misma manera, sonriéndome. Nathan simplemente asintió.
Me fui de la cafetería sin mirar hacia ningún lado más, mientras notaba el peso de una mirada puesta en mí.
En cuanto estuve en la calle sentí un gran alivio. Nathan me ponía cada vez más nerviosa, los nervios de las primeras veces habían quedado en nada para todo lo que me hacía sentir desde hacía unos días.