Pisando fuerte Capítulo 13
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Capítulo 13

Liv

Cerré los ojos apoyando la cabeza en el respaldo, antes de separarme de la mesa y comenzar a girar.

Me empujé con un pie, para impulsarme en la silla giratoria.

De esa manera me encontró Félix, cuando salió del baño.

—Eres la señal que necesitaba para estar convencido de que por hoy ya hemos tenido suficiente —comentó, divertido.

Reí, mientras abría los ojos despacio.

—Estoy cansada —suspiré.

—Lo raro es que no lo estuvieras. No has apartado los ojos de la pantalla, quitando la hora que hemos ido a comer.

Se apoyó el trasero en el borde de la mesa y cruzó los brazos.

—Nos ha cundido mucho el día. Vámonos ya.

—Quedan veinte minutos todavía.

—¿Quién lo dice? —Arqueó una ceja— Te recordaré cuando es el final de la jornada cuando estemos horas después aquí.

—El horario lo marcamos nosotros —dije sonriendo.

—Ahora sí, ¿no?

Sacudió la cabeza.

—Podemos irnos, estoy contenta por hoy.

Me levanté de la silla y la llevé hasta la mesa.

—Quiero pensar bien en varias posibilidades en las que he pensado, para darles forma. Mañana quiero ponerme con la que dé mejores resultados.

Fui hasta el armario y saqué la cazadora. Félix, a mi lado, cogió también la suya. Nos las pusimos en silencio y mientras me colgaba el bolso e iba hacia el ordenador, mi compañero llamó a Tomás, para avisarlo de que nos íbamos ya.

Salí de las pantallas en las había trabajado durante todo el día y con todo hecho hasta el día siguiente, salimos de la sala de informática. La dejé cerrada con llave y comenzamos a caminar sin prisa hacia el vestíbulo.

—¿Te ha dicho si venía él o Pablo? —le pregunté por Tomás.

—Ahora no podían ninguno de los dos, Tomás me ha pedido que le dejemos la llave a John. Mañana cuando lleguemos volverá a tenerla John.

—De acuerdo.

Caminamos hacia uno de nuestros vigilantes de seguridad favoritos, al que le entregamos la llave. Félix le dijo que Tomás o Pablo vendrían a por ella y nos despedimos de él, hasta el día siguiente.

Salimos del edificio sin problema, hacía horas que dejó de llover. Justo cuando pisamos la calle y dimos los primeros pasos, la vista se me fue hacia un coche en movimiento.

Me encontré con la mirada de Nathan, quien iba sentado en el asiento del copiloto. Él asintió hacia mí y le devolví el gesto, sin dejar de andar.

Hasta que el coche no desapareció, al girar en la primera calle, no pude dejar de observar en su dirección. El vehículo decía a gritos que dentro iba un diplomático, la matrícula lo delataba.

Solté un suspiro, pero enseguida puse los ojos en blanco, al darme cuenta de cómo me miraba Félix.

—Cállate —le advertí.

Soltó una carcajada que ignoré.

Cuando nos montamos en el coche mi amigo se dirigió a mi dirección, en la que me dejó pasados veinte minutos.

—¿Mañana nos vemos en la cafetería? —le pregunté.

Mientras comíamos al mediodía le dije que Gael ya le había hecho la revisión a mi coche y que me lo traía esta tarde, así que no tenía que venir a recogerme si volvía a llover.

—Claro, no vaya a ser que se nos caiga el edificio encima sin varios cafés en el estómago.

Reímos.

—Eso sería deprimente y una mierda.

Hice una mueca.

—Totalmente de acuerdo.

Sonreímos y nos abrazamos.

Salí del coche y fui directa a mi edificio. Subí en el ascensor hasta mi planta y en cuanto entré al piso, me dirigí a mi habitación.

Colgué el bolso en el perchero de pared, donde también dejé la cazadora colocada en una percha. Saqué el móvil del bolso y fui hacia la cómoda. Puse el teléfono encima de esta y saqué un pijama limpio y una braga.

Era todo lo que necesitaba para darme una ducha, que fue lo que hice sin pararme a nada más. Me sentó genial estar un buen rato debajo del agua.

Al salir, después de vestirme, me sequé el pelo con el secador. Me lo recogí con una pinza cuando terminé y fui al salón, con el móvil.

Sonreí al ver que tenía una llamada perdida de mi padre y que mis amigas estaban escribiendo en el grupo que compartíamos. Gael también estaba en él.

Elegí primero hablar con mi padre, antes de que fuera más tarde, porque entrar a hablar con mis amigas me llevaría mucho más tiempo. Siempre nos liábamos de una manera…

Marqué el número de mi padre y esperé hasta el segundo tono para escuchar su voz.

—Cariño, hola —me saludó.

—Hola, papá.

Me senté en el sofá.

—Me has pillado en la ducha, he ido en cuanto he llegado del trabajo —le conté.

—No te preocupes. ¿Cómo ha ido el día?

—Buenooo… con un poco de todo, pero al final me he quedado con una buena sensación.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. Tonterías.

Sonreí.

—¿Cómo estás tú? ¿Te tratan bien los parisinos? ¿Necesitas a tu hija para ponerlos firmes? Dímelo y compro un billete de avión en segundos.

Rio.

—Te echo de menos, pequeña.

—Yo también, mucho.

—Puedes estar tranquila, los parisinos me tratan de maravilla.

—Mientras que no sea una parisina…

Al cabo de unos segundos me separé del respaldo, inclinándome hacia delante.

—¿Papá? ¿Y ese silencio? Uyyy… No puede ser, ¿en serio? ¡Qué estás en la ciudad del amor! Sal de ahí ahora mismo y compra un vuelo urgentemente.

Volvió a reír.

—Se llama Manon. No quería hablarte de ella tan pronto, hace pocos días que nos estamos conociendo, pero ya que has sacado el tema…

—Qué fuerte —dije sorprendida—. Pero… ¿cuándo tengas que volver qué pasará? —bajé el tono de voz—. ¿Si lo vuestro funciona bien tienes pensado quedarte ahí?

—Eh, no pienses en eso. Como he dicho hace muy poco que conozco a Manon, todavía es pronto. Si en algún momento tengo que tomar una decisión será al cabo de un tiempo largo, además, no voy a dejarte sola en España. Siempre puedo dividirme.

—Eso puede funcionar durante unos meses, pero después os cansaríais. Y con razón. No me hagas caso, ¿vale? Es que me has pillado muy de sorpresa. Quiero que seas feliz, papá, y si para eso tienes que hacer tu vida en París, pues mira, ya tendré donde quedarme cuando viaje hasta allí.

Sonreí, echándolo de menos ya.

—Si algún día llega el momento —continué—, prométeme que no tomarás una decisión pensando en mí. Yo ya tengo mi vida, hace años que soy independiente, así que quiero que pienses solo en ti para tomar una decisión tan importante. ¿Te gusta mucho Manon?

—Cariño…

—Lo digo en serio. Me caerá genial Manon mientras te haga feliz.

—Te quiero.

—Y yo a ti, papá.

—Me gusta mucho Manon, sí.

Sonreí.

—No sabes cómo me alegro.

—Se ha ido hace un rato a su casa, para arreglarse. Yo estoy en el hotel, ya estoy preparado. Va a llevarme a uno de sus restaurantes favoritos.

—Suena genial. Disfruta mucho y envíame una foto de vosotros, quiero verla.

—Hecho. Me siento tan extraño…

—Es normal. Tú déjate llevar y ya verás como todo va genial.

—Es lo que intento, aunque a veces piense de más —suspiró—. ¿Seguro que no te ha pasado nada hoy?

—Que nooo… —reí—. Dentro de un rato llegará Gael, con mi coche. Le ha hecho la revisión.

—Estupendo, así no cenas sola.

—Me gusta cenar sola —sonreí.

—Y a mí me gusta que no lo estés.

—¿Cómo te va el trabajo? —le pregunté.

Hacía unas semanas que mi padre viajó a París, por negocios. Estaba allí para cerrar unos acuerdos y para volver con unos cuantos más.

—Muy bien. Estoy satisfecho por cómo están saliendo las cosas.

—¿Sabes más o menos la fecha en la que terminarás?

—Aún no puedo darte una lo más exacta posible. Te mentiría.

—Tranquilo, era por curiosidad.

—Tengo que dejarte, cariño. Manon ya está en la recepción esperándome, acaba de enviarme un mensaje.

—Disfruta mucho.

—Gracias, hija. En un rato te envío la foto.

—Genial. Oye, cuando tengas más tiempo quiero saber cómo os conocisteis, el inicio de todo.

—Cuenta con ello. Dale recuerdos a Gael y terminad bien el día. Te quiero.

—Se los doy de tu parte. Te quiero.

Colgué y me quedé mirando la pantalla del móvil, pensativa.

—Joder, una parisina… —susurré.

Se me nublaron los ojos de lágrimas, pero no por un mal sentimiento. Me emocioné porque desde que mi madre nos dejó mi padre nunca me había hablado de una pareja sentimental.

Por eso mismo sabía que Manon no era algo pasajero, aunque hiciera muy poco que habían empezado a salir. Mi padre iba muy en serio, sino se habría callado.

Mi madre se fue de la noche a la mañana, tal cual, cuando yo estaba a punto de cumplir los siete años. La mentira que le contó a mi padre fue que se asfixiaba y que necesitaba estar un tiempo sola, alejada de todo.

Ese tiempo lo había alargado hasta hoy día. Yo no quería verla ni saber de ella, para mí dejó de existir cuando entendí que nos abandonó. No solo a su marido, sino a mí, a su hija pequeña. Ni quisiera recibí una llamada en las fechas más señaladas, lo que me costó muchas lágrimas al principio.

Me levanté del sofá cuando Gael me escribió un mensaje, para avisarme de que estaba subiendo en el ascensor. Al final a lo largo del día cambiamos de planes y en vez de ir a su casa ahora, con mi coche, hablamos de cenar aquí.

Me insistió en que era la mejor opción, para que después no tuviera que volver a mi piso cuando ya fuera de noche.

Acepté con la condición de que igualmente lo llevaría a su casa, fuese a la hora que fuese, aunque sabía que al final le daría tantas vueltas que se iría solo.

Hoy era uno de esos días que intuía que ganaría. Mis energías estaban bajo mínimos.

Abrí la puerta del piso y lo esperé apoyada en el marco.

Mi amigo llegó sonriente, con la llave de mi coche en alto. Le devolví la sonrisa, pero en cuanto entró en mi piso y cerré la puerta…

—Mi padre se ha enamorado en París —le dije, agarrándolo de los brazos—.

¡De una parisina! Porque podría haber sido una española, ¿no?

Allí viven españolas. Ay, Gael, que he perdido a mi padre, está saliendo con Manon.

Me ha hablado un poco de ella y está tan ilusionado…

nunca lo había escuchado así. —Hice un puchero—.

Estoy feliz por él, pero muy triste también.

Odio este día, nada ha salido bien desde el principio.

Cogí una bocanada de aire, porque me faltó al hablar de carrerilla.

Pero todavía no había terminado…

—¿Soy una inmadura? ¿Parezco una niña pequeña caprichosa?

Dios mío, llevo muchos años deseando que mi padre encuentre una mujer y ahora que me cuenta que ha empezado a salir con una, que está ilusionado y me ha dicho que le gusta mucho, yo solo pienso que va a elegirla a ella antes que a mí.

—Me tapé la cara con las manos—. Soy una hija horrible. Mierda de día, joder.

La carcajada de Gael me hizo apartar las manos de mala gana. Mi amigo se apiadó de mí cuando hice otro puchero.

Me agarró de un brazo y me acercó a él, para abrazarme. Lo rodeé con fuerza con los brazos y solté un suspiro, apoyando la mejilla en su pecho.

—Vamos a tomárnoslo con calma —me pidió y asentí—. Nos ponemos cómodos en el sofá y me haces un repaso de tu día, iremos punto por punto. ¿Sí?

—Vale —susurré.

—Eres la mejor hija que un padre puede tener y tu padre lo sabe.

Cerré los ojos con fuerza.

—Tus miedos y dudas son normales. No pasa nada por flaquear. Eres humana, Liv.

—Claro que lo soy —susurré.

—Ya, pero muchas veces se te olvida, preciosa.

Nos quedamos un rato más abrazándonos en medio del salón, hasta que fuimos a la cocina a por botellines de cerveza.

Nos sentamos en el sofá y antes de que yo comenzara a actualizarle mi día, hablando tranquila, decidimos pedir para cenar menús de hamburguesas. Nos dio igual que todavía fuera pronto.