Capítulo 12
Nathan
—¿Por qué no haces algo?
Miré a Michael, con el ceño fruncido.
—¿A qué te refieres?
—Joder, a que te dejes de tantas miraditas y hagas algo de una vez por todas.
Elevé las cejas.
—Hablo en serio —rio—. ¿Eres consciente de la coincidencia tan grande que ha sido que os hayáis encontrado otra vez? Joder, y ni más ni menos que en la sede. ¡Es increíble!
—¿En qué momento te ha parecido que no sé lo que tengo que hacer? Por ahora estoy perfectamente así.
—Si no mueves ficha otro lo hará por ti. Es así de simple y puede ser el tío que Liv tiene delante, por ejemplo.
—Sabemos que son compañeros de trabajo.
En esta ocasión quién elevó las cejas fue Michael.
—Vale, olvida lo último.
Sacudí la cabeza.
—Yo solo digo que al menos podrías acercarte a ella para presentarte. Dile algo así como: menuda casualidad, ¿eh?
Reí, mientras negaba con la cabeza.
—¿Desde cuándo te va lo de hacer de celestina? —Arqueé una ceja—. No conocía esa faceta de ti.
—Para todo hay una primera vez —sonrió—. Y creo que esta lo merece.
—Correcto, es lo que tú crees. Déjate de tonterías, no va conmigo lo que estás intentado, sin razón ni motivos, porque, por supuesto, no pretendo nada con esa mujer.
Me llevé la taza a los labios, sin dejar de mirarlo.
—Ahora me dirás que no te sientes atraído por ella.
Sacudió la cabeza.
—No es mi tipo —dije lo primero que se me pasó por la cabeza, para salir del paso.
—Esa sí que es buena —rio—. Joder, hoy el día está dando para tanto…
—Independientemente de que no sea mi tipo —remarqué—, sabes de sobra que nunca mezclo mis asuntos personales con los profesionales.
—Liv no trabaja en la sede —sonrió de medio lado—. Está ahí para salvar el culo a todos los que sí trabajáis.
—No me incluyas. Puedo coger un avión para volver a casa cuando me dé la gana, y resolverlo todo por videoconferencias. Aunque se hagan más largos los trámites y las negociaciones.
—¿Y por qué esa no fue tu primera opción?
—Porque me gusta el trato directo y mi tiempo, por lo que cuanto menos lo pierda mejor. Aparte de que no puedo rechazar ir a otros países.
—Tenía que intentarlo —suspiró.
Sonreí de medio lado.
Me bebí de golpe el contenido de mi taza y me levanté despacio.
—¿Nos vamos?
—No. Espérame aquí.
—¿Vas a…? —Agrandó los ojos.
—Estaba esperando a que terminaras de hablar del tema y de decir tonterías.
Me metí las manos en los bolsillos del pantalón del traje.
—Te pones muy pesado y a mí no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, ni mucho menos cuándo.
Le hice un guiño y lo dejé riendo.
Sorteé las pocas mesas que me separaban de Liv, para pararme junto a la que ocupaban ella y su compañero.
—Hola —dije.
Capté la atención al instante, de ambos.
Levantaron las cabezas hacia mí y pude ver una sonrisa de él y la sorpresa de ella, en la que me centré mientras nos manteníamos la mirada.
—Ah, me están llamando —dijo el compañero de Liv.
Cogió rápido el móvil de la mesa, pero no lo suficiente porque pude ver que no era cierto lo que acababa de decir.
—No lo he escuchado —le habló Liv, frunciendo el ceño.
—Porque lo tengo en silencio —le contestó.
Le hizo un guiño y después volvió a mirarme.
—Mi nombre es Félix.
Se presentó, levantándose.
—Nathan.
Nos dimos un apretón de manos.
—Te cedo mi sitio hasta que termine —se dirigió a mí, levantando su teléfono—. Voy a hablar fuera de la cafetería —le dijo a Liv.
—Félix…
—Ahora vuelvo, preciosa. Estaré al otro lado de la cristalera.
Esas fueron sus últimas palabras, antes de ir hacia la puerta con el móvil en la oreja.
Sonreí de medio lado, todavía de pie.
Miré a Liv, mientras me acercaba a la silla que había dejado libre Félix. Me senté frente a ella.
—No te he invitado a sentarte —me dijo, con una ceja arqueada.
—Pero él sí. —Señalé hacia la cristalera, donde se veía a Félix de espaldas, bajo la protección del balcón—. Y estoy en su silla.
Nos quedamos en silencio, observándonos fijamente.
Yo no iba a ceder. Me mostré como siempre, muy calmado. Se me daba genial controlar las situaciones y rara vez me alteraba, motivo por el cual fue Liv quien tuvo que apartar primero la mirada.
—Hola —repetí el saludo.
—Hola —me correspondió.
—Menuda casualidad, ¿eh?
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reírme de mi comentario, ya que utilicé las mismas palabras que me sugirió Michael, para acercarme a Liv.
—Sí. Cuando te he visto no podía creérmelo.
Negó con la cabeza.
—Yo me he quedado igual —le confirmé.
Cogió su taza y bebió un sorbo de café.
—¿Qué hacías en la sede? ¿Has entrado por algún tema de trabajo o has ido de visita? Tengo curiosidad.
—Estoy trabajando allí. Represento a mi país, por lo que es temporal. Llegué hace unos días.
—¿Eres diplomático? —me preguntó sorprendida.
—¿Supone algún problema?
—No —contestó con un susurro, después de un largo silencio.
—Pues espero que tampoco lo sea al decirte que soy el embajador de mi país.
Agrandó los ojos al máximo.
—¿De dónde eres? —me preguntó susurrando.
—De Inglaterra, Londres.
—No lo parece —carraspeó.
—Porque pronuncio bastante bien el idioma de aquí.
Asintió.
—Yo diría que superas el bastante bien.
—Gracias. ¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué hacías en la sede?
Quería alargar la conversación, por lo obvié la información que ya sabía.
—Yo también voy a trabajar provisionalmente.
—¿De qué? ¿En algún despacho?
—¿Tengo pinta de trabajar en uno?
Se señaló y arqueé una ceja.
—¿Por qué no? Perfectamente podrías tener tu propio despacho y tener un cargo importante.
—Mmm… Gracias, pero no. No soy como tú.
—De nada, pero el agradecimiento sobra. Solo he dicho una gran verdad. ¿Y qué has querido decir con eso? —fruncí el ceño.
Desvió la mirada de la mía, para observar su taza.
—No he menospreciado tu trabajo, tu profesión. Nunca se me ocurriría hacer eso, lo que he querido decir es que yo no podría estar en tu lugar. Me gusta ir por libre y mi pasión no tiene nada que ver con la tuya.
Se encogió de hombros.
—Entiendo.
—Soy informática. He llegado hoy con Félix, vamos a solucionar el problema que hubo ayer.
Continuó sin mirarme, mientras acariciaba el borde de la taza.
—Liv.
Al llamarla por su nombre levantó la cabeza, reaccionando.
Necesitaba tener toda su atención, para lo siguiente que iba a decir.
—¿Qué? —me preguntó.
—Aunque no ha sido culpa mía, quiero disculparme por el numerito que te ha montado Amanda. Me he sentido muy incómodo, han estado totalmente fuera de lugar las faltas de respeto que…
—Gracias, pero no pasa nada. Tú no tienes que disculparte por ella.
—Necesitaba hacerlo.
Asintió.
—En realidad soy yo quien tiene que darte las gracias, por ayudarme con esa mujer.
—Es lo mínimo que podía hacer.
—Así que se llama Amanda —dijo pensativa.
—Sí.
—Parece que la conoces bien, para el poco tiempo que has dicho que llevas aquí.
Se echó hacia atrás, para apoyar la espalda en la silla.
—Te sorprendería lo poco que la conozco.
Sacudí la cabeza y continué para acláraselo, al ver su expresión.
—Al segundo día de estar en la sede me la presentaron y hasta hoy no había vuelto a verla. Justo cuando tú y Félix habéis aparecido.
Elevó las cejas.
—Pues viéndola a ella parecía otra cosa.
—No es asunto mío, tampoco mi problema. ¿Lo es para ti?
Apoyé los brazos en la mesa, mirándola fijamente.
—Para nada. ¿Por qué tendría que ser asunto mío? Yo te conozco menos que ella, o sea nada.
Sonreí de medio lado, dispuesto a continuar, pero el plan se me vino abajo.
La mirada se me fue hacia la puerta de la cafetería, por la que entró su compañero.
—Mi despacho está en la tercera planta, por si alguna vez necesitas algo. Es la puerta número seis, contando desde que accedes al pasillo.
—Mi sala de trabajo está en la planta principal, no subiré.
—Solo por si acaso.
Ladeó un poco la cabeza.
Me levanté despacio y me aparté de la silla, justo cuando Félix llegó.
—Ya estoy —dijo.
Colocó una mano en el hombro de Liv y ella levantó la cabeza, para mirarlo sonriente.
—Estaba hablando con Ollie.
Respondió a la pregunta silenciosa de Liv.
—¿Todo bien? —se interesó ella.
—Sí. Están esperándonos.
Liv asintió.
—Que tengáis buen día —les dije—. Ha sido un placer.
—Gracias, igualmente —me correspondió ella.
Me incliné para quedarme a su altura, dejando la cara muy cerca de la suya. Agrandó los ojos por mi cercanía repentina, pero no fue a la única a la que le afectó.
—¿El qué exactamente? —le pregunté hablando muy bajo, con la voz ronca. Sus labios se entreabrieron—. ¿Igualmente, para que tenga un buen día, o igualmente, porque para ti también ha sido un placer?
No esperé su respuesta ni su reacción, me incorporé de golpe y les di la espalda, para caminar hacia la mesa donde Michael me esperaba.
—¿Has terminado? —le pregunté, al pararme a su lado.
—Sí. Y también he pagado —contestó, con una sonrisa pícara.
—Pues vamos.
No le di tiempo a que dijera nada dentro de la cafetería.
Sorteé todas las mesas, con la vista fija en la salida, sabiendo que Michael me seguía de cerca.
Cogimos los paraguas del paragüero y nos fuimos directos hacia la sede.
Tocaba comenzar a trabajar, ya iba siendo hora porque, entre unas cosas y otras, ya era demasiado tarde, cuando cualquier otro día llevaría horas en el despacho.