Pisando fuerte Capítulo 11
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Capítulo 11

—Hola —saludé a Gael.

—Hola, cariño. ¿Y esa alegría?

—Ja, ja, ja… tengo de todo menos alegría, así que imagínate.

Negué.

—¿Por qué? ¿Has empezado mal el día? No me extraña, con lo que llueve y yendo en la moto…

—No es nada de eso. Félix ha venido a buscarme en coche y he llegado seca al trabajo.

—Joder, menos mal. Me alegro.

—Te manda saludos.

—Devuélveselos y dile que quedamos este fin de semana con él, Eva y Ollie para cenar y tomar unas copas. A ver qué le parece.

—Va a parecerle genial, como a los demás.

—Pues estupendo. ¡No te olvides de decírselo!

—¡Qué no! —reí.

—Ahora dime qué te ha robado la alegría, porque estos días te gustan y te suben el ánimo. ¿Ha sido por algo del trabajo? ¿Has empezado ya y es peor de lo que imaginabas?

—Que va, solo he estado unos minutos en la sala de trabajo. He venido con Félix a una cafetería que está cerca, a la mierda los cortafuegos.

Reímos.

—Así se habla, joder. Aprovecha hasta que te entre la responsabilidad.

—Lo de mi falta de alegría era un comentario sin importancia. Lo he dicho por decir.

Miré hacia el cielo, hacia las nubes grises, mientras apoyaba la espalda en la pared de piedra.

—Liv…

—¿Qué?

—Joder, no te hagas la despistada porque no tienes ni un pelo de eso en tu cuerpo.

Bufó.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque conozco cada puto pelo de tu cuerpo.

Solté una carcajada.

—Sé que te pasa algo, no le quites importancia —insistió.

—Que no. Estoy bien, de verdad.

—¿Me vas a hacer llamar a Félix? ¿En serio? Porque sabes que voy a hacerlo.

Suspiré.

—Es una tontería —dije hablando más bajo.

—Me encantan las tonterías.

Sonreí.

—Sí que me ha pasado algo que me ha cambiado un poco el ánimo, pero me he recuperado muy rápido.

—Si ya sabía que había algo importante. Si te conoceré yo…

Lo imaginé negando con la cabeza.

—¿Qué ha sucedido?

—Varias cosas. Primero me he encontrado con alguien conocido, nada más entrar en el edificio de la sede. Ni siquiera me ha dado tiempo a pasar por el control de seguridad.

—¿Puedes hablar más claro? Necesito datos.

—Me he echado encima de él, literalmente, porque las suelas de mis botas han resbalado. Había agua en el suelo, por la lluvia, y me he deslizado hacia su cuerpo, lo que me ha hecho chocar. Aunque también me ha servido para frenar. Casi lo tiro a él al suelo, ha faltado poco.

Reí.

—Vale, es un hombre. ¿Yo lo conozco?

—Sí. Tan poco como yo.

—Tan poco… —repitió.

—Casi le hago un placaje al hombre que estaba en el bar de Jana, el del viernes por la noche con el que, según tú, tuve una competición de miraditas.

Se quedó en silencio más rato del normal, asimilando la información. Hasta que reaccionó alzando la voz.

—¡No jodas! ¿Cómo te has quedado?

—Pues puedes hacerte una idea.

Bufé.

—Me ha costado reaccionar. Ha sido tan inesperado, sorprendente y… desconcertante. Y encima se ha sumado una imbécil que se ha metido conmigo, con mis botas y por cómo iba vestida. Ella es el motivo de mi cambio de ánimo.

—Si lo de esa tía es una broma no tiene gracia —dijo serio.

—No lo es —susurré—. Me ha dicho de todo en poco tiempo, quería hasta llamar a seguridad para echarme —dije con rabia.

—Desgraciada. ¿Sabes quién es? ¿La habías visto antes?

—No y no, y espero no volver a cruzarme con ella por su bien. Ahí lo dejo.

—Aléjate de ella —me pidió.

Silencio por mi parte.

—Liv, lo digo muy en serio. Aléjate de esa víbora.

—Lo haré, no tengo ganas de estar cerca de tanto veneno, a no ser que ella venga a por mí. Si ese es el caso…

—Voy a hablar con Félix.

—Ni hablar.

Me separé de la pared.

—¿En serio? No quiero que te metas en problemas.

—Si me meto en problemas será porque habrá merecido la pena. Y tú si no quieres que la próxima vez te mienta y te oculte cosas, quédate sin hacer nada.

—Joder.

—Seguramente no vuelva a verla —susurré, para que se tranquilizara.

Suspiró.

—Ya…

—Estaré bien —insistí.

Sonreí.

—Ya…

—Deja de decir eso —reí.

—No me hace ni puñetera gracia.

—Lo sé. Yo tampoco es que esté saltando de alegría, pero es lo que hay.

Puse los ojos en blanco.

—No te dejes llevar por sus provocaciones si os volvéis a ver en otro momento. Prométemelo.

—Tranquilo. Joder, que no voy peleándome por la calle.

Reí.

—Pero tienes mucho carácter y si te sientes atacada reaccionarás devolviendo el ataque con más fuerza —habló serio.

—Como tiene que ser. Estoy en todo mi derecho de defenderme.

—Lo sé, cariño, y quiero que lo hagas. No permitas que nadie quiera pasar por encima de ti porque eres única. La envidia es muy mala, solo quiero que utilices bien esa cabecita tan inteligente que tienes. Piensa las cosas en frío y con calma, y después actúa.

—Lo dice el que reacciona siempre en caliente —dije con diversión.

—Yo soy yo. Punto. A ti te quiero lejos y apartada de problemas. Oye, que yo tampoco voy dando tortas por la calle.

Reímos, relajándonos por fin.

—Te prometo que seré fría y calculadora.

—Mierda, eso ha sonado escalofriante.

Volvimos a reír.

—A ver si te aclaras, ¿eh? —Negué con la cabeza—. Vamos a dejar el tema, estoy segura de que no voy a volver a ver más a esa mujer. Voy a estar encerrada en la sala de informática, con Félix, o solo, da igual, y cuando salga será para desayunar o comer con mi amigo. Todo estará bien.

—Menos mal que cuando te concentras en el trabajo no existe nada más para ti.

Suspiró y sonreí.

—¿Cómo te está yendo a ti la mañana? —le pregunté.

—Ahora me he tomado un descanso. He terminado la reparación de un coche y antes de comenzar con otro vehículo necesitaba un café. Estoy solo, Saúl ha llevado a su hermana al médico.

—¿Qué le pasa a Olivia?

Me preocupé porque hacía unas semanas que tuvo un aborto y no lo había pasado nada bien.

—No te preocupes, solo ha ido a hacerse unas pruebas. Todo está bien.

—Ah, vale.

—¿A qué hora llegarás a tu piso esta tarde?

—No lo sé. ¿Por qué?

—Quiero llevarte el coche, ya he terminado con él.

—Puedo ir yo a recogerlo.

—No me cuesta nada dejártelo en tu plaza de parquin.

—De eso nada, si vienes con mi coche me avisas cuando estés cerca y vamos para tu casa. No vas a irte caminando.

—No sabes cómo hacerlo para que te invite a cenar.

Reímos.

—Me conoces bien —sonreí—. Te dejo por ahora, he abandonado a Félix.

—De acuerdo, preciosa. Yo ya mismo vuelvo al taller. Pasad un día tranquilo y que sea productivo. Quedamos así, esta tarde te llamaré cuando esté a unas calles de tu dirección, para que bajes. Cuenta con que saldré sobre las seis y media.

—Vale. Ten un buen día también.

Colgué sonriendo y de esa manera entré en la cafetería.

Me paré dejando la puerta cerrada a mi espalda y busqué con la mirada a Félix, mientras metía con cuidado el paraguas en el paragüero. Habían puesto cuatro y estaban todos llenos.

Encontré a mi amigo y compañero, pero él no me vio. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo porque estaba atento a su móvil.

Caminé entre las mesas, acercándome a la que estaba él, pero en el pequeño recorrido mis pasos se hicieron más cortos al encontrarme con unos ojos que me observaban fijamente.

—Joder —susurré.

Nathan también estaba aquí, y el hombre con el que siempre lo había visto.

Le mantuve la mirada, hasta que no me quedó más remedio que aparatar la mía.

—Ya estoy —le dije a Félix.

Continué sintiéndome observada y mis nervios aumentaron.

—Eh. ¿Todo bien con Gael?

Dejó su móvil a un lado de la mesa.

—Sí —contesté sonriendo—. Se ha preocupado, hemos estallado un poco, después he intentado calmarlo y al final hemos terminado riendo. Es un buen resumen de nosotros y nuestra rutina —dije con diversión.

Reímos.

—Le has contado lo que ha pasado —afirmó.

—Sí, aunque tendría que haber esperado a hacerlo en persona. El problema es que a Gael no puedo ocultarle nada.

Me encogí de hombros.

—Os conocéis demasiado bien, hubiera notado como estás de ánimos.

—No se me nota nada porque estoy bien.

Fruncí el ceño.

—Algo se te nota, Liv, lo que me jode mucho.

Eres fuerte y decida, pero también eres humana y hay cosas que duelen y afectan, por mucho que nos empeñemos en negarlo.

Es normal que te haya sentado mal cómo te ha tratado la imbécil de antes, aunque sepas que, como le has dicho, ella no te llega a la altura de las suelas de tus botas.

Me hizo un guiño y sonreí.

—Tal vez sí que me ha afectado un poco —suspiré—, pero no porque me hayan dolido sus palabras.

Esa tía no tiene ningún efecto en mí, ni ella ni su boca envenenada.

Ha sido la situación en sí, y que había más personas que no conocía.

Eso es lo que me jode, mucho, por la idea que han podido hacerse de mí.

—Y te jode más por una de esas personas en concreto, ¿no?

—Qué va. Lo digo en general.

Soltó una carcajada y yo puse los ojos en blanco.

—Ya que has sacado ese temita… ¿Te has dado cuenta de quién…?

—Quienes. Los he visto, sí —lo interrumpí.

Agradecí que la camarera se acercara en este momento, aunque no iba a servirme de nada retrasarlo.

Después de pedirle un café con leche a la chica y de que se fuera para traérmelo, Félix volvió al ataque retomando la conversación.

—Está mirando hacia aquí —me dijo.

—Tenemos muchas mesas alrededor.

Negué.

—Qué mal se te da —habló riendo.

La camarera me dejó el café en la mesa y se lo agradecí. Félix aprovechó para pagarle, antes de que se fuera.

—Mañana invito yo —le dije.

—Claro. Por supuesto.

—No empieces que al segundo día que no me dejes pagar ya no vengo contigo más —le advertí, señalándolo.

—No te lo crees ni tú, preciosa. Así tenga que traerte a rastras.

Me hizo un guiño.

Elevé las cejas, en un claro desafío con el que ambos terminamos riéndonos.

—Hola.

Al escuchar una voz masculina a un lado de la mesa, una que me erizó la piel y que había escuchado muy pocas veces, levanté la cabeza despacio.

Esa voz hablaba perfectamente el español, pero se notaba en su pronunciación una ligera entonación que no sabía a qué país pertenecía.

Me encontré con unos ojos verdes impresionantes. Era la segunda vez que los tenía cerca y me perdí otra vez en ellos, en la profundidad que parecían contener.

En la sede, cuando él me tenía agarrada de un brazo y nos encontrábamos mucho más cerca, pude distinguir varias tonalidades de verde.