Pisando fuerte Capítulo 10
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Capítulo 10

Liv

—¿Quién mierda era esa tía? Joder, he estado a punto de saltarle encima.

Bufó Félix.

—Te lo habría impedido.

—Ya…

—Además, estabas más preocupado por mí que de saltarle encima.

Sonreí, mirándolo.

—Pues sí. Hasta me he puesto a temblar.

Reímos.

—Has estado de diez —me felicitó—. Me siento orgulloso por cómo has llevado la situación.

—Gracias —dije con diversión—. Me ha faltado muy poco para cogerla de los pelos y arrastrarla por este suelo tan brillante.

Di un salto y reímos de nuevo.

—Joder, habría sido alucinante verlo —comentó con humor—. Y con tus botas militares, las que le dan tanto asco. Flipante.

Nos sonreímos con complicidad.

Nos paramos frente a una puerta cerrada y la golpeé con los nudillos.

—Hola, chicos —nos saludó uno de los informáticos de la sede.

Se llamaba Tomás. Tuvimos mucho trato con él la primera vez que estuvimos viniendo aquí, durante varias semanas, y desde ayer él había estado en contacto con Ollie, pasándole información.

Estaba esperándonos.

—Hola —le correspondimos Félix y yo.

—Me alegro de verte otra vez —le sonreí.

—Igualmente, Liv —me devolvió el gesto sonriente.

—Pablo está en la última planta revisando un fallo que han dado varios ordenadores.

Pablo era su compañero. Había más informáticos repartidos por el edificio, pero los principales, los más fuertes, por así decirlo, eran Pablo y Tomás.

—Toda vuestra —nos dijo, señalando el interior de la sala.

—Gracias.

Entré recordando la cantidad de horas que estuve sin salir de aquí la anterior vez que trabajé en esta misma sala.

Agarré el respaldo de una de las sillas y miré hacia las pantallas gigantes que mostraban en tiempo real tanto imágenes de las cámaras de seguridad, como datos con información encriptada con la que se trabajaba en esta sede.

Me incliné hacia delante y aparté la silla, para apoyar las manos en la mesa y así ver de cerca esa información.

Mis ojos comenzaron a capturarla y mi mente hizo el resto, al descifrar una buena pare de dicha información. Los algoritmos seguían funcionando bien.

—Os dejo trabajar tranquilos —habló Tomás—. Tenéis mi número, llamadme para cualquier cosa. Igualmente, Pablo y yo iremos pasándonos a veros, para asegurarnos de que todo va bien y de que no os falta de nada.

—Gracias —le dijo Félix.

—¿Queréis un café? —nos ofreció.

—Te lo agradecemos, pero solo hemos decidido venir aquí para echar un primer vistazo. Ahora vamos a ir a la cafetería, nos lo hemos ganado después de terminar hasta las narices de caravanas, pitidos e insultos. Necesitamos un respiro —rio Félix.

—Joder, tío, estos días son horribles para circular.

—No, si hubiéramos venido en mi moto —dije.

—¿Con el día que hace? —se sorprendió Tomás.

—Déjalo, hace rato que perdí la batalla contra ella —le pidió Félix y rieron—. Me quedan muchas horas para escuchar lo mismo.

—Ánimo —le habló con diversión Tomás.

—Vosotros seguid, como si yo no os escuchara.

Me incorporé para girarme hacia ellos, con las cejas elevadas.

—Me encanta teneros de vuelta.

Tomás me hizo un guiño y sonreí de medio lado.

—¿Vamos a la cafetería? —le pregunté a Félix.

—Por casualidad, ¿tendrías un paraguas para dejarnos?

—Claro, habéis tenido suerte.

Caminó hacia un armario y del interior sacó dos paraguas grandes.

—Son los de repuesto.

—Perfecto, gracias —le dijo Félix.

—Yo llevo uno pequeño en el bolso, pero se ha reído de mí cuando ha empezado a llover con más fuerza. —Señalé a mi amigo y compañero.

Me encogí de hombros, aceptando el paraguas que me dio. Félix cogió el otro.

—Qué malvado. No tiene corazón —rio Tomás y nosotros con él, mientras salíamos de la sala.

Tomás cerró con llave y después me la dio. A partir de este momento la sala en la que él y Pablo trabajaban pasaba a ser de Félix y mía, durante el horario de trabajo que nos marcáramos mi compañero y yo.

Me la guardé en un bolsillo del pantalón vaquero y nos alejamos de la zona.

Nos despedimos de Tomás cuando llegamos al gran vestíbulo. Él fue hacia el ascensor y Félix y yo hacia la salida. Movimos las manos en la dirección de John, quien nos imitó con un asentimiento.

Al pasar el control le habíamos dicho que no tardaríamos en salir para ir a la cafetería.

—¿Qué haces? —le pregunté a Félix.

Me rodeó la cintura con un brazo, agarrándome con fuerza.

—No vas a volver a resbalarte. —Sacudió la cabeza—. Ahora no hay nadie con quien puedas chocar, pero puedes caerte.

—Lo que me ha pasado antes ha sido porque hemos entrado corriendo.

Sonreí.

—Me da igual. —Arqueó una ceja.

Puse los ojos en blando y me dejé llevar por él.

—Liv…

—¿Mmm?

—Lo que te ha dicho la tía de antes…

—Estoy bien —lo interrumpí—. De verdad. No hace daño quien quiere, sino quien puede, y en este caso esa desconocida no puede hacer nada contra mí porque me importa menos que nada.

Me encogí de hombros.

—Me alegra oírlo —sonrió de medio lado—. Le das millones de vueltas.

—Eso lo dices porque me quieres —dije con diversión.

—Mira que te gusta tocar las narices…

Solté una carcajada.

—Lo he dicho porque es lo que pienso. Es una gran verdad y te callas.

Giré la cabeza y le di un beso en la mejilla, después apoyé me apoyé en su hombro, hasta que me soltara y se separara de mí.

—Fue una suerte que la vez anterior que estuvimos trabajando aquí no nos encontráramos con esa impresentable —comentó, con voz enfadada.

—Pues sí, y mira que estuvimos tiempo.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Qué te ha pasado con el tío con el que has chocado?

—No sé a qué te refieres.

Lo miré de reojo y él a mí con una ceja arqueada. Apreté los labios, para no reír.

—Ya lo conocía de vista y me he llevado una gran sorpresa al ver quién era.

—¿De qué lo conoces? —me preguntó sorprendido.

—Del viernes pasado. Nos vimos por primera vez en el bar de Jana, aunque no nos acercamos en ningún momento de la noche. Yo estaba con Gael, Julia y Elsa, y ese hombre llegó con el mismo con el que estaba a su lado aquí.

Félix, Eva y Ollie sabían perfectamente quien era Jana y conocían su bar. Muchas veces salíamos todos juntos, por lo que también eran cercanos a mis amigos fuera del trabajo.

—Eso tienes que contármelo con más detalles —me pidió, con curiosidad.

—No hay nada más que contar. Te he hecho un buen resumen de lo que pasó —reí.

Félix me soltó cuando dejamos la peor zona de la entrada. Esperaba que cuando regresáramos ya hubieran secado el suelo, porque todavía estaba mojado en ciertos sitios.

Nos paramos bajo el techado y abrimos los paraguas, para comenzar a bajar los pocos escalones que daban a una plaza. Caminamos alejándonos y cuando lo hicimos lo suficiente, empezamos a encontrarnos a gente por la calle. Aunque por la lluvia no había mucha.

—Se llama Nathan —me dijo de repente Félix.

Lo miré de reojo.

—Lo sé. Es como lo ha llamado la tía esa.

Bufé.

—¿Te fastidia?

—¿El qué?

Fruncí el ceño.

—El interés de esa por Nathan. Ha sido más que evidente.

—¿Por qué tiene que fastidiarme eso? No lo conozco de nada.

—Ya… —carraspeó—. Pues para no conoceros os ha costado mucho dejar de miraros.

—Los dos nos hemos llevado una sorpresa —suspiré—. Solo ha sido eso. Nos ha impactado volver a vernos, encontrarnos de esa manera.

—Me preguntó por qué —sonrió de medio lado.

—Tú sabrás.

Rio.

—Para todo lo inteligente que eres se te da fatal mentir y disimular.

—No empeores mi día, anda —le pedí.

—¿Vas a averiguar qué hace Nathan en la sede?

—No.

—¿No te interesa?

—No —repetí.

—Pues yo digo que sí.

—Tú puedes decir lo que te dé la gana, otra cosa es que sea cierto.

Bufé.

—Me encanta cuanto te alteras porque voy por delante de ti.

Rio y lo fulminé con la mirada.

—Te has salvado —le dije.

Me paré en la acera y me ayudó sujetándome le paraguas, mientras yo buscaba el móvil dentro del bolso.

—Es Gael.

Sonreí al ver el nombre de mi amigo en la pantalla. Era una llamada suya.

—Aprovecha para hablar con él tranquila.

Señaló hacia delante, donde a un par de metros se encontraba la cafetería.

—Salúdalo de mi parte, voy cogiendo mesa.

—Vale.

Caminamos rápido hacia la entrada de la cafetería y nos separamos.

Descolgué y me llevé le teléfono a la oreja. Lo apoyé en el hombro, para cerrar el paraguas. El balcón que había sobre mi cabeza me protegía de la lluvia.