Capítulo 9
Nathan
—Parece que hoy no hay tantas carreras, ¿no?
Acabábamos de llegar a la planta donde estaba mi despacho y como bien había dicho Michael, desde que accedimos al edifico todavía no habíamos visto a nadie alterado.
Todo parecía estar en calma, después del caos que fue el día anterior.
Cuando saltaron las alarmas de que había habido una filtración en el sistema, que habían atacado la red, nos hicieron apagar todos los ordenadores y se paralizó todo el sistema informático. Nos dejaron a la espera, a ciegas y con la incertidumbre.
Así permanecimos el día completo, por lo que, en cuanto terminé todo lo que podía hacer sin necesitar el ordenador, decidí largarme porque no tenía sentido continuar perdiendo el tiempo. Eso fue a media mañana.
Pregunté varias veces cómo iba la seguridad y qué tan grave había sido el ataque.
Lo único que conseguí que me dijeran fue que la empresa de ciberseguridad encargada ya estaba al corriente de lo sucedido y habían comenzado a trabajar.
También que, al día siguiente, hoy, podrían darme más información.
—Es buena señal —le respondí a Michael, con respecto a la tranquilidad que había.
—Eso espero, aunque nosotros seríamos los menos afectados.
—Por mínimo que fuese para nosotros sería un gran problema.
Llegamos cerca de mi despacho y nos paramos frente a la mesa de Marian, mi secretaria provisional.
—Buenos días, señor Davies —me saludó, sonriente.
—Buenos días, Marian. ¿Alguna novedad?
—Por el momento no nos han actualizado la información —me contestó y asentí—. Sabemos lo mismo que ayer.
—De acuerdo. Si hay algún cambio quiero saberlo de inmediato.
—Por supuesto, señor.
—Buenos días, Marian.
—Buenos días, Michael. Enseguida les llevo los cafés.
Se levantó de la silla.
—No hace falta —le quité la intención—. Ahora iremos nosotros a la cafetería.
—Como quiera. Señor…
—¿Sí?
Me paré, continué caminando hacia mi despacho.
—Perdone, se me ha pasado decirle que para cosas importantes puede acceder al ordenador. —Señaló el suyo.
—Perfecto, entonces hoy podré trabajar.
Sonrió.
—Eso parece.
—¿Te gusta el café? ¿Te has tomado alguno antes de comenzar a trabajar?
—Me gusta y me lo he tomado antes de salir de casa, como cada mañana.
—¿Te vendría bien uno ahora?
—Sí.
—Pues puedes tomarte el tiempo que necesites.
—Pero…
—No te preocupes por nada, yo no voy a necesitarte por ahora. Como te he dicho nosotros vamos a ir a la cafetería.
—Muchas gracias, señor Davies —me dijo un poco sonrojada.
—Por favor, llámame Nathan.
—De acuerdo, Nathan.
—Todo perfecto, entonces.
Asentí, antes de darle la espalda para continuar hacia mi despacho. Michael me siguió de cerca.
En cuanto entré fui hacia la mesa y saqué del primer cajón una carpeta que abrí para echar un vistazo rápido a toda información que contenía. No eran muchas hojas, por lo que no tuve problema en memorizar los datos más importantes.
Debía enviar un mail urgente y una vez hecho, ya podía quedarme tranquilo. Lo haría desde la cafetería y después tocaba tomarse el desayuno con calma.
Yo con el café tenía más que suficiente a esta hora, pero Michael comería algo, aparte de lo que desayunara cuando llegase la hora del descanso.
—Vamos —le pedí, guardando la carpeta.
Fui hasta la puerta, con él a mi lado.
Cuando salimos Marian ya no se encontraba en su mesa, por lo que nosotros seguimos su ejemplo.
Bajamos en el ascensor hasta la planta principal y una vez en ella nos dirigimos a la recepción, para recoger los paraguas que dejamos al llegar.
Continuaba lloviendo, pero con menos fuerza. A Michael y a mí no nos importaba la lluvia, estábamos más que acostumbrados a este tipo de tiempo, lo que parecía no encajar para las personas que nos habíamos cruzado desde que llegamos.
Estaba generalizando, pero todos los que nos habían hablado destacaron el mal tiempo, quejándose. Donde vivíamos Michael y yo también eran muy comunes los días nublados.
—¡Nathan!
Al escuchar mi nombre nos paramos y nos giramos hacia la persona que me había llamado.
Se trataba de una mujer que me presentaron el segundo día de estar aquí y sinceramente no recordaba qué función tenía en la sede y mucho menos me acordaba de cómo se llamaba.
—Qué suerte que te veo —dijo, para después sonreír de oreja a oreja—. Hola —saludó al fijarse en Michael.
—Hola —le correspondió mi amigo.
—Ayer fui a buscarte porque por fin supe dónde encontrarte, pero tu secretaria me dijo que te fuiste a media mañana —se dirigió otra vez a mí.
Hizo una especie de puchero por el que Michael carraspeó, girándose un poco para no mirarla de frente.
Yo aguanté sin mostrarle ningún cambio en mi expresión.
—¿Y tú eres? —le pregunté.
Se sorprendió, como si fuera raro que no la recordara. Se recompuso enseguida.
—Perdona —rio.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón del traje.
—Soy Amanda. —Dio un paso hacia mí.
Se quedó demasiado cerca, invadiendo mi espacio personal. Continué sin inmutarme.
—Nos conocimos tu segundo día aquí. ¿No te acuerdas?
Asentí, sin querer alargar la conversación que me parecía un sin sentido.
—Quería decirte que puedes contar conmigo para lo que sea.
Colocó una mano en mi brazo y la miré fijamente a los ojos.
—Da igual lo que necesites, yo te lo conseguiré —insistió.
—Me basto yo solo para conseguirme las cosas y si no pudiera, tengo a Michael para ayudarme. Así que te lo agradezco, pero no necesitaré tu ayuda durante el tiempo que esté aquí. ¿Algo más?
—Eh… yo… solo quería acercarme para lo que te he dicho.
—Estupendo. —Asentí—. Pues ya está aclarado.
—¿Nos vamos? —me preguntó Michael—. Estoy mojando el suelo.
Los paraguas goteaban, sumando más agua de la que ya había en el suelo, por el mismo motivo.
—Si nos disculpas, Amanda…
—Claro. ¿Tenéis ganas de salir con el día que hace?
Miró hacia la puerta, haciendo una mueca.
—Por supuesto. Los días así son los mejores —le contestó Michael.
Sonreí de medio lado.
Estaba dispuesto a girarme para alejarme definitivamente de Amanda, para salir del edificio, pero de repente algo impactó con fuerza en mi espalda.
Si no hubiera sido por Michael que reaccionó rápido, me habría ido sobre Amanda. Esta se sobresaltó y dio varios pasos hacia atrás, mientras que mi amigo me sujetó con fuerza por la cintura, impidiendo que me moviera.
También estuve a punto de caerme al suelo porque el problema fue que no estaba preparado para el golpe y que el puñetero suelo resbalaba. Con lo brillante que lo tenían y encima el agua de lluvia…
Solté un bufido y me giré rápido, dispuesto a decir varias cosas claras a quien había chocado conmigo, pero me quedé muy quieto al reconocer a la mujer que tuve que agarrar de un brazo, para que pudiera incorporarse bien y no cayera hacia atrás.
—Joder, Liv —dijo el hombre que se puso a su lado, preocupado—. Lo sentimos —se dirigió a mí, disculpándose por los dos—. Veníamos corriendo por la lluvia, desde el coche, y ha patinado.
—Mierda de suelo que parece de cristal —se quejó ella con rabia.
Todavía no había levantado la cabeza y mi mano seguía alrededor de su brazo, por lo que ella no se había dado cuenta de quién era yo.
Tampoco es que nos conociéramos, pero si tenía un mínimo de memoria me recordaría del bar en el que coincidimos tomando una copa el fin de semana pasado, tan solo unos días atrás.
Porque, a pesar de que no hablamos, sí que nos miramos muy bien. Demasiado y fue mutuo.
—No hay problema —dije.
Mi voz sonó ronca, otra cosa que me sorprendió.
Michael, que ya se había dado cuenta de quien era la mujer, me miraba con los ojos abiertos al máximo, sorprendido. No le presté atención, después de una mirada rápida de reojo me centré de nuevo en la mujer.
Liv, la había llamado su acompañante.
Al escuchar mi voz pareció reaccionar, como si se diera cuenta en ese instante de que no estaba sola.
Levantó la cabeza despacio, al mismo tiempo que enderezaba la espalda, y cuando nuestros ojos se encontraron su reacción fue automática e instantánea. Agrandó los ojos y entreabrió los labios, conteniendo la respiración.
Volvía a calzar las botas militares, con un pantalón vaquero y una cazadora que ocultaba la prenda de debajo. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos cayéndole a los lados de la cara. Y su cara lucía natural, sin nada de maquillaje.
Si la noche del bar llamó mi atención, en este momento, a tan corta distancia, me dejó atrapado, por completo.
—¿Qué…? —susurró ella.
—Tenemos que irnos —le dijo su acompañante.
Miré hacia él, fulminándolo con la mirada cuando tiró del otro brazo de Liv y la separó de mí.
—Me disculpo de nuevo —continuó hablando—. En nombre de los dos. Ella no ha podido frenar, con el suelo mojado y encerado.
Liv continuaba mirándome sin creerse a quién tenía delante.
—Lo que no tendría que haber hecho es entrar corriendo, es inaudito —se quejó Amanda.
Creía que se había largado, por lo que me sorprendió escucharla. Ni siquiera la había notado hasta ahora, la mujer del bar me había dejado tan fuera de juego que ni siquiera noté la mano de Amanda en mi espalda. Hasta este instante.
Al escucharla Liv reaccionó, por fin. Dirigió la mirada hacia Amanda y frunció el ceño. Fue muy sutil y duró poco, pero lo percibí igual.
—Y menos con esas… ¿Eso son botas? —Jadeó Amanda—. Por favor, ¡qué horror salir a la calle así! Y más venir a este lugar de esa forma vestida. ¡En esta sede hay un código de vestimenta!
—Joder —siseó el acompañante de Liv.
Él tiró de nuevo del brazo de Liv, pegándola más a su cuerpo. Ahora el que fruncí el ceño fui yo.
Michael se puso a mi lado, para apartar sin ninguna sutileza a Amanda.
—¿Qué ha dicho de código? ¿Es que aquí los marcan como si fueran códigos de barra? —le preguntó Liv a su acompañante.
Él apretó los labios, conteniéndose para no reír, aunque también era evidente que estaba enfadado por la situación. Imaginaba que por Liv que era la que estaba llevándose todos los golpes.
Y tan cierto, se llevó el primero físico al chocar conmigo y los siguientes con palabras envenenadas.
—¿Quién te has creído que eres? —habló indignada Amanda.
Tenía gracia que fuese ella la que sonara de esa manera, cuando desde el principio era ella la que estaba faltando el respeto.
—Alguien a la que no le llegas ni a la altura de las suelas de las botas —le contestó Liv.
Le sonrió de medio lado, alterando más a Amanda.
—Voy a hacer que te echen, no tienes ninguna autoridad para…
—No vas a hacer absolutamente nada —interrumpí a Amanda, interviniendo por primera vez.
Mi voz sonó fría y cortante, como me sentía en este jodido momento.
—Haz algo, por mínimo que sea, y te aseguro que me encargaré personalmente de que te arrepientas.
Remarqué cada una de las palabras de mi advertencia.
—Pero, Nathan, ¿no la has visto? —me preguntó sorprendida.
La miré a ella, como si le hubieran salido cuatro cabezas de repente.
—Yo que tú tendría más cuidado a la hora de hablar —le advirtió Michael, muy cabreado con la situación.
Era vergonzoso lo de esta mujer. Sobra decir que me refería a Amanda.
—Gracias por la defensa, pero una tía como esta no va a poder conmigo —dijo Liv.
Se soltó del agarre de su acompañante, quien susurró algo, mientras le cubría la espalda a Liv, siguiéndola de cerca.
Liv se dirigió directamente a Amanda.
—Sigue hablando, tal vez en algún momento te envenenes tú sola. Ni tu vestido caro, con el que solo buscas provocar, ni tus estúpidos zapatos con tacones kilométricos , pueden conmigo. Cuando quieras volvemos a encontrarnos, pero tendrá que ser en otro momento, cuando yo tenga tiempo.
Con esas palabras y con un guiño, Liv pasó por nuestro lado con pasos firmes. Su acompañante fue tras ella, después de soltar un suspiro de alivio.
No se marchó sin antes fulminar a Amanda con la mirada.
—¿Y yo tengo que aguantar eso? —preguntó indignada Amanda.
—Cállate de una vez —le pedí, con la voz ronca.
Michael consiguió alejarla de mí antes de que le dijera varias verdades que la dejarían fuera de juego en segundos.
Yo no pude apartar la vista de Liv y del hombre. Fueron hacia el control de seguridad y tuvieron que esperar un poco a que John apareciera. Este llegó disculpándose, pude escuchar que venía del baño.
Entrecerré los ojos cuando John les sonrió a los dos y estos les devolvieron la sonrisa. Y más me sorprendió que John los dejara pasar sin preguntarles a qué venían.
Yo me pregunté qué hacía exactamente aquí Liv, todo parecía demasiado familiar y natural como para ser algo ocasional.
—Ya está. Menuda tía.
Michael llegó a mi lado quejándose de Amanda, y con razón.
—Joder, Nat, qué casualidad que sea la mujer del bar —comentó, impresionado.
—Sí —susurré.
Ambos vimos como Liv y el otro se adentraban en la planta baja.
Solo fue un segundo, pero sin dejar de caminar, ella miró por encima de su hombro y nuestras miradas volvieron a encontrarse, desde la distancia.
Apreté la mandíbula porque no era justo lo que había tenido que aguantar y porque odié cómo había sido nuestro primer acercamiento.
—Qué fuerte. Menudo giro, esto se ha puesto muy, pero que muy interesante.
Michael continuó a lo suyo y soltó una carcajada.
Yo caminé con decisión hacia John, el vigilante de seguridad del control de la entrada.
—Buenos días, señor Davies.
No solo se acordaba de mi apellido, también de mi nombre. Desde la primera vez.
—Buenos días de nuevo, John. ¿Conoces a la mujer y al hombre que acabas de dejar pasar?
—Eh, sí, señor —me confirmó.
—¿Trabajan aquí o han venido de visita?
—Trabajarán provisionalmente aquí.
Fruncí ligeramente el ceño.
—En realidad trabajan en la empresa de ciberseguridad, ellos son los que han venido a solucionar lo que provocó el ataque de ayer. A solucionarlo y a restablecer todo, para volver a la normalidad lo antes posible.
—Joder —dijo Michael, a mi lado.
—Yo los conozco porque ya estuvieron aquí hace un tiempo, durante semanas. Nos llevamos bien.
—¿Qué hicieron? —se interesó Michael.
—Instalaron cosas de seguridad en la red, de lo que no estoy al día. No entiendo de eso —sonrió.
Michael silbó, yo volví a mirar hacia la zona por la que había desaparecido Liv.
—¿Hay algún problema, señor?
—En absoluto. —Lo miré—. Gracias, John.
—Por si necesitan algo relativo a la informática, la que está al mando es Liv. Tiene una mente privilegiada.
Me sonrió y yo asentí, asimilando sus últimas palabras.
Nos despedimos de él y Michael y yo salimos del edificio, por fin.