Pisando fuerte Capítulo 8
19%

Capítulo 8

—Estupendo.

Eso fue una queja, mientras miraba por el cristal de la corredera de mi salón.

Estaba lloviendo, el agua mojaba una parte de mi balcón. Precisamente hoy hacía mal tiempo, justo cuando tenía que ir a trabajar en la moto y después de no sé cuánto tiempo sin que cayera una gota de agua.

Bebí un sorbo de café.

Ya estaba preparada para salir del piso, duchada, vestida, peinada y a falta de terminarme el café.

Me había puesto un pantalón vaquero de color oscuro, con un jersey de cuello en pico que me quedaba un poco anchito. Me encantaba la combinación, me quedaba genial y el tejido del jersey era muy agradable al tacto.

La parte delantera del jersey lo había metido por la cinturilla del pantalón, dejando la parte de atrás caer por debajo de mi cintura.

Me había calzado mis botas militares, estas no podían faltarme en un día de guerra. Y hoy lo era, porque me había levantado dispuesta a llevarme por delante cualquier cosa. Referente a mi trabajo, está claro.

Me giré hacia el salón, cuando mi móvil comenzó a sonar sobre la mesa alta.

Lo había dejado ahí junto a la cazadora, el bolso y el mono para el agua.

Este último todavía no sabía si me lo pondría o no, continuaba sin tenerlo claro.

Me protegería del agua en la moto, pero me tiraba para atrás el tener que enfundarme dentro de él.

Total, si llegaba mojada, que sería el caso si iba sin nada, podía secarme en los baños e, igualmente, estaría sola en la sala de trabajo, con mi compañero como única compañía.

No quería a nadie más cerca de mí mientras trabajaba en algo tan importante que tenía que ver con la seguridad, y menos cuando se trataba de darle forma a esa seguridad.

En realidad, para ser sincera, no me gustaba estar con nadie que no fueran mis compañeros de equipo. Punto. No me entendía muy bien con los demás, en cambio, con Eva, Ollie y Félix, podía ir hasta el fin del mundo.

Caminé hasta la mesa y sonreí al llegar, al ver el nombre de Félix. Él era el compañero que iba a estar a mi lado hoy y los días que necesitara para terminar el trabajo que alguien se había esforzado por destrozar.

Ollie y Eva estarían en nuestra sala de trabajo y los tendríamos de apoyo desde la empresa, para trabajar en línea.

—Buenos días —dije al descolgar.

—Lo de buenos, vamos a obviarlo hoy.

Sonreí.

—¿No te gusta un poco de lluvia? —le pregunté, divertida.

Sabía la respuesta de sobra, como para no ser así, después de todo el tiempo que hacía que nos conocíamos.

Solté una carcajada por el insulto tan inspirado que me dedicó.

—Estoy a punto de colgar sin decirte que voy a por ti.

—¿En serio?

—¿De cuál de las dos tienes dudas? ¿No entiendes lo de colgar o lo de ir a por ti? —me preguntó con un punto de humor.

—Estamos empezado fatal el día, peor de lo que ya está.

Reímos.

—Fuera bromas y tonterías, me alegro de haber llegado a tiempo. Ni se te ocurra montarte en la moto con el día como está.

—Gracias.

—Tendría que haber salido de ti llamarme para que fuera a recogerte —me dijo a modo de toque de atención.

—Vivimos en puntas opuestas de la ciudad, cruzarla en un día como hoy es una locura.

—¿Y? ¡A mí me ponen las locuras!

Reímos.

—Lo dices como si tuviera que ir a tu dirección corriendo. Anda que… Mientras que no nos quedemos sin gasolina todo estará bien.

Sonreí.

—Me has salvado de llegar chorreando.

—Lo sé. Soy el mejor.

Volvimos a reír.

—¿Cuánto te queda para llegar, más o menos?

—En menos de diez minutos estoy ahí.

—Vale, pues voy a hacerme otro café y bajo con él para esperarte en la entrada del edificio. ¿Quieres uno?

—Te lo agradecería porque el que me he tomado antes de salir de casa no me ha hecho nada.

—Hecho. Te bajo un café con leche. Nos vemos ahora, ten cuidado.

Colgué y fui a la cocina. Encendí la cafetera y mientras se calentaba, cogí del armario dos vasos con tapa, para hacer los cafés en ellos.

Así lo hice y después los endulcé y añadí la leche que calenté antes. Probé el mío, para asegurarme que me habían salido bien, porque el de Félix tenía tan buena pinta como el mío, y cerré los vasos. Los coloqué en la mesa del salón para ponerme la cazadora y colgarme el bolso.

Dejé atrás el mono para el agua, y cargando con los vasos, salí del piso y bajé en el ascensor. Llevaba un paraguas pequeño en el bolso, ya que tenía la intención de ir a desayunar a una cafetería que se encontraba cerca del edificio en el que trabajaríamos. La recordaba.

¿En qué momento de la mañana? Ni idea, seguramente cuando Félix me sacara a empujones de la sala. Ambos necesitaríamos en algunos momentos que nos diera el aire.

Salí del bloque para quedarme protegida en el pequeño techado que había en la entrada.

Pocos minutos después mi compañero y amigo llegó. Se paró en doble fila y me lancé a correr por la acera, directa hacia él. Entré riendo, salvando los cafés cuando me lancé al asiento del copiloto.

—Joder, ya me gustaría tener tu energía de buena mañana —dijo Félix.

Negó sonriendo, antes de darnos un beso en la mejilla.

—Tuyo.

Le di su vaso.

—Gracias, preciosa.

Me hizo un guiño.

Abrió la tapita y le dio un sorbo. Yo lo imité.

—Qué bien sienta.

—Me parece a mí que hoy vamos a necesitar varios los dos, para comenzar a ser personas en el trabajo —comenté.

—¿Supuestamente qué somos ahora? —me preguntó con diversión.

Me miró de reojo, antes de incorporarse a la carretera.

—Dos figuras fantasmales que sobreviven a sorbos de café. Lo de la concentración no entra, se nos esfuma de la cabeza al ser fantasmas. ¿Lo pillas?

Soltó una carcajada y me reí con él.

—Joder, esas cosas solo se te ocurren a ti.

Sacudió la cabeza.

—Por eso soy una de las mentes más brillantes que conocerás en tu vida —dije con diversión.

—Ni que lo digas. Una no, la más brillantes. Te lo aseguro.

Sonrió.

—¿Y esa mente brillante ya tiene claro por dónde vas a empezar a trabajar?

—Sí. Tengo todos los pasos aquí.

Me toqué la cabeza, con un dedo.

—Voy a crear tres nuevos cortafuegos mucho más fuertes que los anteriores y reforzaré aún más el principal que se mantiene intacto.

—Esa es mi chica.

Asintió, satisfecho.

—No puedes enamorarte de mí.

—Por favor, jamás osaría cometer ese pecado. ¿Por quién me tomas?

Nos miramos unos segundos y soltamos una carcajada.

—Voy a llamar a los chicos, ya deben haber llegado a la oficina —comenté.

Marqué el número de Ollie, pero no respondió, por lo que probé con Eva. Ella sí que descolgó al segundo tono y puse el altavoz.

—Joder, espera —me pidió y apreté los labios

Félix carraspeó, conteniéndose para no reír. La conocíamos tan bien.

—Me cago en todo —dijo con un grito—. Qué rabia me entra los días de lluvia. Mierda, se me han mojado las deportivas.

Bufó.

—Relájate, es tan fácil como que vayas al armario y te pongas las que tienes de repuesto —le habló Félix.

—Me caes fatal —se quejó.

—Contaba con ello, ante de hablar.

Reímos.

—He llamado a Ollie.

—No está aquí, pero su ordenador está encendido —nos contó—. Ah, aquí está.

—¿Quién es? —le preguntó Ollie.

—Liv y Félix.

—Hola, chicos.

Le correspondimos al saludo.

—Acabo de llamarte —le dije.

—Perdón, todavía lo tengo en silencio.

—No pasa nada —sonreí—. Vamos de camino al edificio de la sede, Félix se ha apiadado de mí y ha venido a buscarme.

—Pues menos mal, porque habrías llegado pasada por agua y tendrías que aguantar incómoda todo el día —comentó Eva—. ¿Tenéis claro que no me gustan los días de lluvia?

—Sííí… —respondimos los tres, al unísono.

Después soltamos una carcajada.

—Y encima me deprimen —suspiró—. Entre la mala leche que me entra y la tristeza…

Bufó.

—Empieza a relajarte ya —le pidió Ollie.

Se notó que estaba sonriendo.

—Cuando lleguemos y nos hagamos con la sala, os hacemos una videollamada para trabajar mejor —les dije.

—Guay. A ver a qué hora llegáis porque el tráfico está fatal —comentó Ollie.

—A la que sea, es lo que hay —dijo Félix.

—Está claro —habló Eva.

—Avisadme cuando llegue Mario —les pedí—. Quiero comentarle unas cosas a las que he estado dándole vueltas.

—Cuenta con ello —habló Ollie.

Nos despedimos y guardé el móvil en el bolso.

—Al final tendríamos que haber ido los dos en mi moto —comenté, viendo delante la caravana que había hecho frenar a Félix.

—Qué quieres que te diga, tenemos café y me importa una mierda llegar tarde, y si le sumo que no me apetece mojarme ni un pelo de mi hermosa cabellera…

Soltamos una carcajada.

—Pues sí, no va a terminarse el mundo porque lleguemos sin prisa —dije pensativa.

—No está en nosotros correr más o menos.

Se encogió de hombros, señalando hacia los vehículos parados que teníamos delante y a los lados.