Pisando fuerte Capítulo 7
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Capítulo 7

Sonreí al ver las piernas que sobresalían de debajo de un coche.

Continué caminando, acercándome, mientras miraba alrededor.

Me encontré con la mirada de Saúl, quien me sonrió y me hizo un guiño, mientras hablaba con un cliente sobre su moto.

Me paré a un lado de los pies del que estaba escondido a ras de suelo y me agaché. De cuclillas, llamé su atención.

—¿Sabes lo que me pone a mí un tío manchado de grasa? Mmm… y si encima tiene tu cuerpo no te digo nada.

Mi amigo Gael soltó una carcajada, haciéndome reír a mí también.

Deslizó la tabla en la que estaba tumbado bocarriba y salió de debajo del coche, sonriendo.

—Hola, preciosa.

—Hola.

—¿Te has adelantado o se me ha echado el tiempo encima?

—Lo primero.

—¿Qué te pasa?

Frunció ligeramente el ceño. Se incorporó y yo lo hice a la vez.

—Nada.

Elevó las cejas, observándome en silencio. A Gael no se le escapaba ningún gesto de mi cara, no podía mentirle.

—He venido un poquito antes por si tu jefe te deja salir a tomar un café conmigo, adelantando la hora del desayuno —alcé la voz, para que Saúl me escuchara.

Él, que estaba despidiéndose del cliente en la entrada del taller, soltó una carcajada.

Gael sonrió de medio lado, mientras se limpiaba las manos con un trapo.

—¿Se os ha roto el elevador?

Lo normal era que lo colocaran donde le había preguntado, para trabajar de pie debajo de los vehículos.

—No.

—Y no llames al mal tiempo —me pidió Saúl—. Hola, preciosa.

—Hola, guapo.

Nos dimos un abrazo.

—Le estaba echando un vistazo rápido —me aclaró Gael.

—Ya he visto tu coche —me dijo Saúl.

—He encontrado aparcamiento casi en la entrada del taller —comenté, sonriendo.

Saqué la llave del bolsillo del pantalón vaquero y se la di.

—Estupendo. —Saúl la cogió—. Anda, iros ya a tomar ese café. Parece que lo necesitas.

—Gracias. Eres el mejor. ¿No puedes escaparte un ratito con nosotros?

—Bueno, un café rápido sí puedo tomarme. A desayunar iré más tarde.

Los esperé fuera del taller y cuando salieron, después de que Raúl bajara la puerta grande de acceso de los vehículos y pusiera un cartel en el que ponía que volvían enseguida, nos dirigimos a la cafetería que estaba en la esquina de la calle.

No había que andar mucho para llegar.

—¿Vas a decir ya lo que te pasa? —me preguntó Gael, en cuanto ocupamos una mesa de la cafetería—. Y ni se te ocurra volver a decirme que no te pasa nada.

—Que la he cagado. —Bufé.

—¿Cómo? ¿Tiene solución? —Se preocupó Saúl.

Nos llevábamos genial, hacía muchos años que éramos amigos. Nos conocimos gracias a Gael, ya que él y Saúl eran grandes amigos desde bien pequeños.

Fueron vecinos durante muchísimos años, cursaron sus estudios sin separarse y así continuaron, hasta que el primero voló de la casa de sus padres, para independizarse.

Pero la vida no quiso alejarlos demasiado, ya que, aparte de lo que los unía y de que habían crecido juntos, compartían la afición por los motores y la grasa. De ahí salió que Saúl montara el taller y que Gael lo siguiera con los ojos cerrados.

Mi amigo trabajaba en el taller de lunes a viernes. El último día de la semana frenaba a la una, porque después de comer comenzaba su turno en el bar de Jana. Compaginaba los dos trabajos estupendamente.

En un principio comenzó trabajando únicamente en el taller, durante años fue de esa manera. Pero cuando se enteró de que Jana necesitaba ayuda en el bar, los fines de semana, se organizó y le propuso a ella que lo contratara como camarero.

Por aquel entonces a Gael ya le gustaba Jana, mucho. Ese sentimiento fue el que lo motivó e impulsó para querer estar a su lado, aunque fuera durante unas horas de los viernes y los sábados.

El dinero nunca fue un problema para Gael, aunque este siempre venía genial.

—Hola, chicos —nos saludó Ana, una de las camareras de la cafetería.

Su llegada retrasó mis respuestas a las preguntas de Saúl.

—¡Cuánto tiempo, Liv!

—Sí.

Sonreí, mientras me levantaba de la silla para darnos dos besos.

A Ana la conocía de todas las veces que venía a pasar un rato con Gael, cuando él se olvidaba de la hora que era y trabajaba horas interminables en el taller.

En esas ocasiones me gustaba arrastrarlo hasta aquí o, dependiendo de la hora que fuera, al bar que estaba hacia el lado contrario de la cafetería. De esa manera lo obligaba a descansar y a desconectar, y a veces, con suerte, conseguía que dejara de trabajar y nos íbamos a casa juntos.

—¿Qué tal? —le pregunté a Ana.

—No puedo quejarme, voy bien —me dijo con un guiño—. A ver si no tardamos tanto en vernos la próxima vez.

—Prometo venir a raptar a Gael.

Reímos.

—Eres a la única que le hace caso —comentó Saúl.

Puso los ojos en blanco.

—No siempre —sonreí.

—Es que tiene guasa que el trabajador haga más horas que el jefe —dijo con humor Saúl.

—Raro sí que es —intervino Ana, con un punto de diversión.

Gael nos observaba en silencio, sin perder la sonrisa.

—No te quejes tanto, jefe —le dijo mi amigo a Saúl, dándole una palmada en la espalda—. Que trabajo más que tú y sin pedirte un aumento de sueldo.

—Porque quieres. Pasas de todas mis amenazas.

—La confianza da asco —dije.

Soltamos una carcajada.

—¿Qué queréis, chicos? —nos preguntó Ana.

Los tres pedimos cafés con leche.

—Esta misma tarde me pondré con tu coche —me dijo Gael, cuando Ana se fue.

—Vale —sonreí—, pero recordad que no tengo prisa. Me moveré con la moto el tiempo que haga falta.

—Nos hemos organizado el trabajo para que mañana por la tarde lo tengas —me dijo Saúl, con un guiño.

—Sois los mejores —sonreí.

—Aquí tenéis, chicos —nos dijo Ana.

Nos dejó las tazas en la mesa mientras se lo agradecíamos y se fue enseguida, a atender a otros clientes.

—A ver —habló Gael—, que al final no me entero. ¿Por qué dices que la has cagado? ¿En el trabajo?

Asentí y frunció el ceño.

—¿En qué? Porque con lo meticulosa que eres…

Les conté lo que había pasado y no pude evitar cabrearme conmigo misma. Era ilógico, lo sabía de sobra, pero no podía evitarlo porque me sentía la única responsable de lo que había sucedido.

—¿Y por qué mierda te has echado la culpa?

—me preguntó Gael—. Que yo sepa gracias a ti no han podido traspasar todas las barreras.

—Elevó las cejas—. ¿Cuántos celebritos de la informática debe haber en el mundo?

Solo hace falta tener un nivel superior al experto y que la persona tenga un objetivo, ya sea para tocar los cojones o por algún propósito, y ya está servida la fiesta.

—Tiene razón —me sonrió Saúl—. Lo que tienes que pensar es que tu seguridad aguantó y fuiste superior a quien intentó saltársela. No lo consiguió.

—Y seguro que en cuanto empieces a trabajar en ello otra vez lo harás de tal manera, que será imposible que alguien tumbe tu trabajo.

—No hay nada infalible —suspiré.

—Pues si tú lo dices, con más razón no tienes que sentirte mal —insistió Gael.

—¿Cuándo empiezas? —se interesó Saúl.

—Cuanto antes mejor. —Me encogí de hombros—. Ya tenemos activadas las acreditaciones, pero hasta mañana no iré. Hoy quiero plantear bien el trabajo, reorganizar todas las ideas que me vengan a la cabeza y prepararme para horas interminables de trabajo.

Bufé.

—Joder, suena de maravilla —dijo con ironía Saúl.

Soltamos una carcajada.

—A lo mejor no te lleva tanto arreglarlo —comentó Gael.

Asentí, porque tenía claro que me llevaría un buen tiempo, lo que no sabía era cuánto.

—Bueno, chicos, yo os dejo.

Saúl se bebió de golpe lo que le quedaba de café y se levantó. Se acercó a mí y se inclinó, para darme dos besos.

—Por si estoy ocupado después, cuando Gael vaya a buscar la llave de su coche. —Me hizo un guiño—. Que termines bien el día y, sobre todo, olvídate de las preocupaciones.

—Lo intentaré —le sonreí.

—Por ahora me vale —me devolvió el gesto.

—Nos vemos cuando vuelvas de llevar a Liv —se dirigió a Gael, apretándole un hombro.

—Sí, jefe —le dijo con humor mi amigo—. Tú no te preocupes en pagar, ¿para qué?

—¿Con los billetes que acumulas tú? Ni en sueños saco mi cartera.

Se fue riendo, de la misma manera que nos quedamos Gael y yo.

—¿Cómo ha ido tu día hasta ahora? —le pregunté a mi amigo.

—Muchísimo más tranquilo que el tuyo. No me he llevado ningún sobresalto.

—Me alegro, es una suerte —suspiré.

—Vamos a pedir el desayuno y hablamos con calma.

—Lo del desayuno me parece genial, lo de hablar ya no.

Hice una mueca.

—Está claro que tu día va en picado, porque yo puedo ser mucho peor que lo que te ha pasado hasta ahora.

Sonrió de medio lado.

—Puedo ponerme a tu nivel.

Imité su gesto.

—Adelante. Estoy preparado para ser tu saco de boxeo, así al menos dejarás de castigarte a ti misma.

Hice una mueca.