Pisando fuerte Capítulo 6
14%

Capítulo 6

Liv

—¡Cuatro de cuatro! ¡Supera eso! —exclamó Ollie, señalándome.

Soltó una carcajada, haciéndome sonreír.

—¿Qué me has pedido?

Solo tuve que pulsar una tecla para que en la gran pantalla que teníamos delante comenzaran a aparecer datos, a gran velocidad.

—¡No me jodas! —se quejó Ollie, con las manos en la cabeza.

Eva rio a mi espalda y levanté las manos, para chocarlas con ella.

—No me lo puedo creer —habló de nuevo Ollie, girándose hacia nosotras.

—Llevo un rato esperándote —le dije, con un guiño.

—Me cago… —rio con ganas, sacudiendo la cabeza—. A ver si por una vez en tu vida me dejas ganar.

Puso los ojos en blanco.

—Te picas solo y me picas a mí, así no vas bien —le advertí y sonreí.

Unos aplausos nos hicieron girarnos hacia la puerta de la sala. Aquí trabajábamos cuatro personas, Ollie, Eva, Félix y yo. Éramos un equipo muy unido y uno de los mejores.

Nuestro jefe, Mario, era el que había aplaudido. No lo habíamos escuchado entrar.

—¿Os habéis divertido bastante por hoy? —nos preguntó, pasando la mirada por todos.

—Ya sabes que no, jefe —le contesté, con un guiño.

Él sacudió la cabeza, sonriendo.

—Si no fuera porque me das los mejores resultados… —carraspeó.

—No cuela, jefe —dijo Eva, riendo—. Somos tus niños mimados.

—Pido un cambio de equipo —comentó Ollie, serio—. En este no puedo ganar, joder. Siempre me tumba. —Me señaló.

Eva y yo reímos, Mario sonrió de medio lado.

—¿Estás seguro de que quieres que lleve a cabo el cambio? —le preguntó Mario, con una ceja arqueada.

—No le hagas caso, jefe, que en cuanto salga por la puerta comienza a llorar y después se pone insoportable —comentó Eva.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Félix, al entrar en la sala.

Traía una bandeja con cafés para todos. Nos íbamos turnando, cada día uno de los cuatro se encargaba de hacer los viajes a por los cafés, durante toda la jornada laboral.

Félix caminó hasta la pequeña mesa que teníamos en un lateral, donde dejó la bandeja. Mis compañeros y yo nos acercamos para coger nuestro vaso.

—¿Quieres uno, jefe? —le preguntó Félix—. Puedo ir a por otro.

—Te lo agradezco, pero no. Vengo a hablaros de trabajo, pero os pido que no os alteréis.

Fruncí el ceño, mientras bebía un sorbo de café.

—¿De qué hablas? —le preguntó en confianza Ollie, extrañado.

Mario, aparte de ser nuestro jefe, bien podría ser nuestro segundo padre. Teníamos mucha confianza con él, lo que sucedía de igual manera a la inversa.

Nos tratábamos con familiaridad, a excepción de cuando nos cabreábamos. Ahí solíamos perder un poco los nervios, pero todo quedaba en familia, al final.

El jefe caminó por la sala y se paró junto a mi mesa, en la que se sentó en el borde, cruzando los brazos.

Nos acercamos a él. Félix se quedó de pie, detrás de mi silla. En ella me senté yo, mientras que mi compañero y amigo apoyaba los brazos en el respaldo.

—Como se te caiga una gota de café en mi pelo la tendremos —le advertí con la cabeza levantada hacia él.

—Me arriesgaré, preciosa. Ya sabes que me van las emociones fuertes, como tú.

Me hizo un guiño y reímos.

Ollie y Eva también se sentaron en sus sillas y se deslizaron con ellas hacia nosotros, para estar todos cerca.

Me llevé el vaso desechable a los labios, observando a Mario. No tenía ni idea a qué había venido su comentario, pero me había puesto en alerta porque al pedirnos que no nos alteráramos me había mirado de reojo a mí.

—¿De qué se trata? —preguntó Félix.

—¿Os acordáis de los últimos cortafuegos que instalasteis?

—Joder, cómo no. Hace poco que terminamos, nos llevó semanas acabar con todos los que instalamos en la red.

—Fueron cuatro, los más complejos con los que trabajamos nosotros —recordó Eva, mirándome de reojo.

—¿Por? ¿Qué pasa? —preguntó Ollie.

—Porque alguien ha estado a punto de traspasarlos. Las barreras han caído y la red está en peligro. Si intentan acceder de nuevo, si hay otro ataque, se quedarán al descubierto y es algo que no podemos permitir.

—No puede ser… —susurré.

—Por ahora la situación está controlada por los informáticos de la sede, pero no es suficiente. En absoluto —explicó Mario, mirándome solo a mí—. Recuerda que os he pedido que no os alteréis.

—¿Cómo ha sido? —le pregunté.

—Tengo el informe en mi despacho, me lo han pasado esta mañana.

—Joder, ¡qué putada! —Bufó Eva.

—Oye, ¡qué hicimos un trabajo increíble! —comentó Ollie—. Sobre todo, tú, como siempre. Así que cambia la cara. —Me señaló.

—Fue tan buen trabajo que no han conseguido acceder, solo se han acercado mucho —me dijo Félix.

—Correcto, el principal cortafuegos resistió —confirmó Mario, satisfecho.

Félix colocó una mano en mi hombro y me dio un ligero apretón.

—Pero no lo hará por mucho tiempo, por muy bueno que sea —hablé, pensativa—. Si alguien ha tumbado los otros tres, que eran muy fuertes, sea quien sea se trata de una persona que sabe muy, pero que muy bien lo que hace.

Sacudí la cabeza.

—No es rival para ti, Liv —me dijo Eva, mirándome con cariño—. A la vista está que no ha conseguido traspasar el cortafuegos principal.

—Y seguro que con los otros tres tardó muchísimo. Sabemos de sobra que quien estaba al otro lado no lo tuvo nada fácil.

Los cuatro puñeteros cortafuegos eran creaciones mías, me dejé muchísimo tiempo de mi vida dándoles forma y potenciándolos, para hacer frente a cualquier amenaza, por fuerte que fuera. Se trataba del Ministerio de Asuntos Exteriores, no de una empresa cualquiera.

Sí, uno de ellos había resistido, pero el tema era que la persona que había atacado la red de la sede en cuestión era demasiado buena, lo que significaba que con un poco más de tiempo podía abrir una brecha insalvable. Y después ya sería demasiado tarde.

—¿Cuántas horas hace de eso? —le pregunté a Mario.

—Las alarmas saltaron a las cinco de la mañana, pero sabes que hay que contar desde horas anteriores. Me lo han notificado antes de venir aquí, aunque me he tomado un tiempo revisando el informe.

—Hace más de tres horas —dije pensativa.

Me levanté despacio de la silla, dejé el vaso en mi mesa y comencé a caminar por la sala.

—Hoy mismo os pondréis a trabajar en ello —comentó Mario—. Liv, frena la mente —me pidió.

—Tengo que arreglarlo y no dispongo de tiempo. Necesito llegar hasta las huellas que ha dejado el intruso, para rastrearlas y también ponerme con la protección.

—Lo conseguiremos todo —me dijo Félix.

Se puso delante de mí, parándome, y levanté la cabeza.

—Tú solo tienes que decirnos por dónde quieres que empecemos a darte soporte y ya está. Iremos paso por paso, a buen ritmo. ¿De acuerdo?

Asentí.

—Lo primero de todo es proteger la red, levantar otra vez los cortafuegos para que den problemas si intentan acceder de nuevo—comentó pensativa Eva.

—Me llevará mucho tiempo crearlos y reforzarlos —susurré.

—El que necesites —me dijo Mario.

Se separó de mi mesa y caminó hacia mí. Félix se alejó unos pasos, para ir al lado de Ollie y Eva.

—Quiero oírte decir que no es responsabilidad tuya.

—No puedo porque sí que es responsabilidad mía. Fue mi trabajo, yo lo hice.

—Hicimos —intervino Ollie—. Estuvimos contigo durante todo el proceso, tanto de creación como de instalación. Cualquiera de nosotros pudo cometer un fallo.

—No. —Fui tajante—. Os recuerdo que las últimas comprobaciones fueron cosa mía y todo estaba en orden. Y seguro.

Negué.

—Liv… —soltó el aire despacio Mario.

—No, joder, Mario. Los cortafuegos son obras mías, y sí, claro que sé que no soy la única en el mundo que domina a mi nivel la informática, la tecnología y el ciberespacio, pero mierda, no tendría que haber sido tan fácil romper los muros que creé.

—Es que no lo habrá sido —insistió Mario—. No sabemos cuánto tiempo han tardado en acceder.

—Lo solucionaremos, Liv —me dijo Félix, serio.

—En eso es en lo único que debéis pensar —habló Mario.

Solté un bufido cuando me agarró de la barbilla para que lo mirara solo a él.

—Vas a solucionarlo como haces siempre, así de sencillo. Ya saben que iréis, por lo tanto, vuestras acreditaciones están activas. Tú decides quién se queda aquí y quién te acompaña.

Asentí.

—Hoy tengo que llevar el coche al taller —hablé pensativa.

—Sí, lo recuerdo. Sal tranquila, te vendrá bien que te dé el aire, y cuando vuelvas, comienza a tomar decisiones y a moverte en la dirección correcta.

—Vale —suspiré.

—Y ni se te ocurra venir a mi despacho para decirme cuando sales y cuando llegas.

Sonreí.

—Qué pocas ganas tienes de verme, jefe.

—¿Sinceramente? Ningunas ganas.

Me hizo un guiño y solté una carcajada.

Mario se fue y me giré hacia mis compañeros.

—Tú mandas, preciosa —me dijo Ollie—. Ves pensando por dónde quieres empezar y cuando regreses del taller nos pones al día y comenzamos.

Sonreí.

—Gracias.

—Los disgustos la ponen tonta —soltó Félix.

—No quieres saber lo que me pone tonta, realmente —reí.

—Oye, ¿necesitas que te acompañemos alguno? ¿Cómo vas a volver sin el coche? —me preguntó Eva.

—Lo tengo controlado —dije, mirando la hora en el reloj de pulsera—. Gael me llevará a mi piso para que coja la moto.

—¿Podrá? —me preguntó Ollie.

—Sí —sonreí.

—Perfecto, entonces.

Me hizo un guiño.