Pisando fuerte Capítulo 5
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Capítulo 5

Nathan

—Te ha venido bien sentarte ahí, ¿eh? —me preguntó Michael, sin alzar mucho la voz.

—No sé de qué hablas.

Continué con el mismo tono, para que la conversación quedara entre nosotros.

—Ya… Conmigo no te hagas el tonto —rio—. La chica que te he pillado mirando desde la barra está en la mesa de al lado. Estás de cara a ella.

—¿Y?

—Nada, solo que es interesante.

—Si tú lo dices… A mí me parece interesante que estés tan atento a esa mujer y a la situación, controlándolo todo.

Me llevé el vaso a los labios.

—Es mi trabajo. —Me hizo un guiño—. Ahora estoy en mi papel de guardaespaldas, velo por tu seguridad.

—Dirás que estás guardándome la delantera, porque eres tú el que estás dándole la espalda a lo que hablas.

Arqueé una ceja y soltó una carcajada.

—Me gusta este sitio —comentó, cambiando de conversación.

Sonreí de medio lado.

—Está bien y muy lleno —dije.

—¿Te agobia?

—Por ahora estoy bien. El restaurante en el que hemos cenado me ha gustado.

—Hemos comido de lujo —estuvo de acuerdo.

Volví a sonreír cuando saqué el móvil del bolsillo del pantalón, al ver en la pantalla el nombre de Gavin, uno de mis mejores amigos. El teléfono estaba vibrando por su llamada.

Antes de descolgar se lo enseñé a Michael y él también sonrió. Puse el altavoz.

—Buenas noches, Nat —me saludó animado—. Eh, eh… ¿Eso que oigo es música? ¿Voces? ¿Dónde estás?

Michael rio.

—Es música y está a buen volumen. Michael y yo estamos en un bar, hemos salido a cenar y a tomar una copa.

—Joder, suena de maravilla.

—¿Qué pasa, tío? —le preguntó Michael.

—Hola, amigo. Por aquí sin novedad en el frente, todo sigue como siempre. ¿Qué tal vosotros? Desde el primer día que llegasteis no hemos hablado.

—No te has perdido mucho —le contestó Michael—. Quitando esta noche que he arrastrado a Nat a cenar fuera y ahora al bar, los pocos días que llevamos aquí solo hemos visto la sede, la calle donde está, el paisaje que hay entre el trayecto y la casa, y esta última, la vivienda. Fin.

Ambos rieron.

—Qué emocionante —comentó Gavin.

—Muy gracioso. —Negó con la cabeza Michael.

—No te quejes que si me lo propongo podría ser peor —le dije a Michael.

—Encima con amenazas —habló con humor él—. ¿Has visto lo que tengo que aguantar?

—Ver, veo poco desde mi casa —rio Gavin—. ¿Hay ambiente en el bar?

—Sí —le confirmé—. Todas las mesas están ocupadas y son muchas, en varias zonas. Nosotros hemos tenido que esperar para sentarnos.

—A ver si ahora vas a aficionarte a salir por las noches —comentó animado—. Joder, me encantaría estar ahí con vosotros.

—Ven, lo tienes fácil —le propuse, tentándolo—. Así podrías hacer turismo con Michael, durante las horas que yo esté esclavizado en el despacho. Solo necesitas comprar los billetes de avión, de lo demás no tienes que preocuparte.

—Mierda, no me lo pintes tan bien. —Bufó.

Michael rio.

—Puedes controlar la empresa desde donde quieras. Tienes un equipo directivo competente y de confianza —continué.

—No te soporto —volvió a quejarse Gavin.

Soltamos una carcajada.

—¿Has visto a Alan? —le preguntó Michael.

Al escuchar el nombre de mi otro gran amigo desconecté unos segundos, porque yo ya hablé con él por la mañana.

Sabía cómo se encontraba Alan y cómo le había ido la semana.

Levanté el vaso para acercármelo a los labios, al mismo tiempo que los ojos se me iban más allá de Michael.

A estas alturas ya había sobrepasado bastante varios de mis límites, con respecto a la mujer que volví a mirar, por lo que agradecí que ella no me prestara atención. También quedaba un poco oculta por el cuerpo del único hombre que estaba con ella y las otras dos mujeres.

No sabía ni entendía porque me había llamado tanto la atención, cuando lo que me hizo mirar hacia su mesa fue la mujer del vestido rosa, cuando nos señaló a Michael y a mí directamente, mientras decía un comentario sobre nosotros.

Era una suerte que dominara el idioma de este país, tanto escrito como hablado.

No tenía un prototipo de mujer, pero estaba claro que hasta hoy no me había fijado en mujeres que llevaran botas militares un viernes por la noche. Ojo, no tenía nada en contra, simplemente estoy comentando un hecho. Era algo personal mío que no se había dado.

Por eso Michael estaba divirtiéndose tanto a mi costa, desde que me vio en la barra mirar a la mujer que me devolvía en ese instante la mirada desde su mesa. Si cualquiera de mis amigos tuviera que decir qué tipo de mujer solía gustarme y atraerme, dirían que la del vestido rosa.

Pero no era ella la que había llamado mi atención, y no porque no fuera guapa la mujer. Pero la otra tenía algo diferente que me hacía caer una y otra vez, para mirarla.

Tenía una pierna levantada y la bota militar apoyada en el borde de la mesa. Parecía la dueña del lugar, de su actitud emanaba un aura de poder y seguridad, al mismo tiempo que parecía que le daba igual todo.

Antes de que me diera tiempo a apartar la vista, ella giró la cabeza en mi dirección y nuestras miradas se cruzaron de nuevo.

Sonreí de medio lado, al diferenciar cómo su garganta se movía al tragar. Y más amplié la sonrisa cuando entrecerró los ojos, al verme sonreír.

Como he comentado irradiaba carácter, pero yo la superaba.

—Déjalo, está embobado con una mujer que está a mi espalda. Desde que la ha visto tiene que esforzarse para no estar mirándola continuamente.

Las palabras de Michael me hicieron centrarme en él, con las cejas elevadas.

—No tengas la cara dura de negarlo —me advirtió, riendo—. Acaba de pasarte otra vez.

Sacudí la cabeza.

—¿En serio? —se asombró Gavin—. Joder, y me lo estoy perdiendo. Quiero saber todos los detalles.

—Te sorprendería, ella no es cómo estás imaginándote.

—Te aconsejo que no imagines nada —le dije a Gavin, serio.

Corté rápido la dirección que había tomado la conversación.

Miré fijamente a Michael, mientras golpeaba la mesa con los dedos. Él elevó las cejas, sin perder la sonrisa.

—Guau. —Silbó Gavin—. Lo que está perdiéndose Alan.

Soltó una carcajada.

—¿Acabas de conocerla y ya has pasado a las amenazas? —me preguntó Gavin.

—Solo la ha visto e intercambiado miraditas con ella, no se han acercado y mucho menos se han presentado.

—No jodas. Nat, ¿estás así y no ha pasado nada?

—¿Cómo mierda estoy? Dejad de decir tonterías porque como me enfade…

Mi amenaza cayó en saco roto. Ambos soltaron una carcajada que me hizo poner los ojos en blanco.

Tenían suerte de que estaba de buen humor, los dos sabían cuando podían presionarme y continuar con las bromas. En mis peores momentos, en los más intensos, era totalmente diferente.

—Hacedle una foto, tengo que verla —nos pidió Gavin.

—No vamos a pasarte nada —le dejé claro.

Fui tajante otra vez.

—¿Por qué? Esto es serio, ¿eh? ¿Verdad, Michael?

—Mejor me quedo callado. Tú estás lejos, pero yo lo tengo delante.

Rio.

—Tío, que eres el hombre que vigila su seguridad. ¡No puedes cagarte por sus miradas y palabras! —se quejó Gavin.

—Ya te veré en esta misma situación dentro de poco, lo espero con ansias —comentó con humor Michael.

—¿Qué planes tienes para mañana? —le pregunté a Gavin.

Esta vez fui yo el que dio un giro a la conversación. Michael me hizo un guiño.

Me contuve para no desviar la mirada hacia la otra mesa, mientras sentía una sensación extraña.

Bebí un sorbo de mi bebida, para refrescarme la garganta.

—He quedado con Alan después de desayunar. Vamos a hacer un poco de deporte y después comeremos juntos.

—Me gusta el plan —comenté.

—Te echaremos de menos. Y a Michael. Joder, será el primer fin de semana sin que estéis por aquí. A ver si acabas pronto el trabajo de ahí y vuelves. Métele caña.

—Si acabo de llegar… por mucho que corra varias semanas largas no me las quita nadie.

—Ni hablar —intervino Michael—. Tio —se dirigió a Gavin—. No lo animes a que haga más horas, joder, va a acabar ingresado en un hospital como aumente el ritmo. Ya hace más horas que un reloj, no me jodas.

—No exageres —le pedí.

Negué con la cabeza.

—No, no… Michael tiene razón. Me he dejado llevar por las ganas, pero ni se te ocurra volver pronto porque soy capaz de cerrar el espacio aéreo para que no aterrice vuestro avión.

—Eso me gustaría verlo —rio Michael.

—No me retes —se unió a sus risas Gavin.

Pues no, era mejor no retarlo en algo así porque Gavin era muy capaz de llevar a cabo lo que había dicho. Le sobraban contactos importantes e influyentes, a gran escala, como para pedir favores ese tipo.

Pero no era el único que podía moverse por esos entornos, yo lo superaba un poco en el tema de las relaciones con personajes públicos muy influyentes.

—Bueno chicos, voy a dejaros. Me ha encantado hablar con vosotros y me alegro mucho de que estéis disfrutando de vuestra primera salida. Seguid haciéndolo, mañana cuando esté con Alan os llamamos por videollamada. ¿Qué os parece?

—Perfecto —contesté—. Que descanses, nos vemos mañana.

—Igualmente. Relájate y desconecta.

—Hasta mañana, tío —se despidió Michael.

Después de algunos comentarios más alargando la despedida, colgué y bloqueé el teléfono.

—¿Quieres pedir otra ronda o prefieres irte? —me preguntó Michael.

Me bebí de golpe lo que quedaba de mi bebida, vaciando el vaso, y lo dejé en la mesa con un golpe seco.

—Nos vamos —decidí.

—¿Estás huyendo? —me preguntó, sonriendo de medio lado.

—No me toques las narices —le advertí.

—No es mi intención.

Levantó las manos, conteniéndose para no reír.

No volví a mirar hacia la otra mesa, yo también me contuve y evité que mis ojos actuaran por su cuenta.

Me levanté del sofá, me guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y me alejé de la mesa, dando la espalda a la otra.

—Cóbrate —le dije a un camarero.

Coloqué un billete en la barra y lo deslicé hacia él.

Miró en la mesa lo que habíamos consumido, después lo que tenía apuntado, pero antes de que fuera a por el dinero que debía devolverme, le dije que lo dejara estar.

—Gracias —me habló sorprendido.

No dije nada más, caminé hacia la puerta y cuando salí, agradecí el cambio de temperatura. Me sentó bien el fresco que hacía.

Comenzamos a caminar hacia donde dejamos el coche estacionado.

—Gracias, Nat.

Miré de reojo a Michael.

—A qué viene eso.

—Porque sé que soy el único motivo por el que has salido esta noche.

Sonreí.

—No me las des —le pedí—. Tú habrías hecho lo mismo por mí si nuestras situaciones estuvieran invertidas.

—Sí, pero no es el caso.

—El caso es que ahora quiero llegar cuanto antes a casa, así que ya puedes pisar el acelerador.

—Como te gusta tener la baza de la inmunidad diplomática —comentó con humor y después rio.

Sonreí de medio lado, encogiéndome de hombros.