Pisando fuerte Capítulo 4
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Capítulo 4

Liv

—¿Los ves más lanzados o soy yo? —me preguntó Julia—. O soy yo. —Arrugó la frente—. ¿Cuánto he bebido?

—Ni idea porque yo he bebido casi a tu ritmo.

Reímos.

Hacía un buen rato que el alcohol se apoderó de nosotras. A pesar de ello, todavía controlábamos, lo único que se nos iba era la lengua, aparte de que las risas eran continuas. Elsa estaba igual que nosotras, Gael se salvaba por el momento, ya que tenía mucho más aguante que nosotras.

Gael y Elsa nos esperaban en nuestra mesa, Jana hacía rato que nos dejó, aunque se pasaba de vez en cuando con la excusa de que necesitaba sentarse. Obviamente al lado de Gael.

—No me has respondido —se quejó.

—¿Sobre qué?

Comencé a lavarme las manos. Estábamos en el baño.

—¿Qué si has visto más lanzados a Jana y a Gael? —insistió y se quedó pensativa.

—Yo los he visto igual que siempre. —Me encogí de hombros.

—Pues a mí me ha parecido que se hacían ojitos

Rio y sonreí.

—Ojalá, para que se dejaran de dar tantas vueltas tontamente —suspiré.

—Tienes que hablar en serio con Gael —me pidió—. Para esas cosas a la única que puede hacerle caso es a ti.

—Haré un nuevo intento, pero te recuerdo que he hablado con él muchas veces de ese tema.

—Pero no hace nada y Alexis cada vez me da peor espina —susurró, acercándose a mí.

—Gael sabe lo que hace.

—Yo no estaría tan segura —suspiró.

Fuimos hacia la puerta y salimos al pasillo, para volver a nuestra mesa. El local estaba a tope, en el tiempo que llevábamos aquí se había llenado. El ambiente continuaba siendo igual de bueno.

—¿Qué nos hemos perdido? —preguntó Julia, cuando ocupamos nuestros sitios.

Me acomodé en el sofá, al lado de Gael y Julia se sentó en la silla, al lado de Elsa.

—Muchas cosas interesantes, pero las más destacables son esas dos —contestó Elsa, señalando sin ningún disimulo hacia la barra.

Al remarcar las dos cosas más destacables se refirió a dos personas, o más bien a dos hombres que estaban de espaldas a nosotros, apoyados en la barra. Se encontraban bastante cerca de nosotros.

Uno de ellos hablaba con Nina, una camarera y compañera de Gael. El otro hombre escuchaba la conversación, pero de vez en cuando miraba hacia los lados, bebiendo de su vaso.

—No están mal —dije, antes de darle un trago a mi bebida.

—¡Estás fatal! —alzó la voz Julia— ¿Qué esos dos tíos no están mal? ¡Están para chuparlos por todas partes!

También los señaló, aún con menos disimulo. Sacudí la cabeza.

Miré hacia la barra de nuevo, como si necesitara darles un buen repaso, pero para mi sorpresa y bochorno, porque Julia continuaba con el brazo en alto y con el dedo apuntando hacia los dos hombres, me encontré con la mirada de uno de ellos.

Era el que no había hablado con Nina.

—Joder, ¡qué te ha oído! —se sorprendió Elsa, al darse cuenta de lo mismo que yo.

Soltó una fuerte carcajada, echándose sobre la mesa.

—¿Qué dices? —La miró extrañada Julia.

Dejó de señalarlos, por fin, y se dio cuenta rápido de lo que hablaba Elsa. Esta le colocó una mano en la mejilla y se la empujó, para girarle la cabeza hacia la barra.

—Oh.

—Pues eso. Oooh… —volvió a reír Elsa.

—Dejad de mirarlos las tres —intervino Gael, divertido—. Vais a provocar que el que se ha girado venga y luego a ver cómo salís de la situación.

—Ojalá se acerque ese papito —soltó Elsa.

—¿Papito? Ay, que me da —rio con ella Julia.

Los cuatro terminamos riendo. Mis amigos se olvidaron por unos segundos del hombre que seguía observando en nuestra dirección, pero yo no pude porque notaba demasiado su mirada.

—Sois la discreción personificada. No puedo con vosotras. —Negó con la cabeza Gael.

—Ya veo que vuestra fiesta ha subido de nivel —dijo Jana.

Apareció tan de repente que Julia dio un bote en la silla, al asustarse.

Volvimos a reírnos.

—Debido a los últimos acontecimientos, esperamos que lleguemos al máximo nivel —habló Elsa—. Al menos dos de nosotras, la otra tendrá que conformarse con las sobras.

Intentó ponerse seria, pero no lo consiguió. Terminó riendo como Julia. Jana las miró con una gran sonrisa.

—¿Esos son clientes habituales? —le preguntó Julia—. Los que han ocupado la parte de la barra que está más cerca de nosotros. No los habíamos visto nunca. ¿Los conoces?

Jana ocupó la silla que utilizaba cada vez que podía tomarse un descanso, la que estaba al lado de Gael. Desde ahí miró de reojo hacia donde Julia le había indicado.

—No estoy a todas horas aquí fuera, pero yo no los he visto hasta esta noche —contestó.

Cogí mi vaso con burbon y me lo acerqué a los labios, y mientras bebía volví a mirar hacia la barra.

El hombre que había pillado a Julia ahora estaba de lado, inclinado hacia el otro mientras le hablaba.

Tenía el brazo apoyado en la barra y el pie subido al escalón que había en la barra. En esta ocasión sí que pude hacerle un buen repaso.

El pantalón vaquero que llevaba le sentaba de maravilla, se ajustaba a sus piernas, al menos a la que podía ver desde mi posición, al igual que a su trasero. Lo acompañaba con un jersey que tenía remangado, mostrando unos antebrazos fuertes.

Estaba claro que tenía un cuerpo tonificado, tanto la parte alta como la baja. Seguramente se pasaba muchas horas en el gimnasio, o tal vez trabajaba en uno. Si fuera el caso y supiera cuál, me apuntaría solo por verlo.

Y eso ya era un dato muy importante porque yo como mucho salía de vez en cuando a correr, lo de encerrarme en un sitio para hacer deporte, rodeada de más personas, no iba conmigo.

Así que os podéis imaginar lo bien que estaba ese hombre, o lo buenísimo que estaba, hablando claro, para que existiera la posibilidad en mi mente de ir a gimnasio.

La cara, sus facciones, eran igualmente muy atractivas, haciendo de él un conjunto irresistible. El pelo lo llevaba corto en la parte de atrás y en los laterales, y arriba más largo. Un mechón le caí sobre la frente y se lo echaba hacia atrás con una mano.

—Joder, qué suerte.

La voz de Elsa me sacó de los pensamientos.

La miré para saber de lo que hablaba y entonces me di cuenta de que se refería a que los hombres de la barra se habían movido para ocupar una mesa.

Una de las que estaba cerca de nosotros se había quedado libre y Nina los acompañó hasta ella.

—¿Necesitas ayuda, jefa? —le preguntó Gael a Jana, cuando ella se levantaba de la silla.

—No, y, aunque fuera sí, no iba a decírtelo —rio ella.

—Puedo hacer una excepción, estoy dispuesto a sacrificarme —le dijo él, con un guiño.

—Está bien saberlo. Lo tendré en cuenta.

Le devolvió el gesto él.

—Nos vemos luego.

Jana se fue y sonreí mirando a mi amigo.

—¿Qué? —me preguntó.

—Que esta noche está pasando algo más entre vosotros —le contestó Elsa.

—No es verdad.

Negó con la cabeza.

—Lo que tú digas, pero si las tres coincidimos en lo mismo… —carraspeó Elsa.

—Yo que tú me levantaría, iría hasta donde está Jana, la agarraría de la mano y la llevaría a su despacho. Y cuando me preguntara qué pasaba, me lanzaría a su boca, para devorarla enterita.

Los tres miramos a Julia sorprendidos, porque ella no hablaba de esa manera nunca. El alcohol hizo de las suyas, por lo que los demás soltamos una fuerte carcajada.

—Sería un planazo —estuvo totalmente de acuerdo Elsa.

Ambas asintieron varias veces.

—Como lo sería si nos levantamos ahora y vamos a la mesa de al lado, para sentarnos sobre las piernas de esos dos dioses —añadió Elsa.

Se refirió a los hombres.

—Calla, ¡qué pueden escucharte! —le pidió Julia.

Rio de forma exagerada, nerviosa, mientras empujaba con las manos a Elsa, que no podía dejar de reír por el bochorno de Julia.

—Pueden no, dar por hecho que os están escuchando y, sobre todo, viéndoos porque llamáis la atención muy por encima de los demás —dijo Gael.

La reacción de Julia fue quedarse quieta en la silla, rígida como una tabla, la de Elsa, reír con más fuerza.

Yo al final terminé riendo también, porque era muy difícil contenerse.  ¿El problema? Que volví a notar el peso de una mirada, o tal vez más, y me dio un pequeño escalofrío.

Miré hacia Gael, queriendo disimular porque estaba en la misma dirección que la mesa que habían ocupado los hombres. Lo de disimular se fue a la mierda porque me encontré de frente con los mismos ojos que antes me observaban desde la barra.

Abrí los labios para hablar, pero los cerré sin saber qué decir.

Me sorprendí a mí misma porque era raro que yo me cortara o me echara para atrás, pero es que la mirada de ese hombre y lo que transmitía no era para nada normal.

Hasta que él arqueó una ceja, en un claro desafío. Entonces yo elevé las mías, en un claro reto que se atreviera a decir la primera palabra.

—Tiene gracia.

El comentario de mi amigo consiguió sacarme de la extraña conexión con ese hombre.

—¿El qué? —le pregunté.

—Que tiene gracia que te hayan excluido al hablar de acercarse a los de al lado, cuando uno de ellos es a ti a la que quiere.

—¿Qué dices? —hablé sorprendida.

Solté una carcajada, incrédula por lo que acababa de decir.

—Preciosa, tengo ojos en la cara y la tensión que flota en el ambiente, de mesa a mesa, me pilla en medio. Solo digo eso.

Me hizo un guiño.

—Tonterías. —Bufé.

Me giré para sentarme recta en el sofá, de esa manera dejé de tener enfrente a ese hombre. Me eché hacia atrás, en una postura cómoda, y cuando apoyé la espalda en el respaldo, subí el pie al filo de la mesa.

Apoyé la suela ahí, pasando de todo, y bebí un buen trago de burbon. Gael me dio mi vaso y no lo solté más.