Pisando fuerte Capítulo 3
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Capítulo 3

Unas horas antes…

Nathan

Me quité la corbata en cuanto la puerta del despacho se cerró. Estaba hasta las narices de ella.

La enrollé para guardarla en un bolsillo de la chaqueta del traje, al mismo tiempo que me levantaba de la silla.

Después de más de una hora y media de reunión, había estado encerrado en el despacho con Marian, la secretaria que me habían asignado.

Caminé hacia la cristalera con las manos en los bolsillos del traje y me paré frente a ella. Estaba oscureciendo, ya tocaba que me largara de aquí después de muchas horas encerrado.

Varios golpes sonaron en la puerta y ni me molesté en girarme.

—Adelante.

Con solo escuchar las pisadas al caminar supe quién entró.

—¿Ya has acabado? —me preguntó Michael.

—Sí.

—¿Y qué haces todavía aquí?

Se acercó.

—No hace ni cinco minutos que Marian se ha ido.

—Vamos a buscar un sitio para cenar, necesitas desconectar y relajarte en otro ambiente.

—Lo que necesito es llegar a la casa, darme una ducha, ponerme cómodo y tirarme en el sofá hasta el domingo.

—Es un buen plan, pero no para hoy. No es lo que necesitas, te lo aseguro. Lo que menos te conviene es quedarte encerrado, después de estar todo el día atrapado aquí. Además, es viernes.

—¿Y? ¿Qué sea viernes tiene que marcar alguna diferencia?

—Según Ricardo, el vigilante de seguridad de la entrada del edificio, sí.

Lo miré de reojo.

—Es una costumbre de aquí. —Se encogió de hombros—. Por lo visto los viernes y los sábados por la noche la gente sale bastante para disfrutar, los domingos descansan. Lógicamente no todos lo hacen, pero una gran mayoría sí.

—No lo veo tan claro como tú.

—Porque no eres yo. —sonrió de medio lado—. No estamos acostumbrados, pero me repito, te vendrá bien que te dé otro aire diferente.

—Estás muy pesado.

Dirigí la mirada hacia delante, para mirar hacia los edificios que quedaban más bajos que la planta en la que estaba mi despacho.

—La verdad es que me pica la curiosidad, me apetece ver lo que depara la noche en esta ciudad —me dijo Michael.

—¿Y tiene que ser precisamente esta?

—Como si hubiera alguna diferencia con cualquier otra… —Sacudió la cabeza—. Tienes la malísima costumbre de trabajar muchas horas, durante días seguidos.

—No hemos venido a este país a divertirnos, por si lo has olvidado. Tengo una labor aquí y cuanto antes acelere todo, antes podremos regresar a casa.

—No me digas lo que ya sé. Que nos divirtamos un poco no tiene por qué afectar a tu trabajo. Joder, que mañana es sábado y hasta el lunes no vuelves aquí.

—Tenía pensado venir mañana unas horas, a media mañana o así.

—Ni hablar.

Se negó en rotundo, girándose hacia mí.

—Nat, no vas a hacer más horas extras de las que ya haces. Aquí también tienen muy marcados los horarios de trabajo y vas a respetar los tuyos, al menos para los fines de semana. Bastante que sales mucho más tarde cada día.

Se cruzó de brazos.

—Adaptarnos a las costumbres de aquí, ¿no?

Lo miré de reojo.

—Exacto —contestó.

Sonrió de medio lado, sabiendo perfectamente que esta batalla la había ganado él. O más bien que yo acababa de ofrecerle la victoria, por esta vez.

—Pues vámonos —le pedí.

Le di la espalda a la cristalera y fui hacia la mesa. Ya la tenía recogida, solo tuve que coger el móvil para ir hacia la puerta, seguido por Michael.

—¿Puedes ocultar un poco tu felicidad? —le pregunté, después de cerrar con llave el despacho.

Dejó de silbar para soltar una carcajada.

—No —contestó, sin dejar de reír.

Negué con la cabeza frente al ascensor.

Dada la hora que era, las nueve y media de la noche, las puertas se abrieron rápido. Bajamos solos hasta la planta principal, en la que únicamente había uno de los vigilantes de seguridad. El otro debía estar haciendo una ronda.

—Buenas noches —nos saludó.

—Buenas noches —le correspondimos.

—Que tengan buen fin de semana —nos deseó.

—Igualmente —le dijo Michael.

Salimos del edificio y nos dirigimos hacia el estacionamiento al aire libre. También había un aparcamiento subterráneo, pero con el buen tiempo que hacía preferíamos dejarlo fuera.

—Quiero ir a casa a cambiarme —le dije, abriendo la puerta del copiloto.

—Contaba con eso.

Asintió.

—Mejor avisarte, que eres muy capaz de ir hacia un restaurante ya.

Negué con la cabeza, antes de montarme. Michael ocupó su lugar frente al volante, riendo.

Él era mi chófer, mi hombre de seguridad y mi amigo, por lo que en pocas ocasiones nos separábamos.

Aproveché el trayecto para contestar correos electrónicos y enviar algunos a mi secretaria, pero no la provisional de España, sino la de Londres, la que llevaba años trabajando para mí.

Esa era nuestra ciudad de origen, nacimos y crecimos en Londres. Mi viaje a España era por trabajo y en representación del Reino Unido, y como siempre Michael me había seguido. No sabíamos cuánto tiempo me llevarían los temas que me habían traído hasta aquí.

Yo trabajaba de diplomático en el Ministerio de Asuntos Exteriores, lo que me llevaba a viajar a cualquier país.

Durante todo el recorrido tuve que escuchar los bufidos y las quejas silenciosas, en forma de sonidos, que Michael no dejó de hacer. Todo porque, aunque me fuera del despacho, no dejé de trabajar hasta que llegamos a casa.

Tanto el despacho como la casa eran prestados, por el tiempo que necesitara estar aquí.

El despacho se encontraba en la sede principal del Ministerio de Asuntos Exteriores, de ahí acabábamos de salir.

La casa se encontraba en una urbanización de lujo, hacia las afueras de la ciudad.

Estaba muy bien comunicada y los trayectos no se hacían largos.

Hacía muy pocos días que habíamos llegado y no nos había dado mucho tiempo a adaptarnos. Más a mí, ya que lo único que conocía era la vivienda, el trayecto de ella hasta la sede y el edificio en el que trabajaba.

Por suerte la casa tenía personal cualificado y desde el principio no tuvimos que preocuparnos por nada.

Cuando levanté la vista de la pantalla del teléfono me di cuenta de que Michael ya circulaba por las calles de la urbanización. A los pocos minutos paró frente a una puerta de hierro y esperó a que se abriera lentamente, para acceder al interior.

Circuló por el camino que separaba las dos partes del césped y dejó el coche frente a la entrada.

—Vamos a tardar poco —me dijo, apagando el motor.

—Me doy una ducha rápida. ¿Tú también?

Me contestó cuando bajamos del vehículo.

—Sí, no me vendrá mal. Así vamos recién perfumados los dos, que siempre estoy en desventaja contigo —dijo con una media sonrisa.

Puse los ojos en blanco, antes de caminar hacia la puerta.

—Buenas noches, señor. Michael —nos recibió Ingrid.

Salió a nuestro encuentro, era el ama de llaves.

—Buenas noches —le correspondí, Michael lo hizo después.

—¿A qué hora quiere que les sirvan la cena, señor?

—Por favor, llámame Nathan.

No era la primera vez que se lo decía, pero no dejaría de insistir porque no me sentía cómodo con lo de señor.

En mi casa de Londres también tenía personal a mi cargo, pero muchos de ellos llevaban conmigo años, por lo que el trato era natural y familiar.

—Se me olvida, se… Nathan —me sonrió sonrojada.

—No pasa nada.

—Ingrid, esta noche cenamos fuera —le dijo Michael.

—Oh. De acuerdo.

Asintió ella.

—Lo lamento. Ha sido una decisión de última hora, pero igualmente tendría que haberte avisado —le comenté.

—Y tan última hora, se lo he propuesto hace menos de veinte minutos —añadió Michael, sonriendo.

—No hay problema, se… Nathan. Todo pude esperar a mañana, está bien guardado.

—Estupendo. Puedes irte a descansar.

—Gracias.

Sonrió.

—Que tengan buena noche y disfruten.

—Gracias.

—Igualmente, Ingrid —le deseó Michael—. ¿No sales hoy?

—Tengo que estar aquí.

—De eso nada, claro que puedes salir —le dije, con el ceño ligeramente fruncido.

—Yo… no lo sabía y no he hecho planes.

Ingrid debía tener nuestra edad, quizás era algún año menor.

—Mañana hablaremos de las normas y las costumbres —la avisé—. No tienes que estar constantemente pendiente de todo.

—De acuerdo —dijo sonriente.

Nos despedimos y se fue hacia su habitación.

Durante el tiempo que nosotros estuviéramos aquí Ingrid viviría en esta casa, como sucedía con la cocinera y varios empleados más.

Michael y yo subimos las escaleras y cada uno fuimos a nuestra habitación.

En cuanto entré en la mía comencé a desvestirme de camino al baño, para no perder tiempo para ducharme. Si me paraba me costaría más activarme y seguramente terminara cambiando de planes.

No quería eso porque, a pesar de que yo no tenía ningunas ganas de salir, entendía que Michael quisiera distraerse y disfrutar.

Ese era el único motivo por el que me había dejado convencer esta noche, ya que él se pasaba los días muy cerca de mí, dejando correr las horas con cualquier entretenimiento, hasta que nos íbamos de la sede para encerrarnos aquí.

Me duché en pocos minutos, me sequé y salí del baño para ir al vestidor.

Este se veía enorme y mi ropa ridícula, en comparación con el espacio que había.

Mis pertenencias ocupaban una pequeñísima parte del vestido.

Era lo que había y lo que metí en una maleta grande que facturé y en otra de cabina que viajó conmigo en el avión.

Me olvidé de los trajes y de la ropa formal, para vestirme con un pantalón vaquero oscuro y un jersey fino de cuello de pico. Cuando me calcé los zapatos volví al baño para peinarme y perfumarme.

Terminé justo cuando Michael entraba en mi habitación.

—Qué sincronización —comentó con diversión.

—Demasiadas horas y años juntos.

Soltó una carcajada y sonreí.