Capítulo 61
LOUISE ETHERINGTON
— B ridger… —dijo Jake en voz baja por el terminal, sujetando la parte inferior del teléfono a milímetros de sus labios.
—Adelante.
—Avistamiento confirmado de Louise. Zona de asientos uno, planta dos. Se dirige por un pasillo hacia la sala de juegos dos ahora mismo. Me acercaré. Danny debe de estar cerca. Lleva las bolsas del dinero con ella.
—Entendido. Voy de camino. Tiempo estimado de llegada: un minuto.
Jake bajó el brazo y mantuvo el teléfono pegado al muslo mientras seguía avanzando por el pasillo, manteniendo unos seis metros de distancia entre él y Louise. Al final del pasillo, ella llegó a un cruce, se detuvo, miró hacia arriba y tomó una decisión: a la izquierda.
Jake la siguió, deslizándose sobre la moqueta con el mayor sigilo posible. Al llegar al cruce, se asomó con cautela por la esquina de la pared. En el poco tiempo que había tardado en alcanzarla, ella casi había duplicado la distancia entre ambos.
Sospechaba algo.
Mierda .
Se guardó el móvil en el bolsillo —asegurándose de no cortar la llamada— y urdió un plan.
Justo frente a él, al otro lado del cruce, un camarero y una pareja cargada de maletas caminaban juntos.
Se veían felices. Animados. Quizá estuvieran de luna de miel.
Quizá simplemente escapaban de lo mundano de la vida adulta.
Se apresuró hacia ellos, les mostró su placa y agarró la mochila del marido. Cualquier protesta quedó sofocada por la identificación en su mano y el dedo de Jake presionado contra sus propios labios.
—Quédense aquí —susurró—. Solo la necesito un segundo.
Se colocó la mochila en el pecho, para que ocultara el chaleco policial —y la insignia de la policía en la parte frontal— de la vista.
No quería darle a Louise ningún motivo para sospechar de él.
Tras sacar el teléfono del bolsillo, fue tras ella.
Para entonces, ella ya estaba al final del pasillo y se acercaba a otra zona abierta y amplia.
Jake tenía que moverse rápido si quería interceptarla.
—¡Perdone! —gritó.
Sin respuesta.
—¡Perdone! —Su voz resonó entre las paredes brillantemente iluminadas. Trató de infundirle tanta angustia como pudo.
El segundo grito de auxilio funcionó. Louise se detuvo en seco, se dio la vuelta y le lanzó una mirada ceñuda. Jake se acercó a ella. Tres metros. Dos. Uno. Se detuvo justo delante de ella y luego hizo una pausa, fingiendo exasperación.
—¿Trabaja usted aquí? —preguntó, abrazando la mochila contra su estómago para que el ancho de la misma le cubriera el cuerpo.
—No.
—Oh. —Jake desbloqueó el teléfono y empezó a pasar pantallas—. Me preguntaba si podría ayudarme. Estoy un poco perdido. ¿Podría…? —Jake hizo una pausa para abrir su carrete de fotos—. ¿Podría ayudarme a encontrar a alguien, por favor?
—Le he dicho que no trabajo aquí —dijo Louise con la voz cargada de desdén.
Jake continuó de todos modos.
—Busco a alguien. Creo que usted lo conoce.
Encontró la foto de la ficha policial de Danny y giró la pantalla hacia ella.
El impacto no tardó en reflejarse en el rostro de Louise.
Se le saltaron los ojos y el rubor le subió a las mejillas mientras se le desencajaba la mandíbula; el chicle que estaba masticando se le quedó pegado a los dientes.
Por la forma en que sus ojos rebotaban entre los de Jake y el teléfono, era evidente que estaba tramando algo, así que cuando intentó ejecutar su plan y salir corriendo, fue demasiado lenta para él.
Jake la agarró del brazo con la resistencia justa y tiró de ella hacia atrás, forcejeando para someterla.
—Louise, no hagas ninguna idiotez. —Ella intentó quitárselo de encima de un empujón, pero el agarre de él era demasiado fuerte—. ¿Dónde está? ¿Dónde está Danny?
Louise guardó silencio. Era más fuerte de lo que él había previsto.
Le agarró el brazo y le clavó sus uñas acrílicas de casi tres centímetros en la piel, pero Jake ignoró el dolor agudo y punzante que empezó a extenderse por su antebrazo.
Había malicia en su rostro, un fuego ardiente escondido tras los ojos esperando ser liberado.
Jake necesitaba apagarlo antes de que tuviera la oportunidad.
—¿Dónde está?
—Que te jodan. —Le escupió a la cara. La flema le dio en los ojos y lo desorientó. Jake se limpió la saliva con la mano libre y reprimió todos sus instintos de tirarla al suelo y reducirla con algo más de fuerza que la aceptable.
—Eso no me ha hecho ninguna gracia —dijo, intentando mantener la sangre fría—. Será más fácil para todos si me dices dónde está. No hay salida. Para ninguno de los dos. No os queda sitio donde huir.
La expresión de Louise permaneció impasible.
—No me obligues a preguntarlo otra vez. ¿Lo has dejado escapar?
¿Eres el señuelo para que él pueda correr y esconderse?
—Mientras lo decía, el rostro de Louise cambió.
Fue solo el movimiento más leve, minúsculo, casi imperceptible, pero Jake estaba seguro de haberlo visto.
Un titubeo en la ceja que confirmaba una sospecha previa.
—No —continuó él—, claro que no. Él ni siquiera sabe que te has ido, ¿verdad?
Lo has abandonado. —Jake miró hacia las bolsas que había ante él y agarró una—.
Y también te has llevado el dinero. Su dinero, ganado con tanto esfuerzo.
Pero no podrías haber hecho esto sin que él lo supiera, ¿verdad?
Tuviste que esperar hasta que estuviera fuera de vista y desprevenido antes de llevártelo, ¿a que sí? Así que, ¿dónde está, Louise?
Justo cuando Jake terminaba de hablar, llegó Bridger, sin aliento y agitado. Tras él venía un agente de paisano que llevaba un chaleco similar al de ellos, igualmente sofocado.
—Se ha llevado el dinero —le dijo Jake a Bridger.
—¿Dónde está él?
—Solo. No sabe que ha desaparecido. Pero tengo una idea de dónde podría estar. Espera aquí —le indicó a Bridger.
Mientras Jake ponía a Louise en manos de su colega, Bridger lo retuvo tirando de él.
—Voy contigo.
—¿Estás seguro?
—No puedo dejar que te pase nada en tu primer día. Y desde luego, no puedo permitir que te lleves todo el mérito.
Con un asentimiento, los dos partieron, dejando a Louise bajo la custodia de su compañero.
Sintiéndose confiado y cómodo con la presencia de Bridger, Jake desanduvo el camino por donde había venido.
Había visto unos aseos de caballeros cerca de la zona de asientos.
Y solo había un par de lugares donde Danny Cipriano podría haber desaparecido.
Al doblar la esquina, aminoraron el paso y entraron en la zona de asientos.
Allí, parado frente a la puerta del baño de hombres, estaba Danny Cipriano.
Era más menudo de lo que Jake recordaba y, por un momento, Jake se quedó allí parado, observándolo.
Cómo inspeccionaba la sala, moviendo la cabeza gradualmente de izquierda a derecha como un faro.
Cómo se rodeaba el cuerpo con los brazos, como si tuviera frío.
Cómo daba golpecitos con los pies en el suelo, esperando a alguien.
Parecía perdido, casi asustado, como un niño que busca a su madre o a su padre en un supermercado.
Y entonces sus miradas se cruzaron. Fue solo un instante, pero bastó para transportar a Jake de vuelta a la calle principal de Guildford, donde todo pareció detenerse también entonces: el tiempo, el movimiento, su respiración, sus reacciones.
Era curioso cómo todo acababa siendo cíclico.
Antes de que Jake pudiera hacer nada, Danny Cipriano salió disparado.