Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 60
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Capítulo 60

SOLO

E n cuanto la cabeza de Candice golpeó el suelo, Jake dio la espalda a la escena, corrió a refugiarse tras el paso de rueda del coche más cercano y vomitó; el líquido le salpicó los pies y las piernas mientras el ácido le escocía en la garganta, el pecho, la boca y la nariz.

Se limpió los labios con el dorso de la mano y luego restregó la suciedad contra la pernera de su pantalón.

El sabor amargo persistía en su boca y le hizo hacer una mueca.

Tras escupir los restos del regusto en el césped, se giró para contemplar la pieza de arte activista en la que se habían convertido los cuerpos de Luke y Candice, desparramados uno junto al otro.

Un equipo de paramédicos los rodeó y empezó a buscar el pulso en el cuello de Luke.

Todos los presentes sabían que sus esfuerzos eran en vano, pero Jake albergaba una pequeña esperanza.

Luke era un ser humano, como todos los demás, independientemente de quién fuera y de lo que hubiera hecho. Nadie merecía sufrir un destino así.

Se permitió un momento para procesar lo ocurrido, de modo que tuviera un punto de partida para cuando terminara de asimilarlo más tarde esa noche.

Se centró en el collar, las llaves y el orden en que habían sido introducidas.

Una. Dos. Cuatro. Orden incorrecto. Deberían haber sido la uno y la dos.

Luego la tres y la cuatro. Y al faltar la tercera —posiblemente todavía en algún bolsillo de Pemberton— no había ninguna posibilidad de que Candice sobreviviera.

En el fragor del momento, en un último acto de desesperación, había encajado la cuarta llave en su cuello y se había matado sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Jake apartó la mirada de la masacre y se obligó a centrarse en otra cosa: en ser inteligente. Aún quedaba trabajo por hacer —atrapar al último hermano Cipriano— y quedaba poco tiempo para lograrlo.

Una idea cobró forma en su cabeza.

Se dirigió hacia Grahams con paso firme, seguido de Bridger.

—Creo que es hora de que suba a bordo de ese barco —dijo.

Por un momento, el rostro de Grahams se contrajo mientras sopesaba qué hacer.

Jake pudo ver por la expresión del hombre que no quería recibir órdenes de alguien que no tenía ni de lejos tanta experiencia como él, pero también sabía que Jake iba por el buen camino.

La amenaza para el público era inminente mientras Danny siguiera a bordo del barco.

Con Jake allí también, podría ayudar a minimizar el riesgo.

Finalmente, Grahams asintió, levantó la mano y, en pocos segundos, dos agentes armados estaban a su lado. Les ordenó que se quedaran en ropa de calle, que cambiaran sus SIG por Glock 17 y que acompañaran a Jake y a Bridger al buque.

—Tiene que ponerse esto —dijo uno de los agentes armados, sosteniendo un chaleco antibalas.

Jake sonrió al verlo, más por el hecho de que nunca se había puesto uno así que por la posibilidad intrínseca que conllevaba llevarlo: que le pegaran un tiro. Era su primer día y siempre hay una primera vez para todo. Reprimiendo la sonrisa, se enfundó el chaleco y se preparó.

Con Bridger y los agentes armados a su espalda, marchó hacia los paramédicos y metió la mano en el bolsillo.

Al acercarse a ellos, sacó el teléfono y abrió la cámara.

Se agachó cerca de los cuerpos y empezó a hacer fotografías de los restos, desviando la mirada de las imágenes de su pantalla mientras las tomaba.

Cinco fotos después, había terminado.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bridger, corriendo a su lado—. Ten un poco de respeto...

—No quería tener que hacerlo.

—Todo sea por el deber, ¿eh?

Jake ignoró el comentario de Bridger, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el barco, agachándose bajo las ramas bajas de un árbol cercano para irrumpir en el camino que conducía al crucero.

La rampa hacia la cubierta del crucero era más empinada de lo que Jake esperaba, y al cabo de unos pocos pasos notó que le dolían las piernas y le faltaba el aire.

Cuando los cuatro llegaron a la cima, los detuvo una de las azafatas que trabajaban a bordo.

La mujer les pidió los billetes. En su lugar, ellos le mostraron sus placas.

Jake sacó su teléfono y mostró la antigua ficha policial del rostro de Danny Cipriano que le había enviado Danika. —Si ve a alguien que se parezca a este hombre, avísenos. Es extremadamente peligroso. No se permite la entrada a nadie más, y nadie tiene permiso para salir. ¿Entendido?

Una expresión de miedo cruzó el rostro de la mujer mientras asentía, cogiendo el teléfono de Jake para grabar la foto en su memoria. Le dieron las gracias y cruzaron el umbral hacia el interior del barco, mientras la azafata cerraba la puerta tras ellos.

El interior del vestíbulo era fastuoso, rebosante de opulencia y extravagancia; era todo lo que Jake esperaba de una línea de cruceros de muchos millones de libras.

Pero no había tiempo para admirarlo. Quizá cuando todo esto terminara, reflexionó Jake, él y Elizabeth tendrían que añadir una opción más a la lista de juegos a los que jugaban cuando se aburrían: la Ruleta del Crucero.

Con suerte, en esta me llevaré el premio gordo .

Deteniéndose en medio de la entrada, Jake se giró hacia su compañero y se tocó la cadera, buscando su radio.

—Tendremos que hacerlo por el móvil —dijo tras darse cuenta de que el aparato seguía enganchado a los vaqueros de un muerto.

—Por mí vale —dijo Bridger, blandiendo su teléfono.

—¿Y vosotros? —preguntó Jake, girándose hacia los agentes armados que lo acompañaban—. ¿Y el resto de los agentes de paisano que tenemos a bordo?

—Puedo comunicarme con ellos por mi radio —respondió Bridger.

Jake asintió. —Si oyes algo, avísame.

—A la orden, capitán.

Jake señaló a su izquierda. —Separémonos. Tú vete por ahí. Yo iré por aquí. No te me asustes ahora, sargento.

Los labios de Bridger se curvaron. —Eso es lo que lo hace mucho más emocionante.

Entonces desaparecieron en direcciones opuestas.

Jake avanzó por un pasillo intensamente iluminado.

De lo alto colgaban bombillas fluorescentes que lo cegaban.

Odiaba los barcos. Nunca se le habían dado bien.

Esa sensación de claustrofobia, como si las paredes se cerraran perpetuamente a su alrededor, centímetro a centímetro.

El balanceo constante de lado a lado, el movimiento incesante que sumía su mente en un torbellino de náuseas y mareos y le daban ganas de vomitar sobre la cubierta o en el baño, lo que encontrara primero.

Estabilizándose con las manos en la pared, Jake se aventuró por el pasillo y, al final, llegó a un vestíbulo aún más grande que el que había visto al entrar.

Una lámpara de araña enorme, delicada y ornamentada, casi tan grande como el dormitorio de Jake, colgaba del techo. Superaba diez veces a la de Candice.

Lámpara del crucero uno, lámpara de Candice cero.

En el mostrador de recepción, un empleado atendía a otros clientes, disculpándose por el retraso y prometiendo que estaban haciendo todo lo posible para que el barco se pusiera en marcha cuanto antes.

Jake corrió hacia allí y se coló delante del siguiente de la fila, mostrando su identificación y suprimiendo de inmediato cualquier queja antes de que se la lanzaran.

—Perdone —dijo—. Siento interrumpir, pero ¿ha visto a alguien que se parezca a este hombre? —Jake le mostró al hombre que estaba tras el ordenador la vieja imagen de Danny—. Se parece a esto, solo que un poco más mayor.

El hombre se inclinó hacia delante, entornó los ojos y luego recuperó su posición natural negando con la cabeza.

—Si ve algo, llámeme a este número. —Jake cogió papel y bolígrafo del mostrador y garabateó su información de contacto.

Mientras se alejaba de la recepción, le sonó el teléfono. Era Danika.

—Jake —dijo ella con brusquedad—. He estado investigando y he averiguado el nombre de la posible novia de Danny Cipriano. Louise Etherington. Te he enviado una imagen suya. Es una ficha policial de una detención anterior.

—¿Por qué motivo?

—Lesiones graves. Casi mata a golpes a otra mujer en un club nocturno. Y ha tenido una serie de incidentes relacionados después de aquello, pero nunca ha sido condenada por nada. Un novio anterior la acusó de violencia doméstica, pero luego retiró la denuncia —explicó Danika.

—Eres una heroína —le dijo él—. Te lo agradezco.

—Ten cuidado —respondió ella antes de colgar.

Jake fue uniendo las piezas de la información.

Ahora algo empezaba a tener sentido. Quizá Danny no era el cerebro de todo esto.

Quizá era Louise. Quizá ella era la maestra de la manipulación que había obligado a Danny a traicionar a su familia y a huir con ella.

Quizá era ella quien lo controlaba todo entre bastidores, asegurándose de mantenerse oculta, invisible hasta el momento final de gloria.

Mientras bajaba el teléfono de su oreja, Jake abrió el archivo adjunto del correo que Danika acababa de enviarle y le mostró el teléfono al recepcionista de nuevo. Esta vez no se disculpó por su intrusión.

—Esta mujer. ¿Qué me dice de ella? ¿La ha visto?

Las pupilas del hombre se dilataron. —Sí. Al menos creo que es ella.

Los pendientes de aro, el piercing en la nariz y el bronceado artificial de dudosa calidad eran pistas evidentes, pensó Jake; comparada con el resto de la clientela que lo rodeaba, no parecía alguien que fuera a encajar pronto en ninguna reunión de un club de campo o en clases de cróquet de la Universidad de la Tercera Edad.

—¿Cuándo?

La mirada del hombre se dirigió al reloj digital de la pantalla de su ordenador. Reflexionó durante lo que pareció una eternidad antes de responder. —Hace unos cinco minutos. Quizá más.

—¿Hacia dónde ha ido?

El recepcionista señaló a la izquierda de Jake, en dirección a una escalera de caracol situada justo al lado de la lámpara de araña.

Jake caminó con paso firme hacia los peldaños, olvidándose de dar las gracias al empleado, y empezó a subir.

Se detuvo al llegar arriba. Frente a él había otro pasillo; parecía casi idéntico al primero.

Atrapado en el tiempo a lo bestia. Por encima de su cabeza colgaban carteles de salida de incendios junto a indicaciones hacia diferentes partes del barco.

Fue entonces cuando se dio cuenta de lo enorme y complejo que era aquel laberinto de pasillos subterráneos, y de lo minúsculo que era él en comparación.

Más adelante, una limpiadora que empujaba un carrito apareció por el otro lado del pasillo. Jake salió de sus pensamientos y pasó por su lado. Al llegar al final, marcó el número de Bridger.

—Louise Etherington. La novia de Danny. Es posible que la hayan visto desde recepción —dijo en cuanto Bridger aceptó la llamada—. Se dirige a la zona de asientos uno, en el nivel dos.

Pocos segundos después, Jake estaba allí.

Aunque no tenía ni idea de dónde estaba allí con relación a nadie —o a nada— más.

Solo esperaba que Bridger estuviera cerca.

Grandes sofás y sillones se repartían por la zona de descanso, con mesas y máquinas expendedoras salpicadas por el lugar.

Había estantes con revistas y periódicos situados en las cuatro esquinas de la sala.

Le recordó a la vez que estuvo en la sala VIP de BA cuando a él y a su familia les subieron de categoría gratis.

De alto copete. Lujoso. Caro. Un vistazo a cómo vivía la otra mitad del mundo.

Al cruzar el umbral hacia la zona, Jake divisó a Louise.

Llevaba un jersey azul fino y unos vaqueros, y mascaba chicle de forma grotesca; Jake casi podía oír desde allí los sonidos de la sustancia recubierta de polialcohol.

Con una mano se retorcía el pelo entre los dedos y con la otra sostenía dos bolsas de deporte grandes.

Y, lo mejor de todo: estaba sola.