Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

DISLOCACIÓN

E l collar de pinchos se volvía cada vez más pesado a cada minuto que pasaba.

Le dolían los músculos. Le dolía la espalda.

Le dolía todo el cuerpo. Solo quería arrancárselo y lanzarlo contra la pared, sin importarle las consecuencias.

Danny, ese malnacido enfermo. Había sabido desde el momento en que el dedo de su hijo sobrevoló el gatillo en la tienda que algo iba mal; que nada de aquello era normal.

La había condenado a muerte al añadir varias capas de complejidad al dispositivo, y no había nada que ella pudiera hacer al respecto.

Había depositado su fe en su propio hijo y la jugada le había salido el tiro por la culata.

La angosta celda en la que estaba encerrada se sacudía y se balanceaba a medida que la furgoneta daba volantazos en las curvas y zigzagueaba entre el tráfico, deteniéndose y arrancando de vez en cuando.

No había ventanas, ni un solo haz de luz que entrase por las cuatro paredes, a excepción de un minúsculo orificio en el techo del mismo ancho que una pajita de papel.

La celda estaba mugrienta, húmeda y olía a pis, como si el ocupante anterior no hubiera tenido más remedio que hacerse encima y nadie se hubiera molestado en limpiarla desde entonces.

Bueno, ella necesitaba ir al baño, pero no pensaba someterse a un trato tan inhumano.

Una parte de ella quería gritar. Llorar.

Desgañitarse hasta que alguien la oyera.

Pero sabía que sería inútil; no había escuchado ni siquiera el claxon de un coche desde el exterior.

Estaba sola, y así era como iba a morir.

Ya se lo había admitido a sí misma. No tenía sentido intentar luchar.

La policía la mantenía prisionera y empezaba a sentir que quizá todos estaban compinchados: un plan elaborado para hacerla sufrir.

La furgoneta arrancó de nuevo, sobresaltándola.

El movimiento repentino hizo que se resbalara del pequeño bloque de metal que había supuesto que era una silla y cayera sobre el suelo frío y sólido.

Se golpeó el codo y se rozó el brazo derecho en la caída.

Su cuerpo reaccionó bruscamente y se golpeó la cabeza contra la pared.

Una horquilla se le cayó y aterrizó junto a sus pies.

Y entonces, por fin, algo hizo clic en su cabeza. Esa cosita minúscula iba a salvarla.

Candice se puso de cuclillas en el suelo, estabilizándose con las rodillas y los hombros presionados contra las paredes, y recogió la horquilla usando las manos por detrás de la espalda.

Manipuló el metal hasta que se partió en dos.

Y entonces recordó algo que Michael le había enseñado cuando se estaban preparando para el atraco.

Era algo sencillo, pero que solo debía usarse como último recurso.

Si quería librarse de las esposas, necesitaba dislocarse el pulgar. El izquierdo o el derecho. Cualquiera de los dos. El que menos le importara. No importaba.

Tras un segundo de deliberación, se decidió por el izquierdo.

Candice presionó el pulgar izquierdo contra la pared y se apoyó en él, ejerciendo presión sobre el hueso. El dolor creció y palpitó en su mano y, a la de tres, se convenció a sí misma para impulsar las caderas hacia atrás y dislocar la articulación.

Uno.

Dos.

Candice gritó de agonía. Con fuerza. Hasta que le dolieron los pulmones y se quedó sin aliento, casi sumergiendo los pies en la profunda laguna de la inconsciencia.

Sus gritos solo llegaron hasta el techo sobre su cabeza.

Jadeó a pesar del dolor; ahora no era el momento de centrarse en él.

Sabía que, si lo hacía, no tendría el valor para realizar la siguiente parte: deslizar la muñeca a través de las esposas.

Apretando los dientes y tensando cada músculo de su cuerpo para desviar el dolor de su pulgar, Candice meneó y retorció la mano hasta que consiguió que pasara por el estrecho hueco de la esposa. El metal se le clavó en la carne, dejando marcas rojas y haciéndola sangrar un poco.

Pero no le importaba. La adrenalina estaba empezando a ahogar el dolor.

Había recuperado la mano.

Era libre.

Usando los dedos índice y corazón de su mano libre, introdujo uno de los trozos de la horquilla en el cierre de la esposa y giró, rotó, forcejeando con ambos.

Tras unos segundos más, el metal se deslizó dentro de la cerradura y la esposa de su mano derecha se abrió de golpe.

Sintiendo una abrumadora sensación de alivio que superaba al dolor en una proporción de dos a uno, se llevó las manos al frente y se frotó donde habían estado las esposas, recuperando rápidamente la sensibilidad y el riego sanguíneo en las muñecas.

Repitió lo mismo con la otra mano todo lo que pudo y, una vez más, intentó liberarse del collar sacudiéndolo, tirando de él, moviéndolo de lado a lado y luego estirándolo como si fuera un juguete elástico.

Pero no cedió. Sus esfuerzos fueron inútiles.

Gritó de nuevo. Pero esta vez se detuvo casi tan pronto como había empezado.

Estaba actuando de forma errática. Ilógica.

Si había podido librarse de las esposas, entonces podía librarse del collar bomba.

No tenía sentido detonar el dispositivo y decapitarse, eliminando cualquier oportunidad de supervivencia que tuviera, por pequeña que fuera.

Iba a salvarse.

Iba a salvarse, aunque nadie más lo hiciera.

Y acababa de tener la idea perfecta sobre cómo lograrlo.