Capítulo 41
ÚLTIMOS ADIOSES
L os Crimson llegaron al final del tramo de la carretera de circunvalación en Queen Street, en pleno centro de Portsea.
Justo frente a ellos, a ochocientos metros, se alzaba un bloque de pisos que sobresalía en el horizonte llano como un grano en la cara de un adolescente.
A su derecha estaba el HMS Nelson , la base de la Royal Navy en Portsmouth.
Danny echó un vistazo por la ventanilla y alcanzó a ver fugazmente la puerta de la base.
Le invadió una sensación de euforia. La línea de meta estaba a la vista.
Pero no estaba exenta de riesgos. Solo unos momentos antes, sus esfuerzos casi se habían ido al traste, y cualquiera de ellos podría haber estado llamando a las puertas de la muerte.
Tras el incidente, Danny había cerrado los ojos y, por primera vez en su vida, le había rezado a Dios.
Si el de arriba lo había escuchado o no, no lo sabía, pero sentía como si un despertar espiritual empezara a burbujearle en la boca del estómago.
Alguien los estaba poniendo a prueba... lo estaba poniendo a prueba a él .
Alguien ponía obstáculos en su camino para convertirlo en un criminal mejor.
Pero, al mismo tiempo, alguien velaba por él, guiándolo a través de esos obstáculos.
A Danny le gustaba pensar que era su padre, el hombre que le había enseñado todo lo que sabía sobre explosivos e ingeniería.
Pese a todos sus defectos como padre —el abandono, la bebida, los malos tratos—, le había dado a Danny la lección de vida más importante que podía haber aprendido.
—No te rindas nunca, sin importar lo que se interponga en tu camino —le había dicho su padre mientras sostenía una lata fría de Stella en una mano y un cigarrillo en la otra—. La vida está llena de mierda, solo tienes que chapotear en ella hasta salir.
Mientras aceleraban por la carretera, acercándose al final de Queen Street y al imponente bloque de pisos, Danny se dio cuenta de que estaban chapoteando en un tipo de mierda distinto: estudiantes, familias, grupos de adolescentes, chicos, chicas, hombres, mujeres, niños...
todos disfrutando del sol y de las temperaturas sofocantes en camiseta, pantalones cortos y faldas, con helados en la mano junto con botellas de agua, cubos y palas, preparándose para un día de lujo, agua gélida, arena y el deleite de pasar una tarde agradable en compañía de todos los demás habitantes de la ciudad, apretujados unos contra otros en la playa de Southsea. Danny no podía imaginar nada peor.
Se estiró hacia delante y señaló un cruce a unos pocos cientos de metros.
—Gira a la izquierda ahí arriba.
—Pensaba que teníamos que seguir recto —empezó a decir Michael.
Antes de que se diera cuenta, estaban en el cruce, y cuando vio que Michael no hacía amago de seguir sus instrucciones, Danny se abalanzó hacia delante entre los asientos y pegó un tirón al volante. El coche dio un volantazo a la izquierda y los dos hermanos forcejearon por el control.
—He dicho que gires a la izquierda —siseó Danny—. Ha habido un cambio de planes.
—¿Cómo que un cambio de planes? —preguntó Luke, girándose en el asiento—. ¿Desde cuándo?
Danny ignoró a su hermano y señaló otra señal más adelante, apenas visible tras las ramas de un árbol.
—Hay un aparcamiento más allá. Sigue las indicaciones.
—Danny... ¿qué está pasando? ¿Adónde nos llevas? —preguntó Michael.
—Cállate y espera —le espetó Danny.
Unos segundos después, Michael entró en el aparcamiento.
Era viejo, estaba en desuso y plagado de baches.
Al fondo se veía la fachada trasera de un túnel de lavado; el sol bailaba sobre las grandes columnas de vapor de agua y creaba varios arcoíris que se deslizaban por la superficie.
Michael encontró un espacio libre en el centro, detuvo el coche suavemente, apagó el motor y esperó.
El aire a su alrededor quedó en silencio, salvo por el estrépito repetitivo y monótono que provenía de las hidrolimpiadoras al otro lado de un muro de ladrillo, que ahogaba el sonido de las sirenas y las aspas de los helicópteros a lo lejos: el sonido de la policía de la Reina dándoles caza.
—Tienes algo que explicar —comentó Michael.
—No vamos a coger el barco aquí —dijo Danny con naturalidad.
Ambos hermanos lo miraron de hito en hito, con los ojos como platos. Michael abrió la boca, dispuesto a soltar un improperio, pero Danny lo apaciguó con un gesto de la mano.
—Dejad que me explique antes de que empecéis a montar un numerito.
La policía no es tonta; ya habrán deducido adónde vamos.
Incluso con la ayuda que tenemos desde dentro.
No pasará mucho tiempo hasta que este lugar esté completamente cerrado; ya están sobre nosotros.
Así que necesitamos otra forma de salir del país.
Y me he tomado la libertad de reservarnos otro juego de billetes.
—¿Dónde?
—En Southampton.
—¿En Southampton ? —repitieron ambos hermanos.
—Todo lo que tenemos que hacer es salir de este vertedero, cambiarnos de ropa, subirnos a un autobús y montarnos en el barco.
El escape perfecto. La policía encontrará este trasto, registrará de inmediato la zona y el resto del puerto de Portsmouth buscándonos, y luego mirarán en el barco.
Para cuando hayan hecho todo eso, nosotros ya estaremos muy lejos —explicó Danny.
Sintió que la sonrisa en su rostro se ensanchaba.
Pero él era el único que sonreía. Era el único que apreciaba su brillantez, su genio y su previsión.
—Nos has mentido, Danny. ¿Cuándo pensabas decírnoslo? —dijo Michael.
—Acabo de hacerlo.
—Sí, justo en el puto último minuto. ¿Qué más nos estás ocultando?
Los dedos de Danny acariciaron la llave que llevaba en el bolsillo.
—¿Y qué pasa con mamá? —preguntó Luke con voz débil, casi infantil.
Danny le dio un cogotazo con la mano libre.
—No la llames así. Esa mujer nunca ha sido una madre para nosotros. Que haya pensado que podía redimirse ayudándonos con esto no significa que tenga ese privilegio.
Michael se giró en el asiento y fulminó a Danny con la mirada, con las aletas de la nariz vibrando.
—Responde a la pregunta, Danny. ¿Qué pasa con Candice?
Danny apartó la vista de Michael y se miró el regazo.
—A ella se le ocurrió la idea —mintió—. Bueno, a los dos. Ella lo supo todo el tiempo. Le dije que no os mencionara nada a ninguno.
—Increíble —Michael puso los ojos en blanco—. ¿Así que te fiaste más de ella que de nosotros? ¿A qué hora sale el barco?
—A las tres. Es un crucero a las Canarias.
Michael consultó su reloj.
—Poco menos de dos horas. ¿Qué vamos a hacer mientras tanto?
—Primero tenemos que llegar allí —dijo Danny—. El autobús va a tardar una eternidad.
—¿Y qué pasa con mamá? —repitió Luke. Danny reprimió el impulso de darle otro cogotazo—. ¿Llegará a tiempo?
—Claro que sí, tío. Si todo ha salido según lo previsto, ya habrán encontrado las llaves, le habrán quitado el collar, habrán empezado a interrogarla para asegurarse de que no está implicada en nada, puede que incluso la haya revisado el médico o el personal de la ambulancia, y luego la dejarán marchar.
Entonces podrá bajar por su cuenta. Y si hay algún problema, nuestro hombre en el cuerpo ayudará a agilizar su trámite.
Por una fracción de segundo, Danny casi se creyó su propia mentira.
—¿Cómo lo sabes? ¿Y si no encuentran las llaves a tiempo?
Danny puso la mano en el hombro de Luke y apretó.
Mentir a su hermano pequeño era lo que más le dolía —Luke era el más ingenuo, el más inocente—, pero había que hacerlo si querían empezar una vida nueva.
—Sé que estás preocupado por ella, chaval.
Pero dale algo de crédito a la policía: las llaves son facilísimas de encontrar.
Es decir, hasta la abuela Paula podría encontrarlas, y estaba más ciega que un topo —dijo Danny con una sonrisa—.
¿Te acuerdas de cuando intentaba hacernos un asado?
Era un puto caos, pero aun así sabía dónde estaba cada cosa, ¿a que sí?
Luke soltó una risita, mostrando sus dientes blancos.
—Sí, supongo...
Un hermano convencido, faltaba otro.
Danny centró su atención en el último que quedaba por persuadir.
—¿Micky? ¿Vienes?
Michael suspiró.
—No tengo mucha elección, ¿verdad? Me voy a llevar mi parte de este dinero sin importar dónde acabemos.
—Y la tendrás. Hasta el último céntimo.
Repartido a cuatro partes, como acordamos.
Danny esperó a que sus hermanos empezaran a desnudarse antes de comenzar él mismo.
Se bajó la cremallera del mono y se quitó la parte de arriba de los hombros.
Mientras se pasaba las manos por el brazo, se masajeó los tiernos hematomas marrones y amarillos de la piel, haciendo una pequeña mueca de dolor.
Luego se bajó el mono por la cintura en el reducido espacio de la parte trasera del Saab y lo embutió en el suelo.
Bajo el mono llevaba unos vaqueros y una sudadera con capucha.
Metió la mano en el bolsillo del mono de trabajo, sacó la última llave del collar y se la guardó en el bolsillo de la sudadera. Rozaba su piel, junto a la cartera.
—¿Qué hacemos con eso? —preguntó Michael, señalando las ametralladoras junto al regazo de Danny.
—Que se queden aquí. Dejadlo todo excepto las bolsas.
Danny abrió la puerta del coche y se echó al hombro las bolsas que contenían las joyas.
Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, echó una última mirada a la máscara del diablo rojo.
Lo había acompañado desde su primer atraco hasta ahora.
Y le había servido bien. Había disfrutado presenciando el horror en los rostros de aquellos a los que robaba.
No había nacido con nada, y adoraba el anonimato que aquello invocaba, como una versión inversa de Batman; y ahora iba a pasar el resto de su vida en el extranjero, oculto aún más bajo esa capa de anonimato, pronto bebiendo tequila sunrises en la playa.
Michael, al cerrar de un portazo la puerta del conductor, lo devolvió a la realidad. Sintió una mano en su hombro. Luego otra en el otro.
—Es hora de dejar atrás este mundo, tío —dijo Michael—. Para siempre.
—Tenemos otro esperándonos al otro lado del Atlántico —añadió Luke.
Danny se giró hacia él, perplejo, y de pronto estalló en un ataque de risa, doblándose por la mitad con las manos en las rodillas, jadeando por aire.
—¡Las islas Canarias están en el mismo lado del Atlántico que nosotros, gilipollas!
—Danny soltó otra carcajada, y se sorprendió al ver que Michael se unía a él.
Poco después, Luke le vio la gracia al asunto y los tres rieron juntos.
Danny no recordaba la última vez que habían hecho eso: olvidar brevemente todo lo que estaba pasando, centrándose solo en ellos tres y en su vínculo. Lo llenó de orgullo.
Una vez que las risas se calmaron y recordaron de repente dónde estaban, Danny se despidió definitivamente de la máscara y se puso en marcha hacia The Hard Interchange, una estación de autobuses situada a la orilla del agua.
Danny se había documentado de antemano. El autobús X4 de Portsmouth a Southampton pasaba cada media hora.