Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

LIMA GOLF

Jake y Bridger se miraron con cierto aire de incredulidad.

—Perdone, señora —dijo Bridger—, ¿pero ha dicho que han disparado a un agente?

—Sí, a un agente de la policía local. Estaba atendiendo otro aviso cuando ha ocurrido el incidente. Cuando ha intentado detener a los Crimsons, han abierto fuego contra él.

La incredulidad se transformó en asombro.

—¿Va a ponerse bien? —preguntó Jake.

—Le están atendiendo en el lugar de los hechos. Pero la A3 está colapsada, hay kilómetros de retenciones. Estoy teniendo que buscar una ruta por carreteras secundarias.

—¿Viene usted hacia Portsmouth?

El rugido de un motor sonó a través del altavoz, casi como si respondiera a la pregunta de Jake.

—Me traigo a Candice conmigo. Está en cuarentena en la parte de atrás.

Si Danny Cipriano tiene la última clave de ese dispositivo, sencillamente no hay tiempo suficiente para llevárselo a ella. Ella tiene que estar donde esté Danny.

—¿Y si resulta que él no tiene la clave?

Se produjo una pausa. Una bastante larga.

—En ese caso, prefiero ni pensarlo.

Bridger salió de la M275 y detuvo el coche junto a Victoria Park, uno de los pulmones de Portsmouth.

Enfrente se alzaba la majestuosa catedral de San Juan.

El edificio gótico era una construcción de un rojo arcilloso hecha enteramente de ladrillo y, por la breve mirada que echó, las dos agujas de la cabecera de la catedral le recordaron a Jake a un tenedor de trinchar carne de los que se usan en las barbacoas.

Jake no era muy dado a la religión —creía más bien en la selección natural y en el Big Bang—, pero siempre era capaz de apreciar la destreza arquitectónica de los edificios religiosos.

El más imponente que había visitado jamás era la basílica de San Pedro en el Vaticano, seguida de cerca por la de San Pablo en Londres.

Aparte de eso, se resignaba a verlos por internet y en las redes sociales cada vez que aparecían en su muro de noticias.

Mientras el motor seguía al ralentí a un lado de la carretera, se hizo el silencio en el coche.

Pemberton seguía en el manos libres, pero nadie hablaba.

Jake notaba en el rostro de Bridger que estaba preocupado, que algo le rondaba la cabeza.

Jake se sentía igual. Reunió el valor necesario para expresarlo en voz alta y se humedeció los labios antes de hacerlo.

—¿Qué hay del resto del equipo, jefa? ¿Qué es lo último que se sabe de ellos?

—¿A qué se refiere, Jake?

Otra mirada a Bridger.

Con el peso de saber lo que sabía, Jake empezaba a encajar las piezas sobre quién podría estar trabajando en su contra y, con el apoyo silencioso de la persona que se sentaba a su lado, preguntó: —Danika, el inspector Murphy, el agente Jenkins...

¿qué están haciendo todos ellos para ayudar en la investigación?

—Los demás nombres del equipo que había conocido esa mañana se le habían borrado de la mente.

—¿Está sugiriendo que no se están esforzando al máximo, Jake?

La mordaz respuesta de Pemberton le pilló por sorpresa. Era la primera vez que le planteaba una pregunta y ella le había cortado las alas al instante.

—No es... no es eso lo que sugiero en absoluto —respondió él.

—¿Entonces qué es lo que sugiere, Jake?

Jake abrió la boca pero se trabó. Bridger movió la mano hacia la palanca de cambios y captó la atención de Jake.

—Creo que lo que Jake intenta decir es que sería bueno saber en qué anda el resto del equipo para saber a quién acudir en busca de información.

—A mí, Elliot. Acudís a mí. Y si yo no lo sé, vais a Mark. La jerarquía existe por una razón. Os veo en el puerto de Portsmouth.

La comunicación se cortó y Bridger y Jake se quedaron con una tangible sensación de incomodidad, la misma que él había sentido la primera vez que se enfrentó al rechazo: cuando le pidió a Mary Cunningham que fuera su novia en tercero de la ESO.

Ella se limitó a mirarlo, se echó a reír y salió corriendo.

—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó Jake.

Bridger jugueteó con el volante. —Porque creo que debemos tener cuidado con a quién revelamos esa información. Si empezamos a decirle a todo el mundo que hay un policía corrupto en el equipo, nunca descubriremos quién es.

—Pero ni siquiera nos ha respondido.

—Exacto. Te ha cortado en cuanto has insinuado algo.

Jake centró su atención en el mundo exterior. Una mujer joven con un cigarrillo en una mano y un cochecito de bebé en la otra pasó por delante, seguida de un niño pequeño que caminaba perezosamente por detrás para no quedarse rezagado.

—¿Adónde vamos ahora, entonces? —preguntó.

Antes de que Bridger tuviera oportunidad de responder, sonó la radio del salpicadero.

—Echo Bravo Cuatro-Cinco, Echo Bravo Cuatro-Cinco de Lima Golf, cambio.

Bridger cogió la radio y se la acercó a los labios. —Lima Golf, Lima Golf, aquí Echo Bravo Cuatro-Cinco. Adelante, cambio.

—Echo Bravo, tenemos un positivo de reconocimiento automático de matrículas para el Saab robado.

La última señal ha sido hace menos de tres minutos.

El coche ha sido visto por última vez situado en el aparcamiento del puerto, en Havant Street, código postal Papa-Oscar-Uno, Tres-Echo-Alpha.

¿Pueden acudir con apoyo armado? Cambio —dijo el individuo con voz robótica al otro lado de la línea.

—Lima Golf, vamos para allá. Informaremos cuando lleguemos, cambio.

—Echo Bravo, recibido, gracias, cambio.