Capítulo 40
DECISIÓN
N unca antes en su ilustre carrera se había visto obligada la inspectora jefe Pemberton a tomar una decisión tan difícil como la que tenía ahora ante sí.
Candice Strachan acababa de confesar que era el cuarto miembro de los Crimsons, que había participado en el robo y el secuestro, que los había ayudado a salir del país clandestinamente, que había sido cómplice de sus delitos. Y Pemberton la odiaba por ello.
Pero ahora Candice era la víctima. Iba a morir.
El collar detonaría si no encontraban la última llave.
No quedaba tiempo suficiente en la cuenta atrás para que Jake o Bridger recuperasen la llave de manos de Danny y regresasen a Farnham.
No había tiempo para encontrar a Danny y al resto de los hermanos, arrestarlos y traerlos de vuelta al jardín.
Se mirase como se mirase, se encontraba ante un muro de indecisión impenetrable desde cualquier ángulo.
Si se quedaba de brazos cruzados, la sangre de Candice mancharía sus manos.
—Agente Mooney —llamó a uno de los agentes uniformados que estaban apostados en los límites del jardín; el hombre se acercó corriendo.
—Sí, señora. —Su rostro resplandecía y sus mejillas brillaban por una fina capa de sudor.
—Necesito un vehículo. Un vehículo de escolta policial. Algo grande. Algo que sirva para transportar a la señora Strachan hasta allí. —Pemberton señaló con la cabeza en dirección a Candice.
—¿Está... está segura, señora? ¿No podríamos usar la furgoneta de la unidad de desactivación?
Pemberton negó con la cabeza. —No es el tipo de vehículo adecuado. Eso es solo una Transit. Necesitamos algo en lo que podamos aislar a Candice. Lo mismo que usamos para trasladar a los criminales de una prisión a otra. ¿Sabe a qué me refiero?
Las palabras no le salían con sentido. Era como si los acontecimientos de las últimas horas hubieran destruido las sinapsis de su cerebro que controlaban los procesos de pensamiento y comunicación. Todo su entrenamiento y el uso de la jerga policial se le habían esfumado de la cabeza.
—Creo que sí... —dijo Mooney, asintiendo con la cabeza, inseguro de sí mismo—. Déjelo en mis manos. Yo me encargo. ¿Para cuándo lo necesita?
—Para hace diez minutos.
Mooney se puso en marcha, hablando por la radio de su hombro. Se le veía autoritario y tranquilo y, para sorpresa de Pemberton, fue capaz de explicar con concisión a la persona al otro lado del aparato lo que necesitaban. Un furgón de traslado de presos. Eso era, idiota.
Pemberton regresó junto a Candice, que seguía sollozando y suplicando de rodillas.
—Por... por fa... —comenzó ella, pero la mano de Pemberton la interrumpió.
—Cállate. Basta ya. Estamos haciendo todo lo que podemos por ti. Y sabe Dios que no te lo mereces —añadió Pemberton. Había perdido toda prudencia en la voz; ahora rebosaba desdén. Ya no le importaba el rencor de sus palabras—. Se me ha ocurrido una idea para sacarte de ese trasto.
Candice la miró con ojos pequeños y enrojecidos. —¿Qué es?
—Hemos recibido informes de que tus hijos han robado un vehículo, se han visto implicados en una colisión de tráfico, han disparado a un agente de policía y...
—Oh, Dios mío —susurró Candice con voz temblorosa, que acabó convirtiéndose en un gemido. Intentó mover las manos, pero seguía teniendo los brazos sujetos a la espalda.
—Tú sabes cuáles son sus próximos movimientos —continuó Pemberton—, porque formas parte de esto. ¿A qué barco se van a subir, Candice?
—No lo recuerdo.
Mentirosa.
—¿Recuerdas que te he dicho que se me había ocurrido una idea?
Candice asintió.
—Tu supervivencia depende de tu próxima elección. ¿Lo entiendes?
Candice volvió a asentir, pero esta vez apartó la mirada de Pemberton.
—Tenemos un vehículo especial en el que podemos transportarte.
Normalmente te llevaríamos a comisaría, pero estas son circunstancias atenuantes.
Y yo soy la persona encargada de tomar las decisiones en dichas circunstancias.
Qué suerte tienes. —Pemberton estaba disfrutando de la sutileza de esta venganza y saboreaba cada momento—.
Este vehículo... es seguro, robusto y te mantendrá aislada.
Tiene mucho combustible y es rápido. ¿Sabes lo que eso significa, Candice?
Candice no respondió. Pemberton la observó un momento antes de continuar.
Una parte de ella quería dejar a Candice allí, tirada, indefensa.
Usarlo como una forma de castigo. Era lo que se merecía.
En primer lugar, era culpa suya por haberse convertido en cómplice de un crimen tan atroz, independientemente de sus motivos.
Pero luego, la perspectiva de las vistas disciplinarias y el posible despido si le pasaba algo a Candice fueron suficientes para convencerla de lo contrario.
—Significa que podemos transportarte hasta donde estén tus hijos.
Puede que quieras protegerlos, pero recuerda quiénes te han puesto en esta situación.
Han sido ellos. Así que te conviene decirnos dónde podrían estar, porque si conseguimos encontrarlos, encontraremos la llave, y si encontramos la llave, podremos sacarte de esta...
y entonces podrás vivir más tiempo de lo que indica el temporizador. ¿Qué te parece?
Candice abrió la boca y pronunció algo, pero fue débil, inaudible.
—¿Perdona?
—Sí.
—¿Sí qué?
—¡Hazlo! —gritó Candice, agitando el cuerpo a izquierda y derecha—. Estaban hablando de embarcar en un barco en Portsmouth en algún momento de la tarde. Necesitaban tiempo para llegar allí.
—¿Y se suponía que ibas a reunirte con ellos? —Pemberton dudó entre ponerse las manos en las caderas o cruzarse de brazos. Al final optó por lo primero.
—Sí. Lo s-s... Lo siento.
—Ya es un poco tarde para eso.
Mooney llegó detrás de ella.
—Señora —dijo, deteniéndose a un par de metros—. Acabo de hablar con la central. El vehículo que solicitó está de camino. Tiempo estimado de llegada: cinco minutos.